Capítulo I

Infancia y Adolescencia

Patillal y los amigos / Los Primeros Cantos / La marca de las mujeres / El Loperena y Poncho Cotes...

 

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Carnet de estudiante del Liceo Celedón, de Santa Marta

Alguien que tiene por qué saberlo nos decía en alguna lejana ocasión, refiriéndose a Rafael Escalona, que no era simple casualidad el que éste hubiera llegado a ser un caso extraordinario dentro de la música vallenata; y agregaba, para satisfacer nuestra curiosidad ante sus palabras, que fue el amor propio, que en Escalona es profundo, el impulso definitivo para que naciera ese fenómeno de la música que, ignorando todo lo relativo a ella, había creado todo un estilo y cubierto una época completa dentro de la música folclórica colombiana.

"Cuando éramos niños allá en Patillal, nos decía nuestro informante, en la Escuela del señor Nicomedes Daza la vocación de Rafael era el dibujo. Dibujaba mucho y lo hacía bien. Atardeceres con arreboles, golondrinas volando, corazones heridos, rostros de los condiscípulos, figuras de Bolívar y Santander eran dibujadas por él y todos considerábamos que pintaba tan bien que le pedíamos ayuda en las tareas de ese género. Nadie sabía que tuviera capacidad de compositor. Pero un día tanto él como nosotros descubrimos que en eso de la pintura lo aventajaba sobradamente Jaime Molina y... como a Escalona nunca le ha gustado el papel de segundón, prudentemente guardó el pincel y tomó la lira. Una tarde en las vacaciones de diciembre, aproximadamente en 1943, el grupo de los amigos que nos habíamos vuelto a reunir en las sabanas de Patillal escuchamos de su propia voz los versos de El Carro Ford:

Como yo no tomo ron
como yo no tomo ron
quiero mi trago en moneda
pa comprarme un carro Ford
pa comprarme un carro Ford
que vuele en la carretera

Hasta aquí la anécdota de Hernando Molina. Lo demás es la historia que se fue haciendo sola a medida que el muchacho de pantaloncitos cortos iba creciendo y enfrentándose a la necesidad de convertir en estrofas y ponerle música a sus sentimientos y experiencias primero, y después a los incidentes y sucesos que les ocurrieran a los demás.

Hay, sin embargo, un testimonio fehaciente que va mucho más allá del Carro Ford y es el de Justa Matilde, la mayor de los hijos de don Clemente Escalona y doña Margarita Martínez y hermana predilecta de Rafael. Ella dice que las que recuerda como sus primeras composiciones fueron unos versos sueltos que él hizo por ahí a los doce años de edad (1939) durante la visita que en unas pascuas hicieron a Patillal dos distinguidos caballeros de Valledupar, don Casimiro Raúl Maestre y el doctor Ciro Pupo Martínez.

Era la costumbre que el 25 de diciembre, después de la misa de gallo las gentes vallenatas de alcurnia se desplazaran con sus familias, bien a la hacienda La Vega de don Tobías Gutiérrez, bien al pueblo de Patillal, donde matrimonios como los de don César Molina y doña Magdalena Maestre y don Lino Yaneth y doña Trinidad Hinojosa, habían convertido sus casas en la posada obligada de sus parientes vallenatos.

Una vez llegaban los primeros jinetes, seguidos de la recua de bestias donde habían acomodado los corotos necesarios para una estadía que generalmente se prolongaba hasta el 29 o el 30 del mismo mes, los anfitriones ordenaban alistar los colgaderos para las docenas de hamacas que se instalaban en los enormes aposentos de paredes encaladas, techo de palma y piso de barro pisado, y que se abrieran las camas de tijera, discretamente colocadas detrás de un tabique, para las parejas de esposos. En la cocina el revuelo era mayor porque, a más de los cinco o seis chivos (carneros) y las gallinas que se mataban, había también que preparar una res entera, cuya carne, una vez destazada, era adobada y dejada tres días al sol y al sereno, tomando gusto y sazón para los tradicionales y ponderados sancochos de carne salá.

La mayoría de los visitantes tenían potreros y ganados en Patillal o sus alrededores y acostumbraban, el último día, devolver atenciones a los dueños de casa. Entonces, escogían una res de sus propias majadas y la mandaban matar. La mejor carne era para sus anfitriones y el resto para el pueblo. Don Casimiro Raúl siempre viajaba con su esposa doña Delfina Pavajeau y se hacían acompañar por Avelina, una muchacha criada por ellos que les servía en los oficios domésticos y que, por padecer una malformación en las caderas que le daba un aspecto disparejo y torcido era apodada "Avelina la quebrá". En Patillal, al servicio de don Lino Yaneth y su familia se encontraba un muchachón tímido, amanerado y silencioso, de nombre Cayetano, a quien todos conocían como Caye y del que se comentaba que era maricón. Y la gente de Patillal que se ha caracterizado por el humor burlón y las alusiones satíricas, resolvió inventar unos extraños amoríos entre Caye y Avelina, que eran la comidilla de todos cuando la última llegaba en diciembre al pueblo.

Saberlo Rafael y prestarse, con la irresponsabilidad y la gracia de su ingenio para decirlo con música, fue todo uno. El era apenas un adolescente pero ya, al igual que sus contemporáneos, había recorrido el sorprendente camino de los recursos apremiantes para la percepción directa y los conocimientos del sexo, que los muchachos en los pueblos de la Costa transitan desde muy temprano por propia intuición y por iniciativa propia, sin que ningún mayor se los enseñe. A "El Palacio", la finca de don Lino Yaneth, que quedaba detrás del cerro de las cabras, iba Escalona con sus amigos niños como él, a observar todas las formas eróticas que la naturaleza les iba despejando a través de la contemplación del sexo en los animales. Era apenas normal que, para la mente de él, los amores de Caye con Avelina tarde o temprano concluirían en lo mismo que ya él conocía. Y para hacer más jocoso el comentario de que en esa navidad Cayetano iba a proponerle matrimonio a "Avelina la quebrá". Escalona regó entre sus amigos unos versos que decían:

Cuando Caye la pidió
doña Fina no convino
y él se la llevó pal cerro
al "palacio" de don Lino
Detrás del cerro pasaron
la luna de miel con abeja
Cayetano que se va...
y Avelina no lo deja

En esos mismos días, regadas ya entre los muchachos del pueblo las eróticas estrofas que escandalizaron a los mayores sobre los extravagantes amores de una sirvienta malformada y un amanuense marica, se apresuró a hacerse perdonar con otras coplas en homenaje a don Casimiro Raúl ,quien, antes de regresar a Valledupar mandó matar la novilla de nombre Media Luna que repartió entre todas las familias patillaleras:

Don Casimiro Raúl
es un señor muy decente
que mató a la media luna
para darle a toa la gente

Sin embargo, lo más sorprendente de su insólita inspiración infantil es el tiempo comprendido entre los años 1938, 1939 cuando, a pesar de la enorme diferencia de edades, vivió enamorado de Rosa Elvira, una hija de Juana Arias que le llevaba fácilmente diez años a los doce que él iba a cumplir entonces; cosa que para Escalona no representaba ningún inconveniente para andar detrás de la espléndida muchacha acosándola a piropos de grueso calibre, cuando la distancia o los testigos no le permitían pellizcarle las nalgas, agarrarle las piernas y hacerle toda clase de insinuaciones y gestos desesperadamente obscenos.

Una nochecita de noviembre, en los ardores de la adolescencia y bajo el apremio del deseo, se acostó en la sabana mirando hacia la casa del señor Sebastián Tián Daza que era donde vivía Rosa Elvira. De pronto la luna inmensa que iluminaba el caserío se fue ocultando detrás del Cerro de la Falda y el cielo de Patillal se oscureció.

Era señal segura de que el aguacero se vendría en cuestión de minutos y, por lo tanto, no sólo Rosa Elvira se iba a quedar dentro de su casa, sino que él mismo tendría que tomar el camino de la suya sin verla a ella siquiera de lejos. Y así fue. Con los primeros goterones -cuenta su hermana Justa Matilde- llegó corriendo a la casa y se sentó en una banqueta al pie de la mesa del comedor, y a la luz de una lámpara de petróleo, en una hoja del cuaderno escribió unas estrofas que después siguió silbando y cantando bajito, mientras se mecía acostado en su hamaca:

Las estrellas no iluminan
porque tienen nubarrón
dáte cuenta Rosa Elvira
de este pobre corazón.
Las estrellas no iluminan
porque el cielo está nublado
si supieras Rosa Elvira
lo que a mí me está pasando.

Y es partir de este momento crucial de su adolescencia cuando la vida de Rafael Escalona Martínez y la que años después sería su obra musical, comienzan a ser marcadas por la que va a ser, para siempre, la gran determinante y la influencia definitiva en todo cuanto haga, diga, piense, desee y produzca: la mujer.

La mujer en sí misma y en todas sus formas, modelos y situaciones. Como meta o como medio, principio y fin de todo su universo. La mujer como madre o como hermana, o esposa, o querida, o amante circunstancial o simplemente como amiga y causa de un placer estético; la mujer angustia y desvelo de sus amigos del alma o la mujer-niña que el mismo engendró y a la que el primer regalo que le hace es un canto vallenato... Ahí está, latente en toda su obra, la presencia femenina, bien como causa de sus afectos, bien como víctima de sus desprecios y reclamos.

