(continuación capítulo V)
Yo al acabar el novenario de misas ya me encargaron otro, y
nunca me faltó misa que aplicar, y todo cuanto fui adquiriendo de
estipendios y limosnas lo deposité en doña Casilda. Ya después de
la misión vino el Padre cura y a breves días me prestó el Padre
cura un ornamento y empecé a salir por las minas, y lo primero me
fui con don Juan Esteban a su mina. El mercedario corcovado le
había ganado la voluntad y allí lo hallé en la mina. Él llevaba la
Virgen en un cajón, muy hermosa y bien adornada. Llevaba juntamente
un apero a fin de cantar la salve después de rezar donde anochecía,
aunque los dos tenían la voz desgraciadísima. En esta mina estuve
ocho días, y el empleo fue a la noche después de rezar la corona y
cantar mi salve coblada, hacer a los negros una plática de doctrina
cristiana y un punto de confesión. Y la tarde última confesarlos a
todos, y el otro día después de misa darles la comunión. Este
estilo guardé en todas las minas.
Don Juan Esteban, como era tan charlatán, entre varias cosas me
contó una. Fue que cuando él era mozo, antes de cuaresma cada año
iba de Quito a Barbacoas un religioso, que ellos lo llamaban el
Padre Cásate, denominación que contrajo por lo que diré. Él no
quería confesar mujeres, sino hombres, y el que le caía a los pies
y confesaba alguna culpa contra el sexto precepto, lo agarraba del
pelo con una mano, y con la otra dábale golpes o guantadas duro,
duro, diciéndole en lo interim: cásate, cásate. De ahí
resultaba que todos los caballeritos de la vida airada, como sabían
que jamás negaba absolución a nadie, se juntaban para irse a
confesar con él. Iba el uno y los otros se ponían en cuadrilla a
atisbar desde la puerta de la iglesia a ver cómo el Padre pelaba al
penitente, y al verlo agarrar del pelo y darle puñetazos, allí era
que los que miraban armaban su comedia de carcajadas. Esto, dije
yo, era hacer la penitencia antes de absolverlos. Los indios lo
querían mucho y lo regalaban, y cuando él encontraba alguno que no
se había confesado con él le decía: Fulano, ¿ya te confesaste? Si
el indio le decía que sí, preguntaba él: ¿Y confesaste todo? Y
muchos le decían: Todo no, ya he guardado para vos un poquito. Y
entonces por Semana Santa iban a confesar lo que habían dejado para
confesar con él.
Un día dióme gana de comer un pedazo de mono y díjele a don Juan
Esteban que mandase alguien a traer un mono para cenar. Fue un
mulato al monte, y a la tarde se vino y trujo dos bizarros monos.
Mi chapetón don Francisco a lo que vio los monos muertos, me dijo:
Padre, no sea cosa que esta noche nos den carne de mono. Yo le
dije: ¿Quiere usted callar la boca? ¿A nosotros nos darían eso?
Esto es para los negros. ¿No vio usted aquel mulato que los trujo?
Pues esto allá lo guisan ellos para los negros. Yo avisé a don Juan
Esteban para que ninguno de la mesa diese a entender que lo que se
cenaba era mono. Así se hizo. Todos hicieron el disimulado, y
cenamos los monos, sin que don Francisco reparase en lo que comía.
Ya después de la cena, rezar y plática, díjele yo a don
Francisco:¿Quiere usted un platito de mono, de aquellos que
trujeron? Y él: ¡Jesús, antes me muriera de hambre que comer mono!
Pues y la cena que ha cenado usted, ¿qué era? Él respondió: A mí me
ha parecido cosa de tocino o jamón. Pues sepa usted que lo que ha
cenado era mono. Al oírme la proposición, no hizo más que arrimarse
a la barandilla del corredor y ponerse la mano en el pecho, y
vomitó cuanto tenía en el pecho con la fuerza de la
imaginativa.
Don Juan Esteban había encontrado río arriba, pegada a su mina,
otra mina muy pingüe, y ya tenía sacada la licencia para cavarla, y
aguardaba acomodar con ella a su hija mayor para dársela en dote
con algunos negros. Sólo faltaba novio a propósito con quien
casarla. Este casamiento se hizo al cabo de algunos meses con don
Elías Ortiz, hacendado en la provincia de los Pastos y morador de
Ipiales. Vino pues a Barbacoas este caballero por cuaresma,
trayendo ochenta mil pesos en plata para trocar por oro en polvo y
algunos negros y negras esclavos con ánimo de venderlos. Don Juan
Esteban se valió del mercedario corcovado para que le propusiese el
casamiento, ofreciéndole doscientos pesos para la Virgen si lo
conseguía. El leguito se dio tal maña que lo consiguió, y se
efectuó el casamiento tres días antes que yo saliese de Barbacoas.
Ellos se convinieron en que el dote, que a más de la mina y algunos
negros que había de dar a la novia, le diese también diez mil pesos
prestados, y éstos se los devolvería don Elías en cargas de carne
de su hacienda, y así quedaron ajustados.
