INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

Viéndome ya con mortales angustias, invoqué de todo corazón al señor don Pedro de Alcántara, y él me ayudó de forma que luego cesó la fuerza del agua que me daba en el pecho y recobrando el valor, yo no sé cómo, me vi en la orilla. A lo que me vi ya fuera del peligro, tomé el volantín en la mano, y comencé a tirar. Pero él con la fuerza del agua, se hubo roto. Entonces me vi desnudo, ya sin esperanza de poderme vestir, precisado a comparecer al pueblo desnudo como estaba. Y lo que más me afligía era estar sin arma para defenderme si me salía una fiera.

Ya que volví más sobre mi, dije: A mí lo que me importa es pasar adelante, e irme lo más pronto al pueblo. Me quité el pañuelo de la cabeza y me lo até a la cintura y me fui a ver si podría subir arriba de la loma. Mas nunca pude topar con la senda, hasta que me subí por unos árboles que de arriba se habían derrumbado con unas peñas, y encontré allí un ranchito. Ahora sí, dije yo, tengo la senda. Con la maleza del monte, descalzo, me lastimaba mucho, y procuré varias veces con bejucos atarme hojas de árboles; pero en menos de veinte pasos ya estaba todo despedazado; hasta que vi que esto no era más que perder tiempo. Yo con el temor natural, corté un palo e hice un bordón para defenderme si me salía alguna fiera así caminé cosa de media legua, cuando de improviso, catay que veo venir dos indios con sus cerbatanas. A lo que ellos me vieron pensaron que yo era demonio, y arman sus cerbatanas para flecharme con flechas envenenadas. Yo empecé a darles voces, pero como ellos tienen experiencia de que el demonio así les aparece en forma de un hombre blanco desnudo, proseguían temerosos que el demonio no los azotase. Yo me resguardé tras de un árbol, y gritando les hacía señas a la corona. Entonces conocieron que yo era el Padre y se vinieron donde mí.

Eran dos indios de Pueblo Viejo que venían mandados del alcalde para ver si el río estaba proporcionado para poder echar la canoa y venirnos a pasar. A lo que llegaron a mí le quité a uno el camisón que traía, y me lo puse, y les dije: Si venía o no la gente a pasarnos. Ellos respondieron que ya venía la gente, y mentían, porque a breve rato que caminamos hacía el río, me dijo uno: Padre, ¿quiere que yo vaya a decirles que vengan presto? Yo le dije que sí. Él dejó su cerbatana tras de un árbol, y se fue corriendo al pueblo a avisar cómo me habían encontrado.

Con esta noticia, al instante vino casi todo el pueblo, grandes y chicos, hombres y mujeres, y me trujeron yucas cocidas y plátanos maduros. Yo con el hambre que tenía no me hartaba, hasta que volviendo sobre mí, temeroso de que no me hiciera daño, me contenía. Pero a poco rato ya volvía a comer. Llegó la gente y dijeron que no se podía pasar con la canoa, porque el río estaba crecido y muy rápido. Fueron y armaron la tarabita, y pasaron mis cargas y el muchacho, y antes de pasar el otro indio, se rompió la maroma, y él se quedó de la otra parte del río. Yo mandé que de encima de un peñón alto le tirasen bastantes plátanos y yucas y que se volviese a Mocoa, y así se hizo.

Yo a lo que me trujeron mi ropa, me vestí. Ya era ello algo tarde cuando se hubo todo compuesto, y advertí que mis indios sibundoyes que yo había mandado, no habían parecido, y pregunté al alcalde por ellos, y me dijo que estaban durmiendo en el pueblo y con esto entendí que estaban borrachos, y ésta había sido la causa de no haber aparecido ni unos ni otros hasta entonces, y era así verdad, que este es el estilo que tiene esta gente, cuando va a su pueblo, hombres y mujeres, hasta embriagarse. Cuando llegó el primero se hizo una bebezón, y cuando fue el segundo se hizo otra, y todavía no les había dejado a muchos la calentura.

Yo deseoso de comer carne, le dije al alcalde: Alcalde, sañuni ayro sayge, que quiere decir: Vamos por el monte al pueblo aprisa. Él me respondió: Miato nená, que quiere decir: mañana iremos. No hay que rogarle, que ya no irá aquel día.

