Capítulo II

El Torrente desatado

Las parrandas con los grandes / Sus mejores cantos / El Hotel América / La Paz /

 

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De izquierda a derecha: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Quique Scopell, Rafael Escalona y Tito Fuenmayor. La fotografía fue tomada en Barranquilla, al parecer en el periódico El Heraldo.

Entre los alumnos del Loperena, que cada vez eran más numerosos, había muchos pacíficos, gentilicio de los jóvenes nacidos en La Paz, que en su permanencia en Valledupar buscaron el alero de la señora Mauricia López, que era la mujer del general Marín y que se vino de La Paz a instalar una pensión o posada en la casa de Chente Rincones. Ahí se reunían los pacíficos, y ahí Escalona, que para este año estudiaba externo, conoció a Mario Cotes, a Dagoberto López, que más tarde también se hizo compositor, a Marcelo Canales y a otros más. Una tarde de sábado, cuando Escalona llegó donde la señora Mauricia a visitar a sus amigos, Marcelo le presentó a su hermano Miguel que estaba de paso por el Valle haciéndole unas diligencias a su papá. Miguel era el mayor de todos y era también diferente a todos. En esa época los padres eran de una severidad espartana y don Pedro Canales no era la excepción. La seriedad, la probidad, el honor de la palabra empeñada, la intransigente concepción del deber más su peculiar sentido del humor, le habían granjeado el aprecio de todos en su pueblo y en Valledupar donde, pese a su campechanía y modestia, se codeaba con los más conspicuos miembros de la sociedad valduparense. Pero a Miguel, el mayorazgo, con sus gabelas e imposiciones le sabía a jabón. A él no le interesaban posiciones sociales, tierras, dineros ahorrados, palabras empeñadas ni ningún chorizo frito. Pese al rigor impuesto por don Pedro en la casa en cuanto a los deberes, Miguel cumplía con los suyos, pero no pedía permiso ni para entrar ni para salir; le atraían el ron y las mujeres y de uno y otras disfrutaba cuantas veces se lo pedía el cuerpo, que eran bastantes veces.

Eso le gustó a Escalona, que de inmediato, se identificó con el recién presentado amigo, que lo invitó a La Paz. Y a La Paz se fue el domingo siguiente con Miguel Canales y allá, después de conocer y saludar a don Pedro, arrancó a parrandear con Migue y sólo el miércoles por la mañana vino a aparecer en las aulas del colegio, donde le esperaba una citación urgente en la rectoría.

"Con Migue me entendí bien desde el principio -dice Escalona-, nos gustaban las mismas cosas y hacíamos lo que nos gustaba. Le tomé cariño desde el primer momento y creo que yo también le caí bien y me apreció en seguida. Pero después de ese parrandón de tres días que me costó una fuerte llamada de atención del rector Joaquín Ribón, no volví a verlo durante mucho tiempo. El no volvió al Valle, y aunque yo seguí yendo a La Paz los fines de semana, no lograba encontrarlo por parte alguna. Una noche que venía de regreso para el Valle decidí ira la casa de don Pedro a preguntar por Migue y don Pedro me dijo: "Migue está en la Montaña". La Montaña era la finca que quedaba a 3 kilómetros del pueblo, junto al río Marquesote y adelante de un caserío que se llama Varas-Blancas. Antes de llegar a La Montaña había que cruzar cinco hectáreas de verdadera montaña virgen: algarrobillos, trupíos, ceibas, cañaguates corpulentos que hacían del sitio lugar propicio para toda clase de animales salvajes. Don Pedro insistió en que Miguel no quería salir de allá: "será que se va a meté a ermitaño", dijo.

"Yo me vine muy pendiente del amigo con quien me sentía tan identificado y seguí preguntando por él cuantas veces iba a la casa de la señora Mauricia a visitar a los pacíficos pero nadie daba razón. Sólo Marcelo, poco a poco, me iba dando detalles de la personalidad de Migue, de sus cosas, de sus actitudes y todo eso acentuaba mi afecto y mi interés por él. Un lunes después de Semana Santa, amanecí nostálgico por el amigo ausente y escribí, también en una hoja de cuaderno, el paseo "Miguel Canales".

Cuando viene de La Paz algún amigo
le pregunto si ha visto a Miguel Canales:
que me dicen que en la montaña está perdido,
que tiene mucho tiempo que no sale
¡ay! ¿que le estará pasando al pobre Migue
que tiene mucho tiempo que no sale...?

Pero ni así Miguel salió. Le mandó una razón a Escalona de que se encontrarían en La Paz para las fiestas de San Pedro y San Pablo que son en junio y que los pacíficos celebraban con unas famosas carreras de caballos, pero allá fue Escalona y Migue sólo llegó en la voz del cantante de la música de viento de Urumita que hizo sonar todo el día el paseo "Miguel Canales". Empero, el viaje no fue en balde y en La Paz se tropezó con Beltrán Orozco, con quien rememoró el encuentro aquel en Manaure en diciembre del año anterior y con quien se puso de acuerdo para repetirlo "allá, o aquí, o donde tú digas". Tomaron cervezas frías y anduvieron juntos, pero antes de despedirse Beltrán le clavó una espina: Emiliano Zuleta, el ídolo de ellos y héroe de Poncho Cotes, estaba mal. Tenía una extraña enfermedad de la que-aseguraban los curiosos que lo habían tratado- difícilmente se salvaría; Emiliano mismo había cantado dolientemente su situación en un paseo en que decía que lo había traído amarrao pecho e' paloma (con los brazos a los costados y las manos sobre el pecho) y que creía que esos eran sus últimos días.

"Eso -recuerda Escalona- me afectó mucho. No podía concebir que ese hombre al que yo, de tanto oírlo mencionar, su ponía como un volcán de melodías, como un surtidor de bellezas musicales, pudiera estar lanzando quejas de dolor. Regresé al Valle triste y preocupado y me encerré en mi alcoba. Tenía necesidad de expresar que sentía dolor, pesar; que tenía pena por el gran Emiliano, a quien no conocía, pero a quien ya quería de verlo querer tanto por Poncho Cotes y sus amigos. Entonces, no pudiendo hacer una carta porque no había cómo mandarla, hice el paseo que llamé "La enfermedad de Emiliano".

...a sus amigos les causa sentimiento
y a mí sin conocerlo me da pena y dolor
lo de Emiliano les juro que lo siento
me sale desde adentro del puro corazón
Yo quiero que sane, que siga su fama,
que vuelva a Manaure y alegre la sabana
Yo quiero que sane, que no viva solo
que vuelva a Manaure pá que toque El Zorro

Este paseo, que era la cuarta composición que hacía Escalona, atravesó rápidamente todos los lugares de la Provincia y se encaramó arriba de Manaure, en la serranía, en el pueblecito bonito y sano donde vivían la mamá de Emiliano, de Toño Salas y de María y donde se hallaba el enfermo en convalecencia.

Para ese año (1944) se encontraba acantonado en Valledupar el Batallón Bomboná. Era un contingente de militares del arma de infantería, que se instaló en las bellísimas edificaciones de estilo republicano construidas para el hospital en las afueras de la ciudad, en un paraje lleno de bosques, jardines de lilas moradas y cayenas fucsias y donde los domingos los padres nos llevaban a los niños a ver la perfecta formación de soldados haciendo el relevo de guardia o izando la bandera. Como comandante del Batallón estaba en ese entonces el coronel Agudelo Gómez quien, a raíz del golpe de Pasto contra López Pumarejo, fue llamado a calificar servicios en el mes de julio y remplazado por el mayor Luis María Blanco, natural de Bucaramanga. El mayor Blanco era un oficial estricto, honorable y cultísimo, que recitaba a León de Greiff, a Paul Verlaine, y se sabía de memoria trozos enteros de la Ilíada, pero que tenía un talante severo que con el tiempo se convirtió en un genio de los mil demonios en el cuartel y en la casa. La terrible iracundia que lo poseía se volvió famosa en toda la ciudad y no tardó mucho el ingenio vallenato en compararlo ni más ni menos que con un perro rabioso.

