A manera de presentación del libro de Consuelo Araujonoguera sobre Rafael Escalona

Por: Alfonso López Michelsen

Hace ya más de cuarenta años, Hernando Téllez, el más sagaz de nuestros críticos literarios del Siglo XX, señalaba los peligros de la literatura nostálgica, tan propia de las plumas colombianas. Destacaba Téllez con gran acierto el peligro de incurrir en el feo pecado de la cursilería, cuando quiera que el escritor se aventura en los terrenos de su vida íntima con el deseo de proyectarla sobre el público lector. Se requiere, insinuaba el agudo comentarista, de una mano maestra para saber detenerse en el borde del precipicio, sin caer en el ridículo de presumir que cuanto tuvo una gran incidencia en nuestra infancia o en nuestra adolescencia reviste la misma significación entre los extraños: el apodo que se le tenía a la abuela, la evocación del ama que nos crió, los chascarrillos de los familiares, que ya perdieron su vigencia entre quienes no conocieron a los protagonistas... Sólo una sensibilidad tan fina como la de Marcel Proust, que consiguió renovar por entero la aproximación al tema, escapa al juicio implacable de la crítica, que ve en la literatura de la nostalgia una debilidad del espíritu ensimismado con su anterior entorno.

En Colombia, de un tiempo a esta parte, y tal vez en razón de nuestros infortunios presentes, este género literario ha cobrado un gran auge, inesperado entre quienes se consagran al cultivo de las letras. No hay un escritor mayor de cuarenta años, cualquiera que sea su formación filosófica o literaria, que no se deleite con la evocación de un pasado idílico destinado a confirmar el viejo adagio, según el cual, todo tiempo pasado fue mejor. Y no porque pretendamos desconocer la validez del aserto en el caso colombiano, sino porque, a la sombra del dicho, se genera un cierto arribismo de mal gusto, que los anglosajones califican de "name dropping", giro imposible de traducir, pero que yo adaptaría con una paráfrasis, llamándolo el hábito de plantar nombres en la conversación para darse importancia, dejándolos caer al desgaire.

¿Quién no ha oído hablar, recientemente, de cómo eran los cafés de Bogotá de los años cuarentas, "cuando estudiábamos con el Gabo"? ¿Para quién es novedad el recuento de los gracejos del "Runcho Ortega", o la letra de los boleros que se tocaban en el antiguo Hotel Granada? Cuando crece el ámbito de la actividad juvenil y se escapa al estrecho círculo bogotano, "la Cueva" de Barranquilla se trasfigura en el café de Pombo de Madrid, y se llega a la apoteosis, describiendo el dramático final de Gabriel Turbar en París, "cuando el viento de otoño arrastraba las hojas secas de los castaños por la calzada de l'Avenue Montaign expiraba el gran colombiano en su recámara del Hotel Plaza Athenée...". No sé por qué razón se me antoja que hay muchas maneras de relatar estos mismos hechos, que son la crónica vigorosa de nuestro discurrir histórico, escuetamente y en forma directa, sin adornarlos con la nota nostálgica.

Consuelo Araujonoguera sortea con fortuna esta tentación, sin incurrir en el género nostálgico, comprometiéndose en una aventura tan riesgosa como es la biografía de un contemporáneo, todavía en vida, y cuyas intimidades afectivas la autora tiene que poner al descubierto para revelar la cronología y la raíz de cada uno de sus cantos, No es tarea fácil y, para quienes estamos familiarizados con el escenario de Valledupar, constituye una hazaña haberse limitado a lo estrictamente necesario, sin incurrir en el facilismo de darle rienda suelta a su relación personal con el biografiado, al reconstruir el medio vallenato de su infancia y de su juventud, sin distraerse con aquellos episodios de su propia historia que se entrelazan con los del "maestro" para decirnos de una vez,' "Este es Escalona, y punto".

En el Valledupar de mi juventud, una aldea de unos treinta mil habitantes, Escalona era la prima donna del lugar y se comportaba como tal, Consuelo, que apenas era una muchacha en flor, le seguía los pasos. Ella menor, inquieta y culta, dotada de una natural gracia literaria, que años más tarde le abrió las páginas de los diarios de la Capital, y él, joven compositor de canciones vernáculas que en breve tiempo se granjeó un lugar de excepción entre los cultivadores del género vallenato, y consiguió conquistar renombre, no solo más allá de su patria chica, sino allende las fronteras de Colombia, en Venezuela y Panamá y, más tarde, en toda la América española.

Por razón de los vínculos entre ambas familias, y por otras razones que se explican en este libro, entre los dos existió siempre una relación de afecto mutuo pero ambivalente: ve admiraban y rechazaban al tiempo, que es algo que aún se puede vislumbrar en estas páginas cuando la autora, que ha permanecido en su solar nativo fiel a sus costumbres, no obstante lo que lo elogia, se atreve a criticar a su compadre de otros días por andar como un "cachaco" embutido en un traje oscuro.

Juntos eran el adorno del Valle, como se conoce en la Costa Norte de la Capital del Cesar, y contribuyeron a la difusión de la música regional con iniciativas tan fecundas como la creación del "Festival de la leyenda vallenata" que ha rodeado de una aura incomparable entre todos los eventos musicales de Colombia, el de Valledupar.

Consuelo, tras una ardua labor de varios años, intenta divulgarla obra de Escalona, colocando cada uno de sus cantos en su contexto de tiempo y de lugar, pero, sobre todo, buscando a la musa inspiradora, en aquellos cuyo tema es el amor, que sale a flote en casi la totalidad de sus composiciones.

