INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
(continuación capítulo V)


 

Andando pues este francés paseándose por la playa del puerto trazando sus proyectos, casualmente entre aquellas piedrecitas que suelen sacar a las playas las olas, hubo de encontrar una margarita que habría sacado el mar, un poco más grande que el huevo de una paloma; pero estaba la mitad quemada, que a lo que se deja discurrir algún rayo cayó en ella y la quemó. Con el hallazgo se fervorizó más el francés, y volviéndose a Tumaco mandó fabricar un cajón de tablazón de cedro, y le puso cuatro vidrios uno a cada lado en que estaban cuatro ventanas, todo bien galafateado y embetunado para que resistiese el agua, y bajo de cada vidrio una pala como las de horno con sus maniguetas de lona embetunadas, dentro y fuera, para que dentro del cajón se pudiera libremente jugar. A la parte superior del cajón había otra ventana, y en ella claveteó una manga también de lona embetunada, para que tomase la ventilación y respiración el que estuviese dentro. Mandó fabricar dos piedras para bajo del cajón, con cuyo peso bajase al fondo del mar. Lo armó con aparejos reales para meterlo y sacarlo. Ya compuesta la máquina, marchó con sus negros y otra gente para La Gorgona, haciéndose la cuenta que puestos cuatro negros dentro del cajón, por las lunas de los espejos habían de ver las conchas nadar sobre la arena del fondo, y con las palas las podían coger y meterlas dentro de algún canasto que les bajase, y que así era segura la pesca y sin ningún riesgo de los que estaban adentro del cajón, porque por la manga de arriba podían sin fastidio respirar. Pero puesto ya todo a punto, no hubo negro ninguno que quisiese bajarse dentro del cajón al fondo a pescar perlas, aunque les ofreció darles la libertad. Yo para mi digo que fue sobrada cobardía, porque con esta máquina no había riesgo alguno. Y hubiera sido más acertada, si en lugar de la manga superior, se hubiera hecho un cañón de dos medias cañas de cedro de vara y media de ancho o dos varas y las medias cañas juntas y argolladas con cercos de fierro con su escalera de cuerda para entrar y salir.

Ya que vino el Año Nuevo me bajé al río Maguí, y lo primero me fui a la mina de la tía de don Domingo Cabezas, que entonces estaba allí, y con ella estaba su pariente el mercedario. Aquí hay que advertir que aunque en todo el Perú se come sobradamente picante, pero en Barbacoas es con sobrado exceso; y aunque desde el principio siempre advertí en todas las minas que se templase en esto lo que yo había de comer, con todo, al llegar a la mina de esta doña Clara, se me encendió de ello de manera la sangre, que estuve catorce días sin comer más que frutas. En esta mina estuve ocho días, y en uno de ellos a la señora le dio un arrebato con el aguardiente, que pensé que se moría. Ya que convaleció mandó una tarde a sus negros que cateasen oro para darme la limosna, y no sacaron más de doce pesos y cuatro reales, y en plata me los dio, porque estimó más el oro que la plata, por la conveniencia que en ello tienen. Los negros dieron también su limosna, y habiendo ya concluído, me pasé a la mina de la difunta madre de los Quiñones.

Don Pablo estaba en Barbacoas, y me hube de componer con el negro caporal. Allí estuve también ocho días, y los negros dieron su limosnita. Aquí yo no pedí nada al caporal, ya por hacer cuenta que él talvez no tendría orden de don Pablo para darme nada, y mayormente haciéndome la cuenta que esta era la mina que me había prometido don Juan, su hermano, en que se habían de juntar los negros de los Quiñones, y habían de echar un corte de ocho días a beneficio de la misión. De aquí pasé enfrente de la otra parte del río que hay dos minas, y son la una de un chapetón llamado don Benito, casado con una mestiza barbacoeña, y la otra es de una mestiza llamada doña Beatriz de la Cruel. Don Benito fue levantado en un barco pirata que hizo varias presas por aquellas costas, hasta que lo cogieron, y él con otros tuvieron modo y se escaparon, y de ellos a varios los cogieron después de tiempo y los ahorcaron, y este don Benito vive en este río Maguí medio oculto, temeroso, y sólo va a Barbacoas a aperarse de víveres. La doña Beatriz fue moza volantona que anduvo algún tiempo perdida por Quito, hasta que engañó a un quiteño con quien se casó y lo trujo a su mina de Maguí. Las dos minas tienen pocos esclavos y unos mestizos que las trabajan, y en las dos, cuyas casas están juntas, estuve ocho días. Todos dieron su limosna, y los dueños dieron cada cual su doblón de a cuatro.