Los oficiales del Batallón Bomboná establecieron muy buenas relaciones con la sociedad vallenata, que les abrió sus puertas. En una parte de la casa de don Roberto Pavajeau que colindaba, tapia de por medio, con la de doña Genoveva Araújo de Gutiérrez, madre de Evaristo, se instaló a vivir el Teniente Londoño con su esposa Cecilia.

El mayor Blanco, con su linda esposa y sus hijitas muy pequeñas, tomó en arriendo la casa del doctor Pedro Castro Monsalvo y de su esposa Paulina Mejía que se había radicado en Santa Marta. Ambas residencias quedan en el marco de la Plaza Alfonso López.
En esos días, César Augusto Molina, desde Patillal, había enviado al Valle, para su cuñado Roberto Pavajeau, un perro rucio de la jauría que criaba y cuya valentía y nobleza eran comentario obligado entre los mejores cazadores de la región. El nombre real del perro era "Cupido", pero como desde que llegó a los patios del doctor Pavajeau demostró con gruñidos, ladridos, asaltos y tarascazos quién era el que mandaba en ese territorio, a José Antonio Cuello Sierra, un ameno y agudo contertulio de la casa de don Roberto, se le dio por decir que ese perro estaba "exactico al mayor Blanco: hecho un basilisco día y noche".

Y si al mayor Blanco de verdad lo comparaban con un perro bravo, nada de malo había -pensó Toño Cuello- en comparar a un perro bravo con un mayor furibundo. Y así, por simple asociación de ideas "Cupido" acabó cambiando su romántico nombre por el menos poético pero más apropiado de "Mayor Blanco".

Regadas por el Valle la fama del "Mayor Blanco" (el perro) de ser poco menos peligroso que el Mayor Blanco (el oficial), un buen día de septiembre llegó don Pedro Canales a visitar al doctor Pavajeau. Entre tinto y tinto salió a relucir en la conversación la larga permanencia de Miguel en la montaña y la preocupación que su progenitor mantenía. a causa de un enorme tigre cebado que vivía merodeando por la finca. Oírlo el doctor Pavajeau y ofrecerle el perro, fue un solo acto. Al fin de cuentas, ya bastantes desagrados tenían en la casa con el gallinicidio permanente que cometía el bendito animal. "Va a vé usté don Pedro-decía Pavajeau- que con "el mayor blanco" en la montaña no va a tené más problemas. Mande por él cuando quiera. Pero eso sí, mande gente grande a buscarlo porque ese es un perro tan fiero que no es cualquier muchachito el que se lo puede llevá". Don Pedro se despidió agradecidísimo de la generosidad del doctor Pavajeau y quedó en que a fines de la semana siguiente, mandaría al propio Migue para que viniera por el perro.

Y lo mandó.

Pero en lugar de tomar la carretera que de La Paz conduce directo a Valledupar, Miguel, con varios rones entre pecho y espalda, resolvió venirse de vereda en vereda por vuelta del camino a Guacoche, a donde llegó un viernes por la noche en plena cumbiamba, vísperas del 4 de octubre que son las fiestas de San Francisco de Asís, patrono del lugar. Y ahí perdió la noción del tiempo. El sábado a las ocho de la mañana, cuando José Tobías, el hijo mayor de Evaristo, de sólo ocho años de edad, atravesaba el andén de la casa de los Pavajeau para ir al colegio de las religiosas de la Sagrada Familia donde hacía el Kinder, el "Mayor Blanco", que acababa de soltarse, atravesó como un rayo el traspatio, el patio, la antesala y la sala, y con la cadena guindándole del cuello, entre gritos de espanto, llamadas de atención y ayes de dolor, arremetió contra la pierna derecha de José Tobías, a la que le arrancó un pedazo. Ahí mismo alcanzó el parque, descuajaringó los setos de lilas y las macollas de lirios; dejó una flor de sangre en el muslo de una hija del paisanito y siguió en una loca carrera de ladridos y mordiscos hasta que Evaristo, a punto de infarto por la ira que cargaba, lo levantó a plomo en plena calle de la Estrella, donde el "Mayor Blanco" en un charco de sangre, acabó su vida de depredaciones y enchoyamientos caninos.

Apenas el lunes por la tarde, con un guayabo de espanto, apareció Miguel Canales en la puerta de la casa de don Roberto, donde lo esperaba el regaño de éste y la hilaridad de todo el vecindario. A la semana siguiente, en una parranda que hizo época, Rafael Escalona acompañado de Miguel Canales, Marcelo, Dagoberto López, Jaime Molina, y el resto del combo de los primeros años del Loperena, dejaba escuchar la magistral narración musical que cuenta que:

De Patillal le vino un perro a Pavajeau (Pavayó)
que por rabioso le decían el Mayor Blanco
del patio de la casa desterró
los pollos, la gallina y hasta el gato
Tuvo noticias que un tigre lo amenazaba
y Pavajeau como es amigo de don Pedro,
le dijo le voy a mandar mi perro
pa que le cuide a Migue en la montaña.

Estaba finalizando ese prolífico 1944 en que, con solo 17 años de edad, había escrito musicalmente cinco de las mejores páginas del vallenato y aún no se conocía con Emiliano. Este le había mandado varias razones en que le hacía saber su gratitud por el paseo tan sentido que le había compuesto y cuán grande era su admiración por su inteligencia. Recados venían y razones iban pero no se ponían de acuerdo en la fecha, la hora y el lugar; Escalona era aún un estudiante y en ese tercero de bachillerato, que tantas contrariedades le produjo a sus padres y profesores, los exámenes finales se acercaban y debía tener la cabeza fresca y la mente en su puesto si no quería exponerse a una soberana rajada. Las matemáticas, por ejemplo, eran y siguen siendo su gran problema, y las notas anteriores eran malas, tirando a pésimas. Sabía, pues, que si no hacía un alto en el febril torbellino músico sentimental en que se había metido, no sólo se iba a tirar el año sino que las catilinarias del coronel Escalona harían trinar las paredes de Valledupar y le perforarían los tímpanos.

Los comentarios elogiosos sobre sus cantos, el cariño inmenso que lo rodeaba donde quiera llegara y una especial protección y debilidad que algunos patriarcas vallenatos sentían hacia él, lo habían alzado y convertido en un jequecito de primera. Pero en el Loperena eso valía un comino y el que no estudiaba se rajaba, por muy Rafael Escalona que fuera. Así que echó a un lado tentaciones inmediatas, le fue dando largas al encuentro con Emiliano y se puso a estudiar a fondo para concluir correctamente ese bendito tercero que se le atravesó en la vida, cuando a él le daba lo mismo que Darío fuera un rey de Persia o un poeta nicaragüense o que Atanasio Girardot hubiera descubierto la Teoría de la Relatividad y que a Einstein lo hubieran asesinado en Bárbula, porque él lo único que deseaba y quería y necesitaba con todas las fuerzas de su alma era su libertad absoluta para andar como andaba: de aquí para allá con sus amigos, cantando, bebiendo, enamorando, haciendo sancochos, y exprimiéndole sus mejores jugos a la vida.

Se acabó, gracias a Dios, el año escolar ya Dios gracias lo pasó. Con el boletín de calificaciones en la mano a manera de trofeo se presentó donde Aló y le dijo: "Ahí tienen pa que vean; muéstraselo a mi papá. Vuelvo más tardecito". Y salió a buscar a Andrés Becerra, a Jaime Molina, a Marcelo Canales, a los amigos del jolgorio permanente y arrancaron para Manaure donde los esperaba la otra barra de parranderos que encabezaba Poncho Cotes. En la casa de Juana Vásquez había un gentío a la expectativa. Los mismos de la vez pasada y otros nuevos que se habían reunido a la voz de que "Escalona y unos muchachos del Valle llegan hoy", aguardaban a los visitantes. A la llegada, Poncho le presentó a Chaney Celedón y a su mujer a quien llamaban " La Quique" y que era una señora muy alegre, atenta y servicial. Luego lo tomó por un brazo, lo llevó hasta el rincón del tinajero y deleitándose en la confidencia le dijo: "Hoy viene Emiliano". Y por la tardecita, con el acordeón entre los brazos apareció Emiliano Zuleta Baquero.

