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1946 lo encontró en pleno proceso de maduración física y espiritual, que se acentuó abruptamente a partir del 4 de enero cuando Jorgito, el menor de los cuatro hermanos Escalona y con el que mayores afinidades sentimentales mantenía, murió después de varios días de intensas calenturas y malestares agudos, que se conocían con el nombre de fiebre perniciosa. "Su muerte-recuerda Escalona- me tomó completamente desprevenido y todavía la recuerdo como lo que significó en ese momento para mí: una gran conmoción. Yo era un muchacho que apenas tenía o iba a cumplir 19 años y lo único que había sentido era una gran felicidad por todo y en todas partes. No sabía lo que era una pena familiar de este tamaño, así que ver morir a Jorgito me sacudió de pies a cabeza. Creo que eso me maduró más y me endureció; me volví fuerte para enfrentarme a algo para lo que no estaba preparado como era el dolor moral. Pero seguí viviendo, creciendo y cantando porque esa es la vida".
El desarrollo vital y anímico continuó aceleradamente. Ya no hacía falta, ni le importaba mucho que nadie le dijera que era inteligente; que ninguno le asegurara que tenía una predisposición especial para la música y la rima, o que los mayores le echaran el brazo con cariño para rubricar la admiración que le producían sus cantos, ni que sus contemporáneos o los menores que él se sintieran realmente a gusto oyendo sus canciones porque él, mejor que nadie, estaba consciente y seguro de todo eso.
Claro que no podía precisar -todavía no lo puede- cómo ni cuándo ni por qué le brotaba ese deseo, esa necesidad de referir las cosas, las situaciones o los sentimientos de él, de sus amigos o simplemente del entorno en que se movían, sublimándolos bajo el prodigio de la música, porque la verdad era que nunca lo hacía deliberadamente. Nunca se formó el propósito ni se impuso la tarea de fabricar, en la más rigurosa acepción del término, los versos rima por rima, sílaba a sílaba, rebuscándose palabras bonitas o creando metáforas elaboradas para que le quedaran buenos. El ni siquiera sabía que todo eso es poesía pero también es historia. Lo único que necesitaba era el motivo. Que se diera el hecho con todas sus circunstancias románticas o jocosas o ridículas o trágicas o simplemente ingenuas, como en el caso del Jerre-Jerre, que lo demás quedaba a cargo de su inspiración certera.
Ya los muchachos de la Provincia que estudiaban en el Liceo Celedón o en la Normal de Barranquilla, habían regresado comentando que su nombre comenzaba a mencionarse junto a Juan Muñoz, a Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta, y al lado incluso del mismo Chico Bolaños, cuando ellos, entre la nostalgia y las matemáticas, sacaban un ratico para hablar del Valle y terminar cantando los paseos, sones y merengues que empezaban a divulgarse con el nombre genérico de vallenatos. Ya no cabía un miembro más en la anchurosa cofradía de sus partidarios y seguidores que se identificaban a la legua por esa aura especial de ternura y resolución que caracteriza a todos los parranderos del mundo. Ya no había, en muchos kilómetros a la redonda, una sola muchacha que no soñara con ser musa inspiradora de sus estrofas magistrales, que le habían dado respetabilidad entre los grandes del vallenato, con los que se codeaba de tú a tú; además, ya poseía la certeza rotunda de que sus amigos lo iban queriendo más a medida que más lo admiraban. Pero, en medio de ese balance halagador que a su edad podía realizar, algo había que no le dejaba encontrar acotejo consigo mismo. Su vanidad -que no ha sido poca- estaba satisfecha, pero el desasosiego apenas estaba comenzando. No podía identificarlo, pero era como la vaga sensación de que se había comportado mal con la muchacha pacífica a quien le despertó las primeras ilusiones sentimentales; como un guayabo moral revuelto con dolores de estómago, pues en esos primeros días de enero cargaba un reconcomio por dentro tal que -como dijera la Chencha- no hallaba pared con qué rascarse la espalda. Se fue para Patillal, donde se reunió con los amigos, y regresó a los quince días sin saber mucho qué cosa distinta de la que estaba haciendo quería hacer con su vida. Lo único que tenía claro era que todo ese peso interior sólo se aligeraba cuando se transformaba en canto.