Desde las primeras precoces estrofas que le inspiró una Rosa Elvira que bien podía ser su hermana mayor, pasando por "El cazador", "Las lenguas sanjuaneras", "Carmen Gómez", "El Chevrolito", "El Copete", "El Bachiller", "El trajecito", "Salvadora", "La vieja sara", "El testamento", "La molinera", "La creciente del Cesar", "Esperanza", "El regalito", "La plateña" de los prolíficos años cuarenta; sin olvidar "El medallón", "Honda herida", "Mala suerte", "El mejoral", "El gavilán rastrero", "La historia", "El pobre Juan"; contando también, claro, "Ada Luz" y "Mariposa Urumitera", "El compadre Tomás", y "El manantial" que hizo brotar para que se bañara únicamente su hija Rosamaría. Además de "Los celos de la Mayé", "El destierro de Simón", "Esperanza de Taxader", "Navidad", "La brasilera", "La resentida", "La mona del cañaguate", "El Pirata del Loperena", "El matrimonio de Colacho", "Maria Tere", "Dina luz", su actual compañera a la que también le ha dedicado "Arco iris" y la "Estrella de patillal"; hasta "La última aventura" que es como él ve el matrimonio de Alfonso de la Espriella, "Consuelo" que no tiene nada que ver con quien esto escribe; de mujeres y mujeres se ha nutrido la inspiración del cantor.

Pero esta debilidad y afición por el sexo opuesto no la recoge Escalona del suelo. Antes bien, le viene de casta. Nacido el 27 de mayo de 1927 en el hogar de don Clemente Escalona Labarcés y doña Margarita Martínez Celedón, Rafael y sus siete hermanos debieron crecer lo suficiente para que ante ellos se pronunciara la palabra viudez que entonces tenía connotaciones misteriosas; y para que les explicaran que antes de llegar de Ciénaga a Valledupar el apuesto coronel de la guerra de los Mil Días que era su padre, había estado casado con doña Sixta Tulia Bravo, dama cienaguera que ya había fallecido. Era, pues, un reincidente en el sacramento cuando desposó a Margarita Martínez, mujer de extraordinaria belleza y porte de reina a la que todos cariñosamente llamaban Aló y por la que el recién llegado oficial del Viejo Magdalena Grande perdió el seso tan pronto pisó tierras vallenatas y fue, un día cualquiera, a conocer a Patillal.

A la familia de Aló no le llamaba mucho la atención este pretendiente de gesto adusto y modales parsimoniosos que más parecía un daguerrotipo de enciclopedia que un ser de carne y hueso; pero el Coronel Escalona empeñó todos los esfuerzos y la tenacidad propia de los buenos combatientes y acabó conquistan do a la esplendorosa Margarita Martínez con quien se desposó en la penumbra de la madrugada el 4 de enero de 1913 en la iglesita de Patillal. Justa Matilde, Nelson, Abigaíl, Clemente, Magola, Rafael Calixto, Jorge y Blanca nacieron, en ese mismo orden, en Patillal y allá permanecieron hasta la adolescencia de los mayores; pero a partir de 1935 comenzaron a trasladarse a Valledupar en busca de colegios para hacer la secundaria. Fue aquí donde se enteraron de que por los lados de Ciénaga tenían un hermano medio, hijo del primer matrimonio de su papá de nombre Julio Escalona.

Por el lado de la familia materna, el abuelo Sebastián Martínez y sus tíos Nelson y Beltrán, no fueron precisamente modelos de castidad ni de fidelidad a una sola mujer. Y si de sus hermanos se trata, Nelson, más conocido como Papá Necho, y Clemente, al que le dicen Pachín tampoco han sido ningunos angelitos en asuntos de amores y de mujeres. Así pues que no hay que cargarle la mano al solo Escalona, quien, por lo demás, se defiende muy bien de las acechanzas de su afición con la fórmula de un Mejoral musical que se inventó para no sucumbir del todo ante ellas:

en asuntos de mujeres
tengo una ley muy bien aprendida
yo quiero a la que me quiere
y olvido a la que me olvida

Si a todo esto que es congénito se agrega la influencia de un ambiente eminentemente machista, en el que secularmente se consideró que el hombre sólo demostraba su hombría con el uso y el abuso de la hembra, es fácil entender que Escalona, por ser Escalona, no iba a ser diferente a los demás. Al contrario. Su misma condición de romántico narrador de las cosas y de los personajes de su tierra le colocó como un privilegiado ante quien difícilmente se resistió ninguna mujer.

Hoy, la relación de su vida sentimental, formada por un tropel de sentimientos memorables, llenaría ella sola, un tomo de muchas páginas, si se contara aventura por aventura y suceso tras suceso. Empero, bastante exhausta ahora su capacidad de tenorio, y amansado por los años sus ímpetus de otras épocas, hay que reconocer que el amor más noble y grande se lo prodigó La Maye, la novia de los años 45 y madre de sus hijos Adaluz, Rosamaría, Rafael Clemente, Margarita, Juan José y Perla Marina aunque ahora, en el apaciguamiento otoñal, Dina Luz, la muchacha villanuevera cuyo recuerdo casi lo enloquece allá en Leticia, allá en la frontera, sea realmente la golondrina que le saca las espinas que le han enterrado la fama y la gloria.

Su proverbial afición a las mujeres le ha ocasionado situaciones insólitas en las que, contra su voluntad, se ha visto envuelto. Una de ellas es el hecho de que si bien él no ha escatimado oportunidad para la conquista, veces hubo en que no tuvo más remedio que aceptar la inversión de papeles, ceder ante el asedio y acabar conquistado por alguna audaz desesperada atraída por su fama de amante espléndido. En casos así ha sido discreto, pero desordenado. Por eso los bolsillos de sus camisas fueron durante un tiempo el archivo en el cual se encontraban fácilmente dos o más cartas perfumadas de distinguidas damas del alto mundo social bogotano, que entre reclamos, quejas, lamentaciones, pro mesas, requiebros y pétalos secos, aspiraron todas a convertirse en la musa secreta, capaz de hacerle producir algo tan grande como "El testamento", "Honda herida" o "La historia", o alguno de esos hermosos paseos que él en su época de oro le compuso a La Maye o las muchas otras que antecedieron, siguieron o compitieron con La Maye.

Infortunadamente para esas enamoradas y afortunadamente para el folclor musical vallenato, las motivaciones de Escalona, igual que las de los grandes compositores de este género, no se suscitan por medio de misivas apasionadas enviadas por la aspirante de turno. No. En la música vallenata, y de manera especial en la música de Escalona, el canto surge espontáneo, fresco y directo, movido solo por su propia dinámica interior. Y para que esa dinámica se ponga en movimiento no se requiere la tenencia de un amor de lentejuelas, de salones elegantísimos, con damas de cartas perfumadas; casi me atrevería a decir que no sólo no se requiere, sino que todo eso: el oropel y las fanfarrias que preceden el paso de estas señoras, son obstáculo para que nazca la obra musical de hondo contenido y expresión. De allí que las protagonistas de sus más célebres composiciones no han sido jamás las estrellas refulgentes de la farándula y de la alta sociedad del país, sino muchachas simples y sencillas, mujeres de provincia, de costumbres sanas y ennoblecidas por sus valores espirituales, de rostros hermosos y corazones limpios, a las que cantó sorprendido y emocionado cuando las encontró a su paso. Ahí están, como ejemplo, las estrofas impecables con que saludó a los fonsequeros cuando descubrió a "Carmen Gómez", o los versos perfectos de "La vieja Sara".

Y es en estas mujeres, hermosas como Carmen Gómez, y buenas y serviciales como la Vieja Sara, y dignas y esquivas como la Molinera, o desabrochadas pero leales como Juana Arias, y dulces y tolerantes como la Maye, o prolongación de su propia ternura como Adaluz y Rosamaría... en las que Escalona encontró siempre, sin estarlo buscando, la forma justa para convertir en música su encuentro con ellas.

Y a Dios gracias así fue y así ha sido, que de otro modo -como el modo con que ahora fabrican vallenatos- su obra no tendría la magnificencia que tiene y que sólo se la han dado la espontaneidad y la sencillez.

Los amigos de la infancia, a cuyo lado aprendió a caminar y con los cuales compartió bancos y palmetas en la escuela del señor Nicomedes, en Patillal, y con quienes en la adolescencia descubrió el mundo en las extensas sabanas y detrás de los cerros, ni lo creyeron ni lo miraron, ni lo tuvieron nunca como genio. Para la bulliciosa barra de muchachos, emparentados todos entre sí, que debajo de los higuitos de la sabana patillalera en las noches de luna esplendente o a la sombra de los peregüetanos que bordean la Malena, fueron construyendo el mundo maravilloso de la infancia y la adolescencia, Rafael, aparte su innata tendencia a la tramoya y a la polémica, no era mas que un soñador pendejo que se la pasaba escribiendo versitos y silbando unas músicas que él mismo se inventaba, así como Hernandito Molina era el gran trompeador que fácilmente ponía a dormir a aquel a quien le cayera uno de sus formidables puños; o Jaime Molina, el introvertido pero mordaz ponedor de sebo, que de cuanta cosa ocurría en el salón de clases o en el pueblo pintaba un cuadro para ridiculizar la situación y a sus protagonistas.

