INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

A la hora de comer llegamos a un manchón de pajonal, y por la conveniencia de haber allí agua de un chorrito que hacía un remanso en la concavidad de una peña, nos paramos a comer. A la mano derecha había una casa de indios, y a la mano izquierda adelante al canto del monte había otra. Así que nos vieron se fueron todos al monte, que ni venados. Después de comer volvimos a montar, y pasados dos montes y dos manchones de pajonal, salimos a un llano, que a lo último tiene un pueblo llamado Natagaima, y 5 leguas antes a mano izquierda hay otro pueblo llamado Coyaima. De uno y otro hablaré a su tiempo. El caporal temiendo que el cura no nos hiciera parar, nos desvió por la senda de un lado, y cuando el cura, que ya tenía noticia, lo supo, ya estábamos arranchados. Trastornamos una loma y caímos a un río que lo llaman el río de Natagaima. De la otra parte el monte al lado del río hace varios manchones de gramadal, y en el primero hallamos ya arranchadas las cargas. Y allí arranchamos a pasar la noche. El cura nos mandó un recado que fuéramos al pueblo. No se condescendió a ello, y nos mandó una novilla gorda. Nosotros nos pusimos a lavar, y ya después el Padre Fr. Gil, aragonés, se retiró tras de un árbol para hacer aguas, y halla una culebra diforme enroscada y dormida. Con el susto se retiró y avisó a un arriero, el cual de un palazo la mató. Tendría ella 3 varas y del tamaño del brazo de gorda. Sobre la cabeza tenía un plumache de pelo, y la llaman tochina. Allí junto al rancho había más de veinte pasos de tierra que eran todo hormigueros. La pusieron encima, y al instante salieron millones de hormigas, y se la comieron, tanto que por la mañana ya no había más que la calavera seca.

Este día después de almorzar partimos por una serranía de lomitas con manchones de monte y pajonales. Aquí vi y en otras partes también unas moscas que usan los boticarios para cauterios, verdes, que llaman cantáridas. Topamos después con un llano, y a hora de comer llegamos a un río que no se cómo se llama. De este lado tiene una casa de un mestizo, y aquí comimos. Al lado de la casa había unas matas como la de la berenjena. Las hojas más chicas, de color más claro, y sobre las hojas tenía espinas. Dan unos calabacitos de dos barrigas, la mayor es menor que el puño. Mas el donado boticario me dijo: Padre, tire esto que es veneno. De esto se hace en las boticas el solimán. En comiendo volvimos a partir por un llano todo sabana, que no se veían más que pitajayos. Pitajayos llaman, y otros llaman gigantones. Es una penca como la de los higos chumbos; es octavada y cada esquina la tiene guarnecida de espinas como alfileres; y de ellos usan las mujeres, y de ellas se valen para tejer encajes. Cada penca tiene 3 o 4 varas de alto. Y va criando una penca sobre otra, y como crece tan alto, por esto unos llaman gigantones. Pero su propio nombre es pitahaya. Da una fruta como los higos chumbos, llenos de espinas. Es de las frutas más frescas y regaladas que tiene el Perú. A su tiempo hablaré de ello. Sólo se da en tierra caliente, y fecunda más en tierra seca que húmeda. Particularmente en las vegas y arenales de los ríos, como bate allí más el sol, llega a criar ramas y se hace como árbol, y desde Honda a La Plata hay muchísimo. En el cogollo forma como una flor carmesí que parece terciopelo, con el pelo larguito, y dentro del pelo tiene muchas frutitas de la forma de higos carmesíes chiquitos como piñoncitos.

A la hora acostumbrada llegamos a arranchar y pasar la noche a Piedra Pintada. Es lo último de la pampa, que a mano izquierda topa con una vuelta del río de la Magdalena, y a mano izquierda tiene un palacio del rey Linga, todo de una pieza. El palacio tendrá unos 50 pasos de largo y otro tanto de ancho. Las paredes tienen unas 2 varas y media de alto, 3 cuartas de grueso. Delante tiene su portal proporcionado, y cada dintel forma un cuadrado de mayor grueso y 3 cuartas más de alto, y encima una bola, y todo alrededor encima de la pared unas bolas levantadas un poco con su espiga. Todo es de una pieza de cantería, y todavía se conoce que las bolas eran algunas cosas esculpidas, y con el tiempo los rocíos y aguaceros les han ido comiendo lo labrado, y se han quedado solas las bolas sin figura alguna.