Ya el último día tuve noticia que bajaba para su mina don Pablo Quiñones, y habiendo partido río arriba, me encontré con él en el embarcadero, que le acababan de arrastrar la canoa desde el dique del río Gualí a Maguí, que será un pedazo de unos quinientos pasos de monte que dista un río de otro. Con esto dejé mi canoa y me embarqué con él y nos fuimos a su mina, que está un par de leguas río arriba del embarcadero. En su mina estuve ocho días, y aquí fue que él me dio noticia que cosa de una legua más río arriba tenía otra mina muy buena, y que ya había hecho allí su casa, y que hacía cuenta de mandarla cavar con los esclavos que le tocasen en el repartimiento de los bienes de su madre, que ya presto se harían las partes, y ésta es la sola mina que tiene agua perenne.

Yo le pregunté si más arriba había más minas, y él me respondió que sólo una que estaba pegada con esta suya, y que era de unos mestizos, y sobre la otra suya no había otra descubierta. Yo, acabados los ocho días, recogí la limosna que dieron los negros, y a él le dije: La limosna de usted se recogerá con la de su hermano, el cual me dijo que juntarían ustedes de sus minas algunos esclavos en la mina de su madre, y que echarían un corte de ocho días a beneficio de la misión. Él respondió: Yo pasaré por lo que hiciese en este panicular mi hermano don Juan. Y con ello me mandó llevar a la mina de estos mestizos, que eran dos hermanos casados, y con unos pocos esclavos que tenían trabajaban juntos la mina. Ellos tenían la casa lo más bien adornada de cuantas vi en toda la provincia de Barbacoas, y lo que más me llevó la atención fue la sillería que tenían que era de balso.

El balso ya tengo dicho que es un árbol muy ligero con la corteza dura, y lo interior fofo a modo del palo que da la pita. Córtase pues un pedazo de vara y media, y éste se corta la mitad a las tres cuartas, y de un lado se raja hasta la mitad, y de la mitad que queda se le saca lo fofo, y queda hecha una silla con su espaldar todo de una pieza. A la parte de abajo se le sacan unos arqueados en cruz, y quedan los cuatro pies, y por bajo del asiento le sacan cosa de un palmo de lo fofo, y entonces queda la silla perfecta y muy ligera. A mí la invención me pareció muy bien. Delante de la mina, de la otra parte del río, tenían unas palmas de chontaduros con la fruta madura, y me trujeron todos los días, porque yo era muy devoto de esta fruta. La palma chontaduro, como ya tengo dicho Tomo Primero, capítulo III, cría su tronco lleno de espinas, y aquí vi una de las que no las crían, y me explicaron el secreto que noto en el citado capítulo. Yo estuve ocho días, y recogí la limosna de los esclavos, y los dueños también dieron los dos doce pesos.

Estando en esta mina me mandó el cura una carta en que me pedía por favor que me previniese para predicarle el sermón de Ceniza, y que si quería predicar el de San Francisco de Paula que me previniese también. Esta es una fiesta que hacen al santo los negros y mulatos, y para ello eligen cada año uno de general. Todos contribuyen para el gasto a dos reales cada uno, y el que es general paga todo lo demás, como relataré a su tiempo. Yo le respondí que predicaría uno y otro. Con esto me partí para el río Gualí, y me fui subiendo por las minas a Barbacoas, y lo primero fui a la mina de don Ventura del Castillo. Era éste un sujeto que ni tenía palabra mala ni obra buena. El corista agustiniano lo llamaba: El temporal y eterno. Y le cuadraba bien. Él había sido jesuita expulso, y siempre hacía rostro de cuaresma. Llegué a su mina, y en lugar de ir a predicar algo a los negros, él me empezó a predicar a mí. Él tenía una palma de cocos tiernos y yo un día le dije a un hijo suyo que subiese y que me bajase un par para comer, y respondió don Ventura: La palma es de las almas del Purgatorio, y le bajarán ocho cocos, y les dirá una misa, y así se hizo. Yo no estuve sino cuatro días, y ni él dio limosna, ni permitió que nadie de su mina la diera tampoco, aunque un hijo suyo me dio un doblón y algunos reales que ocultamente dieron algunos negros.

