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El conquistador español Sebastián de Belalcázar, quien venía procedente del Perú y
que se encontraba bajo las órdenes de Francisco Pizarro, llegó al territorio del actual
Valle del Cauca y fundó por primera vez la ciudad de Cali en la región de Calima, que
para entonces estaba poblada por los indígenas Gorrones, reconocidos por su beligerancia.
La fundación se verificó el 25 de julio de 1536 y a la nueva villa se le puso el nombre
de Santiago de Cali, porque ese día se celebraba la fiesta del apóstol Santiago y sobre
el nombre Cali, algunos lo atribuyen a una mala pronunciación de la palabra
"Lilí", que era como los indígenas se referían al río que pasaba por allí y
que significaba "tierra blanca" o sencillamente porque era el nombre de la
cacique que habitaba el lugar, como sucedió en otros casos.
En el caso de Cali, Belalcázar no siguió el procedimiento que se seguía en las
fundaciones de poblaciones, por cuanto no designó a los miembros del Cabildo, ni realizó
la repartición de los solares que el correspondían a cada uno de los futuros habitantes,
sino que se tomó un año, hasta finalmente optar por cambiar de lugar la población para
realizar el trámite administrativo pertinente y ubicarla en el sitio que actualmente
ocupa. Ese acto, según varios historiadores de la ciudad, se realizó en el solar que hoy
ocupa la iglesia de La Merced y las residencias comprendidas entre las actuales carreras
4ª y el río y las calles 7ª y 9ª.
A pesar de haberse realizado el acto fundacional en las inmediaciones de la actual iglesia
de La Merced, la plaza mayor, alrededor de la cual se ubicaron la iglesia y las
principales sedes administrativas, se trazó a varios metros de allí, en el sitio que
actualmente ocupa la Plaza de Caizedo. Sobre esta plaza, se ubicó la primera iglesia
parroquial que para el siglo XVIII fue reemplazada por otra construida sobre los planos
diseñados por Antonio García y que sobrevivió sin mayores contratiempos hasta 1925,
cuando un terremoto la afectó estructuralmente y esto obligó a la firma de ingenieros
Borrero y Ospina a reconstruirla, basados remotamente en la Catedral de San Pedro en Roma.
El centro de Cali, desde su declaratoria como Monumento Nacional en 1959, ha sufrido
inmumerables demoliciones y transformaciones, que en buena parte le han hecho perder una
buena parte de las características arquitectónicas que dieron en su momento lugar a este
importante reconocimiento. Dentro de las edificaciones que fueron demolidas en los
últimos cuarenta años, se destacan el Hotel Alférez Real, construido en 1929 y demolido
en 1972, y que fuera por mucho tiempo una de las edificaciones más significativas de la
ciudad. Se deben mencionar también el antiguo Palacio de la Gobernación y las
instalaciones del Batallón Pichincha, que fueron reemplazados por edificaciones sin menor
mérito arquitectónico. Con todo, aún se conservan varias construcciones que merecen ser
conservadas, como la Torre Mudejar que se levanta a un costado de la Iglesia de San
Francisco y que se le atribuye al canónigo payanés Marcelino Pérez de Arroyo y Valencia
con la colaboración del alarife moro Pedro Umbas; la iglesia de la Ermita que reemplazó
al anterior templo destruido durante el ya mencionado sismo de 1925; el teatro Municipal,
diseñado y construido por la firma de ingenieros Borrero y Ospina en 1918; el teatro
Jorge Isaacs obra del arquitecto italiano Gaetano Lignarolo, edificado en 1931; así como
el Palacio Nacional diseño del belga Joseph Maertens y el edificio Otero, también obra
de Borrero y Ospina, ambos ubicados sobre uno de los costados de la Plaza de Caycedo. Si
bien todas estas construcciones pertenecen al periodo de la Colonia y los primeros años
del siglo XX, es importante mencionar otras edificaciones pertenecientes a corrientes
estilísticas más recientes, pero no menos importantes o significativas, tal es el caso
de los edificios de Coltabaco o Zaccour, por sólo mencionar dos ejemplos, que con los
anteriores conforman un disímil pero no despreciable centro histórico que merece ser
valorado y rescatado, para que sirva de ejemplo para futuras intervenciones urbanas, como
de hecho lo ha sido la sede de la FES (1988), vecina del claustro y templo de la Merced,
obra de los arquitectos Pedro Alberto Mejía y Rogelio Salmona, que fue galardonada con el
Premio Nacional de Arquitectura en la XII Bienal Colombiana de Arquitectura celebrada en
1990.
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