Al lado de este palacio hay una piedra parada que tendrá unas 10 o 12 varas de alto, y 14 o 15 de ancho. Toda la piedra está esculpida de realce con varias figuras: chinas, indios, monos, caballos y algunos pájaros, varias otras esculturas, todo tan bien labrado y natural, que causa admiración. Cosa de 20 pasos más allá hay otra piedra labrada al modo de una mesa ovalada. Está ésta encima de otra que le sirve de pedestal. No está recta sino medio ladeada hacia el camino. Todo esto está puesto de los gentiles antiguos. Lo que representa o para qué fin se hizo nadie lo sabe. Lo cierto es que ellos tenían varias vanas observancias y agüeros, como que un mestizo en una ocasión me enseñó una mazorquita de maíz de una piedra muy fina, perfectamente labrada, sólo de 3 dedos de largo, y me dijo: que los indios tenían por agüero que el que tuviese una mazorquita como ella tenía buena cosecha de maíz, y que lo mismo tenía de todos sus comestibles.

Nosotros el otro día después de almorzar partimos por un monte, todo él de lomitas, bajadas y subidas, que nos duró todo el día. Cerca las 12 nos paramos a comer y dentro del monte a poca distancia, salió una gallinita del tamaño de una codorniz. Ella de color atabacado oscuro. Al instante los arrieros corrieron tras ella para cogerla; pero fue por demás, porque el monte era algo espeso y ella práctica y presto la perdieron. Yo pregunté sobre ello, y me dijeron que estas gallinitas se crían en el monte y que no crecen más. Y que del mismo cuerpo hay gallinitos. Y unas y otros cantan como los caseros; pero que muy rara vez se pueden coger, porque nunca salen del monte. Después de comer volvimos a montar, y pasamos un largo pedazo de monte, todo de limonal, y muchas matas de pita de la que da piñuelas. Los arrieros nos cogieron muchas y las comimos. A la tarde un poco antes de llegar, en una subida, se me cansó la mula rematándose del todo. El caporal me dio la suya y con ella llegué a la ranchería. Arranchamos en casa de un indio a la salida del monte. Era el indio rico que tenía allí las vegas que frisaban con el río de la Magdalena, llenas de ganado y bestias. Tenía muchísimo queso y leche, y aquella tarde encerró los becerros para darnos leche por la mañana.

A la que vino el día se ordeñaron las vacas y bebimos cuanta leche quisimos, y llenamos los puros para el camino. Después de almorzar partimos a la hora acostumbrada. Salimos del monte, y pasando una quebradita arenosa tomamos un llano con manchas de pajonal y monte, y a cosa de una legua llegamos a un río que llaman Rabilargo. Pasado el río a poco rato topamos un pueblecito de unas veinte casas de indios y mestizos. Allí se compraron dos pañuelos llenos de huevos, y daban 25 por medio real. Toda esta sabana estaba también llena de ganado y bestias y muchísimo pitajayo. A la sombra de un monte nos paramos a comer y después volviendo a montar a hora competente llegamos a arranchar y pasar la noche a un pueblecito que llaman El Pitral. Todo de indios y mestizos. El fundado en un alto sobre una loma. En la casa de un mestizo llamado Cabanillas nos arranchamos. El muy atento y cortés. Nos dio leche y encerró aquella tarde los becerros para el otro día. Es el pueblo anejo a Neiva. Fuimos a ver la iglesia y en los tirantes atravesaños vi unos pájaros tamaños como unos pollos grandes. Para ver qué pájaros eran tomé una caña y los espanté, y hubieron de ser murciélagos. Yo por lo desmedido del cuerpo aunque los vela volar, no lo creía, hasta que di un cañazo a uno y se cayó, y de ala a ala tenía cerca de una vara. A una legua de distancia, hay otro pueblo que llaman El Lindal. Cada cual tendrá unos 100 vecinos.