Con todo le porfié a que nos fuéramos, pero él me dijo: Padre, tú sí puedes llegar todavía, pero nosotros con las cargas no. Mañana iremos. Yo dije: Una vez que yo pueda llegar, voy para allá. Haciendo esta cuenta: En el pueblo hay gallinas; a la primera que llegue la mataré, y esta noche tomaré siquiera buen caldo y cenaré bien. Con este pensamiento puse dos manos de plátanos dominicos maduros dentro del saparo del muchacho, y le dije: Ea, toma esto y vamos los dos al pueblo. Yo tomé mi machete en la cintura, la escopeta en el hombro, y un bordón en la mano, y me partí con el muchacho.

Comenzamos a caminar, y nos cogió la noche media legua antes de llegar al pueblo dentro de un guadual muy espeso. En un instante se puso una noche lóbrega y oscura. Yo viendo que a cada paso tropezaba con las guaduas y que me espinaba las manos con sus sutiles espinas, viendo que ya era imposible llegar al pueblo, volví atrás, y eché un silbido al muchacho que se había quedado algo atrasado, y a lo que llegó le dije: Hijo, ya no podemos llegar; aquí nos habemos de quedar esta noche. Había allí una quebradita, que formaba una playita de arenilla mezclada con cascajo. Estaba una guadua atravesada, caída en tierra. Yo saqué el machete y corté dos pedazos, y los clavé parados en la arenilla, y del bordón hice atravesaño, y cobijándolo con el manto que venía dentro del saparito del muchacho, nos pusimos los dos bajo de este toldo a aguardar el día. Y entre tanto saqué los plátanos y nos los comimos en lugar de cena.

Luego que acabó de cerrar bien la noche se armó una tempestad horrorosa y truenos, rayos y relámpagos con un aguacero continuo de toda la noche. La fortuna que tuvimos fue que estábamos en un llano, y la playita estaba en un altito porque si no, el agua que traía la quebradita nos hubiera llevado. Los dos estuvimos toda la noche acurrucados rezando y aguantando el agua que nos caía encima de arriba y la que nos pasaba por abajo, y esto creo que fue nuestra Ventura, por lo que ya dije: Apenas amaneció el día, amanecimos nosotros yertos, sin podernos menear, en un grande rato, adormecidos los miembros, que no nos podíamos poner en pie, como si en realidad estuviéramos baldados de piernas y brazos. Ya que salimos del toldito, retorcí el manto para secarle el agua, y reparé que de la otra parte de la quebrada, cosa de unos ocho pasos de nosotros, estaba el rastro de un tigre, señaladas allí sus patas y uñas, que sin duda él había cogido nuestro rastro por el olor y nos venía buscando; y con el aguacero que llovió debió perder el rastro. Entonces di gracias a Dios del aguacero y me hice la cuenta que si no llueve aquella noche, el tigre nos mata y nos come a los dos.

Partimos llenos de miedo de encontrar con el tigre, y por fin llegamos al pueblo, en donde encontré a mis dos sibundoyes sebastianos, que ya habían convalecido de su borrachera. Yo les hice el cargo de su poco cuidado e impiedad, mas ellos se disculparon poniéndose a reír y volviéndome la espalda. Yo como ya estaba curtido a tolerar semejantes rudezas, no me hizo impresión su ingratitud. Al cabo de un rato, vino la gente y trujeron mis trastos; pero me entró frío de una terciana. Yo mandé colgar mi hamaca, y me eché en ella, y me duró la calentura todo el día. Ya que vino la noche, ni se encontró un huevo, ni quisieron matar una gallina, y por grande regalo me hicieron una arepa de maíz, y la comí con un plátano asado.

En Pueblo Viejo me detuve cuatro días, porque se me alteró la flema con un ardor acedo en el pecho que me abrasaba, y era preciso estarme todo el día echado en la hamaca boca abajo con la boca abierta, y me salía cada tardé medio calabazo de flema viscosa, y hasta que me había salido, ni sosegaba ni podía comer. Ya que cesaba, tomaba una tasa de guayusa, y después comía un poco de mono asado con yuca o plátano asado. Ya que pasaron los cuatro días como sólo faltaban cuatro jornadas para llegar a Santa Rosa en donde estaba el Comisario, partí con los cuatro indios, porque el muchacho no quiso pasar adelante.

