Gilibert, Juan María Marcelino

Juan María Marcelino Gilibert

Ficha Bibliográfica

Título: Gilibert, Juan María Marcelino
Colección: Militar
Tipo de documento: Texto
Fuente de catalogación : CO-BoBLA

Militar francés, primer director de la Policía Nacional (Fustinag, Haute Garonne, febrero 24 de 1839 - Bogotá, septiembre 11 de 1923). La reorganización del cuerpo de policía de Bogotá, emprendida a finales del siglo pasado por Juan María Marcelino Gilibert, fue fundamental en la configuración de un aparato policial moderno, debido a la introducción de nuevas prácticas de vigilancia y disciplina social. Gilibert ingresó a los 22 años a la carrera militar, en la que alcanzó el grado de sargento mayor de primera clase. Estuvo en campaña en Africa, atravesó el desierto del Sahara y fue distinguido por exponer su vida para salvar a varios compañeros que se encontraban afectados por una epidemia de cólera. En 1870 participó en la guerra franco-prusiana y fue herido en las batallas de Reichshuffen, Sedán y Orleans. Posteriormente cayó prisionero en tres ocasiones, pero en todas escapo de los enemigos. A1 terminar la guerra, fue condecorado con la medalla militar y volvió con su regimiento a Constantinopla, donde fue designado comisario especial de quinta clase de la Policía francesa. Ascendió gradualmente hasta alcanzar el grado de comisario primero, en la ciudad de Lille. Allí prestaba sus servicios cuando el Ministerio del Interior de Francia, a solicitud del encargado de negocios de Colombia, Gonzalo Mallarino, lo seleccionó por sus méritos y conocimiento del castellano para viajar a Colombia a reorganizar la Policía de Bogotá. Gilibert llegó a finales de 1891 y el 1 de enero de 1892, con un desfile al que asistieron el presidente Carlos Holguín y sus ministros, puso al servicio el cuerpo de policía de la ciudad, compuesto por 450 agentes seleccionados por saber leer, escribir y contar, no haber tenido condena judicial, gozar de buena complexión física, sin ningún vicio o defecto, y por poseer maneras cultas y carácter firme y suave. Bogotá, que entonces contaba con mil veinte cuadras y unos 120 000 habitantes, fue dividida en seis circunscripciones de policía, en cuyos centros territoriales operaban las comisarías, cada una de ellas a cargo de 60 agentes y de cuatro comisarios distribuidos en subdivisiones. Complementaban el equipo la División Central y la División de Seguridad, esta última encargada de dos actividades de "supervigilancia": la especializada y la de costumbres, lo que muestra que la concepción de seguridad abarcaba ámbitos no exclusivamente políticos o delictuosos, sino también morales. Los primeros incluían, por supuesto, el descubrimiento de los planes de los enemigos del gobierno, la captura de autores de ciertos robos y la ubicación del paradero de prófugos condenados; y los segundos, estaban al servicio de vigilar la conducta de las prostitutas para evitar los escándalos y morigerar las costumbres de estas mujeres.

