Jurisconsulto, orador, militar, polemista, periodista y
diplomático antioqueño (Valparaíso, abril 12 de 1859 Bogotá, octubre 15 de 1914).
Rafael Uribe Uribe nació en la hacienda El Palmar, en ese entonces jurisdicción del
municipio de Caramanta, pero que hoy corresponde a Valparaíso, en Antioquia. Perteneció
a una estirpe de labradores antioqueños, colonizadores y soldados civilistas, curtidos en
los campos de batalla. Su carácter se templó al contacto del ejemplo familiar y al calor
de las faenas del campo con su multitud de rudos quehaceres cotidianos. Sus primeras
lecciones las recibió de su propia madre. Cuando cumplió ocho años de edad, la familia
Uribe Uribe decidió trasladarse a Medellín, pues don Tomás y doña María Luisa
pretendían educar a sus hijos en debida forma. Durante sus años de infancia, el escolar
Rafael Uribe sorprendió a sus condiscípulos y maestros por su comportamiento retraído y
huraño, por su apego a la soledad y por su timidez extrema, actitud que no iba con sus
grandes capacidades y con sus excelentes logros académicos, En 1871 ingresó al Colegio
del Estado, como a la sazón se denominaba la Universidad de Antioquia, organizado
militarmente. Fue allí donde aprendió los principios generales de la logística y el
arte castrense, paradójicamente en una institución por entonces conservatizada
totalmente. Durante una crisis económica de don Tomás Uribe, la familia decidió
trasladarse al Estado del Cauca, esperando conjurar las dificultades que afligían la
familia. Allí montaron una nueva hacienda, validos de todo el esfuerzo de su economía
doméstica. El joven Rafael se matriculó en el colegio de Buga en procura de continuar
sus estudios. Se encontraba de colegial cuando estalló la guerra religiosa de 1876,
alistándose con juvenil entusiasmo en los ejércitos liberales del Estado Solierano del
Cauca, presidido por Cesar Conto, enfrentado con el ejército conservador de Antioquia.
Esta fue la primera participación que tuvo Uribe Uribe en las guerras civiles; contaba
entonces 17 años de edad, cuando en la batalla de los Chancos recibió su bautizo de
fuego, resultando herido en una rodilla por la acción de una bala. Terminados los once
meses del huracán bélico que devastó el país, una vez firmada la paz, Rafael Uribe
llegó a Bogotá a estudiar jurisprudencia en el Colegio del Rosario, gracias a una beca
otorgada por el Estado de Antioquia. Allí se graduó en 1880, ingresando al día
siguiente de su grado a la Logia Masónica. En 1881 regresó a Medellín a cumplir los
compromisos adquiridos cuando le fue otorgada la beca. En la Universidad de Antioquia se
posesionó de profesor dictando las cátedras de Derecho Constitucional, Economía
Política y Educación Física, pasando luego a desempeñarse como procurador del Estado.
Durante la revolución liberal de 1885 prestó decidido sus servicios y su valor a la
causa radical, combatiendo con el grado de coronel efectivo al mando de las tropas
liberales de Antioquia. Durante esta campaña tuvo que dar muerte por propia mano a uno de
sus soldados que estaba incitando a la tropa a la insubordinación. Amigo en extremo de la
disciplina y del respeto, no permitió nunca que sus órdenes fuesen discutidas, como lo
demostró tempranamente con este insuceso al que se vio obligado para poder mantener su
autoridad y la cohesión militar de su batallón. Por este hecho fue encarcelado y juzgado
por el gobierno conservador, pero salió absuelto.
También se vio abocado Uribe Uribe a la aventura loca y
efímera de la guerra de 1895 y después del rotundo fracaso que significó para los
liberales esta revolución, fue hecho prisionero por las tropas nacionalistas y recluido
en Cartagena durante cinco meses. De allí salió electo en 1896 a la Cámara de
Representantes, único representante liberal al Congreso por el fraude electoral tan
común en aquel período de la Regeneración. En aquel recinto su voz fue un reto al
bloque homogéneo compuesto por 60 adversarios políticos. Su personalidad inicialmente
tímida dio paso luego al temible y demoledor orador en que poco a poco se erigió,
convirtiéndose más peligroso para el régimen con su palabra que con su sable de militar
activo. Su asistencia al principio no fue bien vista por los viejos dirigentes de su
partido, pero su comportamiento y su actitud combativa y recriminadora a lo largo de las
sesiones lo vindicaron ante la opinión pública, por su gestión de permanente denuncia y
por su labor fiscalizadora. En 1897 la Convención Nacional Liberal le otorgó credencial
para que representara al liberalismo en el exterior, partiendo hacia Centroamérica en
búsqueda de auxilio económico ante los demás partidos liberales de aquella región,
para emprender otra aventura bélica. Por esta época Uribe Uribe descollaba entre los
liberales radicales por su posición extrema. Hacía parte del corifeo de liberales que
incitaban a la guerra como única forma posible de tomar el poder y de implantar las
libertades públicas en el país. Beligerante dirigente, así lo demostró al desbaratar
la Dirección Nacional Liberal, hasta ese momento en manos de personalidades pacifistas.