Ninguno de los tres vislumbraba horizontes distintos a los de Patillal. El pequeño caserío, donde tuvo su asiento una de las clases sociales más distinguidas y probas de la vieja Provincia de Valledupar y Padilla, era el universo desmesurado y libérrimo de estos muchachos que suplían con ingenio cualquier cosa que les hiciera falta para redondear la felicidad. En las noches de diciembre, cuando la luna se desparramaba sobre las sabanas y su luz era tan intensa que a la gente mayor -empedernidos lectores de novelas- les permitía continuar la lectura de las obras de Vargas Vila y de D'Annunzio, que en Patillal tenían tanta acogida que se convirtieron casi en credo filosófico, los compañeros de Escalona, tirados sobre la sabana, se reunían a echar cuentos y a cantar.

Formaban tríos o cuartetos en los cuales cualquiera tocaba la dulzaina, alguno aportaba una lata vieja que hacía las veces de tambor, el otro una botella vacía a la que le sacaban ritmo golpeándola con un tenedor o un palito, y algún otro, generalmente Hernandito Molina o Juan Manuel Martínez o Arturo Molina, que tenían buenas voces, cantaban los vallenatos que, mucho antes que ellos nacieran, habían creado los precursores de este género, o los más recientes, compuestos por don Tobías Enrique Pumarejo.

Por eso hoy, en la búsqueda del testimonio a través del recuerdo, los que aún viven coincidieron en hablar de esa época como la más feliz de sus vidas y en señalar la tristeza infinita y el gimoteo interminable con que todos fueron empacando la ropa y las guaireñas, recogiendo los trompos y enrollando las pitas, escondiendo en las alforjas los chopos de madera y las hondas de cruceto y tiras de caucho que constituían la batería de juguetes que ellos mismos fabricaban para sus diversiones infantiles, cuando llegó la hora de montar en la caravana que partía para Valledupar en busca de colegios "para que no se queden brutos"...

José María " Chema" Maestre, Juan Manuel Martínez, Arturo Molina, Juan Pavajeau, Ramón " Monche" Sarmiento, Jaime Molina, Jaime y Alfredo Araújo Noguera, Hernando Molina, Raúl y Robertico Hinojosa, Rafael Hinojosa, Nicolás Guerra, Julio Gregorio Daza, Sebastián Celedón, José Tomás Peralta, Armando " El Yío" Pavajeau, Julio Martínez, Juancho Yanet... unos mayorcitos, otros menores y otros de su misma edad, eran con Escalona los más amigos y a los que más duro les dio la disolución del grupo. A la mayoría de ellos sus padres se los trajeron para Valledupar, a otros los mandaron para San Juan o Villanueva y a Hernandito Molina lo exportaron de una para Santa Marta al Colegio del señor Núñez. Unos cuantos más, por circunstancias familiares, se quedaron para siempre en Patillal, de donde sólo salieron convertidos en personajes de los cantos del compañero que, décadas más tarde, se convertiría en el hito más grande e importante de la música vallenata. Tal el caso de Chema Maestre y de Colás Guerra que, desde los ignotos confines de la Malena, brincaron a la fama; el primero, como destinatario de aquel recado musical que a él y a Arturo Molina les hacía saber que Escalona se iba para la Guajira porque aquí tenía muy mala suerte; y el segundo, como consecuencia de la celosa vigilancia que el compositor le encargó ejercer con su pistola 45 en la puerta de la iglesia de Badillo, a fin de no permitir la entrada "de ninguno que tenga sotana", más la orden perentoria de que "al terminar la misa se pusiera a requisar del cura pa bajo".

Así, entre lágrimas, ansiedades y un mordisqueante sentimiento que ninguno estaba en capacidad de identificar como nostalgia, se separaron. Pero no era sino que comenzara el veranillo de San Juan en junio, cuando los caminos del monte se llenan con el aroma de los arañagatos en flor o que llegaran las brisas de diciembre en épocas de vacaciones, para que todos, mayores y menores, corrieran a empacar de nuevo sus cosas y a enrumbarse para Patillal donde la alegría del reencuentro compensaba los duros meses de los colegios extraños. En una de esas vacaciones y en el viajeteo permanente del pueblo a la Malena y de la Malena al pueblo, le quedó un brazo roto a Escalona como consecuencia del pencazo que Juan Manuel Martínez le propinó al burro donde, todo melindroso, habían encaramado al futuro maestro del vallenato y, como resultado también, claro, de la inutilidad que éste demostró en el manejo del arisco animal.

Hoy, separados por la vida pero unidos por la compinchería del recuerdo, sobreviven Escalona y nueve de los veinte que formaban la barra. Algunos de los que murieron quedaron perpetuados en los cantos del compositor amigo. Pero entre todos, vivos y muertos, fue Jaime, especialmente Jaime Molina, el que mereció más grande afecto y una total dilección por parte de Escalona. Jaime era tímido, introvertido y talentoso, pero también autárquico. Maestro de la ironía y la mordacidad, poseía así mismo una inagotable capacidad sentimental y una finura de espíritu que se desbordaban torrentosas cuando le tocaban la fibra particular de su cariño y devoción por "el piazo del Rafael ese que ahora se cree Beethoven", tal como solía decir en deliberado reproche que provocaba la risa de los demás y del propio Escalona en primer lugar.

Entre alusiones satíricas y acusaciones mutuas de pedantería y de lo que en nuestro léxico se llama ajumamiento o cumbería para designar la enfermedad de la vanidad, Escalona y Jaime Molina afianzaron su afecto y fortalecieron la amistad. La certidumbre de una mutua admiración y una lealtad recíproca los ligó permanentemente aunque siempre anduvieron cada uno en lo suyo: Jaime, atrapando con su pincel crítico las deformaciones y errores de una comunidad a la que nunca le perdonó el arribismo y de la que siempre se burló con lúcida ironía, y Escalona volviendo música las cosas gratas y buenas que en esa misma comunidad se daban.

Así, a pesar de ser tan distintos, se fueron haciendo inseparables: Escalona andariego, mujeriego incorregible, parrandero impenitente, locuaz, sociable, buen vividor y constantemente "detrás de un pollerín, lúzcalo quien lo luciere" al decir de Jaime; y Jaime, hogareño, reservado, monógamo, ensimismado en sus lienzos y pinceles y ocasionalmente bohemio cuando el cumplimiento riguroso de los compromisos impuestos por la vocación de pintar, le permitían, entonces sí, dedicarse unos días o una semana entera a esas parrandas formidables de varias guitarras y muchos amaneceres, cuando la pesadumbre de su genialidad pictórica se desplegaba en recursos de lirismo que, al filo de las madrugadas, retumbaban por el ámbito de las calles vallenatas donde, bajo cualquier dintel, comenzaba a recitar poemas que las más de las veces ni Escalona ni sus otros contertulios conocían siquiera.

Esa amistad sin resquebrajaduras ni dobleces, pese a la diferencia de criterios, los mantuvo unidos siempre. Aunque -y esto hay que decirlo por que revela un rasgo muy propio de la generosidad de Escalona- siempre era éste el que tenía que subir los peldaños de la vieja y empinada escalera de madera de la casa de don Camilo Molina y doña Victoria Maestre para ir en busca del amigo que se encaramaba en el segundo piso enconchado dentro de sí, a contemplar con desdén y a pintar con furia a Valledupar y a sus gentes.

Escalona mismo, en pocas palabras, especifica de manera irrefutable el grado de su afecto por cada uno de los amigos y la magnitud de su sentimiento por Jaime:

"Mis amigos, por encima de todo, han sido eso mismo: mis amigos. Cada uno ha sido como es y me ha querido como yo soy".

Juan Manuel Martínez y Turo Molina eran primos entre sí. Turo era el rey de la dulzaina y luego se convirtió en un gran guitarrista. Sin él no podíamos hacer nuestras reuniones musicales en la sabana de Patillal. Nel, era grande de tamaño y de corazón. Cantaba bonito y tocaba guitarra muy bien. Siempre estaba sonriente y fue cordial. Ambos tenían buen oído, eran alegres y llenos de música. Murieron en forma lamentable y de un modo que ninguno de los dos se merecían: Nel, con un tiro en el corazón y Turo consumido por el fuego. Yo los recuerdo en mis cantos...

Hernando Molina a quien le decimos Hernandito y ahora yo le digo compadre porque es el padrino de Ada Luz, es la persona más noble que hay en el mundo. Somos amigos desde niños y lo hemos seguido siendo en las buenas y en las malas, en sus circunstancias y en las mías. Cuando parrandeábamos en los años del 57 al 77, lo pusimos el violento porque se la pasaba recitando un poema que dice: yo no soy un hombre, soy un cosmos/ soy el barón de Manhattan/ violento, carnívoro y sensual/ que come, bebe y procrea/. Nosotros soltábamos las carcajadas cuando lo oíamos y por eso lo pusimos el violento. Es como un hermano para mí. El llevó mis cantos a Bogotá por primera vez y de allá vino cargado con una tropa de cachacos que se vallenatizaron en su casa.