Varias veces me había dicho don Juan Esteban: Padre, para la
limosna que le tengo de dar, nos iremos un día a pasear a la mina
nueva y sacaremos algunas bateas de tierra, y lo que saliese de oro
será la limosna, que yo le aseguro que será buena. Ya pero que
concluí mi obra en su mina, me dijo: Padre, ¿qué estima más,
veinticinco pesos que en plata le daré, o que vamos a ver lo que
sale de la mina nueva? Yo le dije: Vale más un pájaro en la mano
que diez que vuelan, pero con todo usted de lo que quisiese, que
con ello me contento. Entonces sacó la plata, y la entregó a mi
chapetón don Francisco, y quedé en irme el otro día a la tarde.
Además de esto cada negro y negra me dio también su limosnita,
cuáles a dos reales, cuáles a real, y los menos a medio
real.
Ya el otro día cerca las diez llegó una canoa en que venía don
Marcos Cortés, que iba para su mina, que es la que está más arriba
del río, cosa de dos leguas más arriba de la mina nueva de don Juan
Esteban, y por la buena ocasión me embarqué con él, y me fui a su
mina. Este caballero se caso con la hija de un cura de Tumaco, y
tenía ya cinco hijos chicos, y a la sazón la mujer grávida. Él me
había cobrado algún afecto por lo que ya digo: Es el sobrino de
doña Rosa, de quien tengo ya hablado, y primo hermano de don Juan
del Castillo, y antes de casarse tuvo un desliz con una mulata
esclava de su tía doña Rosa, de cuyo congreso ella parió un mulato.
Tenía ya el mulato catorce años y don Marcos, viéndose ya algo
prosperado, habiendo pedido a su tía que supuesto que no ignoraba
que el mulatito era su hijo, que le diera la libertad, que parecía
muy mal que señora y esclavo fueran una misma sangre, con todo
jamás lo había podido conseguir; me empeñó pues don Marcos en la
misión, para que hablase a su tía para que le vendiese el mulatito,
porque siendo su hijo, no lo quería esclavo, sino libre. Yo hablé a
la señora, y ella se cerró en que no quería largar el mulato. Yo le
hice presente que la ley general del Perú, que manda que cualquier
esclavo pueda libertarse entregando al amo la plata que le costó, y
el que fuese criollo lo que en la tierra en que habita es
apreciado; y supuesto que el mulato era sangre suya debía ella
antes solicitarle la libertad, ya que no se la quería dar. Ella
entonces se cerró en que el mulatico ya tenía catorce años, que en
Barbacoas valía trescientos pesos. Ellos mis pasos me costó, y por
fin conseguí que le hiciese la gracia de cien pesos, y con
doscientos lo rescató su padre don Marcos.
Este pues caballero don Marcos cuando se casó estaba pobrísimo,
que no tenía más que dos esclavos y una esclava que le trujo en
dote su mujer, lo peloteó algunos años la fortuna, porque iba él
enfermizo, y con sus tres esclavos se iba a trabajar como un
esclavo para poder comer un pedazo de carne con plátanos. Su primo
don Juan del Castillo había dejado un corte de mina, porque apenas
rendía oro alguno, y le dio licencia de si lo quería trabajar que
fuese allá. Entró don Marcos al trabajo con sus tres esclavos y a
los cuatro meses pónese a limpiar lo que había trabajado. Era esto
cerca de la Pascua de Navidad, y el día de Inocentes se publicó un
papel bullesco de lo que pasaba en Barbacoas, y ponía por
gobernador de los leprosos de caudal a este don Marcos Cortés. Ya
pues que empezó a lavar lo trabajado, empieza a encontrar bastante
oro en la mina. Divulgase la noticia de la gran cantidad de oro que
encontraba don Marcos Cortés, y como el oro hace mucho ruído,
despierta la codicia de su primo don Juan, y va y quítale la mina
que le había largado por mala y pobre, y le dice que si quería
mina, que vaya a otro corte que tenía más abajo. Ya volvió a quedar
desaviado don Marcos, y le fue preciso salir de la mina de su
primo. Con todo con el oro que hubo encontrado compró otros tres
esclavos. Pasó pues al nuevo corte, que por malo había dejado su
primo, y trabájalo otros cuatro meses, y al lavarlo vuelve a correr
la voz que había tanto oro en la mina, y a las voces vuelve su
primo a quitárselo. Él entonces con el oro que había hallado la
segunda vez va y busca esta mina que entonces tenía, saca la
licencia de cavarla con sus seis esclavos. Compone estanque y
fabrica casa, y empieza a trabajar, y le dio tan bien la fortuna
que con el oro que había encontrado y había adquirido diez y ocho
esclavos y a la sazón que yo subí con él, había comprado seis
esclavos más al nuevo Teniente, a pagar en seis meses en oro en
polvo.
