INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XXIII  


 
Contiene lo que me pasó en Santa Rosa hasta que llegué a la ciudad de Tarma.


 

Llegué al colegio, el cual tiene el clima muy destemplado de frío, pero tiene buenos resguardos, porque en el coro hay muchos cueros de carneros para abrigo de los religiosos, y lo mismo hay en las celdas, en las cuales hay buenas camas con buenos colchones y pabellones de bayeta azul. La fábrica del colegio e iglesia es muy buena de cantería, y en el claustro está alrededor de él la vida del Padre San Francisco de bella pintura. En cada ángulo hay una capilla, y en el ángulo de la entrada de la portería, a la parte interior del claustro, hay una iglesita chiquita con su buena sacristía con ricos adornos de ornamentos ricos y preciosos vasos de plata y oro. El altar, que es de la Virgen de los Dolores, está muy adornado, y la Señora, que será de tres cuartas y está sentada, es en extremo hermosa.

La iglesia principal del colegio está muy adornada, y el retablo mayor era nuevo, y todo de cedro con bella escultura. Iglesia muy capaz, pero poco concurso en ella, porque como está en despoblado, no tiene frecuencia, y sólo la gente de tres casas de indios que viven allí cerca, concurren en ella los días festivos. Aunque todo el año viene mucha gente de Cauja, Guancavelije y otros pueblos comarcanos a ver el colegio y confesar, y algunos especialmente chapetones y eclesiásticos, a hacer ejercicios, y para ello hay allí junto al colegio una hospedería de 15 cuartos aperados de todo para los huéspedes. La sacristía es bella, y está muy rica de ricos ornamentos de tisú, glasé, brocado, persiana y damasco. Tiene muchísimas alhajas y plata. Había más de 70 cálices y poco menos cupones, y mucha ropa blanca de finos lienzos.

Para las limosnas y transportes de los Padres había cuarenta y siete bestias mulares, y para ellas buenos alfalfares. Había 800 carneros. Tiene una bella huerta con toda clase de berzas buenas para la olla. Está arrodada de arboleda de elisos que abastecen de leña. En la cocina había más de 100 jamones curtidos para abasto de la comunidad, y para reemplazar hay una buena manada de cerdos. La manutención de la comunidad es espléndida. Se dan tres platos de carne y una olla, buen pan, un vaso de vino o aguardiente, y por postre dulce y queso. A la noche dos platos y un locrito bueno. Y lo mismo si es de pescado. Todos los días de ayuno se da cacao, y los otros días una taza de sopa buena y un vaso de vino o aguardiente.

Cada semana tienen los Padres tres misas a propia intención y la comunidad los provee bien de todo hasta de tabaco, y cada mes se les da una libra de yerba del Paraguay, y tres libras de azúcar para que tomen mate por las tardes.

Mis dolores se fueron agravando, y a los quince días ya apenas podía decir misa, pero yo con cuatro baños que tomé, por entonces me las quité. Dos veces salimos a pasear, y la una fuimos a un macanal de un indio, y venimos cargados de macanas. La otra fuimos a las faldas de la serranía; a ver un pueblecito de indios antiguos que hay. Serán unas 50 casitas de piedrecitas. La casa mayor tendrá seis varas en cuadro. Hay tradición constante que se han visto de parte de noche muchas veces salir llamas de varias casas, de donde infieren que hay allí enterrados algunos tesoros de oro o plata con que se enterraban por lo común los indios entonces.

Habíase fundado unos años antes en el reino de Chile un colegio, en la provincia de Chilán, para la conquista y conversión de los indios de Chiloe, cuyos dos fundadores fueron del colegio de Santa Rosa de Ocopa. Uno de los dos me contó lo siguiente: Él era limeño, y se llamaba el Padre Fr. Andrés Chacón. Dijo pues que andando abriendo cimientos para la fábrica se encontraron varias calaveras enteras de gigantes, cuyos huesos por la mayor parte estaban ya petrificadas, y eran tan desmedidas, que los huesos de las piernas, desde el tobillo hasta la rodilla, tenían nueve varas y media. Y lo mismo en poca diferencia tenían los de los muslos, y a proporción de esto era toda la calavera. Y preguntado a uno entendido de simetría, dijo que a todo el cuerpo de uno de estos gigantes le correspondía 63 varas de alto.

