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Esa misma sociedad, que a principios de siglo para sus bailes de
Nochebuena y Año Nuevo utilizaba las vitrolas europeas que, como el
acordeón, habían llegado por vía de Riohacha; que prefería los
pianos y las guitarras españolas para amenizar sus reuniones
festivas, apenas comenzaba a dar el paso hacia la música de viento,
como entonces llamaban aquellas numerosas agrupaciones o bandas de
pueblo donde cada músico tocaba un estrafalario instrumento de
cobre amarillo y otros dos hacían sonar un gran bombo y un
redoblante. A la mayoría, pues, no le llamaba la atención ni creía
tener motivos para modificar lo que consideraban refinamiento
cultural, por unos cantos llenos de alusiones personales y de
relatos episódicos de sus autores y su entorno. Pero como toda
regla, esta también tenía una notable excepción en los distinguidos
caballeros arriba mencionados, a los cuales Escalona y algunos
otros jovencitos les seguían la huella. Fue así, con ellos, como,
entre dominicales y feriados, conoció a
Chiche
Guerra y a Lorenzo Morales, de Valledupar; a Fortunato Fernández y
Juan Muñoz, de San Diego; a Pablo y a Juancito López, de La Paz; a
Chico Bolaños, de El Molino, que entonces era el
más grande entre los grandes juglares de esta tierra; a Eusebio
el Negro Ayala y a Fulgencio Martínez, que se
venía enhorquetado sobre las ancas del caballo de Tobías Enrique
Pumarejo cuando bajaba de las sabanas de El Diluvio a Valledupar
para sumarse a los jolgorios que, sábado tras sábado y domingo a
domingo, tenían lugar indistintamente debajo de los cacambales y
algarrobillos de los patios de Lola Bolaños y Juana Pérez.
La llegada de Tobías Enrique tenía para Rafael especiales
implicaciones. Desde muy niño, allá en Patillal, él había visto a
ese apuesto y exquisito caballero a quien todos en el pueblo
adoraban, pasearse soberbio y elegante en un caballo alazán sobre
el cual se desplazaba por toda la sabana visitando familias amigas
y haciéndoles la corte a las más bonitas muchachas del pueblo. Don
Toba, como le decían los menores, cantaba con una voz poderosa los
paseos de los más viejos compositores y otros que él mismo había
hecho y tenía acomodados en guitarra. Rafael se aficionó desde bien
niño a este atrayente personaje y se convirtió en su paje. Detrás
de él, pegado a los cascos del alazán, se mantenía día y noche,
observando y siguiéndole la ruta a Tobías Enrique Pumarejo. Cuando
Tobías iba a bañarse a la Malena, Rafael le brindaba para bañarle
el caballo y ahí tenía ocasión de escuchar en su propia voz los
sones y merengues de este gran compositor que, diría Escalona más
tarde, influyó mucho en su vida musical.
Los lugares y parajes por donde se desplazan estos juglares
llevando parrandas y organizando fiestas se prendieron en la
memoria de Escalona que aún no los conocía: Villanueva, San Juan,
El Molino, Urumita, Fonseca, Barrancas y decenas de pueblitos y
veredas de la provincia, que los acordeoneros mayores mencionaban
en sus paseos, seguían sonando en la cabeza del muchacho
patillalero que ya para entonces -y sin tener mucha conciencia de
ello- estaba poseído por la irreparable necesidad de contar
cantando todos los sentimientos que se le iban acumulando en el
alma. Por razones que no logra explicar bien, pero que supone
tienen mucho que ver con el hecho de que su padrino, don Nicomedes,
era oriundo de allá, y de que su familia materna tenía la misma
ascendencia, Villanueva siempre fue para Escalona una especie de
imán sentimental. La oía mencionar como sede de un venerable
colegio regido por el señor Rafael Antonio Amaya, como tierra de
mujeres bonitas, y sobre todo, como sitio donde había nacido, se
había forjado y seguía creciendo toda una raza de formidables
parranderos de sangre musical.
Grande era la distancia -valga la ocasión de anotarlo- que nos
separaba entonces de este desproporcionado cuanto inexplicable afán
que se ha despertado en ciertos círculos villanueveros por tratar
de colocar esta población muy por encima de Valledupar en el plano
musical, con el argumento, infundado, de que fue ahí, en ese lugar
y no en otro sitio del mundo, donde tuvo lugar el nacimiento de la
música vallenata.