"No fue necesario que nos presentaran -recuerda Escalona-. Nos dimos un abrazo interminable, emocionados y contentos. Y todo lo que había ahí en la parranda no fue sino el pretexto para celebrar el encuentro tanto tiempo aplazado. El me dijo que había escuchado todo lo que yo había compuesto y que yo era muy inteligente; que el paseo que yo le había hecho era magnífico y yo le respondí que me gustaban los cantos que de él había oído y que me gustaría oírlo toda la vida. Comenzamos a cantar las cosas de él y las cosas mías, y no recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí porque como ya se había acabado el colegio yo no tenía que pensar en más nada".

"Así nació esa amistad y así ha seguido a través de los años. A ella se fueron anudando nuevos sentimientos y nuevos afectos y nacieron otras amistades. Por él conocí y aprendí a querer a mucha gente buena, sencilla y rústica, yen el panorama de nuestro mutuo cariño irrumpió la figura de la Vieja Sara. Y es que la Vieja Sara no sólo era la mamá de Emiliano. Era la máma de toítos nosotros. Los que teníamos nuestras madres vivas veíamos en ella el reflejo exacto de las mismas; y los que tenían la madre muerta veían en la Vieja Sara una mamá viva. Con ella y por ella vivimos toda una época que difícilmente vuelve a repetirse. Ella fue un centinela de nuestras experiencias y el objeto de nuestras predilecciones. Ir a El Plan era para nosotros algo prioritario y especial que no admitía otra opción ni nos dejaba pensar en más nada. Además, no necesitábamos nada más de lo que allá había: un clima delicioso que nunca nos dejó padecer guayabos, una roza bien cuidada con plátano, malanga, guineos, arracacha y cuanta cosa de comer se produce en clima frío; un pequeño cafetalito, rojo de los granos; frutas, flores, animales y una casa de bahareque con techo de paja llena de hamacas por todas partes donde nos la pasábamos tomando, comiendo y oyendo a Emiliano o a Toño Salas o a Simón Salas tocando sus acordeones cuando no a Poncho rasgando su guitarra; y, en medio de todo eso, la Vieja Sara de un lado para el otro deslizándose, mejor que caminando, sobre unos zapaticos de cordobán, en un permanente revuelo de pollerines atendiéndonos y queriéndonos a todos. ¿Qué más íbamos a necesitar ni a pedir?".

La finalización de esa parte de los estudios en el Loperena, que sólo tenía aprobado hasta tercero de bachillerato, y el comienzo de 1945 fue para él el derrumbe de una talanquera que lo tenía frenado y el comienzo de una nueva etapa. En ese momento no se había detenido a pensar qué era realmente lo que quería hacer con su vida, pero de una cosa sí estaba consciente: hiciera lo que hiciera o estuviera donde le tocara estar, la formidable carga sentimental que llevaba dentro tenía necesariamente que manifestarse, que salir a flote, para que él mismo no acabara sucumbiendo bajo su propio peso.

La evidencia de que era un romántico y sensitivo irredimible, invalidaba las decisiones heroicas que a ratos tomaba de irse cualquier día bien lejos a buscarles acotejo a sus ansiedades. A lo mejor al ejército, o bien a otro país donde nadie lo conociera. Pero esos arranques se esfumaban por los resquicios de la realidad circundante. Le conmovían y afectaban las cosas que para los demás no tenían importancia alguna: la alegría, la tristeza, la alacridad o la melancolía eran sentimientos que podían agarrarlo de un momento a otro y de hecho lo agarraban por causas tan disparejas como el triunfo, en la gallera, del mejor gallo de la cuerda de un amigo aunque a él mismo jamás le han gustado los gallos; la contemplación de decenas de periquitos guarumeros muertos en los caminos del río por culpa de las hondas de los muchachos; o la imposibilidad de conquistarse a la muchacha esa, hermana de su mejor amigo, a la que, por esa misma razón, no debía manifestarle su interés.

A veces, por las noches, cuando su tendencia congénita al viajeteo permanente se encontraba adormecida y él descansaba sobre la hamaca, recordaba la época de la infancia patillalera, los amigos que allá se quedaron, las cosas que hicieron en las sabanas y detrás de los cerros, el gusto del café tinto endulzado con panela y el sabor incomparable de la carne molida revuelta con masa de maíz, que era un plato exquisito de la cocina pueblerina; y, acosado por la urgencia de los recuerdos, al día siguiente bien tempranito organizaba viaje para Patillal cargado de regalos de toda clase que incluían desde revistas "Para Ti", "Vanidades", "Familia", viejas, periódicos atrasados, láminas brillantes de las escenas de películas que mostraban a Gloria Marín en apasionado beso con Jorge Negrete o los entonces tentadores muslos de María Antonieta Pons en algún pase de sus célebres rumbas cubanas, papeletas de café, polvos Riorita, frasquitos de brillantina Glostora para el cabello, un costoso perfume Maderas de Oriente que había sacado tranquilamente del escaparate de su hermana Magola, hasta el último libro de Gabriel D'Annunzio o unos tiros de escopeta marca U.

Cuando llegaba, iba de casa en casa saludando y preguntando por todo el mundo y escuchando las anécdotas y cuentos de la gente patillalera que es maestra en el arte de narrarlos, y dejando en cada una un presente del heterogéneo muestrario que había recolectado horas antes de irse. De regreso, con otra cantidad de paquetes y envoltorios en los que traía gualdrapas, esterillones, calabazos curados, queriquitas moradas, atados de jamanares y rebiacanas, ya había calmado su nostalgia y aquietado su corazón pero seguía predispuesto a las nuevas emociones que le trajeran los días.

A principios de 1945, en el Valledupar de los acordeones, tuvo lugar un acontecimiento de golpe y zumbido: el bautizo del nieto de Rosa García, cuyo padrino era el doctor Ciro Pupo Martínez. Y a la casa de Rosa fueron a parar los grandes, medianos y pequeños parranderos atraídos por la fama del acordeonero encargado de amenizar las fiestas, que lo era Lorenzo Morales. El convite se prolongó tres noches y dos días y los comentarios siguieron durante toda la semana siguiente. Pero hubo dos de los mejores contertulios que inexplicablemente se quedaron por fuera: Rafael Escalona y Hernandito Molina. Este último estaba recién llegado de Santa Marta y una vez pisó tierras vallenatas y puso la maleta en su casa salió a festejar su regreso como mejor pudo, y Escalona, que andaba pendiente de su llegada, salió a buscarlo y se cruzaron pero no se hallaron.

Tardes después ambos se encontraron en una cantina del barrio La Garita, y los comentarios y referencias que los vecinos hicieron sobre la tan mentada fiesta lograron robustecer el pretexto que necesitaban para salir en busca de Morales, donde quiera que se encontrara. Pero no dieron con él en ninguna parte del Valle y alguien les dijo que "esta mañanita estaba en frente de la casa de la señora Tiota montado en su burro. Creo que ya iba de viaje". Así que ellos también armaron viaje esa tarde; y por la noche, después de mil peripecias encima de una mula vieja y de un macho tuerto, llegaron a Guacoche con una borrachera de cinco pisos y la determinación inmodificable de escuchar los sones y los merengues de quien, para ellos y pese a la fama de Emiliano, era el mejor juglar en todo el territorio musical de la antigua Providencia de Valledupar y de Padilla.

Guacoche no era otra cosa que un caserío desolado y triste, con unas cuantas casas de bahareque y palma amarga, dispersas sobre unos extensos playones de barro colorado a la orilla del río Cesar. Muchos creemos que en algún momento de la historia debió haber sido un Palenque semiescondido en este pedazo del Magdalena Grande, donde se ocultó algún reducto de negros cimarrones. Los rasgos fisonómicos, el color negro retinto de la piel y las costumbres de sus pobladores, a más de ciertas características arquitectónicas en las más antiguas de sus casas de habitación, hacen pensar en esto, que si bien no es lo que nos ocupa en este libro, bien vale la pena dejar consignado a mero título informativo.