Una actitud semejante de muchos liberales y la obcecación de un régimen nacionalista que
marginó de toda participación en el poder a los liberales y aun a los conservadores
históricos, ahogando a la nación en un ambiente de intolerancia política y religiosa,
forzó a uña conflagración como la de 1899, que, como un voraz incendio devastador
asoló al país durante 1128 días. En esta guerra tuvo Uribe Uribe un papel de primera
plana, no sólo en los sucesos que la desencadenaron, sino en la conducción y
terminación de la misma. Marchó a los campos de batalla siguiendo el impulso de su ideal
romántico, dejando atrás y descuidados sus intereses económicos, puesto que para él
este tipo de lucha constituía un deber casi sagrado que le imponían sus profundas
convicciones políticas.
El desgaste fue tal en aquella encarnizada lucha, la más
destructora de las guerras civiles colombianas, que después de tres años de derroche
humano y económico, de grandes demostraciones de valor y de solidaridad en las huestes,
el gobierno era impotente para debelar la revolución y los liberales eran incapaces de
derrocar al gobierno conservador. Después de una cuota de más de cien mil sacrificados
en combate y de la desolación nacional que reinaba en todos los campos del sector
productivo nacional, la concepción de muchos de los caudillos empezó a variar, como
ocurrió con Uribe Uribe, a quien la derrota y el desgaste del tiempo fueron transformando
de un exaltado belicista en un estadista partidario de la paz, en un pacifista a ultranza.
Durante aquella guerra, Uribe Uribe luchó no sólo como general en jefe, sino como un
simple soldado; efectuó derroches de valor como cualquier ignaro sargento, combatiendo
hombro con hombro al lado de sus reclutas, participando de las mismas necesidades que la
tropa. Durante las campañas de la guerra de los Mil Días, nadie pudo predicar de su
desempeño que «la sangre del soldado fue la gloria del general>, porque en él se
reunieron los dos papeles. Para que la Nación no sufriera menoscabo en su integridad
territorial, Uribe claudicó en parte su revolución, buscando la manera de conjurar la
intromisión norteamericana en Panamá. El 24 de octubre de 1902, en la hacienda de
Neerlandia, firmó un tratado de paz, con e1 general gobiernista Florentino Manjarrés.
Decoroso, el Tratado de Neerlandia les reconoció a los revolucionarios su categoría de
beligerantes y no el calificativo de vulgares delincuentes o de bandoleros. El gobierno se
comprometió a liberar los prisioneros de guerra y a conceder amplia amnistía con
completas garantías para los comprometidos con la revolución. Desde aquel día, Uribe
cambió su sable de guerrero por la pluma del escritor, trasladando su campo de batalla al
periódico y al parlamento. Si en su primera juventud se había erigido en el apóstol de
la guerra, en su etapa de madurez se constituyó en el apóstol de la paz, en el paradigma
de la civilidad ciudadana, cumpliendo lo expresado en Barranquilla al licenciar y disolver
sus tropas: «Hemos combatido por la verdad y la justicia; nada se nos dé si la fortuna
veleidosa nos volvió la espalda. Despidámonos como soldados y preparémonos a saludarnos
como ciudadanos». De aquella guerra salió Uribe investido como jefe del liberalismo
nacional, rodeado de afecto y de admiración. Todas las capacidades que antes había
puesto al servicio exclusivo de la guerra, las vertió en el desarrollo y progreso
nacional, hasta el punto de convertirse en una turbina gestadora de ideas y de programas,
en un renovador doctrinario de su partido.
Rafael Uribe Uribe fue ante todo un agricultor, sembrador
no sólo de café sino de ideas. Su pasión por la guerra primero y luego por la política
de progreso y de bienestar tuvo dos contrincantes: la vida de hogar y sus trabajos
agrícolas. En 1892 fundó la hacienda Gualanday, en el municipio de Fredonia, y volvió a
su vida de campo, herencia directa de su raza y sus antepasados. Con su diligente
actividad, logró transformar la inhóspita selva en ricos cafetales, convirtiéndose en
uno de los pioneros fundadores de la industria cafetera en el país. En 1893 regresó a
Bogotá, y se vinculó de manera más estrecha con su partido. Vino a administrar los
ricos cafetales de Viotá, la más grande empresa cafetera de Cundinamarca en esa época,
propiedad de don Eustaquio de la Torre, por entonces tesorero de la Dirección Nacional
Liberal. Como montañés apegado a sus costumbres, Uribe Uribe nunca dejó de sentir la
atracción raizal de su tierra. Amó el campo colombiano y en él forjó la esperanza de
progreso de la Nación. Incluso cuando, en desempeño de sus misiones diplomáticas,
estuvo en el extranjero, su preocupación principal fue la modernización y el progreso
del agro colombiano; por ello importó semillas de pasto, de papa, de trigo y algunas
razas de animales, con el fin de mejorar las especies propias. Ya desde 1887, desde las
páginas de su periódico El Trabajo, dedicó buena parte de sus energías al fomento de
la agricultura y a la adopción de nuevos sistemas técnicos en la explotación de la
tierra. Su mente siempre tuvo como uno de los problemas más urgentes el de la tierra.