Llegamos pues a la mina, y esta fue la primera vez que vi este
modo de trabajar estos minerales de criadero. Aquí me estuve otros
ocho días, y como el corte de la mina estaba cerca, iba todas las
tardes un rato a ver trabajar la gente de este modo. Al canto de la
barranca y al chorro del agua se ponía el mulato que era el caporal
de la cuadrilla con otro negro, cada cual con su barretón de fierro
de arroba y media, e iban desmoronando todo lo que podían de
piedra, cascajo y tierra. Abajo donde caía había otros dos, que
también con sus barretones lo iban apartando y conduciendo para el
canalón. Los demás negros y negras, unos iban con el agua que
corría lavando y limpiando muy bien las piedras grandes, porque en
ellas se están apegadas las lentejuelitas del oro, y ya limpias,
las acarreaban donde no pudiesen jamás estorbar a la obra. Otros
con bateas iban lavando el cascajo y lo apartaban también, y a
ratos venía el caporal, y con dos palas de fierro puntiagudas y
arqueadas, que llaman almojafres, iban por todo el canalón desde
arriba hasta abajo paleteando el cascajito menudo y la arena, para
que el oro, como más pesado, se asolase abajo. Un día le dije a don
Marcos si tenía algunas manchitas de oro aquel corte de mina, que
en largo tendría unas treinta varas que es lo regular en todas.
Ahora lo verá, me dijo. Llamó al caporal, y con un almojafre sacó
de la pared o barranca una batea de tierra, y con el agua que
corría en el canalón, empezó a lavar el cascajo, y lo sacaba hasta
que lo depuró que quedó sólo la marmajita y el oro. Dio entonces
una revuelta e hizo correr la marmajita con el agua y se descubrió
una ceja de oro que tendría media cuarta. Así fue probando y
sacando bateas de tierra en siete u ocho puestos, y sucedió lo
mismo, en unas partes más, en otras menos. Y entonces me dijo don
Marcos:De estas manchitas habrá unas quince o diez y seis en
todo el corte. Yo le pregunté si perseveraban cruzando toda la
mina, y me respondió que no, sino que duraban una o dos o tres
varas adentro, y que en acabándose unas, se descubrían otras. Y
para saber ellos y hacer el cálculo, cuánto oro dará la mina a los
tres o cuatro meses que se depura todo lo trabajado, continuamente
tiene el cuidado el caporal de ver estas manchitas cuánto duran, y
si en lo interim salen otras en otros lugares, y juntamente de
registrar cerca de la peña, cosa de media vara arriba, a ver qué
oro da, porque las manchitas por lo regular están una vara o vara y
media arriba de la peña. Porque en todo lo demás de la barranca,
como sólo hay oritos regados, ya saben ellos poco más o menos lo
que dará.
Tenía don Marcos en su mina una matas de badea. Es una mata que
bejuquea como la calabacera, y su hoja algo se parece a estas
calabaceras que dan los calabazos largos como cohombros; mas su
flor es perfectamente una rosa de pasión, sólo que tiene más de un
palmo y medio de ancho. Da unas frutas como un melón, de la misma
hechura y grandeza; pero sólo cría un poco más de un dedo de carne,
y en lo hueco de adentro cría tripas blancas como las del melón,
sólo que las pepitas son chiquitas y tienen la cáscara blanda, que
se masca sin ningún fastidio ni violencia. Díjome pues un día don
Marcos: ¿Esta tarde que no tomará una bebida de badea para
refrescarse? Yo como hasta entonces no había visto esta fruta,
pensé que exprimían o prensaban el jugo de la carne de la badea, y
esto era lo que se bebía. Yo le dije que sí. Ya a la tarde se trujo
una badea madura, la cortó por en medio, y en una tembladera grande
de plata puso todas sus tripas; púsole después unas tres cuartillos
de agua, y lo fue mezclando con una cuchara de plata. Ya que estuvo
bien mixturado, le puso unas cuatro onzas de azúcar; púsole su
polvo de canela, y cosa de un cuartillo de vino bueno. Todo se
revolvió bien, y en un vaso de cristal lo bebimos. Tiene un gusto
tan especial, que sólo a la horchata que fabrican en Marsella lo
puedo algo comparar. Es de las bebidas más ricas y sabrosas que yo
he probado en mi vida, y en un instante se conoce la frescura que
da al cuerpo. Yo acabada mi tarea, me dijo don Marcos que la
limosna me la daría en Barbacoas, y así sólo llevé lo que dieron
los negros.
Con una canoa suya me bajaron a la mina de los pleitos del
doctor Gaudé y don Sebastián. En ella estuve otros ocho días. El
dueño de la mina tenía allá un sobrino suyo que le gobernaba una
parte que le había dejado para su manutención; y las otras dos
partes estaban divididas, cavándose la parte del doctor Gaudé y don
Sebastián cada cual para recobrar lo que el dueño le debía. Este
pues sobrestante me contó este caso:Yo, dijo, en años pasados
estaba con mi cuadrilla de negros cavando una mina que hay en el
desemboque del río Güepí, que entra en el río Gualí, cosa de unas
dos leguas más abajo de Barbacoas, la que está al lado de la mina
de doña Luisa Cabezas, cuya mina es muy pingüe, y habiéndola yo
toda cateado, hallé que daba pinta de muchísimo oro, muy fino y
granado. Habiendo pues ya trabajado cosa de cuatro meses, y estando
ya para querer sacar el oro, una tarde vino un indio y me dijo: Mi
amo, tú no sabrás sacar el oro de esta mina y te huirá. Si quieres
que yo te lo saque, yo te lo sacaré, y mira que hay muchísimo en
esta mina, y te lo haré venir todo en el canalón. Yo, digo, me hice
la cuenta que era enredo del indio, y aunque ya me avisaron cuando
entré a cavar esta mina, de que estaba encantada, no hice con todo
concepto de lo que me dijo este indio. Él viendo que yo no hice
aprecio de su dicho, al cerrar la noche tomó su canoíta, y se fue.