A poco rato de haber salido entróme una terciana con un frío muy vehemente, y porque iba mojado de continuo porque en todo este camino, y el que reste era preciso pasar las quebradas y riachuelos, que a veces llegaba el agua hasta la cintura, y de continuo de pisar lodo hasta media pierna, me gravaba más la terciana, y sólo del rocío que caía de las ramas, me mojaba la cabeza hasta los pies. Al llegar a la ranchería, me ponía ropa seca, pero cada día de mañana me volvía a poner la mojada y guardaba la seca para hacer lo mismo cuando arranchásemos.

La calentura me duró todo el día, porque con ella me atacaba el agua, porque los indios no querían parar y tenían razón porque iban cargados, y me decían que caminase aprisa y se me quitaría más presto. Yo me alentaba cuanto podía, pero podía poco, porque iba flaco y mal sustentado. La calentura me resecaba, y yo por poder seguir a los indios, y no quedarme solo, repetía el beber agua y era añadir leña a la candela.

Esta primer jornada llegué bien fatigado al tambo, y los indios me dijeron: Padre, mañana nos vamos a Sibundoy. Yo les supliqué diciendo que si tal intento tenían de dejarme solo en el monte y volverse, me lo hubieran dicho en Pueblo Viejo, y yo allí hubiera alquilado indios. Y que ahora no estaba bien dejarme solo y enfermo. Ellos respondieron: Aquí te dejaremos plátanos y yucas para comer y diremos al alcalde de Pueblo Viejo que te mande indios que te acompañen a Santa Rosa. Yo les dije que si tal hacían, escribiría a su cura y él los castigaría.

Entonces me dijo uno: Padre, nosotros nos queremos ir, porque el Padre Comisario Barrutieta nos mandará azotar en Santa Rosa. El alcalde de Pueblo Viejo nos ha dicho que el Comisario Barrutieta no quiere que los indios de Sibundoy entremos en el territorio de la misión, porque no quiere que enseñemos el camino a los Padres chapetones para ir a Pasto. Y dijo también que topando algún indio sibundoy dentro de la tierra de la misión, lo había de azotar. Yo les dije que no tuvieran miedo del Comisario, porque yo no había de permitir que nadie les hiciese daño alguno, habiéndome ellos acompañado a mí y asistido, yendo yo tan flaco y enfermo.

Con estas y otras razones los sosegué y animé a que prosiguieran el camino, pero yo esta noche no dormí, temiendo que al yerme dormido ellos se habían de ir huyendo. Ya que vino la mañana volvimos a proseguir nuestro camino, y a breve rato ya me volvió a repetir la terciana con un frío muy desaforado, y si el día anterior lo había pasado mal, esta jornada lo pasé peor, porque me iba más enflaqueciendo. Yo llegué a la tarde al tambo del todo rematado. Al poco rato de haber llegado sentí en el monte un tiro de escopeta. Yo al oírle dije entre mi: Tiro de escopeta en este paraje no es posible sino que algún religioso anda por el monte perdido, porque sólo nosotros por aquí usamos escopeta. Yo en Pueblo Viejo había mandado tostar mi pólvora, y ya podía servir, y entonces fui a toda prisa a cargar la escopeta para responder con otro tiro al que yo juzgaba perdido en el monte. Los indios viendo mi afán, se pusieron a reír y me dijeron: Padre, este es el Batach. Así llaman ellos al demonio, y aquí me contaron que anda el diablo por aquellos montes haciendo estos traquidos para espantar a los indios, mayormente cuando acompañan algún Padre conversor, y que en viéndolos solos les aparece y los azota, como llevo antes relatado.

A la noche me volvieron ellos a sacar la conversación de si el Comisario los azotaría en llegando a Santa Rosa, y por más que yo les aseguré que no tuvieran miedo, ellos se cerraron en que se querían volver de allí para su pueblo de Sibundoy. Por más que les rogué no hubo remedio: Ellos por la mañana se fueron y me dejaron solo. Yo viendo que todavía me quedaban dos jornadas, subí por una escalera de sólo un palo, y en cuyos escalones no podía asentar más que la punta del pie, con mucho trabajo mis trastos, a una barbacoa alta que en el tambo había para resguardo de si pasase alguien no se lo llevase. Estaba ya tan flaco que no me animé a llevar el manto para cobijarme en la noche, y así lo deje. Y me llevé sólo el machete y la escopeta y un camotico y un cirse, que fue la provisión que me dejaron para mantenerme dos días.