De aquí pasé a la mina de don José Piñeiro, gallego y casado con una hermana de los Quiñones, y en ella estuve ocho días. Don José dio doce pesos, y los negros y mulatos también dieron su limosna. Éste me contó que en Galicia, cerca del pueblo donde se crió, hay una piedra grande labrada de color de oro, y que nunca ni la han podido romper ni arrancar tampoco, aunque han varios porfiado en ello. No muy lejos de esta piedra hay una cueva, y dentro de ella una señora engalanada, sentada, con un peine de marfil en la mano peinándose la madeja, y que al acercarse alguien a la boca de la cueva, lo mira la señora y le dice: ¡Ah!, que no eres tú, y ahora me has doblado el encantamiento. Y diciendo esto se desaparece, y al mismo tiempo desaparece aquella piedra, y al cabo de veinticuatro horas se vuelven a aparecer cada cual en su lugar.

Contando yo este caso en Barbacoas a don Pablo Quiñones, que vive en la misma casa de Piñeiro, porque es de su mujer, que es hermana de don Pablo, contó ella este otro caso: Siendo yo ya moza fui con mis padres a Iscuandé, que es una provincia pegada con la de Barbacoas, y yendo a la tarde navegando con una canoa río arriba, vimos venir por el aire casi fregando con el agua unas andas de sepultar muertos, con un difundo dentro amortajado, y en cada ángulo de las andas una vela encendida, que se venían solas, sin que nadie lo llevase por medio del río, río abajo, y nos pasó cosa de diez varas junto a la canoa. Es el caso que este difunto tenía más abajo una mina de oro muy pingüe en donde de una vez encontró bastantes quintales de oro, y lo cogió y lo fue a enterrar río arriba. A poco tiempo murió sin declarar en dónde tenía enterrado su oro, y desde que lo enterraron se desapareció todo el oro de su mina, y cada día a estas horas sale del monte este féretro con el difunto, con las cuatro velas encendidas, y se va a la mina, y al llegar al corte, se quita la mortaja de la cara y mira un poco, y da un suspiro, se vuelve a cubrir, y se vuelve río arriba y se entra en el mismo puesto del monte de donde cada día sale. Y se piensa que allí enterraría él su oro. Varios han ido a entrar por el mismo puesto, y se han puesto a espiar a dónde se mete, y ni lo han podido ver, ni jamás se ha encontrado rastro alguno. Esto es cosa cierta, y apenas hay nadie en el pueblo de Iscuandé que no haya visto, porque es cosa de todos los días.

De esta mina pasé a la de don Salvador Ortiz, y en ella estuve ocho días. El dueño de la mina estaba algo atrasado, y no dio limosna alguna, y sólo recogí lo que dieron los negros y mulatos. De aquí pasé a la mina de la viuda del Teniente pasado, y la viuda me detuvo quince días con el pretexto de hacer un quincenario de misas a su difunto marido. Un día vimos venir una canoa, le preguntamos qué traía, y hubo de traer cacao de Esmeraldas. Todo se lo compramos, que traía cuatro quintales. El Padre cura cuando me escribió la carta me encargaba que si hallaba cacao que se lo comprase a cualquier precio, porque en Barbacoas no se hallaba un grano, y había corrido a ocho pesos la arroba. Yo con todo mi empeño hube de conseguir un par de arrobas, porque la viuda y dos otras señoras que allí estaban de visita lo querían todo, y lo compramos a cuatro pesos la arroba. Yo se lo remití al cura, que lo estimó mucho; y aunque yo se lo mandé regalado, no hubo forma, y de pura fuerza me lo pagó en Barbacoas. La viuda me pagó las misas, y me dijo que en Barbacoas me daría la limosna de la misión, aunque a lo último no dio nada, y así sólo recogí lo que dieron los negros y mulatos.

De esta mina pasé a la de don Francisco Calderón, y en ella estuve ocho días. Don Francisco dio seis pesos y sus negros también dieron su limosnita. Cerca de esta mina desemboca el río Gualí, el río Güepí, y en la misma bocana a la parte de arriba está aquella pingüe mina encantada que se huye el oro de que tengo hablado. Yo me subí por este río Güepí, y me fui a la mina de don Juan Quiñones, que allí estaba con doña Casilda y toda la familia, y entregué a la señora todo el dinero que había agregado río abajo. En esta mina estuve ocho días, y aquí vi purificar el oro y sacarlo del canalón en este forma:
Ya que se acaba de sacar del canalón el cascajo menudo, y sólo se queda la arenilla blanca, la marmajita y el oro, se minue el chorro del agua, y palanqueteando con los almocafres por ello, poco a poco se va más azolando el oro, y se lleva el agua la arenilla blanca, y ya que se queda sola la marmajita con el oro, quitan del todo el chorro del agua, y entonces refregando con las manos para como quien lo va amontonando, le tira otro de golpe bateadas de agua, a cuyo golpe hace saltar el oro en polvo que está metido dentro de los hoyitos del plan del canalón, y en esta forma lo amontona todo junto, marmajita y oro, y lo ponen en artesas grandes en donde quepa hasta que no queda nada en el canalón.