Pero ello aparte, que no es ese el tema de este libro y tiempo
habrá para analizar y debatir este enfrentamiento que algunos
sectores secundarios pretenden establecer, sigamos con Escalona y
su amor por la grata tierra Villanuevera.
En agosto de ese año (1943) a las pocas semanas de haberse abierto
el Loperena, compuso otro canto, el segundo, al que le puso por
nombre EL CARRO FORD, y el que estrenó en las mis mas horas del
recreo nocturno, debajo del mismo laurel y con el mismo grupo
musical de los internos con los que a principios de año cantó
llorando la ida del profesor Castañeda. Esta nueva composición,
distinta en aire musical y en estilo gramatical de la otra, es una
discreta muestra de la versatilidad que demostraría más tarde para
musicalizar cualquier tema, a más de un tácito homenaje a
Villanueva, un lugar que no conocía entonces pero que ya tenía
definitivas resonancias en su vida:
Voy a comprarme un carro Ford
voy a comprarme un carro Ford
que vuele en la carretera,
para hacer una excursión,
para hacer una excursión
por toditas estas tierras
Y si lo comprare
será con llantas nuevas
pa batir el récord
del Valle a Villanueva...
Y en diciembre logró por fin satisfacer plenamente un múltiple
sentimiento de curiosidad y admiración por aquel señor de voz
fuerte y rostro sanguíneo que encontró cantando en las sabanas de
Manaure. Andrés Becerra, de San Diego, lo invitó a Manaure
"a una parrandita que tenemos allá con
Poncho Cotes y otros amigos" y él no se
lo hizo repetir. A las 12 en punto de ese sábado bendito estaban
Andrés y él embarcándose en la Chiva de
Chiche
Pimienta que, con rigor prusiano, arrancaba a la hora en punto,
hubiera o no pasajeros dentro. Llegaron a Manaure acezando, porque
les tocó andar a pie un largo trecho, ya que la ruta impuesta por
la soberana voluntad del Chiche sólo llegaba hasta La Paz y nada
más que hasta La Paz. De allí a La Tomita los llevaron en ancas de
sus bestias unos trabajadores de don Manuel María Morón y de ahí en
adelante caminaron hasta el pueblo.
Las voces que cantaban alto y la melodía de varias guitarras que
escucharon apenas pisaron la sabana les indicaron de inmediato
hacia dónde se debían encaminar. Llegaron secos de la sed, y dentro
de la casa de la señora Petronila Cáceres encontraron a Poncho
Cotes de carne y hueso, con la misma guitarra del mes de julio y la
misma voz sonora cantando:
mis pocos días los acabo de
pasar/pasando necesidades, amarguras y tormentos/yo me resigno y a
veces que me resiento/ con este maldito mundo que me trata de
olvidar/ que es un son de Emiliano Zuleta. Ahí conoció parte
de la pesada de esa época en la Provincia:
Chema
Aponte;
Lucho Pimienta que, aunque era vallenato,
vivía en Manaure; Alfredo y el
Mono Luna; Beltrán
Orozco: Pedro León Acosta; Lácides y Francisco Daza que venían de
azotar las madrugadas villanueveras a punta de música, versos,
rones y amoríos, y ahí estaban en lo fino apurando cerveza caliente
que sacaban de un bulto de fique lleno de ceretas donde iban
colocadas las botellas protegidas por unas escobillitas de paja.
Todos le hablaron de Emiliano Zuleta. Que ése sí es músico, que
como ese no hay, que yo -decía el Mono Luna- se lo echo al
mejorcito que usted encuentre en el Valle, que fulano no le da ni
por los talones a Emiliano, que ahí sí hay notas, que usted lo va a
vé algún día, que esto, que lo otro y lo de acá y lo de más allá y
dale que dale y dale con Emiliano y su acordeón. Tanto le dieron,
que hubieron de pasar muchas horas antes de que le permitieran
hablar de sí mismo. Cuando lo dejaron, les contó que venía de
Patillal, que, como a ellos, también le gustaban las mujeres y el
ron y la música y que en ninguna parte era tan feliz como en una
reunión de amigos donde se cantara y se tomara trago. Les aclaró
que él no tocaba ningún instrumento ni sabía cantar pero que le
gustaba hacer cantos para que los cantaran sus amigos.
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