Nuevas perspectivas para nuevas realidades
A pesar de sus archidefensores, como las principales perspectivas se han sentido sitiadas, ellas mismas han tendido a su revisión y reformulación. Ha surgido un nuevo corpus de economía poskeynesiana (ver por ejemplo, Eichner, 1986; Sawyer, 1988; Lavoie, 1992) que da un amplio reconocimiento al dinero, a la historia, a la incertidumbre y a las instituciones en el desarrollo económico, junto con una microeconomía neo-keynesiana que se enfoca sobre la competencia imperfecta y la rigidez del mercado (Gordon, 1990; Mankiw y Romer, 1992). Mientras esto ha estado ocurriendo, del lado neoclásico ha aparecido una renovada microeconomía de expectativas racionales; una nueva macroeconomía de la oferta ha sido combinada con elementos de la teoría de la elección pública para formar una nueva escuela clásica (Phelps, 1990), apologética del capitalismo de mercado libre, que ha encontrado buenos adeptos en los recientes gobiernos neoliberales de varias partes del mundo.
De manera similar, en la arena marxista existen reconstrucciones ricardianas que utilizan los principios económicos Sraffianos, en un esfuerzo por derivar una teoría del excedente que conecte la teoría marxista del valor y los conceptos asociados de lucha de clases y explotación (por ejemplo Pack, 1985; Steedman, 1988); y versiones de la teoría de los juegos y la elección racional, que intentan reconstruir la teoría marxista sobre un fundamento de individualismo metodológico (Roemer, 1981; Elster, 1985; Roemer, 1986). Adicionalmente a esas reformulaciones, otras escuelas económicas han aparecido o reaparecido, incluyendo la neo-seraffiana (Schefold, 1989; Bharadwaj y Schefold, 1992), la organizacional (Williamson, 1985, 1986), la evolucionista (Clark y Juma, 1987; Hodgson, 1993), la neo-schumpeteriana (Oakley, 1990), la neoinstitucional (Tool, 1988; Hodgson, 1988; Eggertsson, 1990), y la nueva economía sociológica (Block, 1990; Zukin y DiMaggio, 1990).
Los geógrafos económicos ya han comenzado a establecer vínculos teóricos con algunas de estas escuelas, particularmente con la poskeynesiana, la sraffiana, la marxista de la elección racional y la organizacional (esos desarrollos se pueden ver en Clark, Gertler y Whiteman, 1986; Sunley, 1992; Sheppard y Barnes, 1990; Economic Geography, 1992; Scott, 1988). Sin embargo, la atención inicial se ha puesto en la derivación de una teorización general y sinóptica de las nuevas realidades, en la búsqueda de conceptos magistrales de gran escala sobre el espacio económico capitalista, que permitan identificar las "grandes estructuras y procesos", para analizar y demostrar la interconexión entre patrones de cambio y transformación ostensiblemente desarticulados y diversos. Varias de esas macrointerpretaciones se han hecho presentes en la literatura geográfica reciente en la forma de modelos de "época" o de "transición". Muchos de ellos ven los principales cambios del capitalismo como fenómenos de transición hacia un nuevo sistema de producción: neofordismo (Aglietta, 1979), "posfordismo" (Murray, 1989; Elam, 1990), "especialización flexible" (Piore y Sabelo, 1984), "la nueva competencia" (Best, 1990), "producción de bajo costo" (Womack et al., 1990) y "mass customisation" (Pine, 1992) son los principales conceptos movilizados hacia la geografía para caracterizar el cambio económico contemporáneo. Otros ven ante todo una transición en la estructura y en la organización de la acumulación económica, en un sentido general: "capitalismo desorganizado" (Offe, 1986; Lash y Urry, 1987), "sociedad posindustrial" (Hirschorm, 1984; Block, 1990; Rose, 1991), "acumulación flexible" (Harvey, 1989a, 1989b); "posmodernismo" (Jameson, 1991; Crook et al., 1992), "capitalismo financiero" (Minsky, 1989) y "sociedad poscapitalista" (Drucker, 1993), están entre los principales modelos que adoptan esta interpretación. Aunque esos modelos difieren en varias formas, todos buscan descubrir no solamente las características claves de la nueva realidad, sino que también están interesados en dar cuenta de su lógica subyacente.