Para depurarlo se llena una canoa de agua, y alrededor se sienta la gente, negros y mulatos, cada cual con su batea. El caporal a cada uno le echa una cucharada de la artesa, y el negro como quien arnea trigo, con un poco de agua que mete en la batea, va poca a poco haciendo azolar el oro, y saca con la misma agua con los reveses que da, parte de la marmajita, y si ve alguna nigüita de oro, la recoge, y así poco a poco va sacando toda la marmaja hasta que queda sólo el oro. Y aunque siempre quedan algunos granitos de marmaja, con todo así lo recoge el caporal, y lo va juntando en un perolito, volviéndoles a dar cada vez otra cucharada, hasta que así lo depuran todo. Si no es cosa mayor, para sacarle el poco de la marmajita que le quedó, toman el oro dentro de un pico de papel y poco a poco lo dejan caer en otro, soplándolo con la boca en lo interim, y con ello se acaba de ir soplándolo dos o tres veces. Mas en siendo cantidad grande, búscanse unas frutas que allí se dan por el monte, que son unos meloncitos del tamaño de un limón, llenos de una baba viscosa, y meten dentro del perolito cantidad de ella, y esta baba apega a sí toda la marmaja y después se lava con agua y queda del todo limpio.

Mas es menester que al tiempo que los negros depuran el oro haya uno que de continuo los esté mirando, porque entonces es el tiempo en que suelen ellos hurtar de muchos modos, porque si ven algún granito algo grandecito, o alguna puntita o pepita tamañita, al descuido se la meten en la boca, y se la tragan, y después la van a buscar en su excremento. Otros pónense dentro de la mano pedacitos de greda, y al descuido la aplican a oro que lavan y lo dejan caer a sus pies, y después los van a buscar, y como a la greda se le pegó el oro, entonces lo recogen ellos y de otros muchos modos que ellos buscan. Mas a la tarde, cuando se deja el trabajo meten agua en las artesas para que se ponga todo un cuerno lo que en ello hay de oro y marmaja; trastornan después el agua, y sobre de la marmaja forman algunos caracteres, y así allí lo dejan y lo guarda uno de noche, y como ellos no saben imitar aquellos caracteres, no pueden ir de noche a hurtar nada de las artesas, porque ya saben que si el amo por la mañana no halla los caracteres que escribió, todos lo pagarán a puro azote duro, duro.

Allí me enseñó don Juan las señas de ser fecunda de oro una mina, y son: tener muchas manchitas, y que al acabarse unas, nazcan o se descubran otras; que tenga la mina algún cascajo grande; que tenga el oro muy menudo, y que la peña de abajo tenga en el plan sus entradas a modo de canales, y en estas canales es en donde más abunda el oro en polvo muy fino y alto de quilate. Vi en varias minas algunas piedras todas tachonadas de lentejuelitas de oro, ellas muy más pesadas de lo natural, y si se echan a la candela se les penetra el fuego como a un metal. Ye pregunté si tenían oro o no, y varios me respondieron que según sus pintas y su peso que parecía que tendrían oro; pero allí no se le saben sacar. Ellas van por allí rodando por las minas, y nadie hace caso de ellas. Yo cuando después vi el modo como lo sacan en los minerales de veta moliéndolo y con azogue, dije: Cualquiera que en Barbacoas moliera estas piedras, con azogue después les sacaría mucho oro.

Hay unas minas que llaman de tope, y son cuando se descubren en el corte que se trabaja algunas pocas manchas de oro, pero éstas grandes y muy cargadas de oro que es cosa de sacar en cada batea de tierra media libra o más de oro. Y estos manchones suelen tener cuatro o cinco varas de largo, que en sólo un manchón de estos se saca el oro por arrobas. Mas en el resto del corte es el oro algo escaso. A veces al acabarse uno de estos manchones ya se descubre otro semejante, y tal cual vez suelen hallarse algunos granos de oro de a dos y tres libras también, y aun de mayores, como me contó este don Juan Quiñones, que en tiempo de su padre se hubo de encontrar en el corte de la mina una piedra muy grande. Se pasó adelante el corte, y esta piedra se quedó allí donde estaba, porque el caballero se hizo la cuenta que para apartarla era menester aplicar toda la cuadrilla, y se perdían en ella dos o tres días de trabajo, y por no perderlo, la dejó estar donde estaba.