El otro día tomamos leche y llenamos los puros para el camino, y después de almorzar partimos una loma muy tendida, y el monte lo más era de guayabos. Trastornamos, y al pasar otras 2 o 3 lomas llegamos a un río que lo llaman Peligroso. De esta parte hay una casa de un mestizo, y aquí nos paramos a comer. Pasamos después el río, y se sube una lomita de arenal, y éste prosigue hasta Mercadillo. Lo propio fue entrar en la arena, que se mudó de tal suerte el clima, que el calor fue dos veces mayor. Yo le dije al caporal: este bochorno vendrá de la arena. Y me respondió: Padre, aquí empiezan los llanos de Neiva. De aquí adelante hace más calor. Yo reparé que todo aquel llano se componía de tolitas. Tola llaman allá montoncito de tierra, todo casi pelado y la tierra con muchas quiebras. Pregunté a un arriero y me dijo: Padre, esta es tierra muy seca. A veces llueve mucho, y como el sol aquí es tan ardiente, la fuerza del sol es quien abre estas aberturas en la tierra. Llegamos a la tarde a Mercadillo, que es una quebrada de este nombre, y allí arranchamos a pasar la noche. A mano derecha a unos 500 pasos desviado del camino hay una casa de un mestizo. Él vino a confesarse, y nos trajo un sachamate lleno de huevos.

El otro día después de almorzar partimos, y dejando a mano derecha el camino de La Plata, tomamos el camino de Neiva. Llegamos al río de la Magdalena; pasamos con una canoa, y ya después que todos los trastes estuvieron de la otra parte, allí comimos. Volvimos después a montar, y a menos de una legua llegamos a la ciudad de Neiva. El cura era un gallego llamado el doctor Palencia. Junto a su casa tiene él otra para hospedar los pasajeros. Entre las dos hay una plazuela con 3 árboles de tamarindos muy grandes, que hacen sombra a toda la plazuela. Él ya he dicho que era gallego, y nos remitió a la hospedería y allí arranchamos. Lo que él sólo nos dio fueron tamarindos verdes, que nos destemplaron los dientes, para que no pudiésemos comer, y por otra parte nos hartó de conversación.

Entre otras cosas que contó fue que por todos aquellos llanos los indios pagan el tributo al Rey en oro en polvo. Y como todos los ríos y quebradas lo tienen, salen a tiempo proporcionado los cobradores y al llegar a los pueblos despachan a los alcaldes a avisar la gente de aquel partido. Entonces los indios toman la batea y van a la quebrada a coger el oro que han menester para pagar el tributo. Su curato dijo que le da cada año 8.000 pesos. Y el crece que tiene trocando oro dijo que le daba más. Porque todo el año como él tiene plata, van los indios con papelitos de oro a que se lo trueque con plata; cual trae un tomín, cual medio, cual una cuarta, y cual una onza. Pesado después todo junto, las caiditas sólo sube sobre 8.000 pesos fuera del capital.

Tiene este curato un vecino llamado don Pablo de Herrera caballero. Él vive en su hacienda que la llaman Túnez. Vive este tal algo disgustado con él, y teniendo noticia de nosotros mandó una esquela al P. Presidente rogándole mandase unos de nosotros allá, para decirle misa el otro día que era San Juan, y que supuesto que por la hacienda habíamos de pasar para ir adelante, allí se quedaría el que fuese, hasta que después de los tres días de las fiestas allí se juntasen. Las noticias que adquirí de las fiestas son: Hacen muchos altares en las calles; se previenen muchos dulces y botijas de chicha; hay toros y corridas de caballos, y con la babezón se cometen muchos absurdos. Allí vi un pajarito que lo llaman cardenal. Él todo carmesí color de grana. Es más chico que un gorrión, pero no es cantor, sólo da un chillido muy delicado. La ciudad tendrá unos 400 vecinos, y en ella hay buenas fábricas de petacas, de sillas de montar, sillones para mujeres. Aquí es donde se fabrica muchísimo hilo de pita. De ella hay tres layas. La una es la que da las piñuelas. La segunda tiene la penca la mitad más estrecha, y es más larga y tiene la pita más fina. La tercera tiene la penca 4 dedos de ancho, es penca delgada y de bastante largo.

