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SABER ES PODER
Aquello
que Bolívar intuía apenas como una posibilidad, es lo mismo que el mundo moderno ha
confirmado desde que Francis Bacon formulara la famosa equivalencia entre saber y poder,
fórmula que presidiría la creación casi simultánea, de la Royal Society y de la Académie
des Sciences poco después de la mitad del siglo XVII.
Por
sustraerse de aquella tendencia, España había perdido la primacía mundial y había
anegado a las colonias en la ignorancia, contra la cual protestaban los fundadores de
nuestros Estados.
Desde
entonces, tres revoluciones tecnológicas, cada una de ellas en la segunda mitad de los
siglos XVIII (industrial), XIX (eléctrica) y XX (científico-técnica), han confirmado y
afinado la predicción: saber es poder y poder es saber. Con diferencias notables:
mientras que en la primera y en la segunda, los cambios técnicos estaban disociados de la
ciencia y de la educación (Watt apenas sí tuvo contactos incidentales con la
universidad; Edison fue un hombre que se hizo a sí mismo), en la revolución
científico-técnica la educación es el fundamento de todas las transformaciones, a
tiempo que ciencia y técnica se realimentan.
Nos
guste o no, la integración de ciencia, técnica y educación se realizó en la primera
mitad de este siglo en Estados Unidos. Las razones son elementales: ellos encarnaron las
tendencias de la revolución industrial y de la revolución francesa, sin los lastres
feudales de Europa y con prescindencia de la población indígena.
Técnica
y democracia se fundieron en el ideal de una Ilustración Aplicada, guiada por el
pragmátismo filosófico. Por ello, Monroe formuló en 1824 el Destino Manifiesto. Y como
lo había previsto el mismo Bolívar, la Guerra de Secesión definió el proyecto nacional
en favor del norte industrial. Pero lo más decisivo fue que la educación llegó a ser
prioridad del gobierno federal, el cual por medio de la Morril Act favoreció la
fundación de escuelas.
Lo
anterior, sumado a un movimiento pedagógico que contó con figuras como Dewey, James y
muchos otros, explica por qué a la vuelta del siglo se había alcanzado la cobertura
total de la educación primaria, en 1930 el equivalente de la educación secundaria y,
treinta años más tarde, una cobertura de 50% en la educación superior.
En
razón a estas transformaciones, el sociólogo más importante de los Estados Unidos
durante media centuria, Talcott Parsons, definió el siglo actual como escenario de una
"revolución educativa", revolución que, a diferencia de las anteriores -
económicas, políticas o religiosas -, se centra en los procesos de socialización del
individuo en la familia, en la escuela, el colegio y la universidad (1971; 1973).
Lo que
se deduce de allí es sabido: el capital es saber y organización incorporados a la
producción. La tecnología deshace antiguas ventajas comparativas, naturales,
geográficas, demográficas, y está disponible, en una especie de "convergencia
tecnológica", para quien tenga la capacidad endógena para asimilarla, lo cual
depende del grado de educación y de exposición al saber científico y técnico (Nelson y
Wright).
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