Había entonces en la mina algunos negros bosales que poco había que se habían comprado de Panamá. Uno pues de ellos un día de fiesta se fue a buscar su oro como es allá costumbre, y hubo de ir a excavar con la punta de un almocrafre abajo de aquella gran piedra y encontró en el día una cuarta de oro bien granado. A la noche suelen los negros llevar al amo el oro que han encontrado el día de fiesta, para que se lo trueque en plata, para que si va alguno a la ciudad les compre lo que necesitan. Ya pues que vino la noche fue este negro al amo con su oro y le dijo: Mi amo, tocá oro. Miró el amo aquel oro tan granado, y le dijo: Negro, ¿dónde hallaste este oro? El negro le respondió: Mi amo: Peda gande. ¿Dónde es peda gande? El negro, como era bosal, se explicaba como podía, y volvió a repetir:Quote peda gande. Quería decir que bajo aquella piedra grande que había dejado en el corte de la mina. El amo, como no lo entendía le dijo: Mañana me enseñarás peda gande. Ya que vino el día, va el amo al corte y llama al negro: Ea, ven acá, dime dónde es peda gande. El negro, señalándole aquella gran piedra, le dijo: Mi amo, esta peda gande. Llamó entonces el amo al caporal, y de un canto hácele sacar una batea de tierra debajo de aquella piedra. Catéala el caporal, y halla que pintaba mucho oro y bien granado. Entonces mandó el amo aplicar toda la gente y revolvieron la piedra, y en la tierra que tenía abajo se sacaron catorce onzas de oro y además de esto se encontraron tres granos. El uno tuvo tres libras y media, el segundo tuvo tres libras y el otro cinco y media. Estos granos de oro no se hallan muy continuamente, sino alguna vez, que ya me había contado don Pablo su hermano que en su mina en años anteriores había encontrado otros dos granos, el uno de a dos libras y el otro pasaba de tres.

Un día me contó don Juan Quiñones el tiempo que estuve en su mina, que un indio había tiempo que le prometía que le enseñaría El Dorado. Es tradición que entre Barbacoas y Panamá hay un cerro que lo llaman El Dorado, porque siendo mineral de oro de veta, abortó con tanta fuerza allí el metal, que empezó a liquidarse y a chorrear oro acendrado por todas partes, que la mayor parte de este cerro lo fue tapando el oro derretido. Esta tradición que es de los indios antiguos, en toda la provincia de Barbacoas se tiene por verídica y constante. También es tradición que los indios que estaban en Barbacoas en el tiempo de la conquista sacaban muchísimo, y todavía se observan varios vestigios de los minerales que trabajaban los antiguos; y los barbacoeños en las barrancas donde hallan haber trabajado los antiguos, ya los aseguran por buena mina y aun en lo mismo que ellos trabajaron se halla mucho oro en polvo, de donde infieren que los indios antiguos sólo recogían el oro granado en puntitas, granitos y lentejuelitas, y no hacían caso del oro menudo. Yo he visto en Cajamarca de que hablaré a su tiempo en el Cuarto Tomo, un pedazo de peña arrancada de uno de estos minerales de veta, una lágrima de oro que entre otras había lagrimado el mineral, él de mucho quilate y tendría una onza la lágrima que me la mostró doña María Longa, que su marido que es portugués y fue uno de los cabos que se huyeron del Gran Pará, y se la trujo de Las Balsas, que es una provincia que confina con la de Cajamarca, y en donde hay mucho comercio de oro en polvo y en masa, que sacan de otra provincia más adentro en que hay muchos minerales de oro de estos de veta.

De que así a veces lagrimeen estos minerales de veta, así de oro como de plata, es cosa cierta y muy experimental en todo el Perú. En la provincia de las Charcas, en El Potosí, cuatrocientas leguas más allá de Lima, cerca del año 1771 en un mineral de plata se halló una lágrima que había destilado el mineral, que pesó sobre trescientos marcos, y cada marco cuenta seis onzas. El dueño la mandó a Lima, y se regaló al Señor don Jaime Palmer, mallorquín, que era mayordomo del señor Virrey, y el señor Amat (1), catalán, que allí entonces estaba. Y así me parece que cuanto a que el mineral sea tan fecundo que pueda abortar con la fecundidad del metal, y tapar el cerro en donde tiene su origen, no me parece cosa imposible. Si el azufre que abortan varios volcanes no lo consumía el mismo fuego del volcán, ya los cerros donde están estos volcanes estuvieran todos cubiertos de azufre, que continuamente están lagrimeando a chorro abierto. En Sansenatica, dentro del golfo de Venecia, hay una serranía que es una mina de azufre de cuarenta leguas. Yo he estado allá, y allí el mineral es tan fecundo que tiene toda la serranía cubierta de azufre, y allí se corta a pedazos grandes de a más de quintal, como quien corta cantos de una cantera.

