Locomotora Córdoba, una de las primeras máquinas que se pusieron al servicio a partir de
1886. Foto Daniel Rodríguez (ca.1950) Archivo fotográfico Museo de Desarrollo Urbano
Ferrocarriles con destino a Tunja y el Salto de Tequendama en la estación de
ferrocarriles del Nordeste y del Sur. Foto Daniel Rodríguez (ca.1950) Archivo
fotográfico Museo de Desarrollo Urbano
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Ferrocarril de la
Sabana.
* Patiño, Victor
Manuel. "Historia de la cultura material en la América Equinoccial". Bogotá.
Instituto Caro y Cuervo. Tomo III. "Vías, transportes y comunicaciones". 1991.
Fue iniciado el 28 de febrero de 1882 (ORTEGA DÍAZ, 1932, 111, 105); al sobrevenir la
guerra civil de 1885 que ocasionó la suspensión, se hablan construido 18 kilómetros
desde Facatativá hacia Bogotá (ibid., 1923, II, 572). La inauguración de la obra en
Bogotá tuvo lugar el 20 de julio de 1889 (ibid., 11, 575). La longitud es de 39 kms., 608
ms. (ibid., 11, 575576 584). Como la enrieladura tenía un metro de anchura, a la llegada
a Facatativá del ferrocarril de Girardot en 1910, había que hacer un transbordo enojoso
(ibid., 1932, III, 125-126), que no terminó sino en
1925 (¡bid., 111, 128), cuando se removió la enrieladura para emparejarla (ibid., III,
109).
Esta obra es notable por varios motivos. Primero, revela a mentalidad mediterránea
predominante en la historia de Colombia, el fenómeno que en otro lugar se ha llamado el
"lanudismo". El ferrocarril de la Sabana fue iniciado casi un año después que
el de Girardot, a 131 kms. de distancia del río Magdalena. Aunque previamente se habla
construido un carreteable hasta el Magdalena, por donde fueron introducidos los rieles a
lomo de mula y con ingentes trabajos, esto no disminuye el hecho de que si no hubiera sido
por rendir tributo al localismo, se habría empezado la obra la inversa, o mejor, se
hubiera esperado a que se terminara el ferrocarril que ya estaba iniciado en Girardot,
para conducir los elementos necesarios. Pero no sólo cada localidad quería tener sus
vías públicas dentro de su zona de influencia, sino que no había coordinación entre la
Nación y los estados, como no la ha habido con los departamentos, y cada entidad marchaba
por rutas opuestas.
En 1874, un economista pedía que por lo menos el ferrocarril viniera en tren y no en
indios, para armar las piezas en la Sabana (GALINDO, 1978, 59-115). En segundo lugar, esta
obra, construida por ingenieros colombianos, debe considerarse como una reacción nacional
contra los sistemas de la técnica importada. Si en algunos casos ésta ha sido realmente
eficaz, meritoria y de provecho ara el país, en la mayoría de ellos no sólo no ha
correspondido a las cándidas expectativas que los nacionales pusieron n ella, sino que ha
sido un semillero de conflictos, rémoras perjuicios para el país, por el inescrupuloso
manejo de la mayor parte de las compañías contratistas que esquilmaron los fondos
nacionales o departamentales, prevalidas de la poca habilidad colombiana para contratar, y
ayudadas eficazmente por el leguleyismo.
En efecto el ingeniero francés R. Lebrun, contratado por el gobierno nacional para hacer
una visita a los trabajos en 1889, dio un concepto favorable, "si bien critica el
lujo gastado en la obra, que a su juicio impuso gastos exagerados, tales como la
construcción, en piedra de talla, de los estribos en los puentes y pontones; los
edificios destinados para estaciones; en el material rodante, etc., todo lo cual
demostraba que se había ejecutado un trabajo de primer orden como reacción impuesta por
los ingenieros del país contra la detestable ejecución de otras líneas férreas que por
aquel tiempo habían acometido compañías extranjeras en territorio colombiano, pero que
establecía un mal precedente para otros ferrocarriles que se trataran de establecer en lo
futuro" (ORTEGA DIAZ, 1923 11, 576). Estos temores, considerados a dos generaciones
de diferencia, no han hallado justificación. Y si ahora en algunas estaciones
ferroviarias, como en la de Cali, hay fresco monumentales, y muchas obras públicas por el
hecho de ser tales, no se ejecutan sin conceder algo al sentido estético innato del
pueblo colombiano, todo esto revela que poco a poco el país trata de hallar la expresión
de sus características, en mala hora sacrificadas a concepciones erróneas y momentáneas
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