Desmitificación del hombre y humanización del mito

Por: Andrés Molina

La imagen se conserva en mi memoria tan fresca como la brisa que se colaba por la ventana aquella tarde de sol: ante una máquina de escribir, tan pesada como vieja, ella transcribía a una velocidad impresionante el lento y pausado relato que él hacía. Ella trataba, infructuosamente, de corregirle a voz en cuello el sartal de exageraciones, la narración de hechos no ocurridos, la confusión de otros que sí sucedieron pero no como él los contaba; en fin, toda esa mezcla de fantasía y realidad que imprimía a cada una de sus respuestas, como si fuera posible cambiarle de un día para otro esa incorregible manía que se había consolidado con el paso de los años y que de alguna manera estaría latente en todos sus cantos. 

Así fue como me enteré de la existencia de este libro. Tendría no más de doce años cuando absorto presencié aquella escena en que la autora y su personaje discutían -como sólo dos grandes amigos pueden discutir: en voz alta y con cariño- sobre la cronología de ciertos hechos, la ocurrencia de otros, el origen de tal canción o sobre cuántas estrofas tiene en verdad "El pirata del Loperena" y cuál es el orden real de los versos de "El medallón". Al yerme, él me dijo con esa voz roncosa y llena de ternura que tiene cuando está de buen humor que es la mayoría de las veces: "mijito, sírvame otro trago para poder aguantar esta indagatoria". Y soltó una carcajada.
Sólo ahora alcanzo a comprender cabalmente que esa dosis de ternura, curiosidad, admiración y afecto con que ella lo envolvía, era la única fórmula existente sobre la tierra para que Rafael Escalona se sentara a soportar, bajo un calor agobiante, un más agobiante interrogatorio sobre su vida y que a su vez permitiera que se le corrigiera, cuando no refutara por completo, con pruebas en mano, sus afirmaciones. Y si esa era la fórmula, sólo una persona en el inundo tenía en aquel entonces la confianza necesaria, la paciencia suficiente y la voluntad de sacrificio plasmada en más de treinta años de búsqueda y recolección de testimonios, documentos y pruebas en general sobre la vida y obra de ese hombre de talla mítica que en aquella tarde soleada no podía atreverse a cuestionar la contundencia de la evidencia recaudada durante tantos años de esfuerzos y de esperas.

Y no podía hacerlo porque había descubierto, con la estremecedora clarividencia del que ve pasar ante sus ajos la película de su propia vida, que esa mujer que ahora lo abrumaba con datos y preguntas, antaño la niña que tantas veces se sentara en sus rodillas y acunara en sus brazos, había logrado armar pieza por pieza, de modo impecable, el rompecabezas de su historia con una fidelidad tan certera, que su memoria, más dada a fusionar la ficción con lo real, ya no podría negar Aquella escena, pues, no era tan sólo la culminación de un largo proceso de investigación sino, más que eso, el encuentro ineludible del artista con su espejo.

Alguna vez escuché decir que para que el hecho más simple, trivial y cotidiano del mundo se transformara en historia, sólo necesitaba ser narrado por alguien. Aunque Escalona ya era Escalona antes de este libro y sigue siéndolo aún después de él, sería injusto negar que esta obra, cuya primera edición fue un éxito de ventas en el año de 1988, ha sido un gran aporte al escaso mundo de las letras vallenatas -hoy, cuando todo el inundo presume de saber escribir y opinar al respecto- y que en su momento significó un rescate oportuno de la verdadera esencia de los cantos de Escalona, cuya música había sido objeto de toda clase de abusos, tergiversaciones, mutilaciones y de formaciones melódicas y de sus letras. Y es que a partir de la publicación de este libro, ya no podrían entonces los piratas y testaferros musicales abusar impunemente de la obra musical del Maestro, pues en él no sólo quedó consignada la historia de cada una de sus profundas vivencias y del entorno en que se dieron, sino también, en la primera edición, la letra original y completa de las que entonces eran ochenta y cinco canciones con sus respectivas partituras musicales; recreando así, con inconfundible estilo provinciano, un paisaje musical único e irrepetible que supera a leguas la detallada descripción biográfica para convertirse en el vivo y fiel retrato jamás realizado en la literatura colombiana sobre el mundo onírico, mágico y melódico del más grande cronista de la vieja Provincia de Valledupar y de Padilla.