Ello dióse parte al señor Presidente de Chile, el cual mandó sacar varias calaveras enteras: Y encajonadas en cajones de cedro se trujeron a España, y de ahí a Francia a la Sorbona fueron algunas. Este religioso me dijo que en La Concepción de Chile, hablando de esta especie le enseñó un caballero chileno una muela de la boca de una de estas calaveras, y la vio pesar, y pesó tres libras y siete onzas. A la boca que viste semejantes muelas ya me parece que le corresponde un cuerpo de 65 varas de alto. Hay tradición en todo el reino de Chile que la provincia de Chilán fue habitada de gigantes, y que Dios los aniquiló por sodomitas. En este tiempo allá una res no vale más que un peso como ya llevo referido, pero yo aseguro que si ahora Chile fuera poblado de esta gente, iría la carne más cara, porque hombres de semejante colmillo, de un bocado se pasarían un camero asado, como quien come un pajarito, y una res entera mayor no le alcanzaría para un desayuno corto. Yo he visto en Roma en el palacio del Cardenal embajador de Nápoles la cabeza de bronce de uno de los dioses que allá veneraban los gentiles antiguos, y era muy grande. Podía tener en redondo cuatro varas. Más grande sería la de estos gigantes de Chilán, pero la mentira de aquí talvez sería hija de la verdad de allá.

El señor Presidente, no sé si curioso, que lo era el señor Amat, que ya llevo citado, influyó en que los primeros misioneros de Chilán hicieran una entrada en el Chiloe a explorar aquel reino, y encargó que le trujeran una descripción de aquella tierra. Entre los Padres que entraron fue uno el Padre Ángel aragonés, que en España había sido en su provincia Vicario de coro. Él se dio maña e hizo un mapa de aquella tierra y gentes incultas que la habitan. Ya que volvieron presentó su mapa al señor Presidente, y le pareció tan bien, que lo mandó a la Corte, y pidió para el Padre Angel la mitra de Chile, que entonces vagaba, y le alcanza la gracia, y estaba entonces de obispo de Chile.

Tiene el colegio de Santa Rosa varias misiones vivas en Cajamaraquilla, y en la provincia de Guanuco. Unos Padres de estas conversiones, unos meses antes, se habían bajado de un pueblo llamado San Francisco por el río de Guanuco, y tomando por un brazo de él que desembocaba en otro río, se bajaran por él a ver si por allí había alguna gente qué convertir. Llegaron a una playa, y en la arena reconocieron rastro de criaturas. Los indios que llevaban fueron reconociendo todo aquel paraje, y no hallaron a nadie, pero con toda los Padres clavaron en medio de la playa una cruz grande y al pie de ella pusieron unas hachas y machetes y unas chaquiras y se volvieron. Ya que pasaron algunos meses, conociendo que ya venía el tiempo en que suelen los indios bárbaros que viven remontados monte adentro bajar a las playas grandes de los ríos a sus pesquerías, volviéronse a bajar al mismo puesto con ánimo de aguardar que bajasen a esta playa algunos indios, a ver si los podrían conquistar y agregarlos a su pueblo.

Llegan a la playa y ya no hallaron la cruz ni las herramientas ni nada de lo que allí habían dejado. Con todo se fueron a la otra parte del río a aguardar a ver si aparecía alguien. El tercer día de mañana oyen hachar en el monte, y a poco rato ven salir a la playa a una india con una niña. Diéronle voces, pero la india al ver la canoa y gente, apretó con la niña a huir, pero a poco rato salió a la playa un indio con arco y flecha que era su marido. Él se llamaba Tutempani. Diéronle de la canoa voces, diciéndole en su lengua: Seamos amigos. El indio respondió lo mismo: Seamos amigos. Con esto vanse a la playa con la canoa. Al llegar lo abrazaron los dos Padres, y el indio los llevó a su rancho, en donde hallaron catorce criaturas que eran esposas e hijos de este Tutempani. Le preguntaron si sabía quién había quitado de la playa una cruz y lo demás. El indio les dijo que unos parientes suyos lo habían quitado, y que él les había pedido prestadas unas hachas y machetes para hacer una roza, y no se lo quisieron prestar, y que por ello se había venido con su familia a guardar que volviesen algunos Padres para que le diesen también a él hachas y machetes. En varias conversaciones pasaron el día, y ya habiéndoles dicho Tutempani que tenía muchos parientes que vivían en distintos parajes de aquel río. Dijéronle los Padres que los enviase a llamar.