Raúl y Robertico Hinojosa, son mis primos hermanos. Raúl era caviloso. Pero nos endulzaba la vida con las panelas que le robaba a mi tía Genoveva, su mamá. Hacíamos banquetes en la Malena, el río subterráneo de Patillal, al que hay que cavarle cacimbas para que aparezca el agua. Después de la comilona seguíamos jugando trompos y peliando.

Robertico murió. Raúl se fue a rodar mundo por la tierra de los cachacos vallunos y allá se casó con una gran dama.

Rafael Hinojosa mi tocayo, es el hijo de la vieja Isabelita, la comadre de mi mamá, la misma que me escondía bajo sus pollerines cuando me iban a pegar. De Rafa hace años que no sé. Peleábamos mucho pero nos queríamos bastante. Era honrado y bueno.

Nicolás Guerra: El de la custodia, el de la 45... Es un caso especial para mí. Describirlo y relatar nuestra amistad me llevaría mucho tiempo. El me enseñó cuando era niño a ser malo y a ser bueno, como son todos los niños del mundo. Pero en "El Viejo Pedro" hablaré más extensamente de él. El viejo Pedro era su papá.

Julio Gregorio Daza, siempre iba conmigo a bañarse a la Malena y a coger peregüetanos a las orillas. Julio se quedó chiquito hasta grande. Dicen que lo único que le creció fue la cabeza, por lo inteligente. Es la sanidad popular hecha persona. Todo el mundo lo quiere y yo también.

Sebastián Celedón: Desde niño, algunos lo entendían y otros no.

Yo estaba entre los primeros. Hoy todavía nos entendemos muy bien y él es atentísimo conmigo, aunque no lo sea con los demás.

Julio Martínez desde chirriquitico fue burlón y a todo el mundo le ponía apodo y le mamaba gallo. A veces peleábamos y yo lo cocoteaba duro, pero otras veces no porque era de los menorcitos -un poco, no mucho- y no me gustaba pegarle a los que no tuvieran mi edad. Fue de los que primero bebió allá en Patillal y sigue en lo fino dándole a las cervezas y al trago y esto es lo que más me gusta de él. Que es parrandero. De los buenos.

Chema Maestre era de los mayores en el grupo pero no se destacó por la edad sino por ser un muchacho sensitivo y romántico. Callado, observador, muy inteligente, le gustaba y todavía le gusta la poesía. Tanta ha sido su afición por las cosas espirituales que, a pesar de haber trabajado tanto, no tiene más capital que su gran corazón y su sentimentalismo a flor de piel.

Juan y Armando Pavajeau: Eran hermanos, y a pesar de venir del mismo padre y de la misma madre, son o fueron muy diferentes entre sí. Juan fue todo señorío, distinción, espiritualidad... Aunque, como buen descendiente de la estirpe Molina, manejó un gran sentido del humor, fue desde niño un hombre serio. Correcto. Honrado hasta la médula y modelo entre los hombres de bien de nuestra comunidad. Tuvo también una muerte trágica, y ahora que lo pienso, veo que de los amigos de este grupo que ya se fueron definitivamente, casi todos desaparecieron trágicamente. No sé qué síno o que suerte los haya marcado, pero la verdad es que también Juancho Pavajeau murió de una muerte que no merecía.

A Armando nadie lo conoce como Armando. Si en el Valle preguntan por don Armando Pavajeau nadie dará razón. Pero si decimos " El Yío Pavajeau" todo el mundo sabe enseguida de quién se trata. El Yío y Poncho Castro fueron precursores de la introducción del vallenato en los ambientes estirados de la sociedad provinciana hace más de 30 años. El Yío "descubrió" a Colacho Mendoza y lo cargaba pa arriba y pa abajo de día y de noche. Casi le daña el noviazgo con Marina, su esposa, que ahora es la colachista número 1. Juancho y el Yío junto conmigo y los otros, formaban parte del grupo aquel que cantaba y tocaba dulzaina en las sabanas patillaleras, y luego se vino para Valledupar a buscar nuevos horizontes. Son hijos del viejo Robe, don Roberto Pavajeau, un ilustre patriarca dueño del perro "el Mayor Blanco".

Jaime y Alfredo Araújo Noguera, es otra pareja que, como los Pavajeau, a pesar de ser hermanitos de padre y madre son bien diferentes. Distintísimos en todo. Jaime, desde pelao mostró el carácter recio y ese talento especial que lo ha acompañado toda la vida. Era inquieto, enérgico, líder en el grupo de los más grandecitos y se fajaba con el que fuera. Se ha pasado la vida riéndose de todo el mundo y de él mismo. Excelente amigo y persona en la que uno sabe que puede confiar ciegamente cuando es amigo; cuando no... mejor es tenerlo de lejitos. El no tiene oído musical. Es como yo, pero yo hago cantos y él no los hace. Sé que me quiere y yo también lo quiero y lo respeto. Pero tenemos algo que nos une, ambos queremos mucho a las mujeres...

Alfredo no se parece en nada a su hermano mayor. Siempre, desde niño, se perfiló como un ser especial: discreto, reservado, con un sentido del orden y la organización que, dicen las malas lenguas, es casi manía. Fue de los que sobresalieron dentro del grupo con una gran sensibilidad para la música, la poesía, la literatura y tantas cosas espirituales que enriquecen su vida y la de sus amigos. También, claro, le han gustado las mujeres. Mucho. ¿Y a quién no? Pero, por encima de sus muchas cualidades, Alfredo es un señor con todas las letras y todos coincidimos en decir que es el mejor amigo del mundo. Ahora vive regañándome -es otra de sus manías- por todo lo que yo hago y dejo de hacer. Y a él no hay quien lo regañe. Pero cuando nos encontramos en el Valle nos decimos unas cuantas verdades y acabamos abraza dos oyendo música vallenata o boleros, que tanto le gustan a él.

Monche Sarmiento: Era el que nos alegraba las reuniones con sus dichos, sus anécdotas reales o inventadas; el que siempre tenía la palabra precisa para designar las cosas. Don Ramón, le decíamos después de grandes, fue un chistoso de tiempo completo que hasta último momento nos hizo reír. Sus apuntes de humor son famosos y dejó muy gratos recuerdos entre todos nosotros. A él lo mató el corazón...

Pero Jaime Molina siempre fue Jaime. Era muy delicado física y espiritualmente. Dibujaba mucho mejor que yo pero eso a mí me complacía y, más tarde cuando ya fuimos hombres, me llenó de orgullo. Sentados en las piedras de las sabanas, formábamos grandes parrandas sin trago. El tambor era una lata vacía de manteca y la melodía la sacábamos de una dulzaina que en Patillal todos los muchachos sabían tocar...Después, los años y la vida se encargaron de lo otro. De las otras cosas. Dejamos de ser muchachos y vivíamos en Valledupar siempre juntos; inseparables, en su casa o en las mías.

Y un día... cometió conmigo el único acto de deslealtad: se le dio por morirse.

Es el amigo que más dolor y lágrimas me ha costado...

Tengo muchos otros amigos de la infancia: Juancho Yanet, Nelson Peralta, Julio Raúl... algunos mayores otros menores que yo, pero Patillal era una sola comunidad donde, desde luego, para los niños no existían clase sociales ni la edad importaba. Jugábamos juntos. Cada cual elegía a sus compañeros. Yo tenía los míos, pero a veces jugaba también con mis hermanos mayores Nelson y Pachín y con los amigos de ellos, que eran más grandes que yo pero que me aceptaban en sus juegos porque yo les caía en gracia.

Hay también otros amigos de estirpe patillalera que no fueron de los que jugaron conmigo en la niñez puesto que son menores que yo. Un poco, no mucho. Uno de ellos, quizás el más importante para mí, es Darío Pavajeau Molina. Darío es la dignidad de toda una generación. Dicen que es godo, pero yo creo que es la persona más liberal que hay. Noble, generoso, honrado en todo sentido, digno heredero de sus padres. Darío ha descollado en la Provincia como un ciudadano limpio de pecados y lleno de bondades. Me encanta parrandear con él, pero tenemos un problema: a él le gustan los gallos, le encanta una gallera y a mí no. Pero, gallos aparte, parrandeamos bastante y nos queremos más..."

El escudriñamiento minucioso de su extensa e intensa producción musical, desde las primeras composiciones que hizo -tomando como tales los versos que le sacó a Rosa Elvira y los que les hizo a Caye y a Avelina, o los de la novilla "Medialuna" de don Casimiro, y algunos otros que sólo registra su memoria en períodos de profunda evocación- permiten hoy seguir fácilmente no sólo el curso de su propia vida sino también de buena parte de la historia de la provincia y sus gentes.

Desde los contornos de la Sierra Nevada, incluida por primera vez en la lírica vallenata precisamente en el primer paseo que él compuso ("El profe Castañeda", pasando por Atánquez, Patilla!, La Paz, San Diego, Manaure, Codazzi, Becerril, San Juan, Villanueva, Urumita, El Molino, La Junta, Barrancas, Fonseca, Riohacha, regresando de nuevo al Valle y subiendo por Valencia, Aguas Blancas, Mariangola, Caracolí, Camperucho, Caracolicito, Fundación, La Zona Bananera, hasta llegar de tarde a Santa Marta, no hay prácticamente lugar, sitio, vereda, case río o pueblo en la geografía de la parte baja del viejo departamento del Magdalena que no haya sido escenario, testigo o motivo de algún suceso cantado por Escalona. Cualquiera de sus cantos, tomado al azar, es una estación dentro del largo itinerario vivencia que recorrió su inspiración prodigiosa.