Las mujeres guacocheras fueron famosas por la turgencia de sus formas y por ser expertas artesanas del barro especial que había en las riberas del Cesar, con el que confeccionaban las famosas tinajas de Guacoche que durante décadas se anticiparon a la nevera en su indispensable papel de refrescar el agua para beber la gente. A las célebres tinajeras de Guacoche se dirigieron Escalona y Molina cuando llegaron al caserío para indagarles por la casa de Lorenzo Morales. Ellas se la señalaron y ambos llegaron y tocaron, pero nada. El hombre no estaba y Amparito su mujer tampoco; había llegado, sí, al medio día pero por la tarde lo vinieron buscando dos tipos de a caballo y él había montado en otro y con el acordeón en la grupa habían arrancado.

Escalona y Molina regresaron al Valle, siguieron con su juma unos días más y el 6 de enero, en casa de Oscarito Pupo, Escalona les cantó a sus amigos su paseo "El cucarachero", que también llaman algunos "Buscando a Morales" o "El hombre andariego":

Díganle a Morales que aquí estuvo una persona
que llegó a este pueblo con ganas de oírlo tocá;
pasé por su casa y la he encontrado sola,
le toqué la puerta y estaba atrancá.
Porque Moralito es una fiebre mala
que llega a los pueblos y en ninguno para
porque Moralito es un hombre andariego
que cambia de nido ni el cucarachero...

Desde ese momento en adelante, seguido por un regimiento de amigos y partidarios irreductibles como él en su empeño de vivir intensa y apasionadamente, la vida de Escalona fue nada más ni nada menos que un solo canto largo y continuado. Hoy aquí por la mañana y en la tardecita en La Paz, para seguir por la noche hacia Villanueva o a Manaure, de acuerdo con la ruta que trazaran los vientos de la oportunidad; en la madrugada en San Juan, golpeando con sones y paseos los postigos de barrotes torneados de las ventanas de la casa de Fefa Brugés; al mediodía en Fonseca, por la noche en Barrancas, mañana de regreso en Urumita o en El Molino, y pasado mañana en cualquier otro sitio y lugar de los muchos por donde se regaron sus cantos y la nombradía de su talento inmenso, sin tener que ver con que fuera lunes o martes o miércoles de trabajo o sábado y domingo de descanso.

Dos sucesos especiales iban, además, a jalonar ese año 1945 como uno de los mejores de toda su vida y el comienzo de la etapa más fecunda de su obra musical. Inesperadamente, a principios de marzo atravesaba el parque para ir a la tienda de don Juan Arregocés, cuando se tropezó a boca de jarro con Poncho Cotes, que salía con Alfonso Murgas de la casa de don Carlos Murgas. Se saludaron a gritos, se abrazaron, se volvieron a abrazar y después de la euforia del tropezón Poncho le contó que estaba en Valledupar porque lo habían nombrado profesor de la Escuela de Artes y Oficios, donde dictaba clases de Geometría desde hacía una semana. "Haberlo sabido para matricularme yo también"-le comentó Escalona- y él respondió con una de sus carcajadas gigantescas que atronaron la tarde.

¿De modo que Poncho Cotes estaba en el Valle? ¡Qué cosa tan buena! Y, para mejor, como profesor de tiempo completo en la Escuela de Artes. Y ahí en la escuela -le había dicho Poncho- también estaba de profesor Enrique Luis Egurrola, un amigo oriundo de San Juan del Cesar, ebanista innato, cuya destreza con la madera lo había convertido en un experto fabricante de guitarras que se vendían como extranjeras en el mismo puerto de Riohacha. Pero, sobre todo, Egurrola no sólo construía guitarras perfectas sino que las sabía tocar a la perfección y cantaba bien. También cantaba, sí señor. Mejor dicho, ¡caramba!, Enrique Luis era otro de la misma cuerda que estaba en el Valle. Buena noticia. Excelente descubrimiento que, lógicamente, había que celebrar cuanto antes. Y ningún sitio mejor para el festejo que el Hotel América que en La Paz administraba don Pacho Mendoza.

Construido a principios de 1940 por don José María "Chepe" Romero, que llegó desde Soacha (Cundinamarca) con su hermano Avelino a buscar la vida en estas tierras de Dios, el hotel, que en un principio tenía otro nombre, no demoró en acabar convertido en el epicentro de las reuniones de la bohemia grande que años después floreció en la Provincia.

La Paz misma ya había adquirido categoría de pueblo importante gracias a su estratégica situación geográfica que la colocó como el eje de las comunicaciones terrestres entre Valledupar y los pueblos de la baja Guajira. Por su parte, dentro de sus muchas virtudes, Valledupar cargaba con la mala fama de ser tierra insalubre y peligrosa por la intensidad del paludismo que se padecía en su territorio, tanto como por el carate que los nativos llamaban jobero y que era una enfermedad de la piel transmitida por un mosquito que asoló mucho tiempo a los valduparenses, sin respetar categorías pero con énfasis en las clases populares, hasta cuando Leonardo Maya Brugés, un joven médico cuya tesis de grado sobre dicha enfermedad fue laureada por la Universidad Nacional, se instaló en su consultorio y se dedicó a desterrar el jobero o carate de las manos, rostros y piernas de los habitantes de la región.as características de dicha enfermedad les daban a sus pacientes un aspecto semejante al de la piel de los ballenatos (hijos de la ballena) recién nacidos: manchas rosáceas, café y blancas, sobre un fondo brillante de color chocolate; o manchas color chocolate y blancas sobre un fondo de color rosado, en la gente de piel blanca o morena clara; y manchas oscuras de tinte azuloso en la gente de piel blanca o morena clara; y manchas oscuras de tinte azuloso en la gente de piel negra. Y de esta situación eminente mente circunstancial, a la que no fue ajeno el ingenio popular, las gentes que padecían dicha enfermedad y que en su gran mayoría eran gente de estratos bajos, recibieron por simple asociación de ideas de algún experto conocedor, el nombre de vallenato.

Vallenato con V pequeña. No porque nadie deliberadamente se hubiese propuesto crear una ortografía especial para esa palabra incorporada paulatinamente al léxico de la región, sino sencillamente porque, al no tener mayores conocimientos ortográficos esa misma gente del pueblo que recibía dicho calificativo y al estar ellas acostumbradas a la V pequeña con que se escribía y escribe Valledupar, alguien en algún momento debió escribir vallenato con la V corta y así, por fuerza de la costumbre más que por ausencia de corrección, se quedó para siempre con todas las connotaciones de insulto que tuvo en un principio.
Sustentamos esta tesis, ya anteriormente expuesta en nuestro libro VALLENATOLOGIA (Tercer Mundo, 1972) transcribiendo lo dicho por el gran humanista de origen francés don Luis Striffler en su libro "El Río Cesar, relación de un viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta en 1876" que en buena hora, volvió a editar el Senado de la República gracias a la iniciativa de don José Guillermo "Pepe" Castro. Dice así don Luis en su importante obra (págs. 21, 22) refiriéndose al término vallenato que ya existía desde antes de 1876:

Lo que es el Valle de Upar

"Empezamos por designar la localidad conservando al nombre su ortografía primitiva. Hoi, en general, se comprende bajo la denominación de Valle, toda la parte del llano desde el Banco hasta cerca de Rio-hacha. El nombre de Valledupar se aplica especialmente para designar la población más importante de la comarca.

En las inmediaciones de Cartajena se pinta en las ideas del vulgo "el valle" bajo varios aspectos diferentes. En primer lugar, se conoce la localidad por la abundancia de ganado vacuno que produce; en segundo, por ser el asilo que escogen de preferencia los reos prófugos de los otros Estados; en tercero, se sabe también que en las inmediaciones hai indios bravos de los más terribles; i en fin, en cuarto lugar se habla de la enfermedad del carate que hace designar jeneralmente a todos los individuos notables por esta afección cutánea, bajo el nombre de Vallenatos".

