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El conjunto de la iglesia y el convento de Monguí, en Boyacá, representa uno de los
momentos culminantes en la arquitectura colonial neogranadina. Monumental y espléndido,
se levantó para hacer parte de la "conquista de almas" en los Llanos
Orientales, que se disputaron durante el siglo XVII, los jesuitas y los franciscanos.
Monguí, un pequeño poblado, se hallaba en el camino hacia los Llanos, razón por la cual
se escogió como punto estratégico. La historia de su construcción, en cuanto al tiempo
utilizado, no se diferencia mucho de los otros: casi todos los conventos de la Colonia
dependían de las limosnas o el dinero de la Corona y sus procesos de construcción se
prolongaban en el tiempo. Sin embargo, el caso de Monguí es especial: se fundó en 1603 y
en 1694 comenzó la obra, pero únicamente hasta 1702 se autorizó la creación de un
convento regular. Para 1718, la escalera de "triple rampa", digna de verse en la
actualidad, estaba terminada, pero la obra tenía varios problemas técnicos y avanzaba
con gran lentitud.
En 1732 llegó a esta población boyacense
un español de nombre Martín Polo Caballero, quien al parecer no era arquitecto sino
"práctico" , e intentó solucionar los problemas estructurales de la
construcción. Treinta y dos años más tarde el convento estaba casi terminado, con
excepción de una de sus torres y la cúpula, que sólo hasta mediados del siglo XIX se pudo finalizar.
Pero llegada la segunda mitad del siglo XVIII, la lucha por la conquista religiosa del
Llano y el dominio material eran asuntos del pasado. En 1927 aún se estaba trabajando en
la hechura de la torre sur, que se finalizó dos años más tarde. El enorme convento
alojó siempre a menos de la mitad de los frailes previstos.
El Templo tiene una planta
basilical; la nave central está cubierta por una bóveda falsa
y pende de una armadura de par y nudillo. En la fachada se hacen evidentes las diversas
etapas de la construcción, al igual que en el interior del convento, pues éste, en su
primer piso, muestra los arcos en costosa piedra con pilastras realzadas y en el segundo, las
mismas son de ladrillo recubierto. Finalmente, cuando se llega a la cornisa, la construcción es humilde, en
teja y barro y la piedra fue desapareciendo a medida que subía la construcción. Todo
esto obedeció a que los recursos de los franciscanos se agotaban y se recurrió a los
más variados y curiosos materiales y técnicas, elementos que fueron enriqueciendo el
conjunto, dándole un sabor diferente a los demás.
Otro elemento interesante es la pintura mural, en la cual se acusa la intervención de la
mano indígena, evidencia del llamado por los expertos "mestizaje de las artes".
Colores regionales, cambios en el diseño originalmente barroco, la asimetría y la
inclusión de flores y frutos típicos del país y la distribución de los relieves
ornamentales, se conservan como manifestación del gusto indígena mezclado con el
prototipo español, haciendo aún más valioso y rico el conjunto.
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