Y para los estudiosos del tema o para los simples profanos, basta adentrarse en las estrofas de sus paseos, merengues y sones -que puyas nunca ha compuesto- e irse caminando por ellas, para reconstruir su existencia y la nuestra y para entender y amar el inmenso aporte que él le ha dado a la música vallenata hasta convertirla en carta de identificación espiritual de toda una región.

Esos años de la infancia en Patillal en unión de los amigos ya citados, con quienes anduvo suelto de madrina, sin frenos ni cortapisas, y en cuya compañía aprendió las primeras letras, fueron la base de su carácter y del ingenio con que más tarde se enfrentó a otra forma de vida y a otra clase de gente en un pueblo más grande, donde la competencia era más dura. Por eso, cuan do en marzo de 1936 faltándole apenas dos meses para cumplir los 9 años de edad su hermana Justa Matilde, recién casada, se lo trajo para Valledupar formando parte de aquella especie de éxodo que los patillaleros emprendieron hacia la ciudad en busca de colegio para los hijos, Rafael fue uno de los que asimilaron rápidamente el cambio y de los que menos sufrieron con él. Los amigos y condiscípulos lo recuerdan como un agalludo de tiempo completo; discutidor, entrón, que no se dejaba de nadie, y que con el recursivo ingenio de su palabrerío se llevaba por delante a los de su propio curso, a los de los cursos inferiores, y superiores y en veces hasta a los mismos maestros.

"Siempre andaba en plan de cambalache de algo con alguien-cuenta uno de ellos-. Tenía la costumbre de llegar diariamente a la escuela con algún objeto nuevo o raro en las manos: lápices de colores que no pintaban, reglas de madera que de un lado tenían incrustada una delgada lámina metálica, pero que del otro estaban convertidas en un verdadero serrucho; sacapuntas estrambóticos que no sacaban puntas; boliches que eran sólo la mitad de uno; compases, escuadras o cualquier otro utensilio geométrico que ni él ni ninguno de nosotros sabíamos para qué servían; tapas gigantescas de corcho que uno no alcanzaba a imaginar de dónde habría podido sacarlas... Y en fin, las cosas más raras que veíamos en la escuela en todo tiempo, salían de los bolsillos de los pantalones de Escalona. El vivía "negociando" todo eso con todo el mundo bajo un sistema muy particular que se inventó y que le permitió siempre adquirir lo que la otra persona daba a cambio, sin desprenderse él de lo que él mismo estaba ofreciendo".

"Así llegó a ser dueño de casi todos los lápices de colores del mundo que sí pintaban, de cuchillas, navajitas, sacapuntas que sí servían, boliches enteros, rollos interminables de pitas para los trompos, trompos, hondas y más hondas y hasta cien hondas, que guardaba meticulosamente envueltas en papel celofán en una gaveta del aparador de su casa; láminas y estampitas de santos y de no santos. Que de todo esto él siempre tenía una provisión increíble que nos dejaba a todos los demás muchachos con la boca abierta y verdes de la envidia. Pero era por poco tiempo. Cualquier día Escalona repartía todo eso entre los amigos en una demostración de lo que más tarde iba a ser una de sus características más acentuadas: la generosidad, la inagotable capacidad de dar lo propio y lo ajeno a quien lo esté necesitando".

En febrero de 1937 sin haber cumplido los 10 años, Escalona, con el heterogéneo grupo de amigos patillaleros, entró a estudiara la escuela pública de varones que dirigían don Vicente Chica y don Luis Mojica y que funcionaba en una hermosa casona colonial de la Plaza Alfonso López, donde ahora un horrible edificio "moderno" sirve de sede a la Alcaldía. Pero las cosas y las clases en esta nueva etapa resultaron mucho más severas para todos esos muchachos silvestres, venidos a lomo de mula desde el entrañable caserío, y a todos se les exigió algo más que escribir patojamente y leer cancaneando. A él lo pusieron a hacer primero de primaria y sólo aguantó -o aguantaron sus maestros- hasta finales de 1938 cuando terminó el segundo año. Académicamente era un alumno más bueno que malo, que unas veces en materias como dibujo y catecismo sacaba 5; pero llegó el momento en que ni el severo Vicente Chica ni el irascible Lucho Mojica pudieron soportar más el olor de orines rancios al pie del tinajero, la cría de chicharras dentro de las gavetas de sus escritorios, ni los frecuentes hallazgos de guaireñas viejas, trompos esquiñados, pedazos de papel secan te, pepas de mangos, tinteros vacíos y un delirante muestrario de toda clase de objetos inservibles, que enganchados como pescados muertos en los dientes triangulares del cucharón de hojalata, salían a mañana y tarde de las tinajas destinadas al agua de los profesores. La decisión de éstos de no recibirlos "más nunca" en la escuela fue inexorable. Y tomada la misma, en medio del susto de los afectados, no tardó en saberse en todas partes que el Yío Pavajeau, Alfredo Araújo, Raúl Bermúdez y, obviamente, Rafael Escalona, eran los autores de "tamaño atentado contra la urbanidad y, sobre todo -exclamaba Lucho Mojica con los ojos en blanco y el rostro hacia el cielo- contra nuestra salud, contra nuestra salud. ¡Cómo le parece!".

La botada general de la escuela pública, que afortunadamente ocurrió a fin de año, los lleva a un colegio privado para menores que acaba de fundar en la ciudad el profesor Lorenzo Lencho Celedón y es allí donde Escalona concluye la etapa de la primaria en 1941 a la edad de 14 años; cosa que en esos tiempos no era nada del otro mundo si se tiene en cuenta que a un muchacho de 9 años apenas estaban empezando a enseñarle el abecedario o, cuando mucho, los fonemas clásicos para deletrear palabras en la cartilla Charry. Lo normal, pues, eran los bachilleres de 20 años en adelante, y profesionales, cuando los había, de casi 30.

Pero terminada la primaria, el problema recomenzó.

Para esas fechas (1937 - 1940) Valledupar estaba muy lejos de ser un centro educativo como sí lo era Santa Marta, cuyo renombrado Liceo Celedón hacía tiempos que estaba considerado como uno de los más prestigiosos planteles de la Costa Atlántica. Pero no todos los padres de familia vallenatos estaban en condiciones de hacer el gasto que implicaba la alistada y el consiguiente matalotaje de uno o dos hijos que fueran a estudiar internos en el Liceo.

No obstante, si bien era cierto que la ciudad carecía de instituciones y adelantos que sólo se encontraban en la capital del departamento, también lo era que un hecho histórico entrelazado con una circunstancia eminentemente sentimental había empezado, años atrás, a cambiar el rumbo a los destinos de Valledupar. En el año de 1934 asumió la presidencia de la República el doctor Alfonso López Pumarejo, cuya madre, Rosario Pumarejo Cotes era oriunda de esta ciudad, donde su familia ocupó puesto destacadísimo en la sociedad. El recuerdo de la madre, muerta cuando él era aún muy niño, mantuvo vivo el afecto y prolongó el interés que el joven y descollante político sentía por la región de la antigua provincia donde estaban enterradas sus raíces maternas; y donde la familia Pumarejo, con el respaldo de títulos concedidos por la Corona Española, ejercía dominio sobre un globo de tierras de grandes extensiones conocido siempre con el nombre de El Diluvio. En 1935, a sus inmediatos colaboradores en la presidencia de la República debió parecerles algo insólito, pero muy propio de su temperamento impredecible, ese viaje que López Pumarejo armó hacia la Guajira, en el remoto departamento del Magdalena, con el único fin -les dijo- de visitar a su compadre, pariente y entrañable amigo Luis Cotes Gómez, gran patricio liberal, casado con una auténtica cacica de nombre Lucila, perteneciente a la casta de los Iguarán, con la que vivía en un remotísimo paraje de la Guajira adentro, conocido con el nombre de la Majayura.
Pues López Pumarejo había decidido viajar y en marzo de ese año viajó, acompañado de tres de sus ministros. Aterrizó en Santa Marta y de ahí arrancó por los serpenteantes caminos que hacían las veces de carretera; llegó a un punto llamado Santa Rosa, si guió a Fundación, se remontó a Riohacha y, en medio de densas polvaredas, atravesó el desierto en una vieja camioneta de la oficina de Carreteras Nacionales de Riohacha, conducida por el ingeniero jefe de la misma, Emilio Atehortúa, quien lo depositó feliz en la ranchería donde su compadre y primo Luis Cotes Gómez, emocionado hasta las lágrimas, lo recibió con un fuerte abrazo.