Uribe se inclinó por una reforma agraria que cambiase su distribución; propuso,
prácticamente, lo que con posterioridad vino a ser el fundamento jurídico de la ley 200
de 1936.
Militar, político e ideólogo, Uribe Uribe también fue
un escritor de fina pluma. El periodismo fue el medio indicado para dar rienda suelta a su
inteligencia. En 1882 fue uno de los redactores de La Consigna y La Unión. Dirigió
también El Republicano y colaboró en El Relator. En 1884, en Medellín, fundó El
Trabajo, periódico serio y combativo de gran acogida entre la sociedad antioqueña.
Cuando en 1886 dirigía La Disciplina, fue reducido a prisión y desterrado del Estado de
Antioquia. En 1891 colaboró en El Espectador. En 1898 fue uno de los fundadores de El
Autonomista, diario capitalino de gran influencia en la vida del país y desde cuyas
páginas se incubó la revolución de 1899, alentando las ansias de libertad de un pueblo
oprimido. En 1911 fundó el diario El Liberal, como órgano ideológico directriz de su
partido, propagador de las ideas liberales y fomentador del progreso nacional. Su labor
parlamentaria empezó como único vocero liberal en la Cámara de Representantes en 1896,
cargo que volvió a ocupar en 1909, cuando también resultó elegido a la Asamblea de
Antioquia. En 1911 fue senador de la República por Antioquia y por Caldas. El gobierno
del general Rafael Reyes, que empezara como de reconciliación nacional, lo llamó en 1905
a participar en su gabinete como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante
los gobiernos de Chile, Argentina y Brasil. Después de cumplir con éxito su misión,
regresó al país en 1907 para constituirse en el jefe indiscutido del liberalismo. Uribe
Uribe encarna en la postrevolución, la conciencia social liberal y la concordia por
reconstruir una nación en ruinas. De la guerra salió renovado, como si al contacto con
el pueblo llano se hubiera sensibilizado. Desde entonces predicó un liberalismo de
izquierda, contagiado de ideas corporativistas y de asistencia social y pública. Postuló
un "socialismo de Estado", como la forma de resolver los conflictos económicos
y sociales desde arriba, desde el Estado, antes de que se presentaran desde abajo y por
las vías violentas. Lo concibió como una especie de profilaxis administrativa: «Un
intervencionismo que busca ante todo justicia social, mayor equidad en la distribución de
la riqueza y con ella mayor bienestar para las clases oprimidas,>. En su pensamiento
social, lo podemos considerar como el precursor del derecho laboral colombiano. Se
apersonó de la defensa del derecho de los obreros a una vida más justa; buscó el
incremento salarial y una mejora sustancial en la educación de las masas proletarias.
Habló de la limitación de las horas de trabajo, del descanso semanal, de la
reglamentación de labores para menores y de mujeres; de la seguridad industrial, de la
atención médica, de los accidentes de trabajo; abogó por las pensiones de vejez y de
muerte; impulsó el establecimiento de cajas de ahorro y, en fin, se preocupó por la
seguridad social del pueblo colombiano. Solicitó la promulgación de un código de
trabajo que viniera a evitar las injusticias. Consideró al sindicalismo como un factor
importante como fuerza ordenadora del querer de los obreros. Del cooperativismo llegó a
conceptuar que era uno de los medios para transformar las condiciones del país: «Lo que
se necesita es el desarrollo del espíritu de asociación». Sin embargo, cuando se
constituía en la figura más promisoria del liberalismo colombiano del siglo XX, Rafael
Uribe Uribe sucumbió a los golpes secos y asesinos de las hachas laboriosas de Leovigildo
Galarza y Jesús Carvajal. Dos humildes artesanos que, azuzados por sectores políticos
reaccionarios, creyeron que Uribe Uribe era el culpable de la crisis económica en que se
hallaba el país y que las obras públicas que adelantaba el gobierno se habían
suspendido por su capricho, quedando hombres simples e ingenuos como ellos sin empleo y
sin recursos. El máximo ideólogo liberal del siglo XX colombiano falleció una madrugada
del 15 de octubre de 1914, a los 55 años de edad. Como diría acertadamente Rafael Maya:
«Su sangre al salpicar las piedras del Capitolio Nacional, había caído simbólicamente
sobre toda la Nación>, [Ver tomo 2, Historia, "La guerra de los Mil Días",
pp. 457-482].
LUIS OCIEL CASTAÑO ZULUAGA
Bibliografía
SANTA, EDUARDO. Rafael Uribe Uribe. Medellín, Bedout,
1973. URIBE URIBE, FARAEL. Obras Selectas. Compilación, Jorge Mario Eastman. Bogotá,
Cámara de Representantes, 1979. URIBE URIBE, RAFAEL.. Labor parlamentaria. Medellín,
Beneficencia de Antioquia, 1980. URIBE URIBE, RAFAEL. Documentos militares y políticos.
Medellín, Beneficencia de Antioquia, 1982.
Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.