Gentes a quienes he mencionado esta obra, se resisten a creer que revista interés alguno para las personas ajenas a la región, pero, en cuanto les pongo el manuscrito en sus manos, lo devoran y no vuelven a desprenderse del texto hasta haber llegado a la página final. Es cierto que se trata de la vida de un Don Juan insaciable, de un enamorado incorregible, de aquellos que los psicólogos califica rían de víctimas de inmadurez afectiva, pero, al mismo tiempo, es la historia de una sensibilidad con "ángel", como tuve ocasión de decirlo alguna vez, en los siguientes términos:

"En 'Cien Años de Soledad' Gabriel García Márquez menciona a Rafael Escalona como sobrino de un Obispo. Mentira. Rafael Escalona no tiene un Obispo en su árbol genealógico. Tiene ángel, que es mucho mejor. Versificadores hay muchos, pero se diferencian de los poetas en que estos últimos tienen ángel. Un viejo adagio francés decía: 'se nace poeta y el orador se hace'. Nadie puede con venirse en poeta si no se nace con ángel. El de Rafael Escalona es 'grandototote', como decimos en el altiplano, o 'cipote ángel', como se dice en la Costa, porque, siendo un hombre letrado, consigue ser un creador de folclor que alcanza un nivel popular de dimensiones increíbles. Es uno de los más extraordinarios fenómenos colombianos entre mis contemporáneos, porque Rafael le dio al cantar vallenato una categoría comparable a la del tango, la del bolero, la del son o la ranchera, prácticamente solo, arrancando de la entraña popular colombiana y principalmente caribeña unas notas en que se canta todo lo que muchos hubiéramos querido decir y él solo, a la par con García Márquez, lo supo expresar. Sentimental, irónico, autocrítico, ha sido el cronista incomparable de ese pedazo de la patria comprendido entre la Sierra Nevada y el Río Cesar que, aislado por más de siglo y medio, durmió arrullado por acordeones campesinos, esperando al maestro que le enseñara a expresarse, a darle evasión a sus sentimientos, a ser una revelación del Caribe colombiano, que nada tiene que envidiarle a sus hermanos de Cuba, de Santo Domingo, de Venezuela y de todo el Mar de las Antillas".

Raras veces en el mundo de la poesía se produce una simbiosis tan perfecta entre la expresión lírica en la pluma del hombre culto, y el sentimiento auténticamente popular, como ocurre con Escalona. Diríase que aun los campesinos más humildes de la hoya del Río Cesar se sien ten interpretados en las riquísimas imágenes con las que Escalona da rienda suelta a su pasión de eterno enamorado: "Lo mismo que la del toro cuando pisa en el playón, deja su huella en el lodo en forma de corazón", para citar un ejemplo de su lírica.

Para los extraños, estudiosos de nuestro Litoral Atlántico y de las costumbres del trópico, estos relatos sobre la vida de un muchacho de provincia dotado de tantos atributos, el libro de Consuelo debe ser una lectura apasionante. Abre, para el mundo de los antropólogos, un panorama social en donde el predominio del "machismo" es completo y la desintegración de la familia un fenómeno cotidiano. Nuestro hombre va haciendo sus conquistas amorosas al vaivén de sus caprichos y de cada una de ellas sobrevive, como testimonio, un canto en honor de la favorita de turno. Por un instante la beneficiada ocupa su trono y, apoco andar, se ve sustituida por otra. Solamente cuando los años lo obligan a sentar cabeza, como decían los abuelos, queda Dina Luz de dueña del campo, por un período que parece prolongarse en forma indefinida en el tiempo. El propio juglar parece darse cuenta de su predicamento y lo resuelve con una pizca de humor: "Allá en Leticia, allá en la frontera, la gente miraba mi triste actitud; qué brasilera, ni qué brasilera, a mí me enloquece no más Dina Luz"... Son cuarenta años de aventuras galantes, de amores imposibles que, cuando están consumados, invitan a reanudar la expedición en busca de nuevas sensaciones gratificantes, como es alcanzar la más codiciada, la recién llegada, la intrusa, a la que se impone conquistar en cada reunión a donde el galán se hace presente. Nada tan revelador, dentro de este afán de coleccionista, como el episodio de las tres enamoradas, entre ellas "la Maye", su futura esposa, de que da cuenta Consuelo en su biografía. Se ha dicho que la Naturaleza imita el arte y, viendo la telenovela "San Tropel", de tan vasta audiencia, yo no dejaba de admirar cómo los cuadros de costumbres que allí se describen corresponden rigurosa mente a la vida de cualquier ciudad de la antigua Provincia de Valledupar y Padilla, vista a través de la trayectoria de Rafael Escalona, el estudiante enamorado, el cultivador de algodón y el poeta inspirado en ese pedazo de tierra enmarcado entre Barrancas y la Ciénaga de Zapatosa, que los colombianos han aprendido a querer merced a los sones de Escalona en que canta por igual El Molino, la Sierra Montaña, El Plan, Fundación y la Zona Bananera.

Bienvenido este libro de Consuelo Araujonoguera, que sirve de llave del mundo vallenato, para quienes no han tenido el privilegio de conocerlo, sino de oídas. Todos los personajes celebrados por Escalona, vivos o ya difuntos, reaparecen por obra de su pluma animando el paisaje que sirvió de marco a sus hazañas.

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Título: A manera de presentación
fuente de catalogación: CO-BoBLA


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