En el recorrido tropezó con una modesta ranchería, de cuya importancia geográfica como punto de arranque para nuevas vías se percató en seguida, y un año más tarde se fundaba allí Uribia. Orientado por el compadre Cotes y guiado por el ingeniero Atehortúa y su auxiliar Silvestre Dangond, se vino de carreteable en carreteable otra vez a Riohacha, siguió bajando por Barrancas, Fonseca y Distracción, que era la vía que en esos momentos estaba trazando el ingeniero Dangond y allí en Distracción pernoctó en casa de la familia Vidal Daza. A la hora de la comida, López Pumarejo dio orden a su edecán de que anotara en su libreta unos datos que, un mes más tarde, se concretaron en la orden del Ejecutivo de continuar y ampliar el proyecto de carreteable-río Ranchería-Fonseca-Distracción-San Juan del Cesar, para el cual destinó una partida de cinco mil pesos que fueron situados bajo la administración del ingeniero Atehortúa en sus oficinas de Riohacha. Cuando llegó a Valledupar lo esperaban, entre otros, el doctor Ciro Pupo Martínez, Pedro Castro Monsalvo, que en octubre del año siguiente sería su gobernador en el Magdalena y don Casimiro Raúl Maestre, en cuya casa se alojó y en la cual escuchó largos relatos sobre su familia materna, sobre su madre, que murió siendo muy joven y muy hermosa y de la que el recuerdo más nítido que tenía era el apelativo cariñoso -y para ella mortificante- puesto por su padre que la llamaba "mi vallenata". Recorrió calles, fue a la iglesia, visitó la casona de los Castro Monsalvo donde nació y vivió Rosario Pumarejo, y se enteró de las necesidades de una ciudad muy señorial, muy distinguida, cargada de tradiciones y por él muy amada, pero que estaba de espaldas al progreso y lejos de la actualidad y de los avances que él le había impreso al país.

En 1944 durante su segunda presidencia, López Pumarejo regresó a Valledupar donde ya era una realidad la construcción del puente de Salguero que unía a la ciudad con La Paz, de un amplio hospital con toda su dotación, de una escuela de Artes y Oficios, de la granja agrícola donde se orientaba y se experimentaba con técnicas modernas para la actividad agropecuaria, de un colegio de bachillerato para varones y hasta de un modesto campo de aterrizaje, donde el pequeño avión piloteado por Santamaría y Estévez desde Uribia, se accidentó aparatosamente al descender sobre la pista recién limpiada a pala y machete. En él venía el presidente López acompañado por los ministros de Guerra, Plinio Mendoza Neira; de Gobierno, Jorge Soto del Corral; y por el primer designado que lo era Alberto Pumarejo.

Ese era el estilo y esa la manera de hacer las cosas de ese gran presidente colombiano, a quien Valledupar tanto le debe.

La necesidad general e inaplazable de un colegio de bachillerato para varones fue lo que motivó la reunión que el 20 de febrero de 1942 llevó a cabo un distinguido grupo de ciudadanos integrado por don Enrique Pupo Martínez, don Francisco Molina Sánchez, don Gustavo Cotes, don Heriberto Castañeda, don José Lorenzo Celedón y don Eloy Enrique Quintero y presididos por don Joaquín Ribón, quien ejercía la rectoría de la Escuela de Artes y Oficios que estaba funcionando desde dos años atrás. Puestos de acuerdo elaboraron reglamentos provisionales y organizaron las directivas en las que quedaron: Ribón como rector, Lencho Celedón como prefecto de disciplina, los otros como profesores, y Eloy Enrique Quintero con el múltiple oficio de secretario-habilitado-pagador y almacenista; y abrieron las matrículas del colegio al que le dieron el nombre de la heroína vallenata María Concepción Loperena. Como no tenía sede hubo que ponerlo a funcionar como anexo de la Escuela de Artes, pero a él corrieron los desesperados padres de familia a matricular a sus hijos, algunos bastantes canillones, que se habían quedado en un limbo académico al concluir la primaria.

El día 11 de marzo de ese mismo año, el Loperena comenzó clases y abrió su internado en el mismo local donde se alojaban los internos de la Escuela, y para finales de abril todavía estaba recibiendo alumnos de todos los rincones de la provincia. Escalona era uno de esos alumnos. Y pasada la novelería del primer momento, cuando conoció condiscípulos y estableció nuevas amistades, el riguroso sistema de enseñanza más la disciplina a la que nunca había estado sometido lo dejaron desconcertado y acabaron produciéndole una tremenda desolación. Tenía 15 años, era inteligente, comunicativo, audaz y ducho en rebuscarse para no dejarse atrapar en el callejón sin salida de la tristeza; pero era también irremediablemente sentimental y es taba casi solo. Los amigos de las sabanas patillaleras y de la escuela pública de don Vicente Chica y Lucho Mojica y los del colegio privado de Lencho Celedón, no aparecían por parte alguna.

Unos en Santa Marta, otros en Barranquilla, aquéllos en Villanueva, éstos en San Juan, otros quién sabe dónde, y él aquí perturbado por la evidencia de que le habían puesto una talanquera a su libertad que lo hacía sentir como un potro cerrero encerrado en un aposento.

Menos mal que ahí estaba Jaime Molina y luego fueron apareciendo Lucho, Adalberto y Armando Barros que habían llegado de Urumita; Jaime Gnecco Hernández que venía de Papayal; Rafael King Gutiérrez y su hermano Gregorio y Esteban Cuello recién desempacados de La Junta; Guillermo Quiróz, que vivía aquí en el Valle, y a quien Escalona, más tarde, le amargó la vida dibujándole todos los días el rostro anguloso y la cabeza de garrapiño; Ángel de la Hoz y Cielito Molina también urumiteros, y cuando menos lo pensó, tenía formado un alegre grupo que llevaba la voz cantante en el Colegio.

Y no es un simple decir. Ellos cantaban, y algunos, como Cielito Molina que tenía un vozarrón de barítono, cantaban bien. Por las noches, después de las comidas y antes del estudio, les daban una hora libre para que salieran por los alrededores de la escuela, que eran unos campos de algarrobillos y malezas. En el sitio donde ahora se levanta el Palacio de la Gobernación había uno de esos lotes, que en las horas del recreo los alumnos fueron convirtiendo en campo deportivo donde practicaban fútbol, béisbol y básquet bajo la dirección del profesor Castañeda. Por ahí mismo atravesaban rápidamente en el descanso nocturno para ir a situarse debajo de un frondoso laurel de la India que se levantaba cuadras más adelante y donde noche tras noche montaban el gran "fundingue" de los cantos, los compases de las latas vacías y la melodía que Ángel de la Hoz le sacaba a una novedosa marímbula que había diseñado y construido el profesor Tete Cabana, maestro de ebanistería de la Escuela de Artes y Oficios.

Y así, por una poderosa necesidad de afecto y de compañía, se formó otra barra diferente de la de Patillal pero que en esos momentos difíciles para él desempeñó el mismo papel que años atrás había tenido en su vida la barra de la infancia: satisfacer plenamente su demanda vital de comunicación, de simpatía, de amistad...
A fines de ese año, en medio de satisfacción general y de la algarabía de los alumnos, Pedro Castro Monsalvo, que era ministro de Correos y Telégrafos, trajo la noticia de que el Loperena había recibido aprobación oficial hasta el curso tercero de bachillerato. Pero cualquier día de febrero de 1943, cuando apenas comenzaban las clases de ese año, el colegio amaneció perturbado por una noticia triste para la gran mayoría de los alumnos: el profesor Castañeda se retiraba del plantel. El maestro por antonomasia, el educador a! que más querían sus discípulos, había sido trasladado al Liceo Padilla de Riohacha y se iba. "Castañeda -lo recuerda uno de ellos- era un hombre carismático, como dicen ahora. Elegante en el trato, de modales distinguidos, le dio una especial característica a sus relaciones con nosotros. Sabía enseñar, conocía lo que nos iba a transmitir y se cercioraba de que todos hubiéramos aprendido lo que nos explicaba. Pero, por encima de todo eso, era justo y era nuestro amigo. Además, nosotros intuíamos que detrás de esa suma de cualidades había un hombre solo, posiblemente atormentado por quién sabe qué sentimiento, al que nosotros queríamos hacerle grata su tarea y su trato con los alumnos. Por eso nos dolió mucho que se fuera. Éramos entonces unos muchachos sanos y sentimentales y no nos dio vergüenza llorar cuando él se fue"...

Y volvieron a llorarlo de nuevo en uno de esos intermedios nocturnos cuando, debajo del laurel de la India, Escalona les pidió a los amigos del improvisado conjunto musical de los internos que se acoplaran bien y entonaran la melodía que él les silbaba, para que escucharan "el paseo que anoche le compuse al profe Castañeda":

Cuando sopla el viento frío de la Nevada
que en horas de estudio llega al Loperena
ese frío conmueve toda el alma
lo mismo que la ausencia del profe Castañeda
Cómo recordamos al profe Castañeda
si de aquí ninguno quiere que se vaya
qué triste quedó el Loperena
qué triste quedaron sus aulas...

Y este fue, en términos musicales, narrativos e históricos, el primer paseo que Rafael Escalona hizo en su vida cuando con taba 15 años de edad.

La vida en el Loperena fue una experiencia definitiva. No sólo porque dentro del ambiente de camaradería entre profesores y alumnos él ejercía un liderazgo que se fue afianzando a medida que fueron descubriendo que aparte de todo lo que sabía hacer,-dibujar bien, echar cuentos sobre los cuentos de Patillal, memorizar sin extraviar un camino todas las rutas de Asia, África, América y Oceanía- también era capaz de hacer estrofas y ponerles música, sino porque fue ahí en el Loperena donde le iba a ocurrir una de las cosas más grandes de su vida, tal como él mismo la define.

