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El día 10 de marzo de 1997 se recibió en la Subdirección de Monumentos Nacionales del
Instituto Nacional de Vías una denuncia sobre la venta y posible destrucción de trece
locomotoras que permanecían abandonadas en el antiguo taller férreo de Flandes, en el
departamento del Tolima. Las máquinas habían sido vendidas como chatarra y el
propietario había iniciado su paulatina destrucción cortándolas con un soplete
alimentado por acetileno, acabando con las principales protagonistas de una larga historia
de 145 años, que se inicia con la construcción del primer tramo de ferrocarril en
nuestro país en 1852, en el territorio de la entonces provincia de Panamá y que
permitiría la comunicación terrestre entre los océanos Atlántico y Pacífico.
Para un país como Colombia, que había
heredado una incipiente red vial del imperio español, el ferrocarril representaba un
medio seguro y eficaz para el transporte de carga y pasajeros, paso indispensable para el
desarrollo comercial del país. La fiebre del ferrocarril no tuvo límites y la voluntad
de sus constructores no se detuvo frente a la continua escasez de recursos económicos, a
las innumerables guerras civiles del siglo pasado y a los insalvables accidentes
geográficos que plantea nuestra abrupta topografía. Nada de esto impidió que una
locomora fuera transportada a lomo de mula desde el puerto de Honda hasta la población de
Facatativá, para inaugurar en 1889 el tramo del Ferrocarril de la Sabana entre esta
localidad y la capital de la República o perforar a pico y pala la cordillera Central a
través del Túnel de la Quiebra, con una extensión de 3.742 metros, para comunicar a la
ciudad de Medellín con el río Magdalena.
En el taller de Flandes se encuentran, entre otras, una locomotora construida en 1905 que
había funcionado en el Ferrocarril de La Dorada y cariñosamente se le conocía como
Doña Helena y, sobre todo, dos interesantes máquinas diseñadas por el ingeniero
francés Paul C. Dewhurst, quien luego de vivir varios años en nuestro país introdujo
importantes variaciones en las locomotoras que serían adecuadas por las fábricas de
origen para adaptarlas a nuestra empinada geografía. Luego de una campaña iniciada por
el periódico El Espectador, encaminada a rescatar las locomotoras, que contó con el
apoyo de varias entidades, y gracias a un minucioso inventario realizado por el ingeniero
Gustavo Arias de Greiff, el conjunto de 59 locomotoras de vapor existentes en el país fue
declarado como Monumento Nacional. Esta declaratoria asegura su protección legal, pero
aún muchas de las locomotoras permanecen abandonadas, esperando su pronta recuperación.
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Texto: Alberto Escovar
Wilson-White
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Fuente: La mula de hierro,
del ingeniero Gustavo Arias de Greiff. Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1986.
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