Al salir del tambo encontréme una culebra verde oscura que tendría tres varas de largo. Yo como no había visto culebra de esta pinta, viendo la ligereza con que ella corría por encima de las puntas de las ramas, mirándome y sacando la lengua, sospeché si sería el demonio el que viéndome ahora solo, me quería armar alguna treta. Yo saqué el machete para darle, y al primer ademán que hice, ella se huyó y no la volví a ver. Aún no había andado cincuenta pasos, cuando me entró ya la terciana con frío atroz, y la calentura me duró hasta la noche. Aún no había andado cien pasos, cuando se puso a llover, y este fue aguacero de todo el día sin parar. Este día aunque fue peor que los otros, yo temiendo de quedarme muerto en el camino, me contuve de beber aunque me abrasaba la sed y tenía el agua a mano. Llegué a la ranchería cerca de la noche tan fatigado, que tiré en tierra la escopeta y la comida y tomé un palo por bordón, y me fui a buscar agua para beber y morir siquiera harto de agua.

Yo sabía que cuesta arriba había un arroyo cosa de cien pasos cuesta arriba. Poco a poco me fui subiendo hasta la mitad de donde descubrí el agua; mas me hallé tan opreso y fatigado, que estimé más no ir a beber, a ver si llegaba vivo al rancho, que ir a beber. Y así me resolví, y dentro de una pisada de los que suben por agua, se había recogido un poco, y bebí dos tragos, y me fui al rancho. En esta ranchería el tambo se había caído y no habían cuidado de hacer otro, y así había diez o doce ranchitos que hacían los que pasaban. Mas como por allá llueve de continuo, en ocho días ya está podrido el rancho.

Yo así que me recobré un poco, recogí de estos ranchitos los carboncitos y tizones que topé para armar candela y conservarla toda la noche, temeroso, como estaba sin resguardo, que no viniese algún tigre y me comiese. Y ya sabía que en habiendo candelada, él no se atreve. Saqué candela con pólvora, y armé mi fogata, y me desnudé para secar la ropa lo primero. Andando pues deshaciendo las varas de un rancho para tenderlo junto a la candela, tras del rancho hube de topar un chipchi parado, que es un calabazo de que se hace en España aquel dulce que llaman cabello de ángel. Él se había todo podrido, y sólo conservaba entera la cáscara, y del agua que llovía se había llenado, y el agua con la podre estaba de color amarillo, medio acanelado. A lo que lo vi, sin premeditación si me haría daño o provecho, yo de un tiro me lo bebí todo, y fue esto mi salud, porque desde entonces se me fueron las tercianas, porque aunque me perseveró cada día a la misma hora retentarme el frío, pero duraba poco y no me entraba calentura. Y esto me duró hasta que llegué a Almaguer.

Yo asé el camote y me lo comí, y resguardé el cirse para almorzar el otro día. Ya pues que vino el día, amanecí tan sin fuerza con todo el cuerpo adolorido por haber pasado aquella noche tendido en el suelo y acurrucado junto a la candela, que me faltaba totalmente el ánimo de emprender la última jornada. Yo me comí el cirse e hice resolución de pasar adelante porque de no, veía que era preciso morir allí. Como me vi tan sin fuerza, dejé el manto, por no tener fuerza para llevarlo cargado; dejé la escopeta, porque de llevarla al hombro se me hizo una llaga en él; y así, con un bordón en la mano y el machete en la cintura me encaminé para Santa Rosa.

Cerca de las doce sentí ruído de animales por el monte que corrían. Este fue uno de los mayores sustos que he tenido en mi vida, porque me hice la cuenta que sería, según el ruído que llevaba, algún tigre o oso que perseguía otro animal para comérselo. Y oyendo que por puntos se iba acercando hacia mí el ruído, como si ya me embistiera, me arrodillé a pedir a Dios perdón de mis culpas bien de veras. A breve rato oí la voz de un hombre que alentaba a un perro, y vi a unos monos saltando por los árboles con que conocí que sería gente de Santa Rosa que cazaba monos por allí y así fue.