En julio de 1943 antes del día 20, después del cual empezaban las vacaciones de mitad de año, las directivas del colegio pusieron en práctica las recomendaciones de la Secretaría de Educación del Magdalena en el sentido de organizar excursiones a los sitios de interés o recreación cercanos. El lugar que escogieron fue un hermoso pueblito situado en las estribaciones de la Serranía de Perijá, de clima templado, lleno de flores y de árboles frutales, al que se iba por carretera hasta la población de La Paz y de allí en adelante a lomo de bestia. Temprano ese día se levantaron los internos y bajo la dirección y vigilancia del profesor Gustavo Cotes se alistaron y acomodaron en la chiva de Luis Carlos Chiche Pimienta, que hacía la ruta Valledupar La Paz pero que esa vez, como cosa excepcional, los llevó hasta mucho más adelante de un sitio denominado La Tomita. Ahí había una gran bocatoma natural formada por la caída de las aguas del río Manaure, que se ensenaban en un pozo, y como el camino iba en ascenso hacia la pequeña meseta donde se asienta el pueblo, a partir de La Tomita comenzaba a sentirse el fresco agradable del cambio de clima. Escalona iba en un burro y así llegó al poblado formando parte de una muy común caravana de hombres, jóvenes y niños que subían a Manaure de paseo.

"Era -cuenta ahora- un sábado por la tarde y yo me sentía como Alejandro Magno conquistando Persia. Íbamos alegres y llenos de curiosidad. En una plazoletica que quedaba frente a la escuela, y en uno de cuyos extremos se levantaba un higuito inmenso, nos bajamos de las bestias para dirigirnos a la escuela, ansiosos de tomar agua, porque estábamos secos de la sed. Pero a mí me llamó la atención la melodía de una guitarra y unas voces muy bien timbradas que salían de un grupo de personas mayores que estaban sentadas en unos taburetes debajo del higuito. Con otro compañero nos apartamos de la fila que iba para la escuela y nos acercamos a escuchar, y entonces lo vi por primera vez en mi vida: él estaba tocando la guitarra y con una voz muy fuerte y muy clara iba cantando una canción mejicana que dice: allá al pie de la montaña/ donde se oculta temprano el sol.../ dejé mi ranchito triste/ y abandonada ya mi ilusión.../ Cerca de él estaba una muchacha linda, morena, de ojos verdes, que le hacía la segunda voz en algunas estrofas, luego se callaba y él, solo, volvía a cantar: ay corazón que te vas/ para nunca volver/ no me digas adiós/ y ella a contracanto, respondía: no me digas adióooss... Hasta que, se acabó la canción y los que estaban ahí aplaudieron.

"Yo estaba como sembrado en el suelo. Fascinado y sorprendido. Nunca, a pesar de venir de una tierra como Patillal, donde había y hay tan buenos cantores, voces tan bonitas y tan bien manejadas; nunca había visto ni oído una cosa así. Esa gente ahí, rodeando a ese señor bien parecido, de pelo negrísimo, de cara sanguínea, que se le ponía más roja cuando sacaba del pecho y lanzaba al viento las estrofas de la canción; esas personas escuchándolo con atención sacramental mientras tocaba la guitarra y esa muchacha bonita que, además, cantaba bonito, fue un cuadro que me impresionó, y en ese momento nada me hubiera gustado más que poder acercarme a ese señor y decirle que volviera a tocar su guitarra y a cantar otra vez: allá al pie de la montaña. Pero el profesor nos llamó y tuvimos que entrar a la escuela".

Al día siguiente, después del almuerzo, cuando ya habían conocido el Cerro Pintado y andaregueado por todas las lomas, barrancos y hondonadas que bordean a Manaure, regresaron a Valledupar. La excursión había terminado y ellos estaban dichosos; pero él seguía intrigado, preguntándoles en el camino a los profesores por "ese señor que cantaba cuando llegamos al higuito". Ellos le dijeron que se llamaba Alfonso Cotes Queruz,... el después célebre Poncho Cotes que cantaba a dúo con Carmen Núñez, la maestra de la escuela de Manaure, con quien se había casado en 1939, y que más tarde sería conocida como la mamá de los tres monitos.

El descubrimiento de Poncho Cotes en plena sabana manaurera cantando a voz en cuello una canción sentimental y la amistad que luego los unió, dejó una impronta en su vida de tal modo profunda y tan reconocida por todos, que nadie se sor prendió cuando 30 años después de aquella tarde lejana, cuando se separaron por primera vez con ocasión del consulado de Escalona en Panamá, la mayor angustia de la misión de Rafael era tener "que dejar enfermo a Poncho Cotes, pedazo de alma mía".

Los sábados desde las 2 de la tarde hasta las 9 de la noche y todos los domingos después de misa de 8 en la mañana, les daban salida a los internos. Los que tenían familias en la ciudad podían quedarse a pasar la noche del sábado en sus casas, y eso era lo que hacía Escalona; pero no propiamente en su casa, que a la sazón lo era la antigua casona colonial de la calle del Cesar donde siempre habitaron don Pacho Villazón y su esposa doña Anamaría de Armas, padres de su amigo Crispín, y que le había sido arrendada a los padres de Rafael, sino más bien de casa en casa de familias amigas, frecuentando muchachas de las que andaba enamorado, o velándoles el tiro a parranderos ilustres como don Aníbal Guillermo Castro, don Roberto Pavajeau, el doctor Hernando Molina y ocasionalmente el cachaco don Rigoberto Benavides que, casi siempre citados con Chico Bolaños en algún estratégico traspatio lejos de las miradas inquisidoras de las matronas vallenatas, se las arreglaban para salir en gira musical -y de las otras también- por el vecindario del Cañaguate o del Cerezo o por el umbroso barrio La Garita, donde irremediablemente amanecían en las gigantescas y sonoras cumbiambas que para ellos organizaba Rosa García y cuyos ecos, días más tarde, seguían retumbando del Guatapurí hacia abajo.

En esos momentos (1943) el acordeón, su música y quienes la interpretaban en Valledupar, estaban todavía circunscritos a un ámbito social determinado y reducido que no traspasaba las barreras de adobe pintadas de cal tras las cuales se encerraba una sociedad aristocrática con rezagos feudales.

Esa misma sociedad, que a principios de siglo para sus bailes de Nochebuena y Año Nuevo utilizaba las vitrolas europeas que, como el acordeón, habían llegado por vía de Riohacha; que prefería los pianos y las guitarras españolas para amenizar sus reuniones festivas, apenas comenzaba a dar el paso hacia la música de viento, como entonces llamaban aquellas numerosas agrupaciones o bandas de pueblo donde cada músico tocaba un estrafalario instrumento de cobre amarillo y otros dos hacían sonar un gran bombo y un redoblante. A la mayoría, pues, no le llamaba la atención ni creía tener motivos para modificar lo que consideraban refinamiento cultural, por unos cantos llenos de alusiones personales y de relatos episódicos de sus autores y su entorno. Pero como toda regla, esta también tenía una notable excepción en los distinguidos caballeros arriba mencionados, a los cuales Escalona y algunos otros jovencitos les seguían la huella. Fue así, con ellos, como, entre dominicales y feriados, conoció a Chiche Guerra y a Lorenzo Morales, de Valledupar; a Fortunato Fernández y Juan Muñoz, de San Diego; a Pablo y a Juancito López, de La Paz; a Chico Bolaños, de El Molino, que entonces era el más grande entre los grandes juglares de esta tierra; a Eusebio el Negro Ayala y a Fulgencio Martínez, que se venía enhorquetado sobre las ancas del caballo de Tobías Enrique Pumarejo cuando bajaba de las sabanas de El Diluvio a Valledupar para sumarse a los jolgorios que, sábado tras sábado y domingo a domingo, tenían lugar indistintamente debajo de los cacambales y algarrobillos de los patios de Lola Bolaños y Juana Pérez.

La llegada de Tobías Enrique tenía para Rafael especiales implicaciones. Desde muy niño, allá en Patillal, él había visto a ese apuesto y exquisito caballero a quien todos en el pueblo adoraban, pasearse soberbio y elegante en un caballo alazán sobre el cual se desplazaba por toda la sabana visitando familias amigas y haciéndoles la corte a las más bonitas muchachas del pueblo. Don Toba, como le decían los menores, cantaba con una voz poderosa los paseos de los más viejos compositores y otros que él mismo había hecho y tenía acomodados en guitarra. Rafael se aficionó desde bien niño a este atrayente personaje y se convirtió en su paje. Detrás de él, pegado a los cascos del alazán, se mantenía día y noche, observando y siguiéndole la ruta a Tobías Enrique Pumarejo. Cuando Tobías iba a bañarse a la Malena, Rafael le brindaba para bañarle el caballo y ahí tenía ocasión de escuchar en su propia voz los sones y merengues de este gran compositor que, diría Escalona más tarde, influyó mucho en su vida musical.