Ya pues en breve me puse a limpiar el canalón, y allí se veía
muchísimo oro que yo me hacía la cuenta que depuraría más de una
arroba de oro; pero a la verdad, al sacarlo con la marmaja del
canalón para depurarlo, el oro se iba desapareciendo de modo que
apenas llegó a ocho onzas el oro que se sacó, pesándome muchas
veces de haber despreciado el consejo del indio, y como yo no lo
conocía ni sabía en dónde paraba, me quedé sin mi oro. De esta mina
no saqué sino la limosna que dieron los negros.
Bajáronme con la canoa a la mina de don Juan del Castillo, y en
ella estuve seis días, y congregué la limosna que dieron los negros
y mulatos, y don Juan dio veinticinco pesos, y de allí pasé a la
mina de doña Rosa. En ella había un mulato libre muy rico que la
gobernaba. Él era muy teólogo, y me dijo:Padre misionero, de
esta mina siempre se saca la mejor limosna, porque la señora da
veinticinco pesos, y yo le daré otros cinco, y yo siempre mando a
los negros que cada uno dé a dos reales, y para que todos den, yo
le congregaré toda la limosna. Yo en ella me estuve ocho días, y
como el mulato era tan teólogo, me contó entre otras cosas lo que
sigue:
Yo, dijo, nací en esta mina cuando mi señora doña Rosa era moza, y
mi padre fue caballero, hombre blanco, que habiendo venido a
Barbacoas a pasear, tropezó con mi madre que era negra, y esclava
de mi señora doña Rosa, y de este tropiezo nací yo. Me crié
esclavo, y ya desde niño aprendí a leer y escribir. Ya que tuve
doce años volvió mi padre a Barbacoas, y no me quiso conocer por
hijo. Mi señora me estimaba, y mi amo también, porque yo le
escribía todos los apuntes de las cosas de la mina, y de quince
años me casaron con una mulata blanca también esclava, que es mi
mujer. Yo de ella he tenido estos dos hijos y dos hijas que usted
ha visto, y todos nacieron blancos como usted los ve. Yo con mi
trabajo he rescatado toda mi familia, y todos ya somos libres, y
después he comprado siete piezas de esclavos que tengo, y trabajo
aquí con licencia de mi señora mi corte de mina de mi cuenta con
mis hijos y esclavos.
Yo le pregunté cómo había adquirido tanto. El me respondió:
Padre, esto es aquí fácil de hacer en siendo esclavo que tenga
juicio, como lo he hecho yo y lo han hecho varias familias de
negros y mulatos que verá usted cuando vaya de Barbacoas río abajo.
Yo le dije que me explicara este punto, porque me parecía
dificultuoso, porque sabía que cuanto adquiría un esclavo era a
beneficio de su amo. Entonces me dijo él: Padre, en Barbacoas los
señores que tienen esclavos no les dan más que una libra de tasajo
a cada uno para la semana, y cinco plátanos para cada día. Todo lo
demás de vestir, sal, manteca y tabaco para chupar, etc., el
esclavo lo ha de buscar, y para ello les dan licencia los domingos
y fiestas para que vayan a catear oro en alguna parte que les
señalan dentro del distrito de la tierra de la mina del amo.
Yo a lo que me vi ya con mujer y dos hijos, y vi juntamente que
todos íbamos siempre hambrientos y andrajosos, abrí los ojos,
determiné a fuerza de trabajo buscar para salir de esta
infelicidad, y abrí con mi mujer un cortecito de mina, y todos los
domingos y fiestas mucho antes de amanecer ya estábamos en el
trabajo, y lo regular era después de haber trabajado todo el día,
después de cenar, volver allá y trabajar hasta la media noche. Así
perseveré trabajando todo un año, añadiendo ir toda la semana
después de cenar a trabajar de noche dos o tres horas. Ya al cabo
del año lo limpié, y guardé todo el oro que hallé. Y así perseveré
tres años continuos, y al cabo de ellos hube juntado trescientos
pesos, y con ello lo primero rescaté dos criaturas que había parido
mi mujer, porque así chiquillos no valen más de ciento cincuenta
pesos, y ya tuve estos dos hijos libres. Yo y mi mujer perseveramos
trabajando hasta que junté quinientos pesos más, y con ellos
rescaté lo primero a mi mujer. Y después volviendo a trabajar, me
llegué a rescatar a mí, y en el tiempo que esto duró, mi mujer me
volvió a parir otros dos hijos, y como ya la madre era libre, ellos
ya nacieron libres.