 

En las páginas 99, 100, 101, se refiere don Luis de modo concreto al carate, mencionando de paso la hacienda El Diluvio, en los siguientes términos:

CARATE

"Ya que las manos jaspeadas de nuestra ex-cocinera del Diluvio me han conducido a tratar de esta afección cutánea, diré de una vez lo que en Colombia, i tal vez, en toda la América se dice sobre el particular.

Primero, el vulgo dice que el caratoso larga afrecho: lo que en lenguaje científico siginifica que hai una constante desfoliación de la epidérmis. Esto es causa de que en la cama en q' ha dormido un caratoso se encuentren pelusas parecidas a afrecho o salvado de maíz, que han preocupado mucho la imajinación supersticiosa del pueblo que pretende que mesclada con cualquiera comida produce la enfermedad en el que la come. Es opinión mui jeneralizada de que las caratosas contajian así intencionalmente a aquel que les manifiesta asco...

Es mui probable que el carate no sea contajioso, i que solo se desarrolle en circunstancias idénticas, i éstas como en este caso, no pueden presentarse sino en los parajes infestados...

La afección no solo desfigura de una manera repugnante, sino que produce una atmósfera mui desagradable; es una exhalación sui jeneris que hace notable la presencia de un caratoso, hasta para un ciego...

Hemos tratado ya de la diferencia de efecto que produce el carate sobre los individuos según la raza a la cual pertenecen. Los de raza blanca resisten más, y puede sospecharse que son los únicos que pueden esperar salvación completa. Los indios claros í los mes tizos se llenan de chispitas azules para siempre; chispitas que se agrupan en mucha desigualdad en la cara. En los negros, la fisonomía se vuelve mui ingrata...

Entre los indios de la Nevada, los que son caratosos, han contraído la enfermedad por haber permanecido algún tiempo en las tierras bajas. No necesitan bajar mucho para ponerse en contacto con la plaga, pues hasta dos mil metros sobre el nivel del mar se encuentra el insecto. En las rejiones elevadas forma nubes mas densas que hacen esas partes casi inhabitables...

Es también prudente anotar que la plaga abunda más en la estación de las lluvias. En el verano hai puntos que se hallan libres de ese incómodo huésped por algunos meses. Ese es el estado normal; pero así como hai años de poca o ninguna plaga, hai otros en que hai con exceso...

Respecto de historia natural tambien nai algo que decir: los consabidos jejenes pueden dividirse en tres variedades. Los que existen en las playas saladas del lado de Cartagena, molestan tanto como los del Valle, pero no pintan; en las partes intermedias del Sinú y del San Jorje, los hai mui parecidos a los del Valle; estos sí pintan, pero como las manchas no son indelebles, no enjendran el carate que es desconocido entre los naturales de aquellas localidades. De modo pues, que el jejen que produce dicha afección es un sér diferente"...

Como se ve, no hay pues tal de que hayamos sido unas cuantas personas con ánimo de apropiarnos de la noche a la mañana de algo que en verdad siempre ha sido nuestro, los inventores del término vallenato para denominar los cantos y las melodías regionales en acordeón.

Todo lo contrario. Cuando el acordeón europeo atravesó el océano y llegó a Riohacha y de ahí se dispersó por todos los caminos de la Alta Guajira hasta llegar a la zona de Valledupar y seguir hacia adelante, ya la música, y concretamente la música autóctona de la región, como tal, existía, porque primero fueron las melodías y después los instrumentos. Lo que hicieron esos magníficos juglares que habían cantado aquí y en todas partes, siempre desde el fondo de sus almas y sus gargantas, fue coger el instrumento extraño que les llegó sin que lo estuvieran buscando, y adaptarlo a sus necesidades anímicas y rítmicas para expresar musicalmente los sentimientos de la vida y de la muerte, de las alegrías y los dolores, del amor y la frustración. A esa misma gente que desde las primeras tribus indígenas cantaba y siguió cantando en el mestizaje y después cantaría cada vez más en la nueva raza que se creó, un día la apodaron vallenata por las circunstancias arriba descritas. Y si a los que hacían los cantos los denominaron vallenatos porque tenían carate, no es desacertado pensar que vallenatos, por extensión, acabarían siendo denominados los ritmos, las estrofas, las canciones y la música que ellos y solamente ellos sacaban de sus acordeones.

No es válido entonces hacer intrincados análisis semánticos para encontrar el origen del vocablo que enantes fue un peyorativo con el que nos querían acallar a los alumnos provincianos en los colegios de Santa Marta y Ciénaga, pero que ahora es timbre de orgullo; ni tampoco caer en el facilismo, que pretende ser acusador, de que la autora de este libro y su personaje, hace apenas veinte años y a raíz de los festivales de la Leyenda Vallenata, nos inventamos esa palabra para calificar los ritmos regionales, con el ánimo pendenciero de darle únicamente a Valledupar el título de ser la fuente y el epicentro de estos aires musicales.

Piénsese no más que el paseo "Compae Chipuco" que el doctor José María Chema Gómez Daza compuso antes de 1947 -cuando todavía Escalona no era Escalona- es nada más ni nada me nos que toda una salutación, un himno de simpatía para ese juglar simple, elemental, humilde y corroncho si se quiere, que para esa época lo único que estaba haciendo era continuar la tradición de ir cantando de pueblo en pueblo, noche a noche, sin más medios musicales que su voz y su ya domeñado acordeón y sin más orgullo que el de ser vallenato de verdá que tengo las patas (por pies) bien pintás (manchadas por el carate) con mi sombrero bien alón y pa remate bebiendo ron... Dos estrofas de este paseo que para el caso es muy ilustrativo dicen así:

Viajando para Fonseca, yo me detuve en Valledupar
y con un viejito me encontré que caminaba a medio lao
y al rompe le pregunté:
¿oiga compae, cómo se llama usted?
Me llaman compae Chipuco
y vivo a orillas del río Cesar
soy vallenato de verdá
tengo las patas bien pintás
tengo el sombrero bien alón
y pa remate yo bebo ron...

El canto de Gómez Daza, que es oriundo de Fonseca y como tal eminentemente guajiro, corrobora el hecho indiscutible de que el término vallenato como sinónimo de una clase, un estrato, o lo que se quiera, existía desde muchísimo tiempo antes de su propia composición musical. Y la composición musical revela que, unidos indisolublemente hombre y música en la misma proporción y con la misma fuerza con que se ha unido siempre el hombre y su entorno sentimental, las canciones que ese elemento humano iba creando acabaron adoptando el mismo calificativo que a él, como sujeto, se le daba.

Caso semejante a este se dio en la música mejicana hoy mundialmente conocida como música ranchera; no porque a algún avispado empresario de la publicidad se le ocurriera llamarla ranchera porque sí, sino porque, nacida entre la brega diaria de los peones, caporales y personal de las haciendas de Méjico, que allá se denominan ranchos, acabó también llamándose ranchera por extensión del denominativo aplicado a los que vivían en los ranchos, que no era otro que rancheros.

Obsérvese lo dicho anteriormente, en este viejo corrido mejicano:

Allá en el Rancho Grande
allá donde vivía
había una rancherita
que alegre me decía
que alegre me decía...
Te voy a hacer unos calzones
como los que usa el ranchero
te los comienzo de lana
y los termino de cuero

Aquí las palabras rancherita y ranchero se las aplican a una mujer y a un hombre que vivían ambos en el rancho o sea en la hacienda, la finca, "Rancho Grande"; y fue en otras muchas posesiones mejores o peores o similares al "Rancho Grande" donde nacieron las canciones mejicanas que con el nombre genérico de rancheras se conocen en todo el mundo.

