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Cuando llegaba, iba de casa en casa saludando y preguntando por
todo el mundo y escuchando las anécdotas y cuentos de la gente
patillalera que es maestra en el arte de narrarlos, y dejando en
cada una un presente del heterogéneo muestrario que había
recolectado horas antes de irse. De regreso, con otra cantidad de
paquetes y envoltorios en los que traía gualdrapas, esterillones,
calabazos curados, queriquitas moradas, atados de jamanares y
rebiacanas, ya había calmado su nostalgia y aquietado su corazón
pero seguía predispuesto a las nuevas emociones que le trajeran los
días.
A principios de 1945, en el Valledupar de los acordeones, tuvo
lugar un acontecimiento de golpe y zumbido: el bautizo del nieto de
Rosa García, cuyo padrino era el doctor Ciro Pupo Martínez. Y a la
casa de Rosa fueron a parar los grandes, medianos y pequeños
parranderos atraídos por la fama del acordeonero encargado de
amenizar las fiestas, que lo era Lorenzo Morales. El convite se
prolongó tres noches y dos días y los comentarios siguieron durante
toda la semana siguiente. Pero hubo dos de los mejores contertulios
que inexplicablemente se quedaron por fuera: Rafael Escalona y
Hernandito Molina. Este último estaba recién llegado de Santa Marta
y una vez pisó tierras vallenatas y puso la maleta en su casa salió
a festejar su regreso como mejor pudo, y Escalona, que andaba
pendiente de su llegada, salió a buscarlo y se cruzaron pero no se
hallaron.
Tardes después ambos se encontraron en una cantina del barrio La
Garita, y los comentarios y referencias que los vecinos hicieron
sobre la tan mentada fiesta lograron robustecer el pretexto que
necesitaban para salir en busca de Morales, donde quiera que se
encontrara. Pero no dieron con él en ninguna parte del Valle y
alguien les dijo que "esta mañanita estaba en frente de la
casa de la señora Tiota montado en su burro. Creo que ya iba de
viaje". Así que ellos también armaron viaje esa tarde; y
por la noche, después de mil peripecias encima de una mula vieja y
de un macho tuerto, llegaron a Guacoche con una borrachera de cinco
pisos y la determinación inmodificable de escuchar los sones y los
merengues de quien, para ellos y pese a la fama de Emiliano, era el
mejor juglar en todo el territorio musical de la antigua
Providencia de Valledupar y de Padilla.
Guacoche no era otra cosa que un caserío desolado y triste, con
unas cuantas casas de bahareque y palma amarga, dispersas sobre
unos extensos playones de barro colorado a la orilla del río Cesar.
Muchos creemos que en algún momento de la historia debió haber sido
un Palenque semiescondido en este pedazo del Magdalena Grande,
donde se ocultó algún reducto de negros cimarrones. Los rasgos
fisonómicos, el color negro retinto de la piel y las costumbres de
sus pobladores, a más de ciertas características arquitectónicas en
las más antiguas de sus casas de habitación, hacen pensar en esto,
que si bien no es lo que nos ocupa en este libro, bien vale la pena
dejar consignado a mero título informativo.
Las mujeres guacocheras fueron famosas por la turgencia de sus
formas y por ser expertas artesanas del barro especial que había en
las riberas del Cesar, con el que confeccionaban las famosas
tinajas de Guacoche que durante décadas se anticiparon a la nevera
en su indispensable papel de refrescar el agua para beber la gente.
A las célebres tinajeras de Guacoche se dirigieron Escalona y
Molina cuando llegaron al caserío para indagarles por la casa de
Lorenzo Morales. Ellas se la señalaron y ambos llegaron y tocaron,
pero nada. El hombre no estaba y Amparito su mujer tampoco; había
llegado, sí, al medio día pero por la tarde lo vinieron buscando
dos tipos de a caballo y él había montado en otro y con el acordeón
en la grupa habían arrancado.
Escalona y Molina regresaron al Valle, siguieron con su juma unos
días más y el 6 de enero, en casa de Oscarito Pupo, Escalona les
cantó a sus amigos su paseo EL CUCARACHERO, que también llaman
algunos BUSCANDO A MORALES o EL HOMBRE ANDARIEGO:
Díganle a Morales que aquí estuvo una persona
que llegó a este pueblo con ganas de oírlo tocá;
pasé por su casa y la he encontrado sola,
le toqué la puerta y estaba atrancá.