Y volviendo al caso, dijo que su padre un día oyó la conversación que tenía el indio con su hijo don Juan sobre El Dorado, de donde sospechó el caballero que aquel indio podía saber en qué parte caía este Dorado, y deseoso de oro, procuró a congraciar al indio con regalitos, y ya que le tuvo la voluntad ganada, se estrechó con él para que le enseñase El Dorado. El indio le dijo: Mi amo, yo te lo enseñaré. De lejos lo verás, pero no podrás llegar allá, porque está encantado de los antiguos. Con todo porfió con el indio, hasta que se fue con tres negros y el indio que los guiaba con una canoíta mediana, aperados de víveres para quince días. Bajáronse por el río Gualí hasta el dique, y de allí pasaron arrastrando la canoa a Maguí, y por este río se fueron tres días hasta la cabecera en que ya era menester arrastrar la canoa por la poca agua que allí tenía el río. El cuarto día dejaron la madre del río y se fueron arrastrando la canoa por dentro de un monte cosa de media legua, y toparon una quebrada medianita. Todo esto está doblando de Maguí a la mano derecha. Por esta quebrada se subieron quebrada arriba cosa de media legua, y de allí se dividía en dos brazos, y tomaron el de la mano derecha, y por él subieron cosa de otra media legua, y para pasar adelante volvieron a arrastrar la canoa por el monte cosa de un cuarto de legua, y de allí, de encima de una lomita descubrieron El Dorado, que es un cerro que tendrá cosa de media legua de largo, siendo él de mediana altura, no es muy piramidal, sino con una subida descansada y con bastante llano en lo superior a lo que descubría la vista.

Está de arriba hasta abajo todo lleno de chorreras de oro, y como relucen tanto a la vista parece que está todo cubierto de oro, no porque así sea en realidad, porque atendido de espacio, no son más que chorros que han ido chorreando por varias bocas. Volvieron a bajar de la lomita, y tomaron la quebrada de abajo y por ella andando a poco rato ya toda la arena y cascajo de la quebrada, la mayor parte era oro en polvo y pedazos de oro; pero cosa de un cuarto de legua de quebrada arriba se conmovió tal tempestad de relámpagos, truenos y rayos que todos se amedrentaron y determinaron no pasar adelante, antes de revolver atrás a toda prisa. Con todo el caballero cogió y cogieron los negros muchos pedazos de oro de aquella quebrada; pero presto lo hubieron de dejar, porque de aquellos mismos pedazos de oro y arenilla de oro en polvo empezaron a salir humos verdes, y éstos reventaban en rayos espantosos que los cruzaban por entre las manos y por delante la vista, reventando en hedor pestífero, con que todos se quedaron tan azorados que volvieron a lanzar todo el oro a la quebrada, porque les parecía que les venía en alcance una gran vocería de diablos que se venían corriendo ya por la quebrada, llevando ya cerca el rumor de sus movimientos. Llegaron al puesto donde se habían embarcado, y tomando la canoa la volvieron a arrastrar por donde la habían traído, y al llegar a embarcarse en el brazo de la otra quebrada abajo, hasta que les cerró del todo la noche, que ni se acordaron de comer ni beber, y cerca de las nueve cesó la tempestad, pero los bramidos que salían del cerro duraron hasta que llegaron a la cabecera del río Maguí. Toda esta historia me contó don Juan, así como su padre la contó cuando volvió a la mina.

Ya que acabé en esta mina, recogí la limosna que dieron los negros y me fui río arriba a una mina de una viuda llamada Elionor. Ahí no estuve sino tres días, y subí a otra mina de otra viuda de Iscuandé, llamada doña Beatriz. En una y otra recogí la limosna de los negros, la doña Beatriz dio un peso, la Elionor no dio nada. Ya estábamos en Carnestolendas, y yo me revolví a Barbacoas y al entrar del río Güepí en el río Gualí antes de llegar a Barbacoas que hay las dos minas, la una que es de doña Luisa Cabezas, madre de doña Casilda y la de don Julián su hijo; pero yo pasé de largo y no entré en ellas, porque ya conocí que nada había de dar. Delante de Barbacoas está también la mina de don Bernardo del Castillo, y tampoco no entré en ella por el mismo motivo.

