González, Florentino

Florentino González

Político, periodista, hombre público y catedrático santandereano (Cincelada, 1805 - Buenos Aires, Argentina, enero 2 de 1874). Al doctor José Nazario Florentino González Vargas, quien fue consagrado en 1825, en San Bartolomé, como bachiller, licenciado y doctor en Jurisprudencia, siempre se le llamó don Florentino González; así se le recuerda en la historia. González perteneció a lo que se denomina la "segunda generación de libertadores", que es como se singulariza a quienes integraron el radicalismo liberal. Este fue, desde luego, de capital importancia para desamarrar a la república de todos los resabios coloniales, logró el rompimiento de las instituciones heredadas de España, y se mantuvo a la vanguardia de los principios federalistas. Caracterizada por el afán de profundizar, hasta el exceso, en el examen de los problemas primordiales del país, esta generación obró con rigor moral, que fue otro de sus signos: el patrimonio público no podía confundirse con las avideces de los timadores que se asomaban a la vida política. Su noble ímpetu fue la defensa de la totalidad de las libertades; en sus gobiernos, ninguna sufrió mengua, cortapisa o dejó de aplicarse. Tenía, igualmente, marcada su señal antifeudalista, en un medio donde el feudalismo predominaba. Cuando cayó el radicalismo, se atajó y desvió el ímpetu transformador; una revolución se inmovilizaba por el imperio de la fuerza de la Regeneración conservadora de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro.

La vida de Florentino González se puede dividir en tres aspectos que la delimitan e integran. El primero, el periodista, oficio que ejerció siempre y en el cual tuvo una categoría internacional. Las letras fueron su vocación, que luego culminó en obras cardinales para el pensamiento jurídico. Su tarea de escritor comenzó en 1827, en el periódico El Conductor, que dirigía Vicente Azuero, otro valor consubstancial en la vida histórica colombiana. Después de la noche septembrina, en la cual tomó parte, González fue condenado a muerte. Se le conmutó esta condena por la de "prisión solitaria", la cual cumplió en Bocachica. Al ser puesto en libertad, viajó a Caracas, donde el gobierno lo encargó de la redacción de La Gaceta Oficial. Retornó a Colombia en 1830, después del Congreso que eligió a Joaquín Mosquera como presidente. Formó parte, con Rufino Cuervo, Ignacio Gutiérrez y Vergara y Lorenzo María Lleras, de la redacción de El Constitucional de Cundinamarca. En 1833 lanzó El Cachaco en compañía de Lorenzo María de Lleras. En 1837 Francisco de Paula Santander imprimió La Bandera Nacional, en la cual volvieron a coincidir como colaboradores, Lleras y González. Más tarde, clausurado este periódico, con Azuero y Francisco Soto puso a circular El Correo. De 1841 a 1845 estuvo en París, donde adelantó estudios de derecho público y ciencias económicas. Al regresar, se incorporó a las páginas de El Día. El 8 de junio de 1848 apareció el primer número de El Siglo, que él fundó y en el cual divulgaban escritos Julio Arboleda y Lino de Pombo. En El Neogranadino adelantó sus campañas federalistas, de las cuales fue tan ferviente. En 1861, después de ejercer ante el gobierno de Chile como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, continuó en su vocación de periodista. Editorializó en El Tiempo y luego, en El Mercurio de Valparaíso. Esta presencia intelectual y permanente análisis de la vida pública lo llevaron, necesariamente, a la política. Su actividad fue constante. Militó en las cercanías del pensamiento de Francisco de Paula Santander. Como un corolario natural, llegó a los deberes públicos.