Es el caso que los cuatro indios sibundoyes, por no perder el flete, determinaron probar fortuna, y así que me dejaron solo por el monte, revolvieron, y en lugar de irse atrás, se fueron para Santa Rosa. Antes de entrar se adelantó uno para informarse de alguien del convento, sin que el Comisario lo viese, si el dicho Comisario lo azotaría por haber pasado por el territorio de la misión, fingiendo que iba para Almaguer. Este indio hubo de topar con Fr. Juan de la Cruz, que es un lego que asiste en Santa Rosa, como noto Tomo Primero, capítulo VI. Éste le dijo que no tuviese miedo, y que el Comisario los quería a todos, y que antes hacían ellos gran beneficio al Comisario, puesto que siempre que los había de menester para llevar cargas a Pasto, le servían. Y que el Comisario lo que quería era que no acompañasen, ni enseñasen el camino de Sibundoy y Pasto, a ninguno de los Padres chapetones que habían nuevamente entrado a la misión de conversores.

Asegurado ya el indio con esta respuesta, le dijo cómo estando en Mocoa para venirse a Almaguer, había llegado yo, y que los había alquilado para que me acompañasen a Santa Rosa, trayéndome los trastos. Le contó mis trabajos en el río, y que venía enfermo y muy flaco, y que de miedo del Comisario, me habían dejado solo y sin comida dos jornadas atrás. Él fue a llamar a sus compañeros y en Santa Rosa los encontré. Todo esto me contó el mozo que cazaba los monos en el monte, el cual a lo que me vio, se vino a mí y me trujo un pollo asado, y arepas en lugar de pan. Yo me senté sobre un palo, y todo me lo comí sin acabar el hambre. Le pregunté si faltaba mucho para Santa Rosa, y me dijo que dos leguas cortas; y ya algo más alentado, caminamos para allá.

A lo que llegué, vino el Comisario a darme la bienvenida, y me dijo que ¿por qué había amedrentado a los indios, y me había quedado solo a peligro de que me devastara una fiera en el monte? Yo le respondí: Padre, yo no estoy ahora para desenredar este embuste nacido de su tiranía, codicia e impiedad, sino para que me compusieran una cama hasta que me trujesen la mía, porque venía bien malo. Con el desabrimiento con que yo le solté la proposición, él conoció que yo le tiraba al vivo, y que si me instaba, yo podría descomponerme sobrado, y así se bebió el golpe y me mandó componer una cama. Vinieron mis indios y me dijeron que el Comisario los despachaba a traerme los trastos. Yo les dije dónde los encontrarían y dónde hallarían mi manto y la escopeta. Al cabo de tres días lo trujeron todo.

El otro día de mañana vino el Padre Baquero, él que con sus mulas lo habían agregado a la misión, y me dijo: Anoche me dijo el Padre Comisario: Vea usted al Padre Fr. Juan bien de mañana, no sea cosa que se vaya a decir misa, porque como viene apóstata, está descomulgado.

Apenas soltó la proposición, ya yo hube saltado de la cama me vestí a toda prisa y me fui a su cuarto y le dije: Padre Comisario fingido, porque usted no es Comisario, sino un puro presidente indigno de las conversiones. ¿Usted me manda decir que yo he venido apóstata, y que estoy descomulgado? Respondió alterado que sí, porque no había aguardado en San Diego su licencia. Yo le dije: No la aguardé, porque no la tengo de menester. Usted, le dije, es el apóstata, y ex ore tuo te iudico, serve nequam. Vil, tirano e impío, usted no es superior, sino comitre de galeras, ni yo lo reconozco por tal. Y el que en adelante quisiere ser mi superior, advierta que me ha de mantener y vestir. Y supuesto que el rey me da para ello, esto es lo que pido. Él me replicó que no había cobrado nada de las cajas reales. Yo le dije: Esto es mentira, porque usted, a poco tiempo que nosotros entramos, cobró de las cajas reales el primer tercio que importó mil setecientos y cuarenta pesos. Y esto en La Concepción me lo dijo el Padre Urrea y era verdad. Él no se atrevió a negarlo, y dijo que esta plata había de servir para abrir el camino y comprar mulas, y que mucha parte se había gastado para el socorro que nos había mandado. Yo dije: ¿Qué socorro es este? Dos cajetas de mazamorra de maíz, éstas valen un peso; catorce varas de tocuyo, valen siete pesos; dos libras de tabaco valen ocho pesos. Suma diez y seis pesos. Digo: ¿Y de mil setecientos y cuarenta pesos, repartidos entre once conversores, me toca a mí diez y seis pesos? Él volvió a decir del camino y de las mulas, y yo le repliqué: Todo esto es falso; usted quiere abrir camino y comprar mulas para que los señores de Popayán abran minas de oro en Mocoa y Caquetá. Él me dijo que no había tal cosa. ¿Cómo no, repliqué yo, cuando han mandado a don Manuel de Ibarra allá a este efecto con peones para buscarlas? Me dijo que era falso, que don Manuel era entrado sólo a ver si podría catear algún oro para sí. Entonces saqué yo de la capilla un pliego de cartas que dicho don Manuel me había dado para los señores de Popayán, en que les daba noticia de las minas que había encontrado, y el oro que rendían, y le dije: Este pliego que él me dio para los señores de Popayán abonan las palabras que yo digo, y estos indios que han venido conmigo, han andado con él por Mocoa buscando minerales. Y advierte usted que yo ahora le ajustaré bien la cuenta, y haré cuanto pueda para atacar que no se abran tales minas.