En estas tierras una novilla vale 3 pesos; un potro de 4 años 4 pesos; un caballo 10 pesos; una mula nueva o macho 12 pesos. Hay en Neiva muchos trapiches de azúcar, y de Neiva, y Natagaima, y Coyaima, continuamente con balsas bajan para Honda por la Magdalena, balsadas de sal, tasajo, tocino, huevos, gallinas y dulces a vender. El P. Presidente me mandó a mí a Túnez, a casa de don Pablo, y así no vi en Neiva las fiestas de San Juan.

El caballero había mandado bestias, y fui con un mozo asturiano llamado Juan, que después en Lima tomó nuestro hábito para lego. Volvimos a pasar la Magdalena, y a las 3 leguas en una pampa está la hacienda. Había yo reparado en varias partes unos mogotes a modo de columnas de unas 3 varas de largo, y de grueso poco más que el cuerpo de un hombre. Aquí como había muchísimas pregunté a qué fin plantaban aquellas columnas, y me dijeron: Padre, estos son comejenes. Comején llaman a unas hormigas blancas poco menos que una mosca. Estos animalejos se comen los palos podridos y estas columnas son los nidos que ellas hacen y en cada uno hay millones. Lo fabrican ellas de un barro muy fino del cual se vale la gente culta para enlucir las paredes de las casas.

Allí estuve 3 días, que don Pablo tenía su buena capilla y ornamentos. Por las tardes en el corral con sus hijos y los negros esclavos se toreó un novillo, y a la noche otro con los cuernos embreados y prendidos con candela. Allí me contó que cuando los indios andaquíes devastaron a la ciudad de La Plata y Timaná, que se llevaron las monjas y todas las otras mujeres, que entre ellas se habían llevado una niña hermana de su mujer que se llama doña Dionisia. Y que al cabo de muchos años la sacaron ya con 3 hijos; pero ella se les volvió a huir a los andaquíes, y no han tenido ya más noticia de ella.

Vinieron los Padres y pasaron de largo, y don Pablo nos regaló una novilla para comer. Yo con la carne, con una buena mula, los fui a alcanzar y los topé ya arranchados a cosa de 2 leguas en las vegas del río de Túnez.

Allí pasamos la noche, y por la mañana partimos después de almorzar, y hasta mediodía anduvimos trastornando lomas y manchones de monte. Nos paramos a comer en una sombra, y catay que se vienen 2 coches allí cerca. Yo tuve a mano la escopeta, y de un tiro los derribé a los dos. Volvimos a partir, y a la tarde nos arranchamos en una loma a pasar la noche. Cenamos los 2 coclíes, y su carne es como la gallina. El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada después de almorzar, y a la tarde pasamos a la vista de un pueblo de indios que llaman El Retiro, que queda a mano derecha. Bajamos abajo, y aquí vi unos árboles que dan unas frutas semejantes al erizo marino. Y pensé que podrían ser castañas, pero dentro no cría nada. Los llaman erizos. Otros árboles hay que dan unas flores de un azul muy fino, y en medio tienen unas hebras que parecen azafrán, pero no lo es. Estos árboles crían unas algarrobas que, al abrirse, tienen dentro un huesecito chico, y abiertas forman cada algarroba dos pares de espejuelos perfectos, sólo que lo que había de ser vidrio es una telita muy delgada.