Pero la discusión sobre este tema daría para otro volumen, así que mejor continuemos en lo que íbamos sobre la población de La Paz también conocida como Robles. Puesto que el paludismo y el jobero eran fáciles de adquirir en Valledupar, los ingenieros Atehortúa y Dangond Daza decidieron situar sus residencias en La Paz. Las oficinas de la Zona de Carreteras quedaron funcionando en Valledupar, en la esquina de la casa de don Carlos Murgas, y los almacenes en unos cuartos que les alquiló don José Calixto Mejía en su casona de la última manzana de la Calle Grande. Como la distancia era un brinco, los profesionales que tenían a su cargo el trazado de las carreteras en la administración López Pumarejo, iban y venían fácilmente a través del famoso puente Salguero. Esto produjo un permanente movimiento y flujo de personas y vehículos en La Paz, que acabó consolidándose como punto de partida del comercio ganadero que, al sesgo de la ley, se estableció con Maracaibo y otras ciudades venezolanas desde el año de 1937, cuando el doctor Silvestre Dangond Daza, en un verdadero alarde de ingeniería moderna que ha terminado desafiando el paso del tiempo, construyó, con rudimentarios elementos y una técnica atrevida, el puente sobre la ancha y sinuosa franja de aguas cobrizas y espesas del río Cesar que separaba a Robles de Valledupar.

Don Chepe Romero, fundador y primer propietario del Hotel, fue un hombre industrioso e incansable. Un día alquiló la casa de al lado que tenía por patio un solar ilímite por donde deambulaban manadas de cochinos, burros y caballos. Compró los cochinos y los mandó para Venezuela; castró los burros y los puso a recoger agua en latas para venderla en el pueblo; engordó los caballos y les buscó ocupación y cercó el solar con paredes de ladrillo, y contra la pared del fondo hizo enterrar dos gruesos listones de carreto sobre los cuales extendió varios metros de popelina blanca bien templada sobre la que comenzó a proyectar cine en jornada continua desde los ocho hasta las doce de la noche, cuando los pacíficos, con el ojo claro y las expectativas intactas, salían zurumbáticos a recostarse en sus camas pendientes de las 24 horas que aún hacían falta para volver al solar y constatar si al fin Tantor, el elefante sobre el cual se desplazaba Tarzán en la selva, lograba alzar a Yéin con la trompa en el momento preciso en que ese tigre enorme iba a devorarla.

Pero no fue solamente el cine. También organizó veladas de teatro y hasta un afortunadamente fallido intento que tenía el desabrido propósito de introducir la música andina entre la gente de La Paz.

Cuando ese gran señor que fue don Francisco Pacho Mendoza y su esposa América Egurrola adquirieron el hotel, ya este tenía, pues, su aureola propia como polo de atracción comercial, social y cultural. La otra característica de lugar predilecto de los grandes parranderos la iba a adquirir gracias, en parte, a su dueño y en parte también a que Ramón Monche González y Gregorio Goyo Majarrés, se instalaron a vivir ahí y se dedica ron a secundar entusiastamente las iniciativas festivas del propietario y de los que allí llegaban.

Las convocatorias permanentes en torno a la música y a esa etapa dorada del folclor que estaba produciéndose en esos tiempos, sin que ninguno de sus protagonistas se percatara siquiera de la trascendencia de ese suceso, tenían lugar en el Hotel América, que terminó convertido en una noria musical, a cuyo alrededor giraban los grandes de la época. En un modesto corredor presuntuosamente llamado bar se reunía un día sí y otro también la barra de Villanueva ya descrita a la que se acababa de sumar un nuevo integrante que iría a dejar una huella imborrable en la vida de Escalona y de su obra: Silvestre El tite Socarrás, a quien conoció en un burdel en el Valle, en medio de una gresca fenomenal en la que el fornido muchacho villanuevero repartía trompadas a diestra y siniestra, dejando un reguero de policías y clientes descalabrados y de muchachas marchitas dispersas por las calles en paños menores. También iba la barra de San Juan, que la formaban Enrique Luis Egurrola, que disfrutaba del privilegio adicional de ser cuñado de Pacho, lo que le daba derecho a pernoctar en el hotel sin pagar un centavo cuantas veces le provocara, Lucho Rois, Juan Brugés, que era un verdadero ángel con la guitarra, César Checha Urbina, Santos Giovanetti, Arturo Molina, Rodrigo Lacouture y un contertulio especial, dotado de un chorro de voz limpia y argentada que le permitía medírsele con propiedad a lo que fuera: corridos mejicanos, boleros de Cuba, tangos, pasodobles de España, romanzas de Italia y hasta a las arias de las óperas que habían embelesado a la Europa de la preguerra y que también se escuchaban por estas tierras de Dios. Tal era el timbre y el ritmo de sus prodigiosas cuerdas bucales, que los amigos y entendidos le dieron el sobrenombre de "jilguero de oro". Se llamaba Fernando Daza pero todos le decían cariñosamente Tatica.De San Diego concurría Andrés Becerra, que ocasionalmente llevaba a Juan Muñoz, el Negro Calde, Ovidio Ovalle, Hugo Araújo; y la representación de Valledupar estaba, naturalmente, a cargo de Rafael Escalona, que llegaba acompañado de Poncho Cotes, que vivía en la Escuela de Artes, de Alfonso Murgas, Jaime Molina y de los otros ya mencionados.

En ese ecuménico recipiente musical fue donde don Humberto Costa, un viejo y eminente patriarca pacífico que se convirtió en el más furibundo partidario de Escalona, descubrió una mañana de abril a Leandro Díaz, el cantor ciego que iba a asombrar al mundo con la luminosidad de su palabra y de su poesía: Allí tu vieron lugar más de dos lances de mentiras inofensivas y verdades peligrosas que pusieron en jaque la entereza y reciedumbre de aquellos hombres, para quienes la vida sólo tenía el significado justo de la amistad y del honor. Por sus alcobas se enredaron y desenredaron tormentos y secretos de amoríos imposibles y de aspiraciones irrealizables que sólo encontraron alivio en las cuerdas de las guitarras que sus mismas dolientes víctimas hacían gemir.
Lo único que nunca tuvo ni padeció el hotel fue un muerto. Sus asiduos visitantes se morían a cada rato de la juma o del guayabo, de la alegría o de la nostalgia, de la preocupación por el negocio que no se concretaba o de la euforia por el buen resultado del que se había llevado a cabo. Se morían de amor y de desespero, de hondas emociones líricas o de situaciones jocosas, pero cada mañana resucitaban con más ganas de vivir para seguirse muriendo tan sabrosamente como lo hacían. Pero una noche casi hay un muerto de verdad. En medio de tragos y canciones departían los de San Juan, que habían llegado ese viernes en la mañana, con los de La Paz y con algunos del Valle, cuando el jefe del resguardo en la población, un cachaco rubicundo y de aspecto repelente pero buena persona, en el clímax de la emoción desenfundó el revólver e hizo un disparo al aire. Un muchacho de San Juan, novato, que andaba en el grupo, tan pronto sonó el disparo salió a las carreras a perderse en el traspatio, aterrorizado de que aquello fuera el principio de un abaleo colectivo. En la oscuridad de la fuga tropezó con un arrume de láminas de zinc que estaban en el suelo, y la punta de una le hizo un tajo profundo en la pierna izquierda, que enseguida se le bañó en sangre. Cuando se palpó herido sin saber cómo, casi se desmaya, y alcanzó a gritar pidiendo auxilio a los demás compañeros que, molestos pero tranquilos, habían presenciado la inoportuna escena del cachaco disparando al aire. Estos corrieron al patio, trajeron al joven a la luz de la bombilla y cuando lo vieron lívido, tembleque y con la pierna ensangrentada pensaron al unísono que el tiro lo había herido. ¡Y quien dijo miedo! Al instante un ramillete de Colts y Smith & Wesson de todos los calibres blandió en el aire la resolución colérica de matar "a ese cachaco hijueputa que ha venido es a herirnos al pelao, carajo".

La cosa se puso fea. Improperios, gritos, insultos, ayes del jovencito, más asustado entonces que al principio, y el pobre jefe del resguardo paralizado de pánico, porque el bendito tiro con que quiso sumarse al jolgorio y expresar su adhesión al grupo feliz, iba era a costarle nada menos que la vida.

