1.2 APORTES DE LA INVESTIGACIÓN EDUCATIVA Y LA INNOVACIÓN PEDAGÓGICA AL MEJORAMIENTO DE LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN

JUAN CARLOS OROZCO CRUZ
Profesor Asistente Departamento de Física
Universidad Pedagógica Nacional UPN, Bogotá D.C.
Correo electrónico: orozco@uni.pedagogica.edu.co

Los lugares comunes respecto a la reflexión acerca de este tema son múltiples y circulan hoy en día en buena parte de los planteamientos que se hacen sobre la formación de docentes y su desempeño profesional. De suyo la investigación educativa aporta al mejoramiento de la calidad de la educación. La innovación pedagógica por su parte se reconoce hoy en día como una estrategia para el mejoramiento de la calidad. La calidad misma constituye un concepto ambiguo y resbaladizo que se significa desde contextos ideológicos y se llena de contenido desde el poder hegemónico. La calidad es así un atributo, no una cualidad; su significado se comparte socialmente y se discute en función de los intereses que entran en conflicto en un determinado momento histórico respecto al ideal de educación y de sociedad.

Es un lugar común en los discursos educativos contemporáneos sostener que tanto la investigación en educación como la innovación pedagógica contribuyen a una mayor comprensión de los procesos escolares, desencadenan prácticas educativas más compenetradas con los contextos socioculturales y propician un mayor reconocimiento de los docentes como profesionales prácticos depositarios de un saber y miembros de una comunidad académica con una relativa capacidad para incidir en la dinámica cultural de la sociedad a la que pertenecen.

Más allá de subrayar estos aportes, sobre los que se han realizado ya importantes y profundas elaboraciones quisiera resaltar dos aspectos que, a mi juicio, no se han relevado por razones apenas entendibles. Me refiero a la acción movilizadora que acompañan a la investigación y a la innovación en educación. Acción que se traduce en diversos movimientos: del pensamiento, de los saberes, de las instituciones, de las prácticas y de la sociedad.

Un maestro que investiga gana en comprensión de su labor, se percibe diferente, se relaciona de otras maneras, reconoce en los otros referentes para el mejoramiento de sus prácticas, al intercambiar con sus pares se da la oportunidad de exponer sus miedos, de rectificar sus concepciones, de afianzar sus certidumbres, de explayar sus miradas. Los saberes, a la luz de la investigación y la innovación, se dinamizan, desbordan los textos, ganan en flexibilidad, los currículos se relativizan, la escuela gana en secularismo y las disciplinas descienden de los altares del dogmatismo en los que suelen ser entronizadas en la escuela; más que cualquier catecismo constructivista, la investigación y la innovación procuran y agencian la construcción de conocimiento significativo en el aula.

Las instituciones habitadas por docentes que investigan su hacer y permanecen vigilantes de caer en la rutina desbordan la institucionalidad. Se erigen como espacios en donde no sólo se reproduce la sociedad sino que ésta se piensa en perspectiva, se recrea, se avizora con mirada crítica; se sitúa en sus límites.

El segundo aspecto que me gustaría enunciar tiene que ver con la función emancipadora y de afianzamiento de una democracia radical que las prácticas investigativas y de innovación pueden llegar a cumplir en la escuela y en el sistema educativo.

La investigación y la innovación implican la construcción de comunidad académica. La comunidad académica presupone la construcción de nuevos criterios, de otros tribunales para sancionar la buena educación, de otros protocolos para propiciar una mejor calidad. La comunidad académica, en su ejercicio de la vigilia intelectual entra a disputar el control ideológico de la educación y el control político del magisterio a las instancias y sectores de la sociedad que, tradicionalmente, lo han sustentado. Este puede ser, a mi juicio, el aporte más trascendental que tanto la investigación como la innovación le hacen a la educación.

Los juicios a tener en cuenta respecto a las políticas educativas no pueden ser ya sólo los de los tecnócratas, el saber pedagógico validado no es en exclusiva el que proclaman los expertos, las reivindicaciones profesionales y laborales no son sólo competencia de la dirigencia sindical. La comunidad académica expone al escrutinio público todas las esferas de realización de la práctica educativa. La investigación, en la medida en que documenta las prácticas, analiza sus implicaciones y resignifica sus construcciones culturales sitúa a la educación en el centro del ágora. La comunidad educativa que reconoce las posibilidades de la investigación y los alcances de la innovación puede responder, con mayores posibilidades de éxito, a los inevitables embates de la entropía cultural. Ésta última, que se expresa en el uniformismo, la homogeneidad, la dictadura del pensamiento único, la estandarización de la vida y el orden indiferenciado, no puede ser, a todas luces, la referencia para la calidad.

Las demandas de equidad, de igualdad de oportunidades, de acceso a los beneficios de la cultura, de incidencia en la definición de los sentidos históricos y de reconocimiento como parte activa de una sociedad globalizada que se construye y se enriquece en lo local y se nutre de la diversidad constituyen insumos inocultables en esta perspectiva. De allí la importancia que adquiere el fortalecimiento a instituciones como el IDEP, la valoración de su autonomía y la socialización de sus actividades y productos. Preocupa por ello la incidencia que las políticas de racionalización, de ajuste fiscal y de realinderamiento del Estado puedan tener en los actuales momentos.

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