En los últimos días de enero la alta sociedad vallenata comenzaba a organizar los bailes que abrían la temporada carnestoléndica. El pueblo raso bailaba día y noche en los umbrosos y recursivos salones de carnaval, como el archifamoso Salón Central que, administrado por Marcelo Calderón, abría sus puertas a las 10 de la mañana para que entrara Ño Raimundo y todo el mundo con su correspondiente capuchón enlazado por el talle. El Salón Rancho Alegre, orientado y dirigido por don Víctor Cohen en los patios del elegante Hotel Buenos Aires, era otra cosa: allí no se permitía la recocha de los capuchones y, tal como lo decía el vistoso letrero elaborado con letras góticas, "la administración se reserva el derecho de admisión"; cosa que el noventa por ciento de los bailarines no entendía e igual los tenía sin cuidado porque, decían ellos, "nosotros no necesitamos que nos admitan con tal de que nos dejen entrar".
En las amplias salas de las casas de don Oscarito Pupo, de doña Rita Molina de Pavajeau, de doña Nepta Cotes de Pumarejo, de doña Victoria " Toya" Maestre de Molina, la mamá de Jaime, se llevaban a cabo en riguroso turno los grandes bailes donde las damas de alcurnia lucían sus deslumbrantes y primorosos disfraces de bailarinas orientales, llenos de tules y gasas flotantes; de majas españolas, con mantillas y castañuelas; de madames pompadures que no podían caminar por los alambres de las crinolinas y que sudaban la lipidia bajo las elaboradas pelucas llenas de rizos que, a base de maguey e ingenio, fabricaba Helina Molina; y, en cierta ocasión, hasta una muy original comparsa de Patrias vivientes envueltas en el tricolor nacional, con gorro frigio en la cabeza y el escudo de Colombia sobre el pecho, que hizo su entrada triunfal al primer baile de la temporada a los acordes marciales del ¡oh gloria inmarcesible!
Escalona poco iba a estas fiestas. Le aburría la parafernalia de esos bailes de carnaval de la llamada gente bien donde, primero que todo, había que embadurnarse la cara y disfrazarse de lo que fuera para estar a tono con la ocasión y después estarse ahí parado una y más horas esperando que cada pareja o cada comparsa entrara y, cuando hubiera llegado la última, esperar otra vez a que las mujeres, solas, como si estuvieran de pelea con los hombres, se sentaran todas en fila de sillas pegadas a la pared, mientras ellos desaparecían a grandes zancadas para el patio o la cocina donde, mimetizada detrás de la olla con ensalada de pollo, había una botella de White Horse. Jaime Molina tampoco aceptaba esas solemnidades de mentiritas para algo tan desenfrenado como un carnaval y no le llamaban la atención esos bailes de gala, pero iba y les sacaba más jugo después que finalizaban. Entonces salía a buscar a Escalona para contarle, entre risotadas y burlas, los más destacados momentos de la velada. Así se enteró Escalona de que la noche del sábado de pre-carnaval, don Rigoberto Benavides, el cachaco refinado y elegante que desde décadas atrás se había instalado en la ciudad, donde tanto contribuyó a todas esas exquisiteces sociales, había tenido un fuerte disgusto con su esposa doña Fabriciana.
Benavides, como se le dijo siempre, llegó a Valledupar como farmaceuta del Batallón Bomboná, pero a un solo golpe de ojo abarcó de inmediato la dimensión humana y social de una comunidad exigente y desconfiada con los forasteros. Tuvo él el tino de entender con precisión la escala de valores vallenatos, aprenderse de memoria el orden exacto de las jerarquías establecidas y la prudencia para esperar pacientemente su hora. En la penumbra de la obsecuencia y la discreción se fue vinculando, como boticario servicial y oportuno, con las familias distinguidas, de las que vio nacer varias generaciones, hasta cuando su don de gentes y su amistad personal con apellidos ilustres le abrieron las puertas de la sociedad vallenata de entre la cual escogió a una de sus más bonitas damas para desposarse. El cachaco Benavides, por obra y gracia de su matrimonio con doña Fabriciana Calderón, entre otras cosas, alcanzó un lugar destacado en el mundo social; lugar que él hizo más notorio por virtud de los refinamientos y lujos con que vivía. Su ropa, íntegramente de lino holandés blanco, era enviada a Barranquilla a la lavandería del hotel Tívoli donde la arreglaban semanalmente y la volvían a despachar a Valledupar. Se bañaba en agua de colonia Jean Marie Farina y tenía una verdadera colección de zapatos blancos en todos los estilos. Era todo un personaje que, sin haber dejado nunca de ser cachaco en la mejor acepción, era también un vallenato integral.

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