No hay duda de que tales modelos han contribuido a nuestra comprensión del reciente y contemporáneo cambio económico y de que los mismos han adicionado un nuevo léxico empírico y conceptual a la geografía económica. Además, los mismos atractivos y ambiciones de su búsqueda de una estructura interpretativa "abarcadora" tienen simultáneamente expuestas las principales debilidades de dicha ambición (Martin, 1989; Thrift, 1989; Sayer, 1989a, 1989b). Todos los modelos tienden a sobregeneralizar, ya sea tratando de reducir un rango complejo de tendencias y cambios a un concepto o lógica simple, o sinecdóticamente proyectando ciertas dimensiones claves de la nueva economía para establecer una totalidad. El resultado tiende a ser una estructura interpretativa en la que las viejas y nuevas realidades son altamente estilizadas e idealizadas, problema que se ve reforzado por el uso de "tipologías oposicionales" para distinguir las nuevas y las viejas formas de organización económica, y por la retórica envuelta en los prefijos "pos-" y "des-" usados para describir el nuevo sistema económico. Tales modelos tienden a imponer una fachada de coherencia que de hecho lo que muestra es una realidad más confusa, compleja y desestructurada. En geografía, uno de los más serios intentos ha sido el gran anhelo de hacer la "lectura acerca de" estereotipos espaciales a partir de tales macrocaracterizaciones, de modo que algunas formas particulares de los procesos de desarrollo regional, explícitas o implícitas en alguno de los modelos, han sido miradas, a menudo, como si fueran el símbolo espacial del nuevo paisaje económico a través del mundo capitalista. De hecho, al igual que los adaptados y usados por los geógrafos económicos, muchos de los modelos de transición tienen poco que decir actualmente acerca de la constitución geográfica de las nuevas realidades a escalas global, nacional, regional o local.
Esos problemas son bien ejemplificados por los modelos del posfordismo y de la especialización flexible, que son los de más influencia en la nueva estructura cognitiva de la geografía económica. La perspectiva posfordista, emparentada con la teoría francesa de la regulación, ve la reestructuración contemporánea del espacio económico del capitalismo en términos de un cambio desde un "régimen de acumulación" y su asociado "modo de regulación" llamado Fordismo, hacia otro llamado (no muy originalmente) posfordismo (para tener un panorama, ver Boyer, 1980; Dunford, 1990: Jessop, 1990a; Lipietz, 1992). En forma similar, la escuela de la especialización flexible sostiene que estamos pasando sobre una segunda "divisoria industrial", hacia una nueva lógica de producción y organización económica, en la que la flexibilidad es el imperativo clave y los nuevos "distritos industriales" especializados son su principal expresión espacial (ver Piore y Sabel, 1984; Scott, 1988; Sabel, 1989; Storper y Scott, 1989; Pyke, Becattini y Sengenberger, 1990; Scott y Storper, 1992). Sin embargo, aunque son altamente sugestivas, ninguna de tales aproximaciones ha sido capaz de proveer una economía política regional que sea viable.