Ya que hube libertado a toda mi familia, murió el caporal
principal de mi amo, y entonces se echó mano de mí para que entrase
en su lugar, con el pacto de mantenerme toda la familia y cuatro
reales diarios de salario para mí. Ya después de algún tiempo murió
mi amo, y mi señora me añadió otros cuatro reales diarios. Con este
dinero poco a poco he ido comprando los esclavos que tengo, y con
mis dos hijos varones les armé un corte de mina. Mi mujer y mis dos
hijas aquí lo gobiernan todo, y mi señora las quiere mucho. Yo le
gobierno la cuadrilla y trabajo cuando quiero y saco el oro cuando
me da la gana, y en siendo cosa que yo haga, ya mi señora lo da por
bien hecho. Yo le entrego el oro, ni jamás me ha pedido cuenta; yo
gasto y yo compro, y llevo todo el mando, y mi señora siempre me da
algún regalito, porque fía más de mí que de su propia gente, porque
con mi cuidado yo le he aumentado la cuadrilla, y si se le ofrecen
de pronto media docena de libras de oro, yo las tengo y se las
llevo, y así todo cuanto ella tiene está a mi mandar y una total
disposición. Él me congregó la limosna de los negros, y todos
dieron a dos reales, y él de su parte dio cinco pesos, y la señora
en Barbacoas dio veinticinco.
De esta mina paso a la de más abajo, que era de la señora doña
Angela, y en ella estuve también otros ocho días. En ella hallé a
su yerno don Santiago que es el que la gobierna. Un día después de
comer se fue al corte don Santiago, y yo no pudiendo agarrar a
dormir la siesta con el calor, me estuve paseando hasta que conocí
que ya era hora de rezar
Vísperas y Completas, y estando ya
concluyendo, salió de la cocina una negrita que había quedado en
casa con la negra cocinera. Ella tendría unos doce años. Llevaba un
totumo grande en la mano, e iba al río por agua. Baja la escalera,
y al llegar abajo deja la cantina con que iba, y prorrumpió en una
blasfemia, la mayor que se puede decir, y al mismo tiempo
graciosamente dio un salto como quien había dicho alguna
graciosidad. Ya se supone que ella no advirtió lo que había dicho.
Yo me quedé horrorizado y sin saber de pronto lo que debía
hacer.
En aquel mismo instante empecé a batallar entre mí, si la
llamaría, y haciéndole el cargo, darle cuatro moquetazos, o si
sería mejor aguardarla a que viniese con el agua y entonces
castigarla. En esto me acudió pensar que el diablo era el que había
pronunciado por su boca tal blasfemia, o para vengarse de la guerra
que yo le hacía en estas minas enseñando por menudo la doctrina
cristiana a estos pobres negros, o que lo había procurado a ver si
yo hacía el omiso a que se castigase dicho tan horroroso. A vista
de estos y semejantes discursos, volvió la negrita con el totumo de
agua, y yo contuve la ira, haciéndome la cuenta que era digna de
mayor castigo del que yo le podía dar. Aguardé a que viniese don
Santiago y le di parte de lo hecho. Él al instante sacó el azote, y
tomándola a cuesta una negra, le dio azote bastante, hasta que
acudí a quitársela. Otro día a la tarde díjome don Santiago: Padre,
vamos a la mina y sacaremos una batea de tierra de una manchita, y
el oro que saliese será para una misa para las almas del
Purgatorio. Nos fuimos los dos a ver trabajar, y al cabo de rato,
llamó al mulato caporal y le dijo: Ea, saca de aquí una batea de
tierra, que es para el Padre, para la misa de mañana. El mulato
tomó la batea, y quitó dos piedras que había puestas en un agujero,
y con el almocafre empezó a escarbar en el agujero y llenó la batea
de tierra y cascajo. Allí mismo en el canalón, antes de lavarlo,
tomó don Santiago una piedra que había dentro de la batea, y me
dijo: Mire usted, Padre, las lentejuelas de oro que tiene apegadas.
Yo tomé la piedra en las manos, y estaban las lentejuelas allí
apegadas a la piedra que se vejan unas más grandecitas que las
otras, y juntamente muchos oritos menudos como arenilla y nigüitas
ahí regadas. El mulato lo limpió al chorro del agua del canalón
hasta depurarlo de la marmajita, y la envolvió don Santiago en un
papelito, y me lo dio diciendo: Más de una cuarta de oro hay. Ya
que llegarnos a casa se pesó y tuvo un poco más de
cuarta.
De esta mina pasé a la de don Francisco Ortiz, que estaba allí
junto de la otra parte del río. En esta mina estuve también otros
ocho días. Don Pablo Quiñones, que ya tenía noticia de mí, porque
su hermano don Juan le había escrito mi llegada y la misión que
había predicado, y juntamente que iba yo visitando las minas de
Barbacoas río arriba, él, deseoso de conocerme y tratarme, se vino
por tierra, porque tiene por el monte camino hecho desde su mina de
Maguí hasta Barbacoas, por la dificultad que hay de haber de
arrastrar las canoas por tierra desde el dique de Gualí al río
Maguí, y haciéndose la cuenta que yo ya no estaría muy lejos de las
minas más cercanas a Barbacoas, se vino a salir delante de la mina
de don Francisco Ortiz donde yo estaba. Dio voces, y al instante
fueron con una canoa y lo trujeron. Allí como yo ya estaba avisado
de su hermano don Juan, le hice aquel agasajo que debía, y desde
entonces quedamos muy amigos.