Él respondió que ya había despachado allá a avisar algunos. A los tres días vinieron tres canoas cargadas de gente. Los Padres les repartieron a todos de la prevención que traían de hachas y machetes, eslabones y chaquiras, etc. Al cabo de dos días más vinieron otras tres canoas con otros parientes. Ellos todos les pedían también donativos, pero como ya lo habían repartido todo, les dijeron que fuesen con ellos a San Francisco, y allá les darían.

Aquí hay que suponer que los indios de esta nación eran contrarios de los indios de San Francisco, y en años anteriores los de San Francisco en un encuentro que tuvieron, habían hecho en éstos una gran mortandad, y todos aquellos días no hablaban de otra cosa sino de vengarse de ellos, y se decían unos a otros: Ya nosotros somos muchos, ya podemos vencerlos a ellos. Los Padres trabajaron mucho en apaciguar este odio, hasta que consiguieron allanarlos a ir todos juntos a San Francisco a trabar la paz de ambas naciones. Partiéronse todos juntos, y los Padres despacharon por delante una canoíta a avisar a San Francisco. Ya que llegaron, se bajó con la Virgen a recibirlos y se cantó el Te Deum y la salve, y fue la función muy festiva y alegre. Se hizo la paz, se regalaron entre ellos algunos donativos, y los Padres también les dieron hachas y machetes, etc.

Ya que todo estuvo allanado, trataron los Padres con los indios principales para que se quedasen todos en San Francisco, pero ellos dijeron que de manera alguna: antes bien, que fuera con ellos un Padre, y que allí vivía donde Tutempani formarían su pueblo, y que al Padre le harían buena casa y lo mantendrían muy bien, porque el río tenía mucho pescado y en el monte había también muchos monos y pájaros para comer, y que nunca le faltaría comida con abundancia. Viendo los Padres que no convenían en quedarse, determinaron de volver a bajar con ellos a que se formase allá el pueblo; y así se hizo: Vinieron otros parientes de Tutempani, y en un mes tuvieron ya pueblo formado, y numeraron 800 criaturas, y con ellos se quedó un Padre, con esperanza de que en breve se le juntase toda la nación. Dióse aviso al Presidente de Cajamarquilla, y éste participó la noticia al Virrey de Lima y al colegio de Ocopa, la cual llegó en la mitad de la cuaresma, y yo oí leer la carta del dicho Presidente.

Cuando yo llegué a Ocopa, ya el Padre Sifre, mi connovicio, se había embarcado para España, y el lector Oliver había algunos años que había subido para el Cuzco, que dista 400 leguas de Ocapa, y había fundado un colegio en la provincia de Las Charcas que vulgarmente llaman el Potosí, tan nombrado por las muchas minas de plata que allí hay. Las noticias que yo adquirí fueron que al principio tuvo el Padre mucho séquito y aceptación; pero que habiendo predicado una cuaresma en Las Charcas, que es la ciudad principal, reprehendió severamente la gente principal del gobierno, por cuya causa cayó su séquito y buena opinión, y todos les volvieron la espalda, y ya restituído a su colegio, después de algún tiempo, trató de venirse para España y con este fin se subió del Cuzco al Tucumán, y de allí pasó a Buenos Aires, con ánimo de pasar a España. Pero cuando yo ya vine a España, en Cádiz, me contó un Fr. lego que vino de Buenos Aires que allá dejaba al lector Oliver, que se había afiliado en aquella provincia, y aquel capítulo había visitado la provincia, y que había dado muy buena cuenta y estaba muy estimado, y que a capítulo decían que lo sacarían de Provincial.

