UN SISTEMA NACIONAL DE EVALUACIÓN PARA UNA
EDUCACIÓN EN LA DEMOCRACIA Y UNA DEMOCRACIA EN LA EDUCACIÓN
Gabriel Restrepo

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SABER ES PODER

 

Aquello que Bolívar intuía apenas como una posibilidad, es lo mismo que el mundo moderno ha confirmado desde que Francis Bacon formulara la famosa equivalencia entre saber y poder, fórmula que presidiría la creación casi simultánea, de la Royal Society y de la Académie des Sciences poco después de la mitad del siglo XVII.

Por sustraerse de aquella tendencia, España había perdido la primacía mundial y había anegado a las colonias en la ignorancia, contra la cual protestaban los fundadores de nuestros Estados.

Desde entonces, tres revoluciones tecnológicas, cada una de ellas en la segunda mitad de los siglos XVIII (industrial), XIX (eléctrica) y XX (científico-técnica), han confirmado y afinado la predicción: saber es poder y poder es saber. Con diferencias notables: mientras que en la primera y en la segunda, los cambios técnicos estaban disociados de la ciencia y de la educación (Watt apenas sí tuvo contactos incidentales con la universidad; Edison fue un hombre que se hizo a sí mismo), en la revolución científico-técnica la educación es el fundamento de todas las transformaciones, a tiempo que ciencia y técnica se realimentan.

Nos guste o no, la integración de ciencia, técnica y educación se realizó en la primera mitad de este siglo en Estados Unidos. Las razones son elementales: ellos encarnaron las tendencias de la revolución industrial y de la revolución francesa, sin los lastres feudales de Europa y con prescindencia de la población indígena.

Técnica y democracia se fundieron en el ideal de una Ilustración Aplicada, guiada por el pragmátismo filosófico. Por ello, Monroe formuló en 1824 el Destino Manifiesto. Y como lo había previsto el mismo Bolívar, la Guerra de Secesión definió el proyecto nacional en favor del norte industrial. Pero lo más decisivo fue que la educación llegó a ser prioridad del gobierno federal, el cual por medio de la Morril Act favoreció la fundación de escuelas.

Lo anterior, sumado a un movimiento pedagógico que contó con figuras como Dewey, James y muchos otros, explica por qué a la vuelta del siglo se había alcanzado la cobertura total de la educación primaria, en 1930 el equivalente de la educación secundaria y, treinta años más tarde, una cobertura de 50% en la educación superior.

En razón a estas transformaciones, el sociólogo más importante de los Estados Unidos durante media centuria, Talcott Parsons, definió el siglo actual como escenario de una "revolución educativa", revolución que, a diferencia de las anteriores - económicas, políticas o religiosas -, se centra en los procesos de socialización del individuo en la familia, en la escuela, el colegio y la universidad (1971; 1973).

Lo que se deduce de allí es sabido: el capital es saber y organización incorporados a la producción. La tecnología deshace antiguas ventajas comparativas, naturales, geográficas, demográficas, y está disponible, en una especie de "convergencia tecnológica", para quien tenga la capacidad endógena para asimilarla, lo cual depende del grado de educación y de exposición al saber científico y técnico (Nelson y Wright).

 

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