Él pidió una canoíta chica, y aquella tarde se fue para
Barbacoas adonde había yo de volver en breve. Yo acabé en esta
mina, y se congregó la limosna de los negros, y don Francisco dio
una cuarta de oro en polvo, y me bajé en Barbacoas. Ya estábamos
sobre la Navidad, y yo resolví no volver a salir hasta después de
las Pascuas. Aquellos días me mandó doña Angela su limosna de
veinticinco pesos, y don Juan del Castillo doce. Por estos días se
subió a su mina don Marcos Cortés, que había bajado al parto de su
mujer, y le instaba pagar seis negros esclavos, que había comprado
al Teniente a pagar por Pascua de Navidad. Él hizo esta contrata
esperanzado en que tenía cuatro meses trabajando en la mina, y que
según las catas que de continuo se dan, tendría suficiente para
pagar los tres mil pesos que importaban los seis negros. Llegó a la
mina, y mandó aparejarla para sacar el oro limpio, y lo primero fue
a sacar la cabecera del canalón, en donde por lo regular suele
estar la mayor porción de oro. Lo hizo limpiar, y no halló más que
tres libras de oro. Al ver esta escasez, se le heló la sangre, y
haciéndose la cuenta que no alcanzaría todo a la mitad de la deuda,
se bajó de la mina rabiando con ánimo de ir a deshacer el trato con
el Teniente, y su mayor cólera era, porque él quería aquel año
salir de Alcalde, cuyos puestos se dan el día de Pascua de Reyes, o
el primer día del año, no me acuerdo bien, y si deshacía el
contrato con el Teniente, se descomponía con el que era su
principal empeño, y le saldría mal la alcaldía que deseaba.
Con todo se contuvo de dar parte al Teniente, aguardando la
noticia de su mulato caporal que había quedado limpiando el resto
del canalón. Al cabo de seis días bajó el mulato, y llévale
veintidós libras de oro, que había el oro corrido más abajo del
canalón de lo regular. Al darle la noticia fue tal el alborozo y la
alegría que tuvo don Marcos, que de pronto dio la libertad al
mulato que era esclavo. Fuese luego y pagó al señor Teniente, el
cual viendo que don Marcos se adelantaba en pagarlo antes del
tiempo destinado, le prometió absolutamente que saldría de Alcalde
aquel año, y venido el día por este respecto, lo eligieron. El día
segundo de Pascua me vino a traer la limosna, y cuando yo aguardaba
una gran cantidad, como de hombre agradecido al beneficio anterior
que yo con su hijo le había hecho, y ya también por el hallazgo de
la referida cantidad de oro tan no esperada, y la alegría de la
Alcaldía que tenía ya segura, me dio un dobloncito de a cuatro
pesos. Yo me callé la boca y así quedó.
Ya que vino la Nochebuena se adornó el altar con un decente
aliño de Nacimiento con unos nublados de algodón suspensos en el
aire con hebras de seda, de entre los cuales salía una avenida de
luz con el Ángel de Gloria. A la hora competente nos congregamos
siete sacerdotes en la iglesia, y nos pusimos a cantar los
maitines, y estando ya en la
nona
lección,
iba el sacristán encendiendo velas al Nacimiento para descubrir al
Te Deum al Niño Jesús, y como había varias velas bajo los nublados
del algodón, pegóse fuego al uno y como es tan delicado, en un
instante se pegó a los otros, y llegaba la llama a las tablas del
techo, y se iba introduciendo en una claraboya que tiene el techo
de cosa de una vara de ancho, y el techo a la parte de afuera
también es de tablazón.
La fortuna fue que al instante saltaron varios sobre el altar y
lo pudieron apagar, que al no ser tan de pronto, pudo haberse
quemado toda la ciudad. Pero aunque de pronto se atacó no se pudo
atacar el susto. Y este fue para todos grande, y con razón, porque
la iglesia y las casas todas son de madera, y éstas están apiñadas
unas con otras y todas tienen la cobija de hoja de palma, y así al
prenderse en la iglesia el fuego, era preciso en medio cuarto de
hora haberse quemado toda la ciudad.Yo de mí puedo decir que
más atendí a ver dónde estaba el portal para escapar, que a mirar
si se atacaba o no. En aquel instante se movió bastante confusión
en la iglesia de gritos y alaridos de mujeres, y varios y varias
que se escaparon huyendo a echar las canoas al río para irse. Y
después el otro día decían con chanzoneta de varios que eran
codiciosos y don Fulano o doña Fulana había ido a tomar su papelera
bajo del brazo, y tiraba al río la canoa. Ya que se sosegó y se
prosiguieron los
maitines, al llegar al Te Deum, fue el cura
y tomó al Niño Jesús, y se ordenó una procesión que salió por el
portal mayor y fue a entrar por el menor.