Porque Moralito es una fiebre mala
que llega a los pueblos y en ninguno para
porque Moralito es un hombre andariego
que cambia de nido ni el cucarachero...
Desde ese momento en adelante, seguido por un regimiento de amigos
y partidarios irreductibles como él en su empeño de vivir intensa y
apasionadamente, la vida de Escalona fue nada más ni nada menos que
un solo canto largo y continuado. Hoy aquí por la mañana y en la
tardecita en La Paz, para seguir por la noche hacia Villanueva o a
Manaure, de acuerdo con la ruta que trazaran los vientos de la
oportunidad; en la madrugada en San Juan, golpeando con sones y
paseos los postigos de barrotes torneados de las ventanas de la
casa de Fefa Brugés; al mediodía en Fonseca, por la noche en
Barrancas, mañana de regreso en Urumita o en El Molino, y pasado
mañana en cualquier otro sitio y lugar de los muchos por donde se
regaron sus cantos y la nombradía de su talento inmenso, sin tener
que ver con que fuera lunes o martes o miércoles de trabajo o
sábado y domingo de descanso.
Dos sucesos especiales iban, además, a jalonar ese año 1945 como
uno de los mejores de toda su vida y el comienzo de la etapa más
fecunda de su obra musical. Inesperadamente, a principios de marzo
atravesaba el parque para ir a la tienda de don Juan Arregocés,
cuando se tropezó a boca de jarro con
Poncho
Cotes, que salía con Alfonso Murgas de la casa de don Carlos
Murgas. Se saludaron a gritos, se abrazaron, se volvieron a abrazar
y después de la euforia del tropezón
Poncho le
contó que estaba en Valledupar porque lo habían nombrado profesor
de la Escuela de Artes y Oficios, donde dictaba clases de Geometría
desde hacía una semana. "Haberlo sabido para matricularme
yo también"-le comentó Escalona- y él respondió con una de
sus carcajadas gigantescas que atronaron la tarde.
¿De modo que
Poncho Cotes estaba en el Valle? ¡Qué
cosa tan buena! Y, para mejor, como profesor de tiempo completo en
la Escuela de Artes. Y ahí en la escuela -le había dicho Poncho-
también estaba de profesor Enrique Luis Egurrola, un amigo oriundo
de San Juan del Cesar, ebanista innato, cuya destreza con la madera
lo había convertido en un experto fabricante de guitarras que se
vendían como extranjeras en el mismo puerto de Riohacha. Pero,
sobre todo, Egurrola no sólo construía guitarras perfectas sino que
las sabía tocar a la perfección y cantaba bien. También cantaba, sí
señor. Mejor dicho, ¡caramba!, Enrique Luis era otro de la misma
cuerda que estaba en el Valle. Buena noticia. Excelente
descubrimiento que, lógicamente, había que celebrar cuanto antes. Y
ningún sitio mejor para el festejo que el Hotel América que en La
Paz administraba don Pacho Mendoza.
Construido a principios de 1940 por don José María
"Chepe" Romero, que llegó desde Soacha
(Cundinamarca) con su hermano Avelino a buscar la vida en estas
tierras de Dios, el hotel, que en un principio tenía otro nombre,
no demoró en acabar convertido en el epicentro de las reuniones de
la bohemia grande que años después floreció en la Provincia.
La Paz misma ya había adquirido categoría de pueblo importante
gracias a su estratégica situación geográfica que la colocó como el
eje de las comunicaciones terrestres entre Valledupar y los pueblos
de la baja Guajira. Por su parte, dentro de sus muchas virtudes,
Valledupar cargaba con la mala fama de ser tierra insalubre y
peligrosa por la intensidad del paludismo que se padecía en su
territorio, tanto como por el carate que los nativos llamaban
jobero y que era una enfermedad de la piel
transmitida por un mosquito que asoló mucho tiempo a los
valduparenses, sin respetar categorías pero con énfasis en las
clases populares, hasta cuando Leonardo Maya Brugés, un joven
médico cuya tesis de grado sobre dicha enfermedad fue laureada por
la Universidad Nacional, se instaló en su consultorio y se dedicó a
desterrar el jobero o carate de las manos, rostros y piernas de los
habitantes de la región.
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