Los lugares y parajes por donde se desplazan estos juglares llevando parrandas y organizando fiestas se prendieron en la memoria de Escalona que aún no los conocía: Villanueva, San Juan, El Molino, Urumita, Fonseca, Barrancas y decenas de pueblitos y veredas de la provincia, que los acordeoneros mayores mencionaban en sus paseos, seguían sonando en la cabeza del muchacho patillalero que ya para entonces -y sin tener mucha conciencia de ello- estaba poseído por la irreparable necesidad de contar cantando todos los sentimientos que se le iban acumulando en el alma. Por razones que no logra explicar bien, pero que supone tienen mucho que ver con el hecho de que su padrino, don Nicomedes, era oriundo de allá, y de que su familia materna tenía la misma ascendencia, Villanueva siempre fue para Escalona una especie de imán sentimental. La oía mencionar como sede de un venerable colegio regido por el señor Rafael Antonio Amaya, como tierra de mujeres bonitas, y sobre todo, como sitio donde había nacido, se había forjado y seguía creciendo toda una raza de formidables parranderos de sangre musical.

Grande era la distancia -valga la ocasión de anotarlo- que nos separaba entonces de este desproporcionado cuanto inexplicable afán que se ha despertado en ciertos círculos villanueveros por tratar de colocar esta población muy por encima de Valledupar en el plano musical, con el argumento, infundado, de que fue ahí, en ese lugar y no en otro sitio del mundo, donde tuvo lugar el nacimiento de la música vallenata.

Pero ello aparte, que no es ese el tema de este libro y tiempo habrá para analizar y debatir este enfrentamiento que algunos sectores secundarios pretenden establecer, sigamos con Escalona y su amor por la grata tierra Villanuevera.

En agosto de ese año (1943) a las pocas semanas de haberse abierto el Loperena, compuso otro canto, el segundo, al que le puso por nombre "El carro ford", y el que estrenó en las mis mas horas del recreo nocturno, debajo del mismo laurel y con el mismo grupo musical de los internos con los que a principios de año cantó llorando la ida del profesor Castañeda. Esta nueva composición, distinta en aire musical y en estilo gramatical de la otra, es una discreta muestra de la versatilidad que demostraría más tarde para musicalizar cualquier tema, a más de un tácito homenaje a Villanueva, un lugar que no conocía entonces pero que ya tenía definitivas resonancias en su vida:

Voy a comprarme un carro Ford
voy a comprarme un carro Ford
que vuele en la carretera,
para hacer una excursión,
para hacer una excursión
por toditas estas tierras
Y si lo comprare
será con llantas nuevas
pa batir el récord
del Valle a Villanueva...

Y en diciembre logró por fin satisfacer plenamente un múltiple sentimiento de curiosidad y admiración por aquel señor de voz fuerte y rostro sanguíneo que encontró cantando en las sabanas de Manaure. Andrés Becerra, de San Diego, lo invitó a Manaure "a una parrandita que tenemos allá con Poncho Cotes y otros amigos" y él no se lo hizo repetir. A las 12 en punto de ese sábado bendito estaban Andrés y él embarcándose en la Chiva de Chiche Pimienta que, con rigor prusiano, arrancaba a la hora en punto, hubiera o no pasajeros dentro. Llegaron a Manaure acezando, porque les tocó andar a pie un largo trecho, ya que la ruta impuesta por la soberana voluntad del Chiche sólo llegaba hasta La Paz y nada más que hasta La Paz. De allí a La Tomita los llevaron en ancas de sus bestias unos trabajadores de don Manuel María Morón y de ahí en adelante caminaron hasta el pueblo.

Las voces que cantaban alto y la melodía de varias guitarras que escucharon apenas pisaron la sabana les indicaron de inmediato hacia dónde se debían encaminar. Llegaron secos de la sed, y dentro de la casa de la señora Petronila Cáceres encontraron a Poncho Cotes de carne y hueso, con la misma guitarra del mes de julio y la misma voz sonora cantando: mis pocos días los acabo de pasar/pasando necesidades, amarguras y tormentos/yo me resigno y a veces que me resiento/ con este maldito mundo que me trata de olvidar/ que es un son de Emiliano Zuleta. Ahí conoció parte de la pesada de esa época en la Provincia: Chema Aponte; Lucho Pimienta que, aunque era vallenato, vivía en Manaure; Alfredo y el Mono Luna; Beltrán Orozco: Pedro León Acosta; Lácides y Francisco Daza que venían de azotar las madrugadas villanueveras a punta de música, versos, rones y amoríos, y ahí estaban en lo fino apurando cerveza caliente que sacaban de un bulto de fique lleno de ceretas donde iban colocadas las botellas protegidas por unas escobillitas de paja. Todos le hablaron de Emiliano Zuleta. Que ése sí es músico, que como ese no hay, que yo -decía el Mono Luna- se lo echo al mejorcito que usted encuentre en el Valle, que fulano no le da ni por los talones a Emiliano, que ahí sí hay notas, que usted lo va a vé algún día, que esto, que lo otro y lo de acá y lo de más allá y dale que dale y dale con Emiliano y su acordeón. Tanto le dieron, que hubieron de pasar muchas horas antes de que le permitieran hablar de sí mismo. Cuando lo dejaron, les contó que venía de Patillal, que, como a ellos, también le gustaban las mujeres y el ron y la música y que en ninguna parte era tan feliz como en una reunión de amigos donde se cantara y se tomara trago. Les aclaró que él no tocaba ningún instrumento ni sabía cantar pero que le gustaba hacer cantos para que los cantaran sus amigos.

Ratos después, Poncho Cotes en su guitarra, le hacía el montaje musical a "El profesor Castañeda", acompañó a Escalona cantando "El Caroo Ford" y siguió cantando "El Zorro", "Carmen Díaz", "Los Malos Años" y muchos otros cantos de Emiliano Zuleta mientras bebían cerveza caliente y celebraban, en la misma forma sonora y torrencial como iban a vivir el resto de su juventud, aquel encuentro memorable.

"Encontrar a Poncho Cotes ha sido una de las cosas más grandes que me han ocurrido en la vida -dice Escalona ahora sin preocuparse de evitar las lágrimas que fluyen fácilmente mientras va hablando-. El monopolizó mi vida afectiva y amarró mis sentimientos a las cuerdas de su guitarra donde mis cantos encontraron la medida y el tono preciso. En el momento que lo conocí sentí como si me hubieran completado, como si hubiera encontrado la parte de mí mismo que andaba buscando. Nos compenetramos de inmediato y nos hemos entendido perfectamente bien desde entonces. El es como es y yo soy como soy, pero difícilmente se pueden encontrar dos personas con tantas y tan hondas similitudes como las que hay entre él y yo. Es, corno ya lo dije en un canto, un pedazo, y bien grande, de mi propia alma".

En efecto, ninguno que conozca la vida y la obra de Escalona y la injerencia espiritual que en ella ha tenido Alfonso Cotes, duda un solo instante de que esto es así. Más aún, algunos creemos que es a partir de su amistad con Poncho cuando arranca con fuerza incontenible su obra musical. No porque Cotes le ayudara materialmente a realizarla, no, sino porque fue en él en quien Escalona encontró el mejor receptáculo y el más atento oidor a sus sentimientos vueltos canciones. Poncho es el amigo pero también el crítico: el hermano y confidente pero igualmente el contradictor; el compinche de amoríos y alcahuete de romances, y a la vez el estímulo permanente; Poncho es el que primero se entusiasma con la composición recién hecha y corre a buscar la guitarra para darle vida a ese sonsonete incoloro que él le va tarareando como música; es el que lo acompaña a todas partes y le sigue todas sus parrandas: el que no oculta su admiración y simpatía por el talento del joven compositor; el que se desgañita gritando sus excelencias cuando nadie le toma en serio y el que, en definitiva, lo comprende mejor y por comprenderlo tanto lo acepta como es sin haber querido cambiarlo nunca.
Agotados todos los bultos de cerveza caliente que había en el pueblo, la parranda del encuentro se acabó por física consunsión. A los tres días llegaron Escalona y Becerra a La Paz. Becerra tomó el camino de San Diego y Escalona regresó al Valle, porque se avecinaba Navidad y el 25 de diciembre en la mañanita, después de la misa de gallo, toda su gente salía rumbo a Patillal.

Pasadas la Pascua y el Año Nuevo, a mediados de enero de 1944, cuando regresó a Valledupar a reanudar estudios, venía sacando pecho y dándoselas de hombre mundano, a pesar de que sólo iba a cumplir los 17 años. Pero el haber compuesto dos cantos y escuchar que todos los condiscípulos los cantaran, que en Patillal lo festejaran, que los mayores comenzaran a hablar de él como "un muchacho muy inteligente, caramba, muy inteligente" y hasta le permitieran permanecer con ellos en las parrandas subrepticias que organizaban en el Valle; pero, por encima de todo eso, haber ingresado a ese mundo maravilloso de Poncho Cotes, lo entendió como el privilegio especial que le había sido adjudicado, y de inmediato, por ahí derecho, sin treguas ni concesiones a nada ni a nadie, por los fueros de su talento magistral para el relato musical, se soltó el caudal de su inspiración que no se detendría nunca más.

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Título: Capítulo I: Infancia y adolescencia
fuente de catalogación: CO-BoBLA


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