Y prosiguiendo mi historia digo que el Comisario prefecto de misiones por este tiempo determinó hacer una entrada por Guanuco a fin de registrar aquella tierra, y ver si podían conquistar algunos indios bárbaros. Con este fin hizo una petición al señor Virrey, el cual decretó que el Gobernador de Tarma le diese 50 soldados de escolta para mayor seguridad. Ya después de pascua el Guardián del colegio me pidió por favor que en lo interim que se proporcionaba mi viaje, que le hiciese el favor de ir a asistir al pueblo de San Antonio de Cuchero, porque el religioso que allí asistía de conversor, que era el Padre Fr. Juan Bonamo, ya había cumplido su destino, y no quería perseverar más, sino que quería salir e irse a su provincia. Yo le respondí que como se me guardase fidelidad en avisarme para mi viaje, que iría allá. A este tiempo había venido otro religioso aragonés de otro pueblo, porque el Presidente le había notado que tenía algunas especies de loco, y con esta ocasión determinó el Guardián que yo y el padre Andrés Chacón, fuéramos a reemplazar las dos faltas.

Buscóse un peón que nos acompañase, y partimos para Tarma. Yo dejé en el colegio mis cinco mulas y un caballo que adquirí en Los Valles. Dejé la cama de viento y todos mis trastes; dejé 170 pesos que me habían sobrado de mi viaje, y sólo me llevé lo preciso, pensado volver al colegio dentro de 8 meses, antes de irme a embarcar, pero no me sucedió así como diré adelante. Partimos esta primer jornada para el Cauca, y yo me iba prevenido de varias semillas para sembrar. Las primeras jornadas lo pasamos muy bien, porque llevábamos un buen jamón cocido y en el camino lo fuimos comiendo para los almuerzos. Llegamos a Cauja, y allí arranchamos en casa de un mestizo. El otra día volvimos a partir dejando a mano izquierda el camino de Lima, y tomamos la serranía de la derecha. En la mitad de la jornada se desvió el compañero para ir a ver la gente de una hacienda que eran sus conocidos.

Él era limeño y algo melindroso, y llevaba un paño de manos fino con su encaje sobre las faldas, y a la vuelta lo perdió, y aunque se revolvió a buscarlo, no lo pudo encontrar, y todo el camino lamentó su paño. Esta segunda jornada fuimos a dar a casa de un indio en despoblado. El otro día volvimos a proseguir y venimos a dar al pueblo de El Fondal, porque cae en una vega arrodada de serranía alta. Había en casa del indio donde nos apeamos muchos árboles de lucmas (1), y yo comí cuanto quise. Era ya clima templado, y el pueblo es de indios y tendrá 20 familias. Ya al otro día proseguimos y venimos a dar al pueblo de Santa Bárbara, que cae sobre la serranía. El otro día era día de fiesta, y por falta de materia no pudimos decir misa. Es pueblo de indios y mestizos, clima templado, y tendrá 80 familias. De aquí volvimos a partir, y venimos a caer a la tarde en una hoyada arrodada de serranía. La balada era muy áspera y pendiente, y el compañero se adelantó a buscar posada en un pueblecito que había abajo de casas esparramadas. Pueblo de indios no sé cómo se llama. Ya que llegamos abajo, lo fuimos buscando, y no lo podíamos hallar. Tendrá el pueblo unas 40 familias. Por fin apareció, y en casa de unos indios nos arranchamos.

Ya al otro día volvimos a partir, y todo este día anduvimos por la mañana metidos en un algarrobal de aquellas algarrobas carmesíes que ya dije que de ellas se hace la mejor tinta, y por la tarde bajamos una cuesta tendida, que la mitad de ella nos duró toda la tarde, y está toda poblada de unas varas que hacen su hoja a modo de espada, y en el cogollo hace un ramito de flores a modo de clarines. Unas las hacen blancas y otras carmesíes color de rosa.

Es tan efectiva esta planta, que sólo oler la flor purga una criatura, y la colorada es más efectiva, y en las hojas tiene este secreto natural: Si se arrancan las hojas tirando el impulso para arriba, comidas provocan a vómito; pero si se arrancan tirando para abajo, comidas provocan a curso, y de un modo y otro, si se comen en cantidad notable, son mortales. Este día venimos a arranchar en casa de unos indios, y el otro día acabamos de bajar la cuesta a las once del día, y en breve subimos una loma, y volviendo a trastornarla, bajamos otra cuesta que nos duró hasta llegar a Tarma.

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