La situación se salvó únicamente por la ecuanimidad y ponderación de Pacho Mendoza quien, tan pronto entendió que eran las láminas de zinc las causantes del "balazo" que tenía en la pierna el joven, escondió al cachaco en su alcoba matrimonial, donde no se le hubiera ocurrido penetrar a nadie, y con explicaciones lógicas comenzó a aplacar los exaltados ánimos de los sanjuaneros. Finalizado el incidente, la parranda siguió con un motivo adicional: esperar que al muchacho le hicieran una buena curación y celebrar que "menos mal que no fue nada". El lunes bien temprano, antes de que saliera el sol, vieron al pobre jefe del resguardo del Valle, marchar hacia arriba rumbo a Santa Marta a pedir su traslado.

Igual al anterior en intensidad y duración pero por motivos y con resultados bien diferentes a ese, hubo otro renombrado encuentro que ocurrió en el hotel y de cuyos ecos todavía hay memoria.

Estaban un medio día de sábado tomando cerveza en el Hotel América, Poncho Cotes, Goyo Manjarrés, Rafael Escalona, Monche González y el oferente que era Pacho Mendoza; de pronto oyeron la voz de Emiliano Zuleta que acercándoseles por la espalda muy despacio, les dijo en voz bien alta: ¡jepa amigos!

Nos cayó como mandado del cielo -cuenta Poncho- porque ya las cervecitas nos empezaban a entusiasmar y de ahí en adelante uno nunca responde por lo que pueda suceder. No bien había jalado Emiliano el acordeón a desgranar notas, cuando en la puerta frenó un carro, del que se bajó Lorenzo Morales, que casualmente paraba ahí en el América de regreso de un viaje a, Fonseca. Y, parece cosa de mentira, pero de esto hay por lo menos diez testigos vivos, -aseguran Poncho y Escalona- cuando el dime-tú-que-yo-te-diré musical estaba en su apogeo, se presentó nada menos que Chico Bolaños. Nosotros nos pusimos roncos de tanto gritar de la emoción que nos embargó a todos. Estábamos que no salíamos de nuestro asombro y no dábamos abasto para congraciamos con nuestra buena suerte. Tener ahí junticos, a la mano, reunidos por obra y gracia de los dioses tutelares de los buenos parranderos, a los tres más grandes juglares del vallenato, era algo que sobrepasaba nuestras propias posibilidades de organizadores y colmaba plenamente el más exigente deseo del mejor de los nuestros. Fueron dos días de parranda histórica que pienso que nunca más se volvió a repetir con tales protagonistas y que, en honor a la verdad, fue el primer y único encuentro frente a frente y acordeón contra acordeón que tuvieron en la vida Lorenzo Mora les y Emiliano Zuleta", remata sentenciosamente Poncho Cotes. Lo demás -decimos nosotros- no pasaron de ser citas que ninguno de los dos cumplió; desafíos que jamás se realizaron y que acaba ron dando origen a la célebre "Gota fría" de Emiliano y a la menos célebre pero contundente "Respuesta" que le mandó Morales.

En medio de esa barahúnda vivencial, desligado ya de la férula paterna puesto que ya no era estudiante, Escalona descubrió que el dinero, que nunca le había importado para nada, a lo mejor servía para muchas cosas y no se encontraba en la mitad de la calle. Un buen día, Chente Ustáriz, que lo apreciaba mucho, lo llevó a las oficinas de la llamada Comisión de Aguas, cuyo jefe era el doctor Delgado Barreneche, que era un hombre alto, enteco y de modales refinados, pero de carácter recio y de pocas palabras. Sin embargo, como inevitablemente ocurría siempre, Escalona le cayó en gracia y de la conversación entre los tres resultó este último como "auxiliar" del doctor Delgado en su trabajo. Nunca hubo resolución, nombramiento escrito, ni contrato, ni papel sellado ni sin sellar, ni firma de nadie sobre ningún documento, pero a partir de ese momento, bajo el inapelable mandato de su palabra de honor, Delgado Barreneche iba adelante con Escalona detrás por todos los puntos geográficos de la región donde la Comisión de Aguas tuviera trabajo. Y es evidente que esa fue la primera "corbata" que Escalona lució en su vida antes deque nos acostumbrara a verlo con las otras.

Este insólito aspecto de "empleado" en la burocracia oficial le hizo gracia a sus amigos, que cuidaron bien de que el mismo no se prolongara demasiado. Por su parte, el propio Rafael se gastaba lo que se ganaba con la misma facilidad desconcertante que todavía emplea; no como lo había planeado, en atender sus necesidades de ropa o sus urgencias físicas, sino comprando cuanta carabina y cuanto revólver y cuanta munición se le pusiera delante de los ojos, en lo que fue el principio de su casi desconocida afición por las armas de las que tiene una colección respetable.

Con Delgado Barreneche anduvo de la Ceca a la Meca y hasta a Barranquilla fue a templar una noche, después de un viaje agotador. Para los amigos su ausencia fue una incógnita, y cuando regresó a los días, convertido en un perfecto camaján, con botas de cañita de color grisáceo -color que nunca jamás se le hubiera ocurrido a ningún vallenato lucir en un par de zapatos- con un pantalón de lino color crema y una camisa nomeplanche azulita, Jaime Molina salió corriendo a buscar a Alfredo Araújo, a Juancho Castro y a Dámaso Villazón que se encontraban escondidos jugando póker en los últimos aposentos del Almacén Colombia de Carlos Pérez, y les dijo perplejo e irónico: "salgan pa' que aguaiten al Rafael que acaba de llegá de Barranquilla. Vengan pa' que lo vean. Ahora sí que está de remate". Y todos salieron para encontrarse en el mismísimo sardinel del almacén con la nueva y estrafalaria estampa de "ejecutivo barranquillero" que acaba de adquirir el cantor, por obra y gracia de su "trabajo" en la Comisión de Aguas. Poco rato después de haber llegado se enteró de que Valledupar estaba convertido en el ojo del huracán de un rumor tenebroso y espeluznante que había bajado como susurros gélidos de la cordillera y se había extendido como llamas en potreros de verano a todo lo ancho y largo de la provincia.

Los viejos patriarcas estaban indignados y estupefactos; a las beatas que, en olor de santidad, atravesaban el parque o caminaban raudas por la calle de Santo Domingo para ir a la misa de cinco de la iglesia de la Concepción o al antiguo Convento, se las veía poseídas por una ira santa y una terrible opresión en el pecho que les impedía aceptar como posible siquiera lo que se comentaba en todos los aposentos, salas, corredores, tiendas, ventorillos y cantinas. Los padres de familia con hijas en edad de merecer, se encerraron con sus esposas a discutir la posibilidad de una apostasía colectiva si "las cosas seguían así". Las madres estaban nerviosas. Las muchachas se pusieron ariscas con la tajante prevención que les hicieron en sus casas en caso de que "él trate siquiera de agarrarles una mano" y no faltaron los que, iracundos por tanta vagabundería disfrazada de catequesis, volvieron a recargar los mohosos casquillos olorosos a cobre de las es copetas de chorro, esperando con deleite secreto nada más que una oportunidad, así fuera mínima para descerrajarle todos los tiros en la panza lasciva. Otros se inclinaban por dirigirse mejor al señor obispo del Vicariato o al arzobispo de la Diócesis o al Nuncio Apostólico y nombrar una comisión que fuera hasta Riohacha o a Bogotá, si era del caso, a poner en conocimiento de las autoridades eclesiásticas los estragos y depredaciones que entre las menores vírgenes y las mayores no vírgenes, estaba causando. Fue entonces cuando Escalona se enteró de todo.