En el caso de la teoría de la regulación, en primer lugar, tanto su precisión histórica relacionada con la naturaleza y el colapso del fordismo, como su aserto de que la acumulación flexible está reemplazando a la producción en masa, son cuestionables (Brenner y Glick, 1992; Sayer, 1989a, b). En segundo lugar, aunque la teoría de la regulación opera con el concepto de "economía integral", el enfoque es finalmente produccionista y falla al tratar a fondo con el papel de los servicios en la acumulación y con los procesos de regulación del capitalismo moderno. En tercer lugar, a pesar del papel central que se le concede a las formas institucionales para mantener relacionados los sistemas simétricos de producción y consumo, la verdad es que éstas no son examinados en detalle. De manera pues que este enfoque no tiene éxito en su intento de teorización sobre el "modo de regulación" y su evolución histórica, o sobre la forma como el modo de regulación relaciona actualmente el consumo y la producción (Tickell y Peck, 1992). En particular, la teoría regulacionista no ha enfocado adecuadamente el problema del Estado, uno de los elementos más significativos del modo de regulación, y en vez de ello ha tendido a hacer una "lectura" del Estado a partir de la naturaleza del régimen de acumulación (ver Jessop, 1990b, para una crítica). En cuarto lugar, la teoría regulacionista es esencialmente de orientación macroeconómica. En este modelo la economía nacional es la unidad fundamental de análisis, en tanto que la economía local como la global son subordinadas a la individualidad de los estados nacionales. Aunque la teoría regulacionista busca direccionar el asunto central de "cómo la dinámica económica y social varían en el espacio y en el tiempo" (Boyer, 1990, p. 29), la constitución y la integración de la acumulación y la regulación a diferentes escalas espaciales, es algo que permanece sin teorizar. Finalmente, a pesar de aseveraciones en contrario, este enfoque se mantiene cautivo en el funcionalismo que permea sus fundamentos teóricos marxistas en crisis. También existen muchos defectos, inconsistencias y omisiones que impiden que la aproximación regulacionista pueda considerarse como un cuerpo coherente de teoría económica, o como un nuevo paradigma para la geografía económica. Esta es, ante todo, un "andamiaje normativo de conocimiento" cuyo propósito es menos la provisión de una teoría precisa, y más la construcción de una estructura de trabajo para evaluar e investigar los "hechos estilizados" de la organización y el desarrollo económico (Teague, 1990).
Tampoco la teoría de la especialización flexible nos aporta algo mejor (Jessop, 1992). Una cuidadosa inspección de sus fundamentos teóricos muestra que sus tesis son muy ortodoxas en su orientación. En efecto, esta teoría representa una versión resucitada y reestructurada de las "economías de aglomeración" de Marshall, actualizada con los conceptos de los costos de transacción tomados de la economía organizacional de Williamson (1985, 1986). Ambas corrientes teóricas siguen la lógica neoclásica que conceptualiza las economías locales como una colección atomística de competidores, sin hacer un análisis conceptual de la firma como entidad estratégica. Igualmente, aunque el análisis de los distritos industriales enfatiza en la significancia contextual de las instituciones comunales no económicas y de los sistemas de colaboración, confianza y cooperación, estos aspectos permanecen sin teorizar (Harrison, 1992). Como su contraparte regulacionista, la teoría de la especialización flexible tiene lagunas fundamentales. Primero, no existen bastantes ejemplos concretos que puedan soportar las proposiciones de la teoría. No solamente es muy exagerada la generalidad empírica de los nuevos distritos industriales de producción flexible especializada, sino que ellos difieren considerablemente en estructura, organización e inserción en la división del trabajo nacional e internacional; por ejemplo, en algunos casos la especialización es sectorial, mientras en otros es funcional. Qué tanto se puede generalizar a partir de tipos tan diversos, es algo que mantiene abierto el debate (Amin y Robinson, 1990). En segundo lugar, la teoría combina diferentes estrategias industriales y comerciales: existen formas diversas de flexibilidad y vías distintas hacia la "flexibilidad", no todas ellas son necesariamente incompatibles con la producción masiva; ni son obligadamente pervasivas, novedosas o progresivas como alega la teoría (Gertler, 1988; Pollert, 1991). En tercer lugar, como la teoría se centra en los llamados "nuevos" espacios industriales, tiende a dejar a un lado los igualmente cruciales desarrollo y dinámica de los "viejos" espacios industriales (Martin, 1991; Gertler, 1992), y apenas reconoce las economías regionales basadas en servicios. Y, en cuarto lugar, la teoría desconoce el amplio contexto internacional del desarrollo económico regional y local (Gertler, 1992), y las poderosas tendencias hacia la aceleración de la integración de capital y mercado en la escala global, contrarias a la noción de economías autocontenidas y localmente integradas.