Ya estaba entonces tan alterado, que me subintró un calenturón, que me duró veinte y cuatro horas, y así lo dejé y me fui a recoger a la cama. El Padre Baquero y el lego Fr. Juan de la Cruz, que habían estado oyendo el debate vinieron a mi cuarto, y con razones me querían afear el haberme desbocado contra el Comisario, porque a más de lo dicho, le dije cuanto me vino a la boca. El lego quiso tomar la delantera, que por qué le había dicho que él era el apóstata. Yo de nuevo me volví a airar, y le dije que se lo había dicho, y que me ratificaba en ello, porque él en nuestra entrada cuando nos topó en Santa Rosa, como noto en el Tomo Primero, capítulo VI, nos contó que siendo corista, se había huido de la casa grande dejando los estudios, y que anduvo tres años tierra arriba, y no volvió hasta que con letras patentes hechas de propia mano, se hubo ordenado en Trujillo de sacerdote.

A la que el lego soltó la proposición, le dije: Es un pícaro, y usted tan pícaro como él, porque cuando nos fuimos de aquí, todas las ollas, sartenes y peroles que nosotros trujimos de España, usted se quedó aquí con ello, y nos avió con una olla de barro que se quebró en la primera jornada, y hasta Pueblo Viejo no se pudo cocinar. El alegó que el Comisario se lo había dicho, y yo respondí: Pues por esto digo que uno y otro son unos pícaros. El Padre Baquero se quiso meter de su parte, y le di un respingazo, que no es decente escribirlo, y los dos se fueron, y no me volvieron a hablar hasta que me fui.

Cinco días estuve en Santa Rosa, y el quinto día vino el Comisario y me dijo: Padre Juan usted está flaco; si quiere salir a Almaguer a convalecer se le aprontará avío. Yo le dije que sí, y que el otro día partiría. Él me dijo: También le daré carta para el señor Gobernador de las misiones que allí está para que lo conduzca a Popayán, si quiere bajar allá a convalecer. Yo le respondí que estaba bien, y que en amaneciendo el día me iría. Había entonces en Santa Rosa entre bueyes mansos, mulas y caballos sobre setenta cabalgaduras; y cuando fue la hora de partir, me dijo que era preciso irme a pie, porque las bestias estaban cansadas y no podían emprender por entonces el camino del páramo, y así que mis cuatro indios sibundoyes que me habían acompañado, supuesto que iban a Almaguer, me acompañarían llevando mis trastos.

A lo que me hizo la propuesta, al instante conocí que él tiraba a que yo viéndome tan flaco temiese a pasar a pie el páramo, y que me quedase en Santa Rosa, a ver si me componía con él y me allanada a volverme para dentro a mi pueblo. Porque aquellos días las mujeres mestizas que asisten en el convento me dijeron que el Comisario había despachado a Almaguer a traer azúcar y harina para darme un buen avío cuando yo convalecido me volviese a mi pueblo, y que tanto había sentido mis trabajos del camino, por mi poca asistencia. A la propuesta que él me hizo de salir a pie por el páramo, yo no le hice repugnancia alguna, antes dije que gustoso iría. Yo partí con los cuatro indios sibundoyes, con la escopeta al hombro y el machete a la cintura, y sólo dejé en Santa Rosa mis ornamentos de decir misa, para cuando volviese. Yo había almorzado un pedazo de pollo asado, y no volví a comer hasta la tarde cuando llegamos al tambo.

