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Esa vez en Cartagena entró a un almacén y vio collares de perlas falsas, aretes de fantasía, pulseras de cobre reluciente como oro, cintas de raso y peinetas de carey y mil cositas más de esas que venden los almacenes de los puertos para descrestar turistas o enamorados gastones. Y compró de todo. Siguió andando y llegó a la tienda de un turco, donde mandó a cortar tres yardas de satín blanco y cuatro de opal del mismo color. Compró unas pantuflas chinas llenas de dragones bordados con mostacillas y sutaches, un par de garzas hechas con alambre y conchitas de mar y lo que le quedaba lo remató en un frasco de agua de colonia que compró pensando en Poncho Cotes pero que terminó en manos de Alfredo Araújo. En eso se le fue la tarde y parte de la noche y cuando regresó cansado al hotel decidió que él no tenía por qué andar como un buen pendejo detrás de nadie y que la que quisiera casarse que se casara con quien le diera su p... gana porque lo que soy yo mañana mismo me voy, que nada estoy haciendo aquí donde no conozco a nadie ni nadie me conoce a mí y si la grandísima alborotada esa del teléfono cree que va a pasar su rato sabroso a costillas mías va a tené que buscá otro palo donde amarrá su burro...
Y tempranito compró su pasaje y abordó la flota.
Fue en el camino entre Cartagena y Barranquilla en medio de nubes de polvo, sentado al lado de una vieja que llevaba una bangaña llena de alegrías con coco y anís de las que también compró una docena, que volvió a pensar en la vieja Sara María Baquero. Lo agarró de plano el sentimentalismo y la añoranza por aquel formidable espécimen humano que era la maternal y enérgica amiga de los amigos de sus hijos, en cuya compañía tanto había disfrutado de las cosas del alma. Recordó aquellos días en El Plan repletos de amistad, de atenciones, de la sana alegría que dan las cosas simples y poco le faltó para que le dijera al chofer que se desviara un poco y echara a rodar por la inexistente carretera hacia El Plan. Apenas se bajó del tercer bus que tuvo que abordar en su largo recorrido y puso el pie en Valledupar, comenzó a silbar. Era que ya, en el exclusivo pentagrama de su exuberante talento musical, traía escritos los compases del merengue con que por fin iba a satisfacer uno de los más grandes y profundos deseos de su corazón.
Sin preocuparse mucho por la insistencia de don Cleme en saber de las calificaciones en el Liceo "que me las trae Crispín ahora que venga" según dijo, esa misma tarde salió para La Paz a buscar a Poncho Cotes. A él le entregó un llavero que traía un cangrejito disecado colgando de una cadena y se puso a silbarle y a cantarle lo que estaba haciendo para la Vieja Sara.
Tres días después, un jueves temprano, sin mucho preparativo y sin ninguna otra compañía, ambos subieron a El Plan donde llegaron antes del anochecer. Como todo debía responder a un plan minuciosamente elaborado para hacerse perdonar las dos veces que habían dejado esperando a la vieja con sus sancochos listos, Escalona y Poncho se quedaron ocultos un buen rato hasta cuando la noche plena cayó sobre la sierra.
Cuarenta años han transcurrido desde ese momento y todavía la voz de Escalona se quiebra al rememorar la escena: "Nos que damos algún rato en la casita de Simón Salas que quedaba delantico de la de la Vieja Sara, para que ella no nos viera. Al oscurecer más, vimos que las brasas del fogón comenzaban a apagarse y nos fuimos acercando pero los perros formaron un alboroto que obligó a que alguien, dentro de la casa, encendiera una lámpara de petróleo que era la luz de la época. Cuando sentimos que se estaban levantando y comenzaban a quitarle la tranca a la puerta, Poncho Cotes se apresuró y preludió la guitarra y enseguida comenzaron a sonar los compases del merengue. Fue como si hasta los perros hubieran entendido porque se callaron y entonces cantó como él solo sabe hacerlo:
Yo vengo a hacerle a la vieja Sara
una visita que le ofrecí
pa que no diga de mí
que yo la tengo olvidada.
También le traigo su regalito
de un corte blanco con su collar
pa que haga un traje bonito
y flequetee por El Plan
Para que diga
que este regalo
se lo hizo un compadre
de su hijo Emiliano..."