Las dos últimas divisiones y la Dirección General de la Policía se ubicaron en un edificio contratado por la municipalidad, el Hotel Universo, situado en la parte sur de la antigua Plaza de Mercado, calle 10 entre carreras 10 y 11. Aparte de la labor de prevención de delitos, Gilibert asignó a los agentes diversas funciones: evitar que los carruajes rodaran a gran velocidad, encender los faroles de petróleo que alumbraban la ciudad, apagar los incendios, prestar atención al aseo de las calles, anunciar con silbatos las horas de la noche, recoger a los vagos y niños desamparados y vigilar el funcionamiento de las pesas y medidas. Además, el Reglamento de Policía, elaborado por Gilibert, aconsejaba diferentes comportamientos para situaciones especiales como el intento de suicidio o la demencia: ,<Si se tratare de un suicidio y quedare alguna duda acerca de la muerte cortará la soga y hará trasladar el cuerpo a una cama, sin sacudimiento alguno, aflojará los vestidos, proporcionará aire y hará tragar a la víctima un poco de agua con vinagre. Frente a un orate pacífico, el agente deberá de hablarle con dulzura y en el sentido mismo de su locura, pero tratándose de un loco armado deberá apoderarse de él y envolverlo en mantas para quitarle la libertad de los movimientos.,. Los agentes también fueron adiestrados para llevar el registro y la estadística de las operaciones diarias, de los delitos, las contravenciones, las quejas, las personas sospechosas y los documentos perdidos, y para que levantaran censos de las casas de juego, de prostitución, de préstamos y del movimiento de transeúntes de los hoteles. La reorganización contempló una rígida disciplina y la imposición del control social. Se ordenaron, entre otras prohibiciones, las de aceptar remuneraciones de particulares, charlar en las calles con "mujeres públicas", silbar, cantar y fumar en Las horas de trabajo; debían ser siempre benévolos, enérgicos, débiles nunca,> y procurar r<convencer primero por medio de la persuasión y no reprimir sino después", evitar ,<todo acto agresivo, toda palabra grosera o injuriosa para todos los individuos detenidos". El cumplimiento de las normas fue celosamente vigilado por Gilibert. Comentaba la prensa que prácticamente vivía en su despacho, que jamás asistía a espectáculos recreativos y que a cualquier hora del día o de la noche visitaba las comisarías de los barrios para observar cómo se respetaba el reglamento o sus órdenes del día.

De su severidad da buena cuenta la destitución de dos agentes que dieron declaraciones a la prensa antes que a sus superiores, afirmando haber visto un fantasma en la calle 14, al lado del Colegio del Rosario, en varias noches de abril de 1892. El contrato de Gilibert venció en agosto de 1892, pero continuó desempeñándose como instructor de la Policía Nacional. Fue llamado nuevamente a ocupar la dirección de la Policía para enfrentar los violentos disturbios que vivió Bogotá entre el 15 y el 17 de enero de 1893, en los que hubo numerosos heridos y más de 50 muertos. La policía fue uno de los blancos de la turba: escuchó repetidos abajos, cuatro de las seis comisarías cayeron en poder de los amotinados, el cuartel general resistió el asalto de la multitud debido a las descargas de fuego disparadas desde los balcones, un agente resultó muerto y otros heridos, y el ejército tuvo que hacerse cargo del restablecimiento del orden. La inusitada furia popular expresaba el rechazo a que los policías controlaran las horas de expendio de chicha, a que disolvieran los corrillos callejeros y a que obligaran a los peatones a caminar por la acera derecha. Era también resultado del cobro de multas, del rechazo a la recolección de "chinos" de la calle para llevarlos a trabajar (marcados con tinta roja) a las haciendas cafeteras, y de los enemigos de la Regeneración que veían en la Policía un nuevo instrumento de represión política. En abril de 1894, Gilibert y la División de Seguridad lograron desmantelar una conspiración de artesanos para apresar al vicepresidente Miguel Antonio Caro y sus ministros por medio de "secciones" guerrilleras que obrarían a un mismo tiempo; éxito policial que se debió a informaciones recolectadas en las chicherías y a que pudieron infiltrar al movimiento artesanal comprando por 200 pesos a uno de los complotados. En enero de 1895 la policía frustró una nueva conjuración en Bogotá, lo que no evitó el estallido de la guerra civil, debido a que a la misma hora de la ejecución del complot se habían acordado levantamientos liberales de respaldo en varios departamentos del país. Gilibert presentó renuncia irrevocable a mediados de 1898, a raíz de un robo a una joyería bogotana. En su carta dimitoria manifestaba que le era imposible controlar .,la enorme cantidad de ladrones, con el escaso cuerpo de agentes a su disposición, y las comisiones que debían atender tanto en la ciudad como fuera de ella. Durante el gobierno del general Rafael Reyes, Gilibert volvió a aceptar la dirección y siguió asesorando a la Policía hasta su muerte, ocurrida en Bogotá el 11 de septiembre de 1923 [Ver tomo 2, Historia, pp. 431-432, 441-442, "El motin bogotano de 1893", pp. 45,3-456.

DARIO AGUILERA PEÑA

Bibliografía

Londoño Cardenas, Fabio Arturo (Brigadier General). "El primer siglo de la República'. En: Alvaro Valencia Tovar, Director. Historia de la Policía Nacional de Colombia. Bogotá, planeta, 7993, pp. 9S144.

Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.

 

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