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El presidente liberal Alfonso López Pumarejo, en su Revolución en Marcha, planteó el
impulso a la educación, la ciencia y la cultura, como factores trascendentales para la
modernización del Estado y la configuración de un país, que asomaba tímido al siglo XX
ya bien entrada la década del 30. López Pumarejo insistía en una democratización de la
educación, más técnica y científica, y pretendía que ésta se impartiera también
fuera de los ámbitos tradicionales como escuelas, colegios y universidades. El círculo
académico, hasta el momento tan reducido, tendría que llegar a los rincones más
insospechados. "Hay que ir -proclamaba el presidente- aunque sea para muchos una
visión patriarcal y extravagante del Estado, hasta la cocina y la mesa del
labriego". Para el creador de la Revolución en Marcha, la educación pecaba de
elitista y se criaban, en las universidades y colegios, burócratas completamente ajenos
al país. Había que darle la cara a las necesidades y enviar verdaderos maestros a las
escuelas. Era prioritario invertir ya no tanto en carreteras y caminos sino en escuelas,
bibliotecas, colegios, laboratorios y universidades. Así entonces, a partir de la década
del 30, el Ministerio de Obras Públicas empieza a construir una serie variada de
inmuebles de suma importancia, los que abarcaran diversos estilos.
En el año de 1940 se ordenó la construcción del Colegio Nacional de Loperena en
Valledupar, y se encargó la obra, un año más tarde, al ingeniero Julio Bonilla Plata.
En 1943 se inició su construcción en ladrillo cubierto por pañete blanco (revoque), con
placas de concreto, techo con teja de barro y pisos de baldosín. Su área era de casi
2.000 metros y se proyectó con capacidad para albergar más de 300 alumnos; tenía ocho
aulas generales, tres especiales, salón de actos, la biblioteca, un museo y la
dirección. Los alumnos no eran únicamente externos; la mayoría, venidos de la
provincia, debían quedarse y se levantó para tal fin el pabellón de dormitorios,
último en hacerse junto con el economato. Este particular edificio es similar al Colegio
Nacional del Socorro en Santander, y corresponde al prototipo de edificios que propusieron
en su momento un lenguaje neocolonial simplificado al máximo, característica que hace
que los arquitectos clasifiquen el estilo como "arquitectura vernácula", es
decir, única del país.
Los techos de teja de barro, los arcos, la torre de tres pisos que señala la entrada
principal y el patio interior con arcadas hacia adentro, al igual que en la fachada, se relaciona
con el denominado estilo español californiano, de "moda" en el momento. El
decorado, las columnas, los arcos, balcones y demás intenciones ornamentales, respondían
a un afán puramente decorativo, ajeno a la verdadera arquitectura colonial neogranadina.
Este diseño del colegio se había realizado más en las viviendas de los alrededores de
las ciudades, en quintas o villas, y no para construcciones estatales. La intención de
esta arquitectura, según el arquitecto y profesor Carlos Niño, representaba de alguna
manera la moda de Hollywood (California), sin tener en cuenta la tradición de la
arquitectura española en América. Estas características hacen del Colegio Nacional de
Loperena un inmueble que marca un estilo y una época, crucial en el desarrollo de la
arquitectura en el país.
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Investigación y textos:
Jimena Montaña Cuéllar.
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Fuentes: Niño Carlos,
"Arquitectura y Estado". Universidad Nacional. 1991.
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Manual de Historia de
Colombia. Tomo II y III. Instituto Colombiano de Cultura. 1979.
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