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Según los especialistas, a partir de 1880 empezó un constante aumento en la actividad
arquitectónica en el país, a pesar de las frecuentes querellas políticas y la débil
situación económica. En 1886 se creó la Escuela Nacional de Bellas Artes, en la que se
empezaron a impartir conceptos de arquitectura, los cuales se difundieron y consolidaron
creando un ambiente diverso frente a este arte.
A finales del siglo, quienes tenían a su cargo la enseñanza de la arquitectura, como el
ingeniero español Lorenzo Murrat y el colombiano Alberto Borda Tarco, educado en Italia,
defendieron la necesidad de seguir un diseño y un estilo, así como la importancia de
pensar en la planeación urbana de las ciudades.
Es por estos años cuando llegan al país una serie de arquitectos extranjeros, pilares
esenciales en la historia de la arquitectura en Colombia, como Pietro Cantini, Gastón
Lelarge y Charles Carré.
Gastón Lelarge llegó de Francia al país en 1898 e intervino en algunos de los
principales proyectos que se ejecutaron en Bogotá en ese momento, entre ellos el
Capitolio Nacional, el Edificio Liévano (actual Alcaldía Mayor), la Gobernación de
Cundinamarca, el Palacio Echeverri y la Escuela de Medicina.
Estos arquitectos, junto con el arquitecto colombiano Mariano Sanz de Santamaría,
introdujeron el nuevo lenguaje para construir los edificios que requería el naciente
siglo y sus recientes requisitos: hospitales, pabellones, fábricas, escuelas, plazas de
mercado, estaciones, bulevares, paseos y grandes bancos. Serán edificios para una nueva
clase social, y para una ciudad que comenzaba a pensar en expandirse y necesitaba de una
nueva imagen. Se emprendió la construcción de paseos, pasajes comerciales y bulevares
parisinos, en contraposición a la austeridad de las casas de habitación coloniales. Se
iniciaba, pues, la República, el modernismo literario, se importaban las novedades de la
técnica y, a su vez, se hacían más agudos los contrastes: a un lado los señores de
cubilete y las damas de traje de tafetán tocaban el piano y hablaban en francés; al
otro, los indios, mestizos y campesinos descalzos permanecían aislados y analfabetos.
Para la arquitecta e investigadora Silvia Arango, Gastón Lelarge es uno de los pocos
arquitectos que tiene su propio y particular estilo, condición que le permitió evitar la
mezcla de elementos en sí mismos unitarios e inidentificables. Si bien Lelarge realizó
magníficas obras en Bogotá y en Cartagena, a pesar de su poco trabajo, sus creaciones
tendrán una gran trascendencia.
En 1920 viaja a la ciudad costera por razones de salud y para aislarse un poco del
ambiente gazmoño de la capital que lo abrumaba con las permanentes críticas y afrentas
personales. Al parecer, participó allí en la remodelación de la catedral, construyó la
cúpula y restauró
la iglesia de San Pedro Claver y construyó una de las obras más significativas: el Club
Cartagena.
En esta magnífica obra establece, para Silvia Arango, "un academicismo abstracto" que
permitirá descubrir propiedades arquitectónicas en sí y por sí mismas. La ruptura en
secciones verticales de un volumen prismático le conferirá a la fachada, totalmente blanca, un particular
movimiento "sinuoso", el cual da paso a un juego de luz y sombras, elementos
que, aunque novedosos, crean una identidad clara y específica, tanto con la ciudad como
con su clima cálido. Para la arquitecta Arango, esta construcción no estuvo ajena a la
ciudad y a su espíritu y esto se logró con la utilización de herramientas sutiles, sin
necesidad de aplicar un ampuloso recurso estilístico.
El Club Cartagena se trasladó luego a un edificio "contemporáneo" y la
magnífica y elegante obra del francés Gastón Lelarge quedó abandonada en el olvido.
- Investigación y textos: Jimena Montaña Cuéllar
- Fuentes. Arango, Silvia. Historia de la arquitectura en Colombia, Ed. Lerner 1993.
Niño, Carlos. Arquitectura y Estado, U. Nacional 1991.Manual de Historia de Colombia,
Tomo II. Colcultura 1979
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