Es en Barbacoas estilo que en el presbiterio entrega el Padre
cura al compadre del Niño el Niño, y éste lo entrega a la comadre,
y ésta lo lleva en brazos hasta la entrada del portal menor. Al
llegar allí se para la procesión, y el Padre cura pregunta al
compadre a quién elige para compadre para el otro año. El compadre
dice: Yo elijo a don Fulano, en voz alta, y la comadre dice: Y yo
elijo a doña Fulana. Los electos al instante comparecen y se les
hace la entrega del Niño, y tomándolo la comadre, se prosigue la
procesión hasta el presbiterio, en donde lo toma el Padre cura y lo
da a adorar al pueblo, y cada cual da la oferta que quiere, cuál a
peso hasta medio real. Mas es de advertir que el compadre y la
comadre que eran actuales pagan todo el gasto de adorno del
Nacimiento, cera, maitines, entremés y misa cantada; y el día de
Navidad mandan un regalo a todos los sacerdotes y a todas las
familias de la ciudad, a cada cual dentro de un platón de plata,
cubierto de un paño de manos muy fino y bordado de seda de varios
colores y guarnecido de encajes finos, lleno de bizcochuelos,
confites y varios dulces y confituras, y un frasco de vino. Este
año habían sido compadres don Francisco Calderón y su mujer,
criollos los dos, y me dijo don Francisco que pasaba de ochocientos
pesos lo que le había costado la función.
Ya que se concluyó la procesión, se cantó la misa, y en lo
interim en la mitad de la iglesia se compuso un teatro para
representar el entremés, que fue la historia de la jornada de María
y José de Nazaret hasta Bélén. Estos días de Pascua hubo mucho
bureo y baile en la ciudad, porque bajaron de las minas la mayor
parte de la negrería. Allí es estilo cuando las negras vienen a la
ciudad engalarse con mucha gargantilla de oro y zarcillos y balaca
y muchas flores contrahechas en la cabeza, y algunos tembleques de
perlas. Y cuando las señoras mandan con alguna algún regalo o
recado, las engalanan con muchas cadenas de oro y todos adornos de
perlas y pedrería, y en lugar de rebozo un paño fino de manos o de
clarín, guarnecido de encaje fino, y estos días de Pascua se veía
mucho de esto.
A mí me avisaron de que en el día de Inocentes me guardase de
prestar nada a nadie, porque toman a graciosidad este día el pedir
prestadas algunas alhajas o dinero, y lo que se presté este día no
se vuelve, y si lo piden, se les responde: No nubiera sido inocente
en prestarlo; y siempre con todo se pegan algunos de estos
petardos. Este abuso me contó doña Casilda que lo habían
introducido los dos Padres misioneros de que tengo ya hablado.
Éstos ya que vino la fiesta de Inocentes, enviaron a varios
caballeros y señoras de Barbacoas a que les prestasen oro, a cuál
una onza, cuál dos y a cuál cuatro también, y con la graciosidad de
los Inocentes se quedaron con el oro. Yo ya vuelto a España he
visto esto mismo introducido por las Andalucías, y averigüé que
había nacido esta chanza en el reino de Aragón, donde estaba muy en
práctica.
Por este tiempo se estrechó conmigo con mucha amistad don Pablo
Quiñones, y entre otras cosas me contó que estando mandando
fabricar una piragua, que es una especie de barco, cuya quilla toda
la sacan de una pieza de a cuarenta o cincuenta varas, dándole de
cada lado una vara y media de plan, tajado a proporción de popa a
proa, y sobre ello plantan las falcas para entablarle el cuerpo, y
está en un río que cae entre punta de Manglares y Esmeraldas, en
cuyo medio desemboca, y lo llaman La Palma, bajó a ver la obra con
dos negros y fue a dar a la bocana del río en que hay un pueblo que
llaman La Tola, pueblo de indios y mestizos. Llaman a este pueblo
La Tola, porque todo está lleno de tolas, que quiere decir montones
de tierra, y así es porque yo le he visto, como diré a su tiempo.
Estas tolas son entierros de los indios antiguos, y como ellos
se enterraban con cuanto tenían, en alguna se ha encontrado
bastante riqueza. Allí el mar tiene sus mareas, y cuando sale queda
un pedazo de playa de lo que el agua se retira delante del pueblo,
y entonces van los indios a ver si hallan alguna cosa que de las
tolas que poco a poco va lavando el mar cuando entra de varias
tolas que están en la raya, y poco a poco se las va comiendo el mar
con sus entradas. Hállanse allí por lo regular varias figuritas
hechas de barro con mucha perfección. Yo he visto algunas como diré
a su tiempo. Hállanse también hechas de oro con los ojos de
esmeralda; hállanse también unas cuentecitas de oro hechas de
filigrana, tan chicas como la cabeza de un alfiler, y la obra tan
perfecta, que al verlas se llevan toda la atención. En Barbacoas
hay dos señoras que tienen su par de manillas de estas cuentecitas.
