González, Florentino
Ficha Bibliográfica
Tomado de: Revista Credencial. N°1. Enero de 1990.
Al doctor José Nazario Florentino González Vargas, quien fue consagrado, en 1825, en San Bartolomé como bachiller, licenciado y doctor en Jurisprudencia, siempre se le llamó don Florentino González. Así se le recuerda en la historia. El, había nacido en Cincelada, Santander, en 1805. Perteneció a lo que se denomina la "segunda generación de libertadores", que es como se singulariza a quienes integraron el radicalismo liberal. Que fue, desde luego, de capital importancia para desamarrar a la república de todos los resabios coloniales; logró el rompimiento de las instituciones heredadas de España; se mantuvo en la vanguardia de los principios federalistas. La caracterizó el afán de profundizar, hasta el exceso, en el examen de los problemas primordiales del país. Obró con rigor moral, que fue otro de sus signos: el patrimonio público no podía confundirse con las avideces de los timadores que se asoman a la vida política. Su noble ímpetu fue la defensa de la totalidad de las libertades. En sus gobiernos, ninguna sufrió mengua, cortapisa, o dejó de aplicarse. Tenía, igualmente, marcada su señal antifeudalista, en un medio donde el feudalismo predominaba. Cuando cayó el radicalismo, se atajó y desvió el ímpetu transformador. Una revolución se inmovilizaba por el imperio de la fuerza de la Regeneración conservadora de Núñez y de Caro.
La vida de don Florentino González se puede dividir en tres aspectos que la delimitan y la integran. El primero, el periodista, oficio que ejerció siempre y en el cual tuvo una categoría internacional. Las letras fueron su vocación que, luego, culminará en obras cardinales para el pensamiento jurídico. Comienza su tarea de escritor en 1827, en el periódico El Conductor, que dirigía don Vicente Azuero, otro valor consubstancial en la vida histórica colombiana. Después de la noche septembrina, en la cual tomó parte, fue condenado a muerte. Se le conmutó esta condena por la de la "prisión solitaria", la cual cumplió en Bocachica. Al ser puesto en libertad, viajó a Caracas, donde el gobierno le encargó de la redacción de La Gaceta Oficial.
Retorna a Colombia en 1830, después del congreso que eligió a don Joaquín Mosquera como presidente. Forma parte, con Rufino Cuervo, Ignacio Gutiérrez y Vergara y Lorenzo María Lleras, de la redacción de El Constitucional de Cundinamarca. En 1833, lanza El Cachaco en compañía de Lorenzo María de Lleras. En 1837, Francisco de Paula Santander imprime La Bandera Nacional, en la cual vuelven a coincidir como colaboradores, Lleras y González. Más tarde, clausurado este periódico, con Azuero y don Francisco Soto pone a circular El Correo. De 1841 a 1845, estuvo en París, donde adelantó estudios de derecho público y de ciencias económicas. Al regresar, se incorpora a las páginas de El Día. El 8 de junio de 1848, aparece el primer número de El Siglo, que él funda y en el cual divulgan escritos Julio Arboleda y Lino de Pombo. En El Neogranadino adelanta sus campañas federalistas, de las cuales fue tan ferviente. En 1861, después de ejercer ante el gobierno de Chile como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, continúa en su vocación de periodista. Editorializa en El Tiempo y, luego, en El Mercurio de Valparaíso.