Cosa de una legua antes de llegar a Barbacoas, en medio del río, en la punta de un palo que se descubre que está clavado en el fondo, hallé atada una culebra muerta, que tenía el cuerpo poco menos que el cuerpo de un hombre. Yo pasé adelante, y el lunes último de Carnestolendas llegué a Barbacoas. Al llegar se me vino el Padre cura a darme con las gracias la plata del cacao, y de pura fuerza la hube de admitir. El día de Ceniza prediqué el sermón, y a la tarde volví a partir con don Francisco Ferrín, gallego, para su mina que la tiene en el río Jalí que desemboca en Gualí cosa de legua y media más arriba de Barbacoas. Este mozo hubo de estar un poco de cajero con un español en Guayaquil, y el amo viendo su buen porte le fió una tienda de mercancía, y con ella se vino a Barbacoas. Había allí un chapetón casado con una quiteña, que tenía esta mina de Jalí. La mujer la tenía en Quito, y él con una hija suya llamada doña Manuela, moza ya, vivían en Barbacoas gobernando la mina. Con esta moza doña Manuela casó este don Francisco Ferrín y a poco tiempo murió el suegro, y él se quedó con todo.

Él desde que llegué a Barbacoas me hizo muchísimo agasajo y me regaló un frasco de vino chileno, el mejor que yo he probado en mi vida.A este tiempo que yo estuve río abajo, no sé por qué motivo un mal negro que tenía le descompuso la cuadrilla, y por fin inquietó a otros, y se huyó con cuatro y dos negras. Luego se supo que se habían remontado en el camino, y hacían mil vejaciones a los indios cargueros y les hurtaban los víveres que llevaban para Barbacoas. Un día se les resistió un indio que llevaba una carga de tasajo, y este perro negro de una lanzada lo mató. Despachó la ciudad gente a cogerlos, y este negro con otro se escapó, y saliendo a la provincia de los Pastos, se supo que habíase ido a la villa de Ibarra. Trujeron presos a los demás y los metieron a la cárcel. Volvieron a despachar por estos dos, y en dicha villa cogieron el uno y lo trujeron preso, y lo metieron también a la cárcel, y el matador se les escapó, y a poco tiempo se volvió a entrar al monte de Barbacoas, saliendo a hurtar al camino como antes. Se despachó por él a toda prisa, porque mandó decir al amo que en sabiendo que estuviese con la señora en la ciudad, vendría una noche y por quemarlos vivos, pegaría fuego a la ciudad. Los que fueron por él lo rodearon y aunque él con su lanza se defendió bastante, por fin lo cogieron.

Pusiéronle unos grillos y así lo iban trayendo. El segundo día se pararon a almorzar y haciéndose cuenta que el negro engrillonado no se podía escapar, le dijeron que en lo interim se adelantase. El negro al alejarse un poco de la gente, se derribó por una loma monte adentro, y se quitó los grillos y se escapó. Cuando la buscaron ya no lo hallaron y se vinieron a Barbacoas. El negro aguardó la ocasión y hurtó una partida de tasajo a un indio carguero, y por él mandó decir al amo que vendría a Barbacoas y que le hurtaría a la señora que la gozaría y después la mataría y se la comería asada, y que lo mismo haría después con él. Con este recaudo estaba doña Manuela desatinada para que se mandase coger al negro. Él se entró en Barbacoas de noche, y hurtando una canoíta se subió a la mina del amo, y sin ser visto ni sentido se metió dentro de un cañaveral de caña dulce, y allí se mantuvo algunos días con el tasajo que había hurtado.

A este tiempo don Francisco se había subido a la mina y doña Manuela se había quedado en Barbacoas con una criada que tenía, que era la esposa de don Jacinto Portilla, aquel mestizo que según llevo referido gobierna en el pueblo de Santa Clara de Mocoa. El negro, que desde el cañaveral estaba observando y buscando la ocasión, un día después de la hora de comer, pensando que el amo se habría puesto a dormir la siesta, viendo que ya la cuadrilla se había vuelto a trabajar al corte, salió y se subió a la casa y se fue a la cama donde pensó que dormía el amo, y dióle tres lanzadas, atravesando el toldo con la lanza, que si allí está el amo, lo mata sin remedio. Su fortuna fue que en lugar de echarse a dormir la siesta como acostumbraba, no tuvo sueño, y se levantó al instante, y se había ido al corte a ver trabajar la gente. Ya a la tarde, cuando volvió a la casa, halla el toldo lanzateado, y haciéndose la cuenta que el negro que lo había hecho no podía estar muy lejos, tomó una escopeta y armó de lanzas y machetes a su cuadrilla, y lo primero hizo que rodeasen el cañaveral, porque pensó que allí podía estar metido. Hallaron al negro dormido, y asegurándolo bien atado al instante se lo bajó a Barbacoas y se metió bien aprisionado en la cárcel donde estaban los demás compañeros.