Yo he visto unas que las tiene doña Casilda, esposa de don Juan
Quiñones. Yo pienso que hoy día no se hallaría artífice ninguno que
se atreviese a fabricar una de estas cuentecitas, obra, la
considero tan singular por lo diminuto que es, lo perfecto y hecho
de oro en filigrana. Y lo más raro que yo en ello considero es que
esto lo fabricaron los indios antiguos sin instrumentos de fierro,
porque es cierto que no los tuvieron; y así aquí se para el juicio
en pensar que el diablo lo fabricaba, teniéndolos sujetos en la
idolatría.
Contóme pues don Pablo que un día que se paró en La Tola, a
vuelta de viaje, fuese a desmoronar con sus negros con un barretón
una de estas tolas. Al estar pues el negro desmoronando tierra y
arena, vio don Pablo caer un tolondroncito. Mira, mira, negro,
dijo, lo que es aquello. Baja el negro a cogerlo, y sacudiéndole la
tierra y arena de que estaba envuelto, hubo de ser un cangrejo de
oro, un poco menor que la palma de la mano, tan perfecto que
parecía hechura natural de la misma naturaleza, y pesado tuvo sólo
una onza. Prosiguió el negro barreteando, ya poco rato descubrióse
asomando la boca de un clarín, el redondo de cosa de un real de
plata. Mandó entonces don Pablo que poco a poco, excavando con la
punta de un machete, se fuera descubriendo lo que era. Así fueron
profundando el hoyo, y se descubrió que el clarín que era de barro
nacía de la punta de la torre de una iglesia, toda de barro con su
pretil y escalera. En proporción su claraboya con un remate
puntiagudo; una torre con sus cuatro ventanas de cada parte; una
galería corrida de torre a torre; la torre del campanario que era
muy más alta, de cuyo remate nacía el clarín. Y toda la iglesia
entejada de teja, y todo del todo perfecto. Toda la iglesia tenía
de largo media vara, y a proporción de ancho y alto. Ello se lo
llevó a Barbacoas, y ya en su casa fue a romperle la puerta para
registrar lo que tenía adentro la iglesia, sospechando si tendría
adorno y altares, y adentro hubo de encontrar otra iglesita de oro
tan acabada y perfecta como la de barro, con la circunstancia que
la puerta era movediza con sus goznes para cerrarse y abrirse, y no
tenía de alto la iglesia sino un jeme, pero obra totalmente
perfecta. Se pesó la iglesia y no tuvo sino cuatro onzas de oro.
Estas dos alhajas se llevaron a Quito y hubo un marqués que dio por
ellas cuatrocientos pesos, y las remitió a Madrid. Y ahí encontró
también algunas cuentecitas de oro hechas de filigrana de las que
llevo referidas, y éstas la mayor parte de las que se hallan en
Barbacoas, son halladas en estas playas de La Tola.
A la punta del desemboque de este río de La Palma hay una playa
de arena de un lado y otro, y a la parte que va para Tumaco,
caminando un día un indio hubo de encontrar enterrado en la arena a
un indio entero y seco, con la cabeza de oro, y en lugar de ojos
tenía dos esmeraldas. Él le quitó la cabeza y con una piedra la
aplastó y le sacó los ojos y se vino con ello para Barbacoas, y
vendió el oro y las esmeraldas, que son un poco menores que
aquellas tres que vi en Tunja y llevo referido, Tomo Segundo,
capítulo VII. Él como ignoraba lo que vendía, las dio por catorce
pesos cada una, y según lo que yo he visto apreciar a otras a
sujetos entendidos, valía cada una trescientos pesos. La una la
compró doña Casilda, esposa de don Juan Quiñones, y la tiene
engastada en una joya de peso con una gruesa cadena de oro. La otra
la compró don Julián Cabezas, su hermano, y la tiene engastada
sobre un pomo de oro en la mano del bastón.
Contóme también don Pablo que en años anteriores había venido de
Quito a Barbacoas un francés, por haberle dado noticia de que en La
Gorgona, que es una isla delante de Tumaco, al lado de la otra que
llaman la Isla del Gallo, que está mar afuera de Tumaco aquélla
cosa de tres leguas y ésta unas dos, había pesquería de perlas.
Bajó el francés a Tumaco, y de allí se pasó con unos negros buzos
que traía a La Gorgona. Las conchas están dentro de un buen puerto
grande que tiene La Gorgona. Los buzos no se atrevieron a
zambullirse allí por los muchos taurones grandes que hay que
habitan dentro del puerto, y en Tumaco que van allá continuamente a
pescar es voz común que estos pescados taurones guardan las
conchas, y que embisten a cualquiera que las quiera pescar. Bien
puede ser verdad, pero yo lo tengo por fábula, y lo cierto es que
los taurones se hacen muy grandes, y se ha visto repetidas veces en
el puerto de Cartagena (Bocachica) comerse algunos hombres que
nadaban, y como hay muchas de estas experiencias, los negros del
francés no quisieron entrar a zambullir en La Gorgona a sacar
conchas, temerosos de los taurones.