Fue tanto el impacto, la influencia y difusión que tuvo aquella primera edición, que, aunque muchos insistan ciegamente en negarlo, hasta una serie televisiva se hizo con base en esta obra de Consuelo Araújonoguera; serie que si rompió todos los niveles de sintonía y paralizó al país, se debió en gran parte a la adaptación -no autorizada, por cierto..., pero eso ya es harina de otro costal- de la casi totalidad de los capítulos del libro que hoy se edita por segunda vez. Y no sólo en televisión. También volvieron a grabarse canciones ya olvidadas y otras desconocidas por muchos grupos musicales vallenatos y no vallenatos -entre ellos el de Carlos Vives, que fue catapultado hacia la fama únicamente gracias a "Escalona"-, y se desató toda una "escalonomanía" nunca antes vista que rebasó las fronteras del país. No obstante, por esas ineludibles paradojas de la historia, la criatura opacó al creador La "escalonomanía ", manejada hábilmente por quienes vieron en ella un insospechado filón comercial, pudo más que el ser humano de carne y hueso.

Predicando justicia, es justo también hacer un reconocimiento a la casa editorial Planeta, la única que creyó hace diez años exactos en la propuesta de la autora y que hoy vuelve a renovar su apoyo para que estas sabrosas páginas tengan vida nuevamente. En este país en donde publicar un libro es toda una odisea que muy pocos autores logran, realizar una segunda edición es una empresa más ardua aún que sólo se consigue cuando confluyen, como ocurre en el presente caso, dos elementos imprescindibles para ello: el decidido respaldo de la casa editora y el talante de la obra misma y su importancia ganada a través de estos diez años de desmitificación del Hombre y humanización del Mito. Volver a editar estas páginas es brindarle la oportunidad a las nuevas generaciones de escalonólogos, escalonófilos y escalonólatras, que si acaso sólo lo conocerían por sus inmortales cantos, de recorrer a través de ellas los pasos cardinales de la existencia de ese ser irrepetible, que lo consagraron para la posteridad como una especie sin par de Hombre-Mito.

En diez años han pasado muchas cosas: Escalona ha compuesto algunas canciones más; sigue disfrazado de cachaco en el frío deprimente de Bogotá pero aún sueña con regresar a Patillal a sentarse por las tardes, bajo la sombra de un cotoprix, sobre un viejo taburete, mientras sus dedos tamborilean sobre el cuero templado y suba la melodía que dará origen a un nuevo canto; andareguear por las sabanas en busca de sus recuerdos; y en las mañanitas, encaramarse al Cerrito de las Cabras acompañado por Nandito Molina, Alfredo Araújo y Julio Martínez para conversar con ellos y con algunos otros de los que ya se fueron pero que aún lo visitan en sueños, como el inolvidable Jaime Molina. Y de vez en cuando, hacer una de esas parrandas memorables para volver a escuchar los versos sentimentales de Tobías Enrique Pumarejo, los cuentos de Alfonso Pimienta coreados por las carcajadas de Andrés Becerra, mientras la guitarra y la voz de Poncho Cotes suenan interminablemente para que el corazón se adormezca y pueda, al fin, olvidar todas las heridas...

Por todo esto y más que sólo el corazón conoce, si tuviera que definir este libro diría sencillamente que más que una biografía, que más que un retrato, es un sagrado testimonio de amistad entre la autora y el personaje, y también entre todos los amigos mutuos que juntos dejaron huellas profundas en ese mundo diferente y único que es la provincia vallenata. Mundo que Escalono, como artista, dibujó en sus cantos y que Consuelo con gracia y sencillez se encargó de plasmar en una prosa fluida y rica, agradable de leer y releer.

En esa amistad grande y profunda que los une, cada quien hizo lo suyo en forma limpia y sincera sin sospechar ninguno, que a los libros, como a la vida y como a los sueños -y como a la Custodia de Badillo- también puede aparecerles un "ratero honrado" que cargue con ellos y terminar sin que nadie lo explique, dentro de un barco pirata bandido, que nadie sabe a dónde va... a dónde va...

Bogotá, marzo de 1998.

 

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Título: Desmitificación del hombre y humanización del mito
fuente de catalogación: CO-BoBLA


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