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Para 1973 habían transcurrido seis años desde cuando hizo el canto a Pedro Castro Monsalvo y no se vislumbraba ninguna otra composición del Maestro. Unos decían una cosa para explicar su mutismo; otros aseguraban otra; pero Sergio Moya Molina fue quien mejor captó el sentimiento colectivo con el paseo que compuso en 1972 cuyo título es "El Silencio Musical" y cuya letra dice así:
Hay un profundo silencio en el Valle,
un silencio musical,
y es porque el compositor más notable
ha dejado de cantar...
No se sabe qué le habrá sucedido
al Maestro Rafael:
parece que se ha quedado dormido
en su ramo de laurel
Coro:
Es un caso lamentable,
comentan muchas personas
que no se escucha en el Valle
nuevos cantos de Escalona
Muchos preguntan si es cierto
la noticia callejera,
de que el famoso Maestro
lo mató una molinera
No le ha vuelto a componer a la Maye,
tampoco a Rosa María
ni a la dueña de La Casa en el Aire
una nueva melodía
No podemos aceptar el silencio
que mantiene Rafael por eso,
mientras despierta el Maestro
vamos a cantar por él...

Pero mientras Moya y muchos más se preocupaban por su silencio, él andaba rondando por la casa de los Cuadrado en Villanueva, donde vivía una niña de pelo claro y ojos verdes que le puso el corazón patasarriba y lo hizo olvidarse de la extensa nómina de nombres femeninos que habían pasado por su vida.
El entusiasmo que despertó la candidatura presidencial de Alfonso López en todo el país se reflejó de manera especial en Valledupar, donde el de por sí numeroso comité pro-candidatura que se nombró inicialmente, desapareció de hecho, apabullado en sus programas por la espontánea iniciativa popular que, en forma masiva, se adelantaba a las convocatorias y sobrepasaba en fervor y en mística a los más generosos cálculos de los politólogos. Lo de Valledupar fue un fenómeno multitudinario de solidaridad hacia el candidato y hacia su esposa, que dejó boquiabiertos a los observadores del país, pero que para los conocedores no era sino la refrendación de un afecto ancestral que hundía sus raíces en la propia tierra vallenata.
En mayo de ese año los vallenatos andaban dispersos por todo el territorio promoviendo la candidatura López; y Escalona que entonces no era, como alguien ha afirmado, un empleado público, estrenó su paseo LÓPEZ, EL POLLO que se convirtió en una especie de himno de la campaña. En septiembre fue a dar a Leticia formando parte de la delegación que el Comité Central destinó a la Comisaría del Amazonas. Eran sus primeras incursiones en el terreno político, donde a lo más que había llegado era a depositar su voto por el partido liberal a favor de sus amigos, aunque el intríngulis del resto ni la conocía ni le interesaba. Pero él estaba allá, porque sentía que debía estar promoviendo la candidatura de Alfonso López, y punto. Allá en Leticia, allá en la frontera, como él mismo lo reconoció más adelante, Escalona anduvo lejano y distraído. El recuerdo de la jovencita de Villanueva a la que mantenía asediada a cartas, marconigramas, razones, mensajes, presentes y cuanta manifestación sentimental se le ocurría, era el rescoldo donde se cocinaba una pasión madura tan avasallante como la de los años juveniles.
En cuatro días de ausencia envió no menos de doce cablegramas para ella, para la mamá de ella, para las hermanas y los primos de ella, para Poncho Cotes y alguna amiga de ella, muchos de los cuales llegaron a su destino con días de retraso y otros nunca llegaron. Todos decían lo mismo de diferente manera: que se estaba consumiendo de amor por Dina Luz Cuadrado, que todo lo que veía se la recordaba, que no dejaba de pensarla, que... Cuando regresó buscó a Poncho Cotes para cantarle, a él de primero, la composición que hizo y que le había anunciado en el último marconigrama que puso antes de abordar el avión, cuyo texto es el siguiente:

Alfonso Cotes Queruz
Valledupar
Todo bien punto Campaña presidencial aumentando más que Cesar en época de creciente punto Te llevo merengue bonito que le hice a la Mona punto Espérame punto Mientras anda Villanueva darte cuenta de ella avisarle regresamos sábado punto Abrazos
Rafael


Cuando se cumplió lo anunciado, el compositor, motivado obviamente por el amor, regresó con un merengue que reverdeció sus viejos laureles y que se convirtió en éxito de inmediato: DINA LUZ
Allá en Leticia, allá en la frontera
la gente miraba mi triste actitud
qué brasilera, ni qué brasilera
a mí me enloquece no más Dina Luz...

