5pixeles.gif (45 bytes) 5pixeles.gif (45 bytes) Hacienda Fusca

Hacienda Fusca. Imagen

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A partir del siglo XVI, en las altiplanicies andinas, se repartieron gran número de encomiendas, desde el Socorro y Vélez en Santander pasando por Boyacá hasta la Sabana de Bogotá. Sin embargo, las casas de hacienda no se construyeron una vez sus dueños tomaron posesión de las tierras. Aunque en el siglo XVII la explotación agrícola estaba ya bien avanzada, las ahora conocidas como casas de hacienda coloniales, que se conservan o se tiene noticia, datan de bien entrado el siglo XVIII, pues los encomenderos iniciaban una modesta construcción, a la cual se le iban añadiendo habitaciones a medida que pasaba el tiempo. Así entonces, la hacienda del siglo XVIII, con contadas excepciones, será una sumatoria de adiciones y reformas. Generalmente estas edificaciones, no fueron diseñadas por arquitectos, su construcción se le encargaba a alarifes y carpinteros de la región que conocian las técnicas artesanales.

Una de las casas que aún mantiene su fisonomía original es la Hacienda Fusca, construída en las vecindades de un mercado de sal frecuentado por las tribus de Zipaquirá y Guatavita, origen quizás de la encomienda. Según el levantamiento de los planos, realizado a fines del siglo pasado por Ramón Guerra Arzola, la Hacienda se extendía desde la cuchilla de la cordillera por el oriente, hasta el río Bogotá por el occidente y poseía aproximadamente 1.200 hectáreas. La construcción de la casa, que se conserva hoy, se debió a la iniciativa de Ignacio María de Tordecillas y Fernández, canónigo doctoral y racionero de la Catedral de Bogotá, quien finalizó la obra en 1780. Localizada en un altozano, domina sus terrenos a la vez que se protege del viento entre los cerros y los árboles. La casa incluye los elementos usuales de estas construcciones: en torno a un pequeño patio central, se localizan las habitaciones; un oratorio y los salones en los lados norte y oeste del patio. En la parte de atrás, las caballerizas, y luego al fondo la cocina y la servidumbre. El desnivel del terreno se aprovechó para construir un depósito y un granero bajo el tramo occidental de la casa.
Cuenta Camilo Pardo Umaña, en su libro "Haciendas de la Sabana", que Fusca "albergó al Libertador y a sus edecanes en los últimos días de 1827, y sus coloniales muros les vieron recibir, en alegre fiesta, el primer día del trágico 1828". Con el paso del tiempo, la Hacienda se dividió y en sus terrenos se construyeron otras haciendas; sin embargo, la centenaria Fusca se mantuvo casi intacta. Estas tradicionales casas -cuenta la leyenda- albergaban fantasmas, almas vagabundas de sus habitantes de antaño. Fusca no es la excepción, y según Pardo Umaña, allí se aparecía un espanto "digno de estudio, puesto que ha permitido que se le fotografíe, caso único en la historia de los espantos". "No hace mucho tiempo -narra Pardo-, estuvieron tomando algunos retratos en el patio de la casa de hacienda..., y lograron impresionar nítidamente la figura fantasmal, con su clásico atavío de la sábana blanca y los dos agujeritos para ver" .
Investigación y textos Jimena Montaña Cuéllar
Fuentes: Tellez, Germán. "Las casas de hacienda" . Historia del Arte en Colombia. Salvat. 1977.
Pardo Umaña Camilo. "Las Haciendas de la Sabana" . Editorial Kelly. Bogotá. 1949.
Patiño Mariana. "Monumentos Nacionales de Colombia". Editorial Escala. 1983.
   

 

 

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