Yo aunque oí la propuesta del Comisado de que me había de ir a pie, nunca creí que lo permitiese, sino que era emboscada para atacarme el paso; pero cuando vi que en realidad me dejaba ir a pie tan flaco como estaba, y por un páramo tan rígido y fragoso, dije entre mí: o este hombre se hace la cuenta que yo así me quedaré muerto en el páramo, o éste carece de piedad. Ya que reposamos un rato, sacamos candela, y cuando yo aguardaba que los indios trujeran un grande avio para los cuatro días de camino les hubieron sólo dado para mí un trozo de mono asado y nueve arepas de maíz, y para ellos un envoltorio de yucas y camotes. Ahora es de advertir que en Santa Rosa había cría de más de cuarenta ovejas y cameros, y había cría de cuyes y un gallinero de más de doscientas gallinas. Entonces acabé de conocer la ruindad y tiranía de este hombre.

El segundo día fue el peor, porque a poco rato de haber salido del tambo, comenzó a llover y fue lluvia de todo el día, y así que el agua me llegó a penetrar la ropa y mojar el cuerpo. Como ya entrábamos en lo más helado y rígido del páramo, entróme el frío tan desmedido, que me hacía rechinar los dientes, y me duró hasta lo última de la tarde. Varias veces nos hubimos de parar, porque ya me faltaba el ánimo para pasar adelante, y por esta causa no pudimos alcanzar el tambo, y nos cogió la noche en medio del páramo sin abrigo ninguno. El indio que me llevaba la cama, ya con el llover y ya con un tropezón que dio en un pedazo de lodo claro, toda se enlodó; y por peor el puesto donde nos paramos a pasar la noche era un cenagal que tenía una lama de cuatro dedos que sobre él había tejídose, todo esponjoso, que al pasar, como una sartén que fríe, despedía el agua que abajo y adentro tenía.

En lugar pues tan sin abrigo y desacomodado nos cerró la noche, y nos arranchamos entre dos árboles, y esta noche no se pudo prender candela por falta de leña, porque, aunque la habla, era verde, y así el frío nos entró también en la barriga, porque pasamos sin cenar la noche. Yo, viendo la cama llena de lodo, y chorreando todo, ni siquiera abrí el colchón, sino que desnudándome del todo, pasé la noche velando encurrucado y abrigado con el manto. El único consuelo que tuvimos fue que una de aquellas mujeres de Santa Rosa, antes de partir me dio dos libras de cigarritos de tabaco bueno, y toda la noche la pasamos chupando.

Ya que vino el día comenzamos a caminar aprisa, y a cosa de media legua llegamos al tambo que llaman San Cristóbal, como noto Tomo Primero, capítulo VI. Aquí nos paramos a hacer candela y comer lo que llevábamos, caliente. Yo me volví a desnudar la ropa mojada para secarla, y estuvimos cerca de dos horas parados, y confiados que aquella tercer jornada no tiene sino cuatro leguas. Yo después que comí un trozo de mono que me había quedado, y dos arepas, me bebí una ollita de agua cocida con hoja de canela, que me dio mucho vigor y aliento. Volvimos a partir, y todo el día lo pasé bien. Llegamos temprano al tambo, y se hizo buena candela, y pude secar el colchón para dormir. El otro día también tuvimos buena jornada, sólo sí, que como es la que tiene más lodo, llegué al Pongo, que es el principio de nuestra misión, como noto Libro Primero, capítulo VI, todo enlodado hasta la cintura, y las manos todas ensangrentadas y cortadas de cortadera.

Al llegar al pueblo nos recibió el alcalde en su casa, y al instante mató un gallo para cenar aquella noche. Yo de pronto hice mi cama, y su mujer me calentó agua para lavarme, y ya limpio me acosté, y ella aquella noche lavó toda mi ropa y la secó a la candela. A buena hora cenamos todos bien con pan que hubo, y yo ya había siete meses que no lo había probado. Y después dormí toda la noche con mucho alivio y descanso. Por la mañana me dio bien de almorzar, y después me tuvo prevenido un caballo y un peón que me acompañase a Almaguer, en donde llegué a las cuatro de la tarde, y me fui a hospedar a casa del sacristán clérigo, con quien yo a la entrada había contraído amistad, y allí hallé ya mis trastos que mis indios con ellos se me habían adelantado.

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