Los otros modelos se caracterizan por problemas y limitaciones similares. Ninguno de esos modelos está lo suficientemente desarrollado para ofrecer a la geografía económica un nuevo modelo teórico convincente. Al contrario, producen tipos ideales, que tienden a ser rescatados, ya sea por su "severa estilización de los hechos" o por la invención ad hoc de formas híbridas para adaptarlas a la actual experiencia empírica. Esto no quiere decir, como algunos lo intentan hacer creer( por ejemplo, Callinicos, 1989) que el paisaje económico y estas nuevas meta-narrativas y sus conceptos anejos, sean una pura invención de nuestra mente. Es más, lo que hay que resaltar es el hecho de que tales modelos no disponen de un cuerpo teórico firme para explicar los procesos claves y las realidades envueltas en asuntos como el cambio tecnológico y su asimilación, los servicios y su papel en la acumulación, la globalización, o sobre la intervención de Estado y la regulación. Esos hechos son precisamente sobre los que la economía tiene realmente poco qué decir.
Tomemos, por ejemplo, el fenómeno de la globalización. Aunque están empezando a aparecer algunas formulaciones iniciales de una nueva "economía política global (Gill y Law, 1988; Wallace, 1990), o de una nueva "economía internacional" (Krugman, 1986; Porter, 1990), todavía no existe una estructura teórica coherente que integre adecuadamente los procesos de transnacionalización e internacionalización que están reconfigurando las geografías del capital, del dinero, de la producción, del comercio y de las tecnologías, a través de la economía mundial. Para ser exactos, todas las tres principales escuelas de teoría económica están tratando de acomodarse a los retos de la globalización. Así, la economía política marxista ve el sistema económico global en términos de las mismas dinámicas de desarrollo, de las mismas leyes de movimiento y de las mismas tendencias a la crisis que caracterizan la economía capitalista nacional. El modelo de "capitalismo global" logra en la "teoría del sistema mundo" su más alto nivel de totalización, pero no su más alto grado de convencimiento (Vallerstein, 1979, 1984, 1991). En forma parecida, el nuevo "neoclasicismo global" integra todos los estados nacionales e interpreta la economía global en condiciones de equilibrio y libre competencia de mercados financieros y de productos a nivel mundial. Por su parte, el nuevo "keynesianimo internacional" dibuja la economía global como un sistema de economías nacionales interdependientes entre las que la demanda agregada, el ingreso y la inversión están mal distribuidas y mal reguladas, en detrimento del sistema total. Pero asumir, como lo hacen esas "economías globales", que los mismos conceptos, usados para analizar las economías nacionales, se pueden proyectar simplemente sobre el sistema global para dar razón de éste, es también presuponer que los dos sistemas no son diferentes, sino que son similares en su complejidad estructural y en su operación, y equivale a decir que los conceptos y las teorías son independientes de la escala. Por su parte, los geógrafos se han interesado recientemente por las relaciones entre lo local y lo global (por ejemplo Cooke, 1986; Dunford y Kafkalas, 1992), aunque, paradójicamente, no han logrado construir una estructura analítica coherente y convincente que articule diferentes escalas materiales y conceptuales. Esta ausencia es particularmente notoria en estos tiempos en los que la transnacionalización y la internacionalización desorganizan, rápidamente, nuestras nociones convencionales de escala geográfica, y hacen cada vez más ambigua la clasificación funcional del espacio económico en niveles local, regional, nacional e internacional.