Al pie de la loma en una quebrada arranchamos a pasar la noche. Advierto que en todo este camino desde Honda hasta La Plata hay unos árboles que llaman espinos, ellos muy coposos, y grandes, con todas las ramas llenas de espinas, y su hoja es chiquita del tamaño de la uña del dedo mínimo, y aun más chicas. Su flor es como la del aromo, algo más chica, tiene el mismo color y olor. Este palo es muy duro y fino, y con el tiempo puesto en agua o enterrado se vuelve pedernal. Este es el ébano blanco, y por lo regular lo usan para los estantillos de fabricar has casas, porque nunca se pudre. Hay también otros pájaros que los llaman cóndores. Son especie de buitres, y son más grandes que los de España. Es pájaro inmundo como el buitre. En toda esta tierra después de cenar es estilo común tomar una mazamorra. Mazamorra llaman un caldo espeso que se compone de agua, sal, harina de maíz tostado, hojas de limón y manteca. Y entre ha gente culta he ponen también un polvito de canela.

El otro día de mañana partimos a ha hora acostumbrada, y a cosa de media legua hallamos a mano derecha en un altito una casa en donde vivía un clérigo, el cual al vernos pasar se vino, y nos quería hacer quedar aquel día. No se allanó a ello el Padre Presidente. Con todo él nos regaló un racimo de plátanos guineos dominicos, que dejo notados Cáp. 1º, un poco de pan fresco y unos pollos. Ya cerca del mediodía llegamos a comer a la margen de un río que lo llaman el río de San Juan, y de la otra parte había un mortecino de una bestia. Había juntamente más de 50 gallinazos que se la estaban comiendo. Pero a poco rato catay que vino un gallinazo rey con la cabeza de pluma colorada. Caso prodigioso: lo propio fue sentarse en el suelo cuando todos dieron un graznido, y dejando la comida se apartaron. Nosotros que ya teníamos la noticia, nos quedamos pasmados. Él se puso a comer, y nosotros determinamos no partir hasta ver en qué paraba. El comió un largo rato, y después se voló.  Lo propio fue levantar el vuelo, cuando todos dieron otro graznido y de tropel fueron a pegarse a comer al mortecino. Esta fue la primera vez que vi este prodigio de la naturaleza.

Nosotros pasamos adelante, y advierto que en estas tierras la gente no entiende de horas; y así cuando se encuentran un pasajero y se le pregunta qué hora llegaré a tal parte, responde él apuntando al cielo: El sol por allí. Cerca de las 3 llegamos a un llano en donde hay un pueblecito de indios y mestizos que llaman San Miguel, y es anejo de otro que está a su parejo 2 leguas más arriba sobre unos cerros, pueblo todo de indios llamado El Alto, y el cura es un fray nuestro, y pertenece a la provincia de Santa Fe. A la margen del río hallamos ya las cargas arranchadas, y allí arranchamos a pasar la noche. Un mestizo del pueblo de San Juan al instante nos trujo unos calabazos de leche y unos pollos. Y encerró los becerros para por la mañana.

A la que vino el día se ordeñaron las vacas, y bebimos cuanta leche quisimos, y llenamos los puros para el camino. Después de almorzar partimos, y a mediodía llegamos a comer a un pueblecito de indios y mestizos llamado Santa Bárbara. En la casa donde nos apeamos era venta. El apero de él era tasajo, chicha, plátanos, bizcocho de maíz, raspadura, alfandoque y almojábanas. Almojábana llaman a unos rolletes que hacen de harina de maíz amasada con leche. La masa se pone muy esponjada, y fresco es buena comida; pero en secarse ya se pone algo latigudo, y al mascarlo reseca mucho la boca y la garganta. Partimos después de comer, y a la hora competente hallamos ya las cargas arranchadas en una quebrada, y allí arranchamos también a pasar la noche.

El otro día de mañana partimos a la hora acostumbrada después de comer al pie de una cuesta, que este día fue muy trabajoso, porque todo fueron lomas empinadas y había mucho lodo y resbaladeros; y por fin de la jornada subimos un cerro muy tieso y resbaloso, y nos duró ha mayor parte de la tarde. A la que llegamos a la ensillada, topamos un limonal, y abajo en un llanito que formaba un peñón, una casa de un mestizo, y al lado su trapiche. Aquí los arranchamos a pasar la noche. A poco rato vino un indio pidiendo que alguno fuera a confesar a su mujer, que se estaba muriendo. El Padre Presidente mandó al Padre E. Antonio Alfaro, natural de Calahorra. Fuese y allí se quedó hasta por la mañana. En el trapiche estaban moliendo caña y el mestizo tenía muchas botijas de guarapo, y nos dio; y como ya estaba fermentado, nos supo muy bien, y a falta de vino puede muy bien suplir.