Y enloquecido por Dina viajó en enero de 1975 a la ciudad de Colón (Panamá) a donde López Michelsen lo nombró cónsul de Colombia. Antes de viajar, en noviembre de 1974, hizo el son LA MISIÓN DE RAFAEL, que cuenta del encargo que le dio el gobierno de ir a desempeñar funciones consulares en la tierra del General Omar Torrijos, con quien después entabló una gran amistad. Este canto no fue hecho al General Torrijos, como lo afirma un beligerante contradictor nuestro en una obra. La mención del General obedece al hecho de que era la principal figura panameña y a las buenas relaciones de amistad que mantenía con su homólogo colombiano el presidente López que es, finalmente, a quien Rafael se dirige en su canción.
Dina Luz llegó a Colón en marzo de 1975, y su llegada, que marcó el comienzo de la más larga convivencia de Escalona con una mujer distinta de la Maye, también fue la protocolización, ante el público, del fin de su matrimonio con Marina, de quien se separó definitivamente a partir de ese momento.
El ingreso a un mundo burocrático portuario totalmente desconocido para él y donde predominaban los conflictos, los choques de intereses, las intrigas y las trampas, las zancadillas y el dá-que-te-vienen-dando para poder sostenerse, fue un cambio brusco para Escalona que, si bien en ese momento era un hombre de 48 años curtido por la vida, seguía siendo fundamentalmente un ser sentimental, generoso, noble y desprevenido, que de contera se estaba desangrando en el cepo de un amor otoñal, del que precisamente gozaba la luna de miel.
Tal vez lo único que atenuó la ordinariez del cambio fue la tranquilidad de tener a Dina Luz con él. Pero aún con ella a su lado no pudo sustraerse al agobio de la nostalgia y al peso de la evidencia que cada día que pasaba para Escalona-cónsul iba siendo un día menos para Escalona-compositor. Oprimido espiritualmente por ese embrollo diario de vistos buenos, tarifas sobre tráfico de barcos, recargo porcentual, sobre tiempos, cobros en horas no regulares, documentos únicos, tránsitos sobre el canal y demás perendengues de la parafernalia consular, echó mano de sus inagotables recursos sentimentales y se puso a escribir cartas. Escribió frenéticamente tantas hojas de papel como días tiene el año y horas tienen los días. Les escribió a todos sus amigos en todas partes. Les escribió en Valledupar a sus hermanos y a sus hermanas, a su cuñada Rosario Arregocés-una mujer inteligentísima y de gran fuerza moral que lo ha querido mucho-, a su hija Ada Luz, a su hijo Berni, a Poncho Cotes y Darío Pavajeau, a Andrés Becerra y Alvaro Araújo, a Adelmo Dam y Alfonso Pimienta que se estaba muriendo lentamente, a Jaime Molina y a Carlos Alberto Atehortúa, a Carlos Manotas y a Hernando Molina, a Luis Camilo Maestre y a Julio Gámez. Les escribió en Bogotá a Fabio Lozano y a Fabio Echeverry, a la niña Ceci y al doctor López. En San Jacinto, a Adolfo Pacheco; y a Luis Enrique Martínez en El Copey; a Juan Félix Daza en Villanueva y a Miguel Pinedo Barros en Santa Marta, y a muchos amigos más en muchos lugares distintos.
Eran cartas por nada y por todo. Unas de recomendación para algún amigo de Colombia que le había escrito allá a Panamá solicitándole que interviniera en algo para ayudarlo. Otras, para pedirle a alguien que ayudara a algún amigo que no le había escrito pero del que había tenido noticias que necesitaba ayuda. Estas para preguntar por la gente y mandarle razones a todo el mundo. Aquellas para responder las razones que todo el mundo le había mandado con la primera gente. Y todas, un pretexto para el afecto. Fue una correspondencia nutrida y patética que cayó sobre Valledupar y sus alrededores como una llovizna sostenida durante más de mil días. Pero no era un simple despilfarro de tiempo. Era, fue, la única arma con que se pudo enfrentar a la soledad.

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