Así mismo, tanto en economía como en geografía económica, existe la necesidad de dedicar más atención teórica a los servicios. A pesar del papel central que los servicios juegan ahora en la economía capitalista, muchos economistas y geógrafos continúan ignorando que los grandes cambios hacia los servicios han transformado todas las fuerzas y categorías fundamentales del industrialismo. O la centralidad de los servicios es considerada como un mito (Cohen y Zysman, 1987), o, si su significancia empírica es reconocida, se asume que éstos operan de acuerdo con las mismas leyes y la misma lógica de la producción manufacturera, y que por lo tanto se pueden explicar con las mismas teorías y los mismos conceptos (posición adoptada por muchos geógrafos económicos). Ninguna de estas posturas es una verdad autoevidente. En los servicios, la naturaleza y las fuerzas de producción, la forma de las relaciones capital-trabajo y trabajo-producto, la materialidad y fungibilidad del producto, y las relaciones entre producción y consumo, son todas substancialmente diferentes de las de la manufactura -no solo en grado sino en clase- de modo que muchos servicios no pueden ser colocados dentro de la carpeta conceptual del industrialismo. Los servicios no solo han cambiado la naturaleza de la acumulación capitalista, sino que también han transformado los procesos y los modos de regulación económica. Ni la economía ni la geografía económica han tomado plena conciencia del verdadero alcance de este hecho. La construcción de una nueva economía y de una nueva geografía económica que consideren explícitamente la conceptualización de los servicios, es algo todavía lejano. De la gran diversidad de las actividades de servicio, que cubren el amplio espectro de los servicios públicos, los servicios personales, de consumo, de distribución, de producción, de financiación global y otros, deben surgir interrogantes fundamentales acerca de la aplicabilidad de un único cuerpo teórico, ya sea éste de la economía o de la geografía económica.
Las mayores brechas teóricas tienen que ver con el cambio tecnológico y con el papel del Estado. Tanto en la economía como en la geografía económica, el cambio tecnológico y el Estado se tratan generalmente como variables exógenas y no como fuerzas socio-institucionales endógenas en el proceso del desarrollo capitalista. A pesar de la reciente inundación de literatura que documenta la historia del cambio tecnológico y sus relaciones con el crecimiento regional y nacional, se nota que este cambio ha permanecido esencialmente fuera del campo formal de la teoría. Los intentos para teorizar la dinámica histórica y espacial del cambio tecnológico han sido realizados principalmente por la economía marxista y por los economistas shumpeterianos y los del ciclo de vida del producto. Aunque esas perspectivas reconocen la centralidad del cambio tecnológico, lo consideran más mecánicamente, por ejemplo, como el producto inevitable de la competencia capitalista, o como un fenómeno de oleada estimulada por la conjunción periódica de innovaciones claves, y por supuesto no captan ni la verdadera naturaleza ni la dinámica de la tecnología como un proceso social, institucional y cultural. Con respecto al Estado, muchas veces se ignora o se marginaliza su papel en la formación del paisaje económico, y se le subordina a los imperativos estructurales del desarrollo capitalista. En los casos en que su acción se tiene en cuenta, ésta tiende a ser considerada en términos del impacto de tal o cual política específica, más que como el papel del Estado en un sentido sistémico más fundamental. Dada su importancia como regulador, productor, comprador y redistribuidor, cualquier intento por construir una teoría regional realista, debe colocar al Estado en primer plano. La reestructuración contemporánea del Estado en el cambio hacia el nuevo capitalismo refuerza esta necesidad. Contrario a lo que perciben ciertos círculos de sabios, el Estado no se está "achicando", socavado por la descentralización económica y espacial y por la globalización, sino que continúa ejerciendo su propia y sustancial influencia sobre la naturaleza, evolución y geografía del capitalismo global (Hirst y Thompson, 1992; Martin, 1993).
Estos ejemplos son suficientes para enfatizar la necesidad que tiene la geografía económica de ampliar su interés empírico y analítico más allá de sus viejas preocupaciones por el desarrollo industrial. De veras, a pesar de la reevaluaciones y reformulaciones de los años recientes, la geografía económica continúa siendo inevitablemente una geografía industrial. Como resultado, para muchos, la interpretación de las nuevas realidades económicas ha sido vista a través de unas lentes particulares y restringidas: el posfordismo y la especialización flexible ilustran ampliamente esta miopía. Las nuevas realidades se extienden más allá del dominio de la producción industrial, y es muy improbable que los conceptos, las teorías y las perspectivas construidas para explicar esta última, sean apropiadas para abarcar la complejidad de las primeras. No es persuasivo el argumento de que, a pesar de los recientes desarrollos y cambios, la actividad manufacturera se mantiene como el más importante impulsador de la economía capitalista. Las geografías del dinero, de la información, de la tecnología, del consumo, de los servicios y de la regulación estatal, son todas de igual importancia. Y cada una se erige con sus propios hechos y con sus propios problemas teóricos.
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