De que en Atánquez había perjudicado a dos muchachitas en una sola noche de confesiones y penitencias; que a Patillal llegó por la mañana con el invento de una reunión de Hijas de María, pero don César Molina y don Lino Yanet no le aflojaron la cara ni dejaron siquiera que le prestaran las llaves de la Iglesia, que era donde se suponía llevaba a cabo sus fechorías; que ya había estado por Villanueva, Urumita, San Juan, El Molino, Barrancas, Fonseca y quién sabe dónde más haciendo de las suyas y dejando un reguero de vejaciones ocultas; que en alguno de estos lugares un buen amigo de Escalona (cuyo nombre se omite por razones de respeto) estuvo toda una noche, sin que se le moviera un solo músculo de la cara ni le parpadearan los ojos, cazándolo con un viejo pero efectivo Winchester entre las manos, a la espera no más de sentir el tenue rumor de la sotana para apretar el gatillo... En fin, que la cosa no eran simples comentarios sino graves y evidentes hechos y la atmósfera que los envolvía estaba en plena ebullición.
Siguió averiguando más y más detalles y sus amigas y todo el mundo se los suministraron con la preciosista minuciosidad de las tejedoras de encaje: que si fulanita había caído, que si menganita también; que de la hija de Perana se comentaba lo mismo y de la de Zutana parecido. Lo último que le informaron después de dos semanas de indagaciones fue que tanto el Arzobispado como el Vicariato habían sido enterados; y el último viernes, mucho antes de que saliera el sol, al cura de este cuento lo habían visto de Pueblo Bello hacia arriba, rumbo a Nabusímaque, confinado por tiempo indefinido a la yerta soledad de la Misión Capuchina en las estribaciones de la Sierra Nevada.

Antes de que se callaran por completo las lenguas y se secaran las lágrimas de tanta jovencita y tanta mujer madura que el paso por las armas, Escalona estrenó en la casa de citas de la época, que consideró el lugar apropiado, el extraordinario paseo "El gavilán cebado" que es, ajuicio de muchos, el canto más completo de su espléndida obra musical:

Allá en la Sierra vive un gavilán cebado
que es el terror y el control de las mujeres
le ponen trampas para matarlo
pero él es adivino y entonces no viene
Levanta el vuelo de madrugadita
cuanto todo el mundo se encuentra dormido
y amaneciendo regresa a su nido
pero en las uñas lleva una pollita
¡Ay! señores tengan cuidado
que aquí está el gavilán cebado
muchachas dejen la bulla
que llegó el gavilán sin plumas

Las estrofas de este canto, que son más y que aparecen completas en la segunda parte de este libro vienen a ser no solo una muestra irrefutable de las virtudes y del talento de Escalona para relatar, sino fundamentalmente un ejemplo clásico de la buena narrativa que ha sido característica básica de la música vallenata.

Algunos investigadores nacionales y uno que otro extranjero, cuya superficialidad para el análisis resulta conmovedora, tanto más cuanto que sus sesudas investigaciones se remontan a una "antigüedad" máxima de 20 años a esta parte, han dado en la flor de afirmar con contundencia de academia, que no existe narrativa en la música vallenata.

Despropósito tan grande sólo es posible como resultado de la ignorancia de que el vallenato auténtico, ya sea de Escalona, de Chico Sarmiento, de José León Carrillo, de Chico Bolaños, de Eusebio Ayala, de Juan Muñoz, de Zuleta o de Morales, es básicamente la narración con música de hechos, sucesos, acontecimientos y situaciones vividas, ya directamente por el autor del canto, ya por terceras personas, amigas o no de quien la relata.

Una ojeada simple y desprevenida a cualquiera de las composiciones de nuestra música, desde los primeros cantos que se conocen, porque fueron transmitidos oralmente de generación en generación, lleva, sin mucho esfuerzo, a la conclusión inequívoca de que lo que se está escuchando no es otra cosa que una historia; un hecho real que ocurrió, un suceso acaecido cualquier día, en cualquier parte y en medio de cualesquiera circunstancias, que luego -y es aquí donde surge el prodigio- es retomado por el cantor, que lo adorna, lo exalta, lo engrandece, lo exagera o rebaja de acuerdo con su personal interés o capacidad al describirlo; pero que en su versión musical es un reflejo exacto del acontecimiento, que acabó enriquecido, embellecido, por la ternura o el ingenio y la exactitud de los versos.

¿Qué otra cosa que una narración, estupenda narración, son, entonces, los versos de José León Carrillo (1840) cuando, quejándose por el desaire que le hizo su medio hermano que además era su compadre, le manda un recado que le advierte:

Te comiste la pata e' la puerca
y no me diste ningún chicharrón
yo también, yo también haré lo mismo
cuando mate, cuando mate mi lechón
Me contaron anoche en el Valle
que estuviste de fiesta mayor
que botaste el festejo a la calle
pero a mí no me dieron razón
Me dijeron que tus hijas en la noche
con los ricos se pusieron a bailar
yo a las mías no les permito esos derroches
porque no me las van a perjudicar...?

¿Y qué nombre le ponemos a la habilidad o destreza para contar cosas, que es como se define la palabra narrativa que poseyeron todos esos rústicos heraldos del vallenato, que por la sola gracia de su ingenio extraordinario iban rimando, con asombrosa habilidad métrica y gramatical, los hechos comunes del diario vivir para convertirlos en todo esto que más que música es poesía musical?...
Que se adentren y buceen y esculquen la cronología de los cantos vallenatos, desde los que lograron rescatarse en la memoria colectiva hasta los de Escalona mismo -que es lo más antiguo que algunos conocen- para que digan o afirmen si no es narrativa "Miguel Canales" y el "Perro de Pavayo", y "El gavilán cebado", y las "Sabanas de Manaure" también llamada "Los tres monitos", y "La vieja Sara" y "La patillalera" y "La custodia de Badillo" y decenas de títulos más de Escalona mismo y de los que no son Escalona.

Que escuchen a Leandro Díaz contando (que narración es contar) la historia de su vida desde cuando en la casa de Alto Pino/ se oyó la primera vez/ el leve llanto de un niño/ que acababa de nacer/. Ese niñito nació/ para alegrar la familia/ pero que grande dolor/ sintió su madre querida/. Dicen que el niño la suerte/ no sabe donde la tiene/ y aquel que menos se quiere/ resulta ser el más fuerte/. Que paren el oído para que se enteren de lo que le pasó a Emiliano una tarde en Villanueva/ en que se quiso Toño lucir conmigo/ y yo a veces me imagino/ que esa es la gente que lo aconseja/ resulta que, estaban Maximiliano/ y José Bolívar en la parranda/ ensalzando a Toño Salas/ y dementando al pobre Emiliano/ y a mí no me importa/ que Toño me quiera/ si de todas maneras/ se arreglan las cosas...
Ojalá se arreglen, previo un seguimiento a fondo de la música vallenata por parte de sus casuales críticos; se arreglen, decimos, estas equivocadas apreciaciones que, antes que causarle daño al vallenato, ponen en ridículo a quienes las afirman públicamente con dogmatismo sólo comparable a su audacia. Otra cosa es que se le quiera exigir al vallenato un relato épico o narraciones heroicas sobre guerras civiles o epopeyas que no se han dado, un poco a la manera del corrido mejicano, que al fin de cuentas parece ser el modelo único que citan los críticos para afirmar paladinamente que no hay narrativa en el vallenato.
Pero sigamos con Escalona.

El viajeteo permanente con el doctor Delgado Barreneche lo alejó un poco de los amigos, de las amanecidas en el Hotel América, de las tertulias musicales en la primera casa donde coincidieran tres o cuatro y también del ambiente familiar donde pese a los frecuentes discursos de don Cleme y a una que otra llamada de atención de Aló, sus hermanos y hermanas lo seguían protegiendo y pechichando con una solidaridad rayana en la compinchería. Ello era lo que le permitía estar fuera de la casa de lunes a viernes por razones del trabajo y de sábado a domingo por razones de su callejeo constante cuando salía a buscar a Poncho Cotes, a Jaime, a Dagoberto López, a Miguel Canales o al primero con quien se tropezara, para recomenzar la fiesta perenne de la amistad.

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Título: Capítulo II: El torrente desatado
fuente de catalogación: CO-BoBLA


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