A la primera deposición que le tomaron, declaró el negro que había sido esclavo de un caballero del Chocó, y que un día en la mina del amo se hurtó a la negra cocinera una libra de manteca, y la negra le dio a él la culpa, siendo inocente, y que por ello el amo lo mandó azotar. El aguardó la ocasión, y habiendo bajado un día la negra cocinera al río por agua, allí la agarró y de un machetazo le partió la cabeza y la echó al río, y se fue del Chocó fugitivo, y se fue a dar a Santa Fe, y fingiéndose libre, se fue a vender por esclavo en casa de un chapetón. A poco tiempo tomó el dinero de su esclavitud, que eran trescientos pesos, y se fue fugitivo por la provincia, y con la plata que llevaba engañó una moza mestiza y se amancebó con ella y se la llevó a un monte. La moza se hizo preñada, y estando ya de seis meses, por sólo ver en dónde estaban las criaturitas en las entrañas de su madre, mató a la mestiza y la abrió y le sacó viva a la criaturita, y la mató y asada se la comió, y después asó a la madre y se la comió también.

Estando esto ya se había pasado un año que había huído de Santa Fe, y se volvió a salir por la provincia con la plata que le había quedado; engañó a una india casada y se la llevó también al monte, y pensando que su marido allí la iría a buscar lo aguardó en encelada tras de un árbol, y lo mató y lo llevó donde su mujer, lo asó y le hizo comer, quieras o no quieras, de la carne de su marido asado, y ya que lo acabaron, mató después a la india, y la asó y se la comió. De ahí se salió del monte y anduvo un poco por la provincia gastando con varias mujeres la plata, hasta que la acabó. Y que de ello oyendo decir que lo querían coger, se había huído y se había venido derrotado a Barbacoas, y fingiéndose libre, se vendió vuelta por esclavo al suegro de don Francisco Ferrín.

Estando este negro con toda esta declaración criminosa hecha de su propia boca, y rectificada en ella varias veces, y clamando especialmente doña Manuela, con todo, estuvo el señor Teniente torpe en no quererlo de pronto ahorcar, sino que quiso que viniese para ello orden de la Audiencia. En lo interim enfermó el negro, y en breve murió en la cárcel, y aun hubo de hacer consulta esta bestia para ahorcarlo después de muerto.

Partí pues con don Francisco y la señora para Jalí, y estuve en su mina ocho días. Un día vino un gavilán que ya le había comido diez y ocho pollos y se puso a la copa de un árbol, tan elevado que desconfiando don Francisco de poderle hacer tiro, me dio la escopeta diciendo: Ea, Padre, si mata este gavilán, le doy un doblón para la misa de mañana. Yo tomé la escopeta, y como lo vi tan alto, y que era preciso tirarle con la escopeta casi del todo parada, desconfié del tiro, porque pensé que el levantar el eslabón el rastrillo, me caería la pólvora en la vista. Con todo le tiré y lo atravesé por la cabeza. Este es el tiro más acertado que he hecho en mi vida. Este mismo día yéndonos a pasear por un platanar con mi chapetón y dos negros, matamos a porrazos dos culebras de cinco varas de largo y más gruesas que el muslo de un hombre que en el platanar hallamos, y después cogimos cuatro catarnicas.

Un día de domingo nos fuimos con el chinchorro a pescar, y hay que advertir que desde la mina hasta cerca del desemboque tiene el río Jalí de rato en rato unos hoyos grandes en que el pescado que baja de las cabeceras con las avenidas, allí se para en aquella agua encharcada. Nos llevamos algunos negros y mulatos zambullidores, y de charco en charco venimos a juntar en un charco de abajo casi todo el pescado que en los charcos había. Allí se tendió el chinchorro, a tras de él zambullían los zambullidores, y venimos a sacar cuarenta y siete pescados que el más chico tendría dos libras, y tuvimos para algunos días porque se escabechó y se guardó. Ya habiendo concluído se recogió la limosna que dieron los negros, y don Francisco dio también seis pesos, y con ello me bajé para Barbacoas la segunda vez.

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