Este es el segundo aspecto de su existencia. Fue candidato a miembro de la Convención de Ocaña, a la cual no pudo asistir por no tener la edad requerida. Esta circunstancia nos revela la primacía que tuvo, desde muy joven, en la vida nacional. Al regresar de su exilio, lo nombraron secretario de la Convención Constituyente de los departamentos de Nueva Granada, en 1831. En 1833 lo eligieron, por El Socorro, representante al Congreso, y lo mismo sucedió en 1839. Ejerció interinamente, entre los años de 18341836, los cargos de secretario de Hacienda, de lo Interior y de Relaciones Exteriores, y luego, la gobernación de la provincia de Bogotá. En 1839 lo designaron rector de la Universidad Central, cargo que no ocupó por incompatibilidad con su posición parlamentaria. Como reacción, renunció a su cátedra de Derecho Constitucional. En 1846, Tomás Cipriano de Mosquera lo designó secretario de Hacienda. En 1848 fue candidato a la Presidencia de la República. En el mismo año, viajó como encargado de negocios a Francia y Gran Bretaña. Lo nominaron para vicepresidente del país. En 1853 asistió al vigésimo primer Congreso Constitucional de la Nueva Granada. Del 6 de febrero de 1854 a 1858, fue procurador de la Nación. Le plantearon en el Congreso un debate por no haber llevado a la Corte Suprema de Justicia el contrato de arrendamiento de las minas del Zanjón. José María Cordovez Moure recuerda que asistió al Congreso y con la desdeñosa altivez que lo distinguía, terminó su defensa, pues los cargos no tenían fundamento, diciendo: Condenadme si os atrevéis, honorables senadores!. Esa actitud revela su carácter, la conciencia de su sitio en la vida pública colombiana, la altura de sus razones y el desdén para sus detractores. Complementa su vida de escritor, la de profesor, que sería su tercera característica. Derecho Constitucional fue la cátedra que enseñó en Nueva Granada; en Buenos Aires, en su universidad, hay una placa que lo consagra como el creador de la especialidad en Argentina. Como consecuencia lógica, terminó escribiendo textos cardinales. Con el apoyo del gobierno chileno, editó un Proyecto de Código de enjuiciamiento y, más tarde, el Diccionario del Derecho Civil chileno. Además, lanzó libros de mucha erudición jurídica, como Ciencia Administrativa, Lecciones de Derecho Constitucional y un estudio acerca del Uti possidetis de 1810. Sus obras se pueden consultar aún, a pesar de la evolución de la ciencia, por la hondura y maestría conceptuales. Un volumen de excepcional importancia son sus Memorias, en las cuales, fuera de relatar las razones doctrinarias para haber conspirado contra Bolívar por la dictadura que había implantado inmisericorde contra todo el régimen democrático, hizo un repaso de los hechos más vitales que, históricamente, condujeron al caos político en esa época tan deliberadamente mal estudiada.

Hizo un recuento desde 1810, para detenerse en lo acontecido en la Convención de Cúcuta, en los Congresos de 1823 y 1824, la rebelión de José Antonio Páez, la Cosiata venezolana, la tiranía bolivariana, la conspiración. Desde luego, puntualizó los sucesos más trascendentales y que mayores contradicciones llevaron a las inteligencias que habían luchado por la libertad. En la generación del radicalismo, Florentino González tuvo eminente posición. Cuando el partido se dividió, entre otros motivos por aspectos económicos y sociales (que se sintetizan entre las aspiraciones de los comerciantes y las oposiciones de los artesanos), él predicaba la libertad de comercio. Esa etapa nacional fue creadora; el país recibió impulso en todos los aspectos: en la educación, caminos, utilización de la tierra, eliminación de los monopolios, libertad intelectual, liberación del poder clerical, relaciones exteriores, fortalecimiento de las provincias, organización del régimen progresivo de los impuestos, eliminación de la usura, rebaja de intereses para el incremento de la producción, apelación al sufragio para estimular la opinión pública. Este proyecto, que culminó con la Constitución de 1863, recibió el juicio sesgado de los vencedores de la derecha. Fue una verdadera revolución, la segunda, en lo político, lo económico y lo cultural, después de la Independencia. Florentino González y su grupo proponían que los granadinos se ocuparan de la agricultura y de la minería; que nos dedicáramos a vender materias primas y que las manufacturas europeas entraran sin limitaciones. Tulio Enrique Tascón sintetiza la posición de los dos grupos liberales: En realidad los gólgotas o radicales eran liberales de izquierda, idealistas y teorizantes; los draconianos, liberales de centro, que procuraban consultar las oportunidades. Florentino González murió en Buenos Aires, en 1874; en 1934 se repatriaron sus restos. Su vida de trabajador intelectual, al servicio de la vida pública colombiana, de la ciencia y de la libertad, dejó muchos ejemplos para fortalecer la lucha democrática colombiana [Ver tomo 5, Cultura, pp. 22-23].

OTTO MORALES BENITEZ

Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.

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