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El 25 de junio de ese año nació la última de sus hijas con Marina Arzuaga, a la que le puso el pleonástico nombre de Perla Marina. Y el día 15 de agosto Colacho Mendoza se casó con Fanny Zuleta, y fueron estos dos los acontecimientos más importantes de su historia en esa temporada. La fiesta del matrimonio de Colacho fue una aglomeración sofocante de cuanto ser humano era capaz de hacer sonar un instrumento musical o simple mente entonar una melodía: acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, guitarristas, maraqueros. bajistas, violinistas, tamboreros, platilleros, saxofonistas, trompetistas, flautistas, y hasta los que solamente sabían tamborilear los dedos sobre los cueros de los taburetes o manejar una radiola o gritar desentonada mente dentro del baño, se consideraron con derecho para desfilar desde bien temprano dentro de la algarabía propia del acontecimiento. Otros muchos fueron, no tanto por mirar a la novia cuanto por dos cosas que intrigaban sobremanera a la gente: la primera, poder ver a Colacho sin sombrero, del que -juraban algunos- no se separaba ni para dormir ni para bañarse, habiendo llegado esta prenda a convertirse casi que en prolongación de su cabeza. Y segundo: observar la reacción de Escalona ante la determinación que había tomado su inseparable compañero de los últimos años; determinación sobre la que él no daba buenas recomendaciones.
De la primera inquietud el pueblo respiró tranquilo. No era cierto que los sombreros de fieltro fueran una prolongación de la testa del prestigioso intérprete, que lo único que trataba era de ocultar una incipiente calvicie. Y de la otra, se enteraron a los pocos días cuando Escalona hizo el merengue cuya letra, con esta nota adicional escrita a máquina, le envió al Juez Molina:
" EL MATRIMONIO DE "COLACHO" (merengue)
Entristecido quedó Escalona
porque Fanny se lleva a "Colacho".
Mírenla vestía de blanco,
con su velo y su corona...
Dijo "Colacho": quiero casarme,
le contesté: son cuestiones tuyas;
ahora temo de que Fanny
le vaya a sacar las uñas.


Querido Dr. Molina:
Ahí le mando el Matrimonio de "Colacho". Es un merengue que le hice después que salió de la Iglesia con la cara más triste que un chupaflor maltratado. Es la primera copia y creo la última que haga. Le vale un par de cervezas que tendrá que darme en el "Chimborazo"...
Cordial abrazo,
Rafa Escalona M."

Al entrar en la tercera década del compositor (1963-1973) los cambios en la vida de Escalona se van haciendo más notables y sus silencios más prolongados. Estos últimos, tanto, que se puede decir, sin faltar a la verdad que en ese periodo solamente cinco composiciones nuevas ingresan a la ya extensa nómina de sus creaciones: MARIATERE (1964); CANTO A FABITO, llamado también DOS TIPOS IMPORTANTES o EL GODO DECENTE (1965); ADIÓS A PEDRO CASTRO (1967); LÓPEZ, EL POLLO (1973) y DINA LUZ (1973). Pero es también ese el período en el que todos sus cantos y casi exclusivamente ellos, van a lograr realizar el viejo anhelo de los vallenatos de convertir nuestro territorio en departamento, como se verá más adelante. Introducido ya Rafael Escalona el hombre, puesto que el compositor y su obra lo habían hecho años atrás, en los altos círculos intelectuales, artísticos y sociales del país, comenzó a revelarse en él una nueva fisonomía y otras actitudes que nunca antes se habían notado en su compleja personalidad. En esos tiempos fue cuando le dio por modificar totalmente su vestimenta característica, y de aquellos atuendos méjico-cowboyanos con botas, sombrero, pistolas, etcétera, pasó a lucir unos finísimos trajes enteros de dacrón -que era el alarido de la moda masculina entonces- acompañados de hermosas y a veces extravagantes corbatas de seda italiana. El trabajo agrícola, al que siempre estuvo dedicado y administró en forma personal y directa, fue encomendado a Aristóbulo quien pasó a desempeñar el papel de hombre-orquesta, que incluía también el manejo de las innumerables obligaciones contraídas por razones sentimentales aquí en Valledupar, mientras Escalona cumplía los compromisos sociales, las invitaciones y solicitudes que comenzaban a lloverle de varias partes del país.
En junio de 1964 arrancó para Cali, encabezando una delegación de artistas vallenatos que él decidió llevar para atender la invitación que Alfonso Bonilla Aragón, Maritza Uribe de Urdinola, Fanny Mikey y otros organizadores del IV Festival de Arte le habían extendido. Se llevó a Colacho, a Hugues Martínez, a Alcides Sarmiento y al negro Adán Montero que estaba comenzando a imponer un nuevo estilo que hoy es clásico en el manejo de la guacharaca. En Cali se conocieron con Atahualpa Yupanqui e intercambiaron canciones; oyeron los poemas de Carlos Castro Saavedra; entusiasmaron a Pardo Liada con los vallenatos, y Escalona, no se sabe bien cómo, acabó enamorado de una paisa treintañona, simpática y cordial como todas las antioqueñas, pero que -dicen sus acompañantes- no era ninguna belleza. Mucho menos, agrega Adán, en un lugar como la capital del Valle del Cauca que es la mata de las mujeres bonitas. Al regreso del Festival de Arte apareció la que fue su composición No. 66, que empezó allá mismo. Se llama MARIATERE que es el nombre de su enamorada de esos días, y muchos consideramos que es una de sus composiciones menos buenas.
Y la vida siguió su curso: mujeres, parrandas, viajes,...
El 29 de noviembre de 1965, tres años después de haberse posesionado como presidente de la República en la era del Frente Nacional, Guillermo León Valencia, cumplía su promesa. Esa noche, Escalona con Colacho Mendoza en el acordeón, Simón Herrera en la caja, y Donado Mendoza en la guacharaca, pusieron a trinar uno de los salones de recepciones del Palacio de San Carlos en medio de un jolgorio memorable que concluyó al día siguiente con dos grandes y valiosas lámparas de bacarat vueltas añicos, un tapiz del Siglo IX deshilachado y "la majestad de la República" -que decía inconforme Pedro Castro- flequeteando al amanecer, por entre la hilaridad y el sentimentalismo de las notas de los aires vallenatos. Una parte de la prensa se refirió al hecho discretamente, sólo para resaltar -criticándola- la improcedente, inoportuna y descomedida juerga del presidente con "unos músicos costeños". El Espectador, en cambio, publicó en primera página una hermosa crónica de Iáder Giraldo en la que el inolvidable periodista exaltaba la música vallenata y se refería a la garra del águila que el presidente Valencia le había obsequiado a Escalona.

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