Una semana con sus días y noches completos estuvieron los dos amigos en los predios de la matriarca rebosante ella de alegría con la presencia de ambos. Allí compartieron el gozo del merengue con los hijos de la vieja y con sus primos, nueras, yernos y cuanto ser viviente habitaba esos parajes, donde ella reinaba en forma absoluta. Sus dos hijos y su sobrino, músicos los tres, alternaban con Poncho Cotes en la amenización de las horas; pero ya Emiliano Zuleta comenzaba a rivalizar con su hermano Tofo Salas en la destreza en el manejo del acordeón y en la construcción de los versos de sus respectivas composiciones. Y aunque era apenas una competencia tácita, que más se originaba entre los mismos familiares que tenían sus propias preferencias, que entre ellos mismos, cada uno sabía que el otro era un contendor de respeto en el arte musical.
Desayunos que se servían a las 11 de la mañana, almuerzos que se despachaban a las 5 de la tarde, comidas que empezaban a cocinarse a las 10 de la noche, fueron testigos de ese interminable desfile de melodías y versos vallenatos que fueron pasando de garganta en garganta y de dedos a dedos en aquellos 7 días inigualables, en que el afecto por el compositor y su amigo se desbordó en atenciones y delicadezas.
Un día, Emiliano agotó su repertorio de paseos, merengues, sones y puyas y repasó todo lo que Escalona tenía compuesto hasta ese momento. Simón Salas -que era tan bueno como los anteriores- demostró su calidad; pero Toño no compareció para participar en esa cordial confrontación en que habían pasado una tarde y la noche que se les vino encima. Todos estaban ya agotados, extenuados por tanto ron, tanta comida, tanto cantar y tanto ejecutar la guitarra y los acordeones, y de uno en uno fueron cayendo dormidos en hamacas y camas de lienzos. El cuarto principal, que era el más amplio y alto, había sido destinado para las hamacas de Escalona y Poncho Cotes, una seguida de la otra, sin el apretujamiento en que quedaban las de los demás familiares. A un lado de las mismas, en una troja cubierta con hojas de plátano, a la usanza de las fincas de antaño, descansaba Emiliano Zuleta.
"Serían como las 12 de la noche -recuerda Poncho Cotes- cuando nos despertamos sobresaltados con el estrópicio de unas puertas violentamente abiertas y el ruido de unos cascos de caballo casi encima de nuestras cabezas. Logramos apenas incorporarnos en las hamacas en el momento preciso en que una especie de visión, una estampa griega, como de centauro, entre relinchos y caracoleos se colocaba entre la hamaca de Rafael y la mía. Creí realmente que estaba delirando y pienso que a Escalona se le debieron pasar todas las borracheras juntas bajo el efecto de la aparición. No había acabado de restregarme los ojos para saber si aquello era verdad o mentira cuando sentimos las notas del acordeón que, desde encima de su caballo y dentro de la casa sagrada de la Vieja Sara, comenzaba a desgranar Tofo Salas para acompañar el merengue que cuatro días atrás llegamos cantando y que él se aprendió enterito de tanto oírnoslo:
Se oye una voz en la noche,
se oye una voz que la llama:
ese soy yo y Poncho Cotes
llamando a la Vieja Sara...

"Ha sido una de las cosas más impresionantemente hermosas que me haya tocado presenciar en mi vida: un hombre de la humildad y la modestia de Toño Salas, que sólo se crece y se agiganta cuando se abraza al acordeón para extraerle todos sus tonos y hacer de su escala sencillamente lo que a él le dé la gana; que había estado todos esos días más bien apartado y discreto dejando que Emiliano llevara la voz cantante y dominara el auditorio; que a quienes lo conocemos bien no nos cabe ninguna duda sobre sus indiscutibles cualidades de intérprete magistral, y que de pronto se presenta ahí a media noche montado en su caballo, atravesando alcobas y deteniéndose al pie de nuestras hamacas para dejarnos escuchar su versión del merengue que Escalona le había compuesto a su madre, fue algo que nos atravesó la piel y se nos incrustó en el alma.

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