Esta presencia intelectual y permanente análisis de la vida pública, lo lleva, necesariamente, a la política. Su actividad es constante. Milita en las cercanías del pensamiento de Santander. Como un corolario natural, llega a los deberes públicos. Este es el segundo aspecto de su existencia. Fue candidato a miembro de la Convención de Ocaña, a la cual no pudo asistir por no tener la edad requerida. Esta circunstancia nos revela la primacía que tuvo, desde muy joven, en la vida nacional. Al regresar de su exilio, lo nombran secretario de la Convención Constituyente de los departamentos de Nueva Granada, en 1831. En 1833 lo eligen, por El Socorro, representante al congreso y lo mismo sucede en 1839. Ejerce, interinamente, entre los años de 1834-36 los cargos de secretario de Hacienda, de lo Interior y de Relaciones Exteriores y, luego, la gobernación de la provincia de Bogotá. En 1839, lo designan rector de la Universidad Central, cargo que no ocupa por su incompatibilidad con su posición parlamentaria. Como reacción, renuncia a su cátedra de derecho constitucional. En 1846, Mosquera lo designa secretario de Hacienda. En 1848, es candidato a la Presidencia de la República. En el mismo año, viaja como encargado de negocios a Francia y Gran Bretaña. Lo nominan para vicepresidente del país. En 1853 asiste al vigésimo primer congreso constitucional de la Nueva Granada. Del 6 de febrero del 54 al 58, es procurador de la Nación. Le plantean en el congreso un debate por no haber llevado a la Corte Suprema de Justicia el contrato de arrendamiento de las minas del Zanjón. Cordovez Moure recuerda que asistió al congreso y "con la desdeñosa altivez que lo distinguía", terminó su defensa, pues los cargos no tenían fundamento, diciendo: "¡Condenadme si os atreveis, honorables senadores!" Esa actitud revela su carácter, la conciencia de su sitio en la vida pública colombiana; la altura de sus razones y el desdén para sus detractores.
Complementa su vida de escritor, la de profesor, que sería su tercera característica. Derecho constitucional fue la cátedra que enseñó en Nueva Granada. Recuerdo que en Buenos Aires, cuando visité su universidad, había una placa que lo consagraba como el creador de la especialidad en Argentina. Como consecuencia lógica, terminó escribiendo textos cardinales. Con el apoyo del gobierno chileno, edita un Proyecto de Código de Enjuiciamiento y, más tarde, el Diccionario del Derecho Civil chileno. Además, lanza libros de mucha erudición jurídica, como Ciencia Administrativa, Lecciones de Derecho Constitucional, y un estudio acerca del Uti possidetis de 1810. Sus obras se pueden consultar aún, a pesar de la evolución de la ciencia, por la hondura y maestría conceptuales.
Un volumen de excepcional importancia son sus Memorias, en las cuales, fuera de relatar las razones doctrinarias para haber conspirado contra Bolívar por la dictadura que había implantado inmisericorde contra todo el régimen democrático, hace un repaso de los hechos más vitales que, históricamente, condujeron al caos político en esa época tan deliberadamente mal estudiada. Hace un recuento desde 1810, para detenerse en lo acontecido en la Convención de Cúcuta, en los congresos de 1823, 1824, la rebelión de Paéz, la Cosiata venezolana, la tiranía bolivariana, la conspiración. Desde luego, puntualiza los sucesos más trascendentales y que mayores contradicciones llevaron a las inteligencias que habían luchado por la libertad.
Florentino González, en la generación del radicalismo, tuvo eminente posición. Cuando el partido se dividió, entre otros motivos, por aspectos económicos y sociales –que se sintetizan entre las aspiraciones de los comerciantes y las oposiciones de los artesanos–, él predicaba la libertad de comercio. Esa etapa nacional fue creadora. El país recibió impulso en todos los aspectos: en la educación, caminos, utilización de la tierra, eliminación de los monopolios, libertad intelectual, liberación del poder clerical, relaciones exteriores, fortalecimiento de las provincias, organización del régimen progresivo de los impuestos, eliminación de la usura, rebaja de intereses para el incremento de la producción, apelación al sufragio para estimular la opinión pública, instaurar una república de pequeños propietarios. Culmina con la Constitución de 1863, igualmente sin análisis crítico. Toda esa obra recibió el juicio sesgado de los vencedores de la derecha. Fue una verdadera revolución, la segunda, en lo político, lo económico y lo cultural, después de la Independencia. Don Florentino González y su grupo proponían que los granadinos se ocuparan de la agricultura y de la minería; que nos dedicáramos a vender materias primas y que las manufacturas europeas entraran sin limitaciones. Tulio Enrique Tascón sintetiza la posición de los dos grupos liberales "En realidad los gólgotas o radicales eran liberales de izquierda, idealistas y teorizantes; los draconianos, liberales de centro, que procuraban consultar las oportunidades".
Florentino González murió en Buenos Aires el 2 de enero de 1874. En 1934, se repatriaron sus restos. Su vida de trabajador intelectual, al servicio de la vida pública colombiana, de la ciencia y de la libertad, deja muchos ejemplos para fortalecer la lucha democrática colombiana.
