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INDICE
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Escalona comenzó su asedio ese día, sin ningún resultado, y al
siguiente inventó viaje para El Molino. Pero allá se llevó la
primera sorpresa de su vida: la joven no tenía ni el más remoto
deseo o interés o curiosidad siquiera por el inesperado visitante,
que llegó en la tarde y se encontró con un cerco hostil de caras
duras de hombres que, cual más cual menos, cargaban todos un
revólver en la pretina de sus pantalones, y de mujeres a las que lo
que menos les llamaba la atención era aventuras con forasteros.
Salió de El Molino tal como había entrado, y este fracaso
estruendoso en un terreno donde siempre se las ganaba todas, enervó
su orgullo y lo dejó fastidiado. Los siete días que estuvo en el
Valle, los dedicó entonces a esa viajadera ansiosa e interminable
que lo acosó siempre y que lo mantuvo más tiempo dentro de un
vehículo rodando por carreteras que en algún lugar definido por
tiempo determinado.
Elsa Armenta ni siquiera se tomó el trabajo de decirle nunca que
no porque jamás le dio oportunidad mínima de que él le
manifestara nada ni le preguntara si era sí. El no tuvo tampoco
modos, medios, tiempo, ni arrestos para hacerla destinataria de sus
célebres papelitos y mensajes porque ni encontró con quién, ni la
localización misma del pueblo, que era de por sí un inconveniente
geográfico notable, se prestaba para ello; por todo lo cual la
admiración y el interés por la morena de El Molino que lo deslumbró
en San Diego, acabaron convertidos en lo único que él podía hacer
sin el consentimiento de ella: una composición musical. En
Villanueva, a donde fue a consolarse de su fracaso, se escuchó por
primera vez el merengue LA MOLINERA que desde el primer momento
entró a la lista de los clásicos del vallenato:
Ay mi vida, ay mi vida,
no creas que es cosa de juego;
tengo mi vida perdida
desde que te vi en San Diego.
Te fuiste para El Molino
y yo me vine para el Valle,
pero me dejaste herido
y ahora tienes que curarme.
Porque yo tengo un dolor
dentro de mi corazón
porque un corazón herido
de curarse es con cariño...
Sus versos son un largo y profundo lamento con el que confiesa la
sinceridad de su situación; reclama quejumbrosamente un poquito de
atención siquiera y deja sentada su recursiva imprecación
romántica, buscando con ella conmover a la impasible molinera. Pero
son también el testimonio de la absoluta indiferencia que a ella le
produjo el hombre más renombrado y disputado por las mujeres en
esos años. El caso de la molinera fue la excepción que confirmó la
regla en la larga lista de heroínas y protagonistas de las
canciones con trasfondo romántico hechas por Rafael. Regresó al
Liceo, y a mediados de julio de ese mismo año compuso EL RETRATO DE
CHIPUCO, dedicado a Cherna Gómez, el compositor fonsequero radicado
en Santa Marta con el que había tenido algunos roces menores por
opiniones de éste sobre la melodía de algunas composiciones de
Escalona, desmenuzadas por Gómez durante las tertulias con amigos
comunes de Santa Marta. Pero es también, pese a la simpleza de sus
estrofas, la afirmación tranquila del orgullo por nuestra
vallenatía en un momento y lugar donde la palabra y la condición
misma de vallenato eran utilizadas y tenidas por muchos como un
peyorativo:
Se lo mando a Cherna Gómez,
para que lo mire con gusto,
el retrato de este hombre
que es el mismo compai Chipuco.
Cornpai Chipuco es el hombre
vallenato de verdá:
como dice Chema Gómez
tiene la patas pintás...
