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En 1763, cuatro años antes de que fueran expulsados los reverendos padres de la
Compañía de Jesús de los Aposentos de Villavieja, los habitantes del lugar se habían
dirigido al señor arzobispo metropolitano de la Santa Iglesia Catedral de Santafé, don
José Javier de Araus, para que su capilla y vecindario fuera erigido en Parroquia: «Nos
dirigimos para decirle y rogarle que nos separe de la ciudad de Neyva por la distancia de
ocho horas que hay para ir a ella, como porque en invierno salen de madre los tres ríos
que son: Villavieja, Fortalecillas y Seyvas (...) nos mande cura perenne, nos
comprometemos a sostener la decencia del señor Cura, a mantener encendida con aceyte la
lámpara del Santísimo y los demás gastos que vengan de la Capilla y el culto». Sin
embargo, el ilustrísimo señor Araus murió un año más tarde dejando el memorial y el
anhelo de los villavejeños en el archivo de la Catedral de Bogotá.
No fue sino hasta 1795 cuando se dictó el decreto por el cual «la capilla y tierras
(...) se desmembren de la iglesia matriz de la dicha ciudad de Neyva, y que desmembradas
se erijan en parroquia de por sí e independiente en todo de dicha iglesia de Neyva».
Aunque a principios del siglo XIX la capilla estaba ya en peligro de desplomarse, sólo en
1822 se inició la construcción de la nueva capilla en los terrenos otorgados para tal
fin por la señora Josefa Gertrudis Rivas de Vargas y Vargas. Don José María Herrera fue
nombrado tesorero general y director de la obra. Los jornales se pagaron con las limosnas
de los vecinos.
En una carta enviada al arzobispo metropolitano don José Mosquera al terminar la iglesia
en 1842, don José María Herrera le explica las dificultades de la construcción:
"Ardua y difícil empresa por todos aspectos, sin capacidad, sin inteligencia, sin
conocimientos, sin fondo, y sin otros árbitros que la piedad de los fieles y las buenas
intenciones emprendí el trabajo (...) el estado continuo de las agitaciones políticas,
las conscripciones militares, las guerras intestinas, las alarmas, el terror y ansiedad de
los vecinos, sobre todo las ruinas de las fortunas individuales por las interrupciones
inevitables del comercio y de toda la industria; y por sobre cargo de las contribuciones
fiscales, han sido otras tantas barreras inexpugnables para llegar tan tarde al deseado
fin de la obra de un templo sólido, capaz y digno en cuanto ha sido posible".
Fueron pagados al señor Herrera 435 pesos, 2 reales y un cuarto por la construcción de
esta capilla de una
sola nave, de muros de tapia
pisada y cubierta de teja a dos aguas y sin ornamentos en su interior. Éste, sin
embargo, tomó 100 pesos, obsequiando el resto a la iglesia, por lo que fue nuevamente
agradecido.
- Investigación y textos: Pablo Castillo Muñoz.
- Fuentes: Plazas, Francisco de Paula, «Villavieja, ciudad ilustre». 1950.
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