El otro día partimos a hora acostumbrada, después de comer, cuesta abajo, y abajo en una casita topamos al Padre Alfaro. Yo le pregunté qué le habían dado de cenar a la noche y dijo que un caldo con huevos con muchísimo ají, y en lugar de pan plátanos verdes asados; y por la mañana cacao con arepa, huevos fritos, queso y plátanos verdes asados. Para nosotros era esto una letanía que nos daba mucha risa. Tomamos de allí un llano que tendrá 4 leguas, todo de sabana. Sólo en medio de unos árboles espinos. A su sombra nos paramos a comer. Después de comer volvimos a partir, y a las 2 de la tarde llegamos a un río grande que se pasa con canoa, llamado País. Estaba muy crecido, y no se pudo pasar, porque es muy rápido.

De la otra parte hay una iglesia que es ayuda parroquia de La Plata. Allí vivía un clérigo llamado el doctor Vargas con 2 hermanas suyas doña Gertrudis y doña María. Dos días estuvimos parados sin poder pasar el río. El tercer día vino el clérigo y las señoras, y se empeñaron con el pasero. Por fin nos pasó con mucho riesgo; pero las cargas y las mulas se estuvieron del otro lado 4 días más sin poder pasar. El clérigo nos llevó a su casa y nos cuidó muy bien. El ya había mandado avisar por toda aquella serranía, y vino una máquina de indios y mestizos con sus familias, que todos los 4 días tuvimos bien que hacer en predicar y confesar. Al puesto lo llaman Paicol, y toda aquella serranía es de minerales de oro, pero no hay quien lo saque. Sólo en las quebradas van cateando los oritos que traen las avenidas de los aguaceros.

Hay también y se crían en aquellos cerros muchas amatistas y doña Gertrudis me enseñó un puñado chiquitas, unas medio cuajadas, y otras cuajadas del todo. Me contó también que un sobrino suyo había venido a España y estaba en Madrid a pretender un Corregimiento, y que había llevado una amatista que se encontró en aquellos cerros, que tenía un palmo de largo y un jeme de grueso con proporcionada anchura, para hacer de ella un vaso y regalarlo al Rey. Es la amatista una piedra de color morado muy fino, y en lustre y fondo como la esmeralda, aunque no es tan apreciada. Contóme también que en años anteriores iba un chapetón por aquellas serranías vendiendo ropa de España, y que un día fue a dar a la casa de un indio. El indio le sacó unas piedras ya grandes, ya chicas, que tenían agarradas otras blanquitas que lucían mucho, y le dijo: Chapetón, ¿conoces vos estas piedras? El chapetón conoció que eran diamantes en bruto. Sagaz le respondió que no. Preguntó al indio si tenía muchas, y le dijo que dos petacas llenas y que lo habían encontrado en una quebrada. El chapetón concertó con él, y le dio dos petacas de ropa, y cargó con las dos petacas de diamantes en bruto. Fuese a Santa Fe y los mandó labrar, y después tiró con ellos para Lima, y hoy día es de los mercaderes más ricos que tiene todo el Perú, y está en Lima.

Ya por fin partimos de Paicol y llegamos cerca las 10 a una quebrada, y allí encontramos al sustituto del cura de La Plata, y el alcalde de la ciudad, que era chapetón llamado don Diego, casado con doña Bernarda Polanco, hija de don Silvestre Polanco Sevillano y doña Agustina. Habían salido a encontrarnos con otros caballeros y nos traían prevenido un almuerzo. Allí a la sombra almorzamos y después cerca las 3 de la tarde, por fin llegamos ya a la ciudad de La Plata con salud.

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