En las vacaciones de julio resuelve atender una vieja invitación
que le han hecho algunos condiscípulos oriundos de Plato, un pueblo
a orillas del río Magdalena, sector que no conoce y que despierta
de inmediato su curiosidad. Rogelio Peña, Rafael Díaz, Otto Cortina
y César Alfaro son los anfitriones plateños que lo llevan a conocer
el lugar donde una hermana de César, de nombre Carmen, va a
despertar en él la misma ineludible atracción que a los doce años
ejerció Rosa Elvira y a los quince
la china Ariño
y a los dieciocho
La Maye, Hilda,
Vevita, y a los veinte Esperanza, Helena, Gloria,
Olga y todas las mujeres del mundo durante toda su vida. Los
plateños son espléndidos festejando la llegada del condiscípulo y
amigo compositor en una fiesta que es amenizada por Pacho Rada y en
la que Carmencita Alfaro es la figura principal. Apenas la ve, le
gusta; pero él no se atreve a brincar la alambrada de las simples
galanterías porque la experiencia vivida en El Molino todavía está
fresca y no se le va a olvidar nunca más aquel sabio refrán de
Manoché de que
cada gallo canta en su
gallinero. No obstante, acorde con su innata condición de
trovero, le solicita a Pacho Rada que lo acompañe con una música
cualquiera, la que Pacho escoja, y que se preste para él poder
comenzar a versear. Pacho utiliza una música de Juan Muñoz, y
Escalona le canta a Carmen:
Si Plato fuera un imperio,
si Plato fuera un reinado,
debía ser Carmen Alfaro
la reina de los plateños.
Tiene presencia de reina,
tiene porte de sultana,
y reina con sus miradas
a orillas del Magdalena...
La visita se prolongó más de una semana, durante la cual Escalona
fue un huésped intachable que guardó adecuadamente las reglas
sagradas del hospedaje. Al venir a Valledupar y regresar después al
Liceo, Carmencita Alfaro no era sino un grato recuerdo entre los
muchos que tenía almacenados en el subconsciente y un punto de
referencia amable para reafirmar su gratitud hacia los plateños que
lo acogieron con tan sinceras muestras de cariño.
El paso del tiempo en esos últimos meses de 1948 borró
definitivamente en
Vevita hasta el último vestigio
de su afecto y él así lo entendió. Dedicó a
La
Maye mayor tiempo, sin perjuicio, claro de su interés por
la Mona, que se acentuaba cuando en las horas del
recreo iba a verla jugar básquet en la cancha de la Escuela Normal
que quedaba a pocos pasos de las aulas del Liceo. Ella, por su
parte, descartada una de las dos competidoras, como lo era su
paisana, comenzó a prestarle mayor atención de la normal al
persistente muchacho, que no se daba por vencido. Quedó pues el
pugilato planteado entre dos fuertes contendoras que se respetaban
y temían al mismo tiempo.
La Maye, por encima de
cualquier otra cosa, confiaba en la fuerza de su amor insomne, con
el que sabía podría derrotar a la mismísima diosa Venus si se
interpusiera entre ella y Escalona; pero, romanticismo aparte, no
ignoraba que jugaba mucho a su favor el hecho de que sus relaciones
con Rafael ya tenían, con gusto o sin gusto, la aprobación de su
familia.
La Mona, en cambio, se sentía plenamente
segura del poder de sus encantos, que saltaban a la vista, y
también de la incontenible pasión que sabía despertaba en el
compositor, que se volvía materialmente loco cuando la veía de
lejos. Al llegar las vacaciones de noviembre todos los jóvenes
provincianos que estudiaban en Santa Marta y Barranquilla sabían,
con pelos y señales, los intríngulis de los amores que por partida
doble mantenía Escalona con las dos muchachas, y no faltó entre sus
amigos el gracioso que dijera que cualquier día Escalona iba a
salir en la nochecita de novio para San Juan y terminaría en la
madrugada casado en La Paz. Fue un chiste que no despejó la
encrucijada de sus sentimientos pero que tenía la fuerza lúgubre de
una premonición. Cualquiera que hubiera sido la razón, lo cierto
fue que, sumados raticos, minutos, horas, días y semanas de esa
temporada húmeda y lluviosa, más tiempo fue el que permaneció en
predios de
La Maye, que visitando la
Monita de los Ojos Verdes en San Juan.
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