CAPITULO XX

La hacen Maestra de Novicias: propónese por modelo a Santa María Magdalena de Pasis. Muere una, religiosa que era, en su concepto de gran virtud. Hácele el Señor conocer en una terrible visión el juicio particular de aquella alma. La hacen Escucha. Caridad con que la dirigió el Padre Juan de Tovar en el tiempo de cinco años.

DE la enfermería me mandó la Madre Abadesa venir al noviciado a ser Maestra de las novicias; yo encomendé este oficio a la bendita Santa María Magdalena de Pasis, de quien sin haber leído su vida, tenía yo un grande amor, y la había tomado por mi maestra y señora. Tenía yo consuelo en verme entre las novicias, y allí hallaba defensa en la tribulación que acabo de decir, que duró en su rigor casi todo el año. Había quejádose conmigo la Madre Abadesa, de algunas cosas que no iban bien en el noviciado el año antes, yo procuré con el consejo de mi confesor remediarlas, mas pasé hartos trabajos, porque la maestra que había salido, que era una señora muy virtuosa, decía: que yo la quería reformar, y se enojaba. Las novicias extrañaban y se quejaban, y no bastaba el halago para entrarlas en consuelo; en particular una, que tomó conmigo un modo de enojo, que me afligía harto: ella quería volverse al siglo; mas fue Nuestro Señor servido, que entrando en ejercicios se desengañó, y con algunos avisos que Nuestro Señor le dio. En este tiempo me sucedió una cosa particular, que se me acuerda; y fue, que una noche vi al enemigo malo, amenazándome muy furioso, y que se iba llegando a mí, yo repetía los nombres de Jesús y de María, y con esto se apartaba algo, hasta que de alguna distancia me decía, haciendo demostraciones con las manos. Agradéce a aquel que le nace la palma en el corazón, que si no fuera por él, ni de día, ni de noche, te había de dejar. Yo volví a ver quién era éste a quien le nacía la palma en el corazón, y veía junto a mí un peregrino, con el rostro pálido y algo delgado. No supe con claridad quién era, mas luégo se ofrecieron hartas cosas, y me acusaron a la Prelada del descontento que traía la novicia; aun sobre aquello mismo que ella se quejaba antes, ahora sentía el que se remediara, y decía: que sólo la consolaba, que no me nombró maestra por su gusto. Yo sentí el disgusto dé la Prelada, y oía hartas pesadumbres hasta de las criadas; mas tenía tanto en qué pensar entre mí misma, que todo lo exterior era poco. En unos ejercicios que entré con las novicias, me parecía que iba como el perrito, que viéndose acosado de todos, se, va a esconder donde su amo. Así entré yo, y allí me hizo Nuestro Señor mil misericordias, dándome a entender lo claro y llano del camino de agradarlo, y muchas cosas particulares en que debía ejercitarme para el ejercicio de las virtudes y el sufrimiento en los trabajos, y. el desamor a lodo lo criado, y cómo debía esconderme a los ojos humanos; no queriendo aceptación de ninguna criatura, para que mis obras y deseos fueran agradables a sus ojos, etc.

En este tiempo murió aquella santa religiosa, con quien dije fui portera, y cuya compañía me servía de tánto bien, por sus muchas virtudes. En un año que viví con ella en la portería no la vi impaciente, ni una vez, ni le oí hablar una palabra de murmuración, ni tener enemistad, ni aun muy leve con nadie: todas quería que estuvieran contentas, y a todas las deseaba y procuraba bien: había cuarenta años que no comía carne; frecuentaba cuanto se permitía los sacramentos: era gran asistente al coro, y todo el día estaba en su labor y rezando. El día que conoció que se moría, dispuso con mucha alegría unas misas que le habían de decir, y hablaba en su partida y muerte, como que fuera ir a un convite. Pues no sé si la noche después, o antes que muriera, me hallaba como viendo su juicio y cuenta; que cierto, no sé cómo no morí con la fatiga. No era como acá lo salemos considerar, mas por unas significaciones, que sólo el alma podía entenderlas, queriéndolo Dios. Estaba en presencia de una Majestad terrible, omnipotente y sapientísima, de un espíritu majestuoso escudriñador y rectísimo, y estaba aquella alma allí como una pequeña lucecita: venían sobre ella las acusaciones y cargos, como unos vientos grandes y espaciosos; a cada uno me parecía que la habían de apagar, y en ocasiones llegaba a estar, como consumida y extinguida, y pasado aquel viento, volvía a levantar aquella pequeña llama, y volvía otro viento. No es imaginable los sustos y desmayos de mi corazón a cada aprieto de aquellos, como si fuera mi misma alma la que pasaba el pavor y temor de aquellas contingencias, y aunque vi, que pasados todos aquellos vientos, no se había apagado, quedé tan fuera de mí, con tánto temblor y desmayo del susto y pavor que había tenido, que hube de llamar como pude a las novicias, y no dejarlas ir de conmigo; aunque no les dije nada de lo que sentía. Mas quedé conociendo cómo aquél solo es el negocio importante, y que todo lo de acá es burla; que sólo en mi locura cabe tomar las cosas de esta vida tan de veras como Vuestra Paternidad sabe que tomo cada paja. Esta monja que digo, había sido Abadesa en aquellos tiempos que se permitían conversaciones de fuera, o devociones que llaman.

En este tiempo se acabó mi oficio de maestra, y yo tuve grande sentimiento; no sé si de verme solad sin las novicias que me servían de consuelo y defensa en mis tribulaciones que he dicho, y en otras que pasé en ese tiempo, tales que sólo cuando me apretaban mucho los dolores del cuerpo. sentía algún tanto de descanso el alma.

En Capítulo llevé algunos menosprecios, y me hizo la Prelada; Escucha. En este tiempo se fue el Padre Juan de Tovar, mi confesor a la Provincia de Quito por Provincial, y yo quedé en mucha soledad y desconsuelo, porque en los cinco años que me confesó, aunque pasé muchas tentaciones, contradicciones, oscuridades en mi alma, etc., mas en él hallaba remedio para todo, y como siempre he creído que sólo en lo que el confesor (bien informado) dice, hay seguridad tomando sus consejos, y el santo Padre había tomado con tánta caridad el enseñarme el camino verdadero, aunque veía mis caídas, no se cansaba, antes me animaba y aseguraba en mis miedos y descaecimientos, y solía decirme cosas de gran consuelo, para que viera que con el favor de Dios, no iba errada. Yo hacía cada año confesión general con el santo padre, y el día que se despidió me dijo. Yo me voy tan lejos como ve, mas con una noticia que me llegue suya, estaré consolado, y es, que vive sola, sola con su Dios. Desde allá me escribía y consolaba, no obstante la mucha distancia y sus grandes cuidados; más tánta caridad puso Dios en el corazón de su siervo. Con este Padre mío me sucedió un día que como yo tuviera un tormento interior que no sabía explicar ni entender, y me lamentara mucho con él, me dijo: que no podía alcanzar ni sabía aquella mi pena, y que serían aprensiones mías; yo le pedí a Nuestro Señor se la diera a entender, y a ese otro día lo apuró tánto aquel desconsuelo, que le dio Nuestro Señor a experimentar, que lo rindió: estoy en que a la cama. Cuando volvió acá me decía; que se había acordado de mí, y que se decía a sí mismo: Ven acá, hombre, si has de pasar las amarguras de la muerte, ¿por qué no sufres esto?

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