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LA CUARTA POTESTAD DE LA EDUCACIÓN EN COLOMBIA
Vale la
pena indicar que la idea de la planeación educativa había surgido en Colombia, antes que
en cualquier otro lugar del mundo, cuando en 1953 el Ministro de Educación, Gabriel
Betancur Jiménez, inició el planeamiento integral de la educación. La prioridad
colombiana, reconocida por la UNESCO, está muy bien documentada en distintos estudios
(Diez, 1990, entre otros). Ello debe exaltarse, porque indica que Colombia ha sido capaz
de crear instrumentos exitosos de relevancia mundial (como también el ICETEX y la Escuela
Nueva).
¿Por
qué, entonces, la educación sólo ha aparecido hasta hace poco, y ello de manera
embrionaria, como el cuarto poder público que reclamara Bolívar?
La
razón ocuparía centenares de páginas, que no vienen al caso. Diríase que, a tenor de
nuestro destino laberíntico, los desencuentros de los colombianos y la ausencia de un
auténtico proyecto de democracia, fueron los responsables de un aplazamiento del sueño
de los fundadores del Estado. A ellos mismos, enfrentados, cupo no poca culpa. Luego,
generación tras generación, la educación fue asunto de partido, sin transacciones,
enrarecida bajo "viejos y nuevos queridos odios".
Pero
hoy conviene mejor mirar al presente. Y aún más, al futuro. De hecho, el nuevo proyecto
de nación, inaugurado con la Constitución de 1991, ha significado una gran convergencia
nacional en favor de una democracia para la educación y de una educación para la
democracia. Con una voluntad de paz, no por limitada menos significativa, la nación,
representada en forma plural, concibió una ley de leyes que diseñó un estado unitario,
basado en el reconocimiento de la diversidad, en la vocación social por la justicia, en
la reforma de los poderes públicos, en la participación directa, y en la ampliación de
las libertades y de los derechos ciudadanos.
La
expedición de la Ley 115 de 1994, Ley General de la Educación, no fue meramente un
corolario del movimiento en favor de la Constitución. Fue en sentido auténtico un nuevo
acto fundacional, el cual, como tal, recibió una extraña inspiración de arquetipos
históricos, en particular de los númenes de Bolívar y de Santander. Del primero, como
se verá, la visión de la educación como cuarto poder. Del segundo, sin duda, la
confianza en el espíritu de transacción y en el poder de la misma ley para encauzar
energías. Porque, para comenzar por ello, por primera vez el estado, los educadores y los
gestores de cultura sellaron un pacto en la ley.
Que
aún sea perfectible, todos lo sabemos. Pero lo será por la aplicación a fondo de sus
principios, y en particular de la idea contenida en ella - que es bolivariana- de
instituír la educación como un poder de poderes, como la cuarta potestad que el
Libertador reclamara en el discurso de Angostura.
¿En
qué es visible ello? Antetodo, en la instauración de una democracia en la escuela misma,
al invocar la participación de la comunidad educativa - directivos, profesores,
estudiantes, padres de familia, autoridades locales- en la gestión, y no en asuntos
adventicios, sino en la misma definición del discurrir pedagógico. Pero también, en los
foros distritales, departamentales y nacionales de educación, foros que, si cuentan con
los debidos instrumentos (sistema de información y sistema de evaluación, como se
verá), podrán ser los nuevos Areópagos que reclamara Simón Bolívar para la
educación, primero de los niños, como era su deseo, pero también de la sociedad en su
conjunto, en el aprendizaje continuo de la democracia. Pues antes de introducir Bolívar
su novedosa idea sobre la educación como el poder de poderes, la había justificado de
una forma que hoy, aún, es actual: "Por lo mismo que ninguna forma de Gobierno es
tan débil como la Democrática, su estructura debe ser de la mayor solidez; y sus
instituciones consultarse para la estabilidad. Si no es así, contemos con que se
establece un ensayo de Gobierno, y no un sistema permanente: contemos con una Sociedad
díscola, tumultuaria y anárquica y no con un establecimiento social, donde tengan su
imperio la felicidad, la paz y la justicia" (Bolívar: 365). O sea: la democracia -
que en una concepción escéptica se puede definir como el gobierno menos malo posible-se
funda y sostiene en la educación.
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