AUGUSTO J. GÓMEZ L.
Profesor de la Universidad Nacional de Colombia
INES CAVELIER DE FERRERO
Investigadora Fundación ERIGAIE

Fernado Urbina

SISTEMAS ECONOMICOS Y CARACTERÍSTICAS SOCIO-CULTURALES

Las imágenes negativas que muy pronto, desde el siglo XVI, surgieron sobre las sociedades aborígenes de los Llanos (“caribes”, “gentiles”, "vagabundas”, “bárbaros”, etc.) todavía difundidas ampliamente en el siglo XX, han impedido advertir, sin prejuicios, las ingeniosas estrategias por ellas desarrolladas para el manejo y domesticación de cultígenos y, en general, para la utilización de los recursos. En contraste con la subutilización económica y particularmente agrícola del Llano en la actualidad, las investigaciones arqueológicas y etnohistóricas sugieren cómo en el pasado prehispánico las sociedades que allí habitaron desarrollaron complejos sistemas que hicieron posible el manejo y aprovechamiento eficiente de los ecosistemas regionales.

Tales habilidades y conocimientos fueron desarrollados durante largo tiempo por grupos humanos llaneros, cuyas características y cronología comienzan a conocerse. En efecto, y si bien hasta hace poco se consideraba remota una ocupación de las tierras bajas tropicales por grupos de cazadores-recolectores, en los Llanos se han registrado asentamientos de esta etapa. En la región del medio río Orinoco venezolano, sobre terrazas, bancos y diques adyacentes al cauce actual o al antiguo, se encontraron tres sitios cuyos componentes arcaicos estarían relacionados con aquellos de la región andina, en la Cordillera Oriental colombiana (Barse 1995). La primera fase fue registrada en los sitios Culebra y Provincial (fechados en 9.020 ±)

100 y 9.210 ± 120 A.P.). En este último, un conjunto de raspadores de lasca y herramientas producidas por abrasión y picado, asociados a fogones con carbón vegetal y restos de frutos de palma, yacían en un paleosuelo, remanente de la antigua cobertura “boscosa”. A partir de este período temprano, se habría desarrollado otro componente registrado también en el sitio Culebra, del cual se obtuvieron raspadores y dos puntas de proyectil con tallos contraídos,. cuya materia prima es ajena a la hoya del Onrinoco. Con similares características se encontró un piso de ocupación que contenía piedras quemadas éstos de frutos de palma junto con raspadores en POZ Azul Sur-2, fechado en 7010 ± 190 A.P. Los materia es de este segundo componente, y en especial la presencia de puntas de proyectil, se han interpretado como el reflejo de las condiciones ambientales más secas del Holoceno medio (Barse, 1995), donde una situación de vegetación de sabana haría necesarias herramientas de caza para animales típicos de este ambiente.

Hacia esta misma época, un abrigo rocoso cercano río Guaviare, al suroniente de la Sierra de la Macarena, era usado como vivienda por grupos de cazadores-recolectores hace 7.250 años. Poseían una tecnológía simple dirigida a la explotación de recursos del bosque, tanto animales como vegetales, y posiblemente debido a su uso para maderas y otras plantas, se encuentran predominantemente herramientas de raspador elaboradas en chert, cuarzo y cuarcita. Además consumían frutos diversos, cuyos restos aún carecen de idenificación. A partir de las características de precipitación y vegetación actuales, se puede suponer que el hábitat en el cual desarrollaron sus actividades de caza y recolección sería selvático. Sin embargo es posible que fuera algo menos húmedo que el actual, si tenemos en cuenta los resultados de los análisis paleoclirnáticos, los cuales se tratarán en detalle más adelante.

Se ha postulado (Barse 1995) que esta tradición arcaica en los Llanos, con grupos dedicados a la caza y recolección, que posiblemente derivó hacia un manejo hortícola incipiente, pudo continuar hasta hace 4.000 6 3.000 años. Esta situación podría verse reflejada en los hallazgos del sitio La Maporita localizado en el piedemonte del Casanare.  Allí, un piso de ocupación fechado en 3620 ± 50 A.P., contenía artefactos líticos tallados obtenidos con una técnica sencilla de percusión directa. Sin embargo, a diferencia de los otros sitios mencionados en donde predominaban los raspadorespropios para trabajo sobre madera; en este caso se tiene una mayor proporción de lascas de corte, seguida por desechos de talla, núcleos, y finalmente los raspadores en menor cantidad. En el lugar se observó un deposito de arenas finas transportadas por el viento, que es característico de tina sabana con vegetación abierta; esto permite proponer que la tecnología lítica descrita refleja un uso orientado a este hábitat (López et al. 1993).

Aunque escasos, los datos sobre estos primeros asentamientos de cazadores-recolectores indican distintas formas tecnológicas propias para la explotación de recursos variables, el acceso a los cuales pudo verse afectado por los cambios de vegetación y clima del Holoceno, desde hace unos 10.000 años. Tales variaciones se han verificado en la región de las sabanas orientales a partir de perfiles palinolégicos de los llanos al sur de San Martín, donde se identificó un período seco y vegetación predominante de gramíneas, desde c. 6000-5000 hasta el 3800 A.P. Igualmente, mediante sondeos efectuados en la sabana de Rupununien Guyana se pudieron apreciar fases de cambio climático representadas por vegetación de gramíneas en la época seca y fría del 7300 y del 6000 A.P., alternando con bosques algo más húmedos donde predominaban árboles de Byrsonima (Van der Hammen, 1992). Según estas informaciones, así como las características de las ocupaciones tempranas en las sabanas orientales basta ahora conocidas, se puede señalar que los grupos primigenios de cazadores-recolectores preferían ambientes ribereños más húmedos y una vegetación con mayor componente boscoso. La ubicación de estos pobladores en zonas con menor variación estacional posiblemente buscó evitar la escasez de algunos alimentos, previsible en las sabanas con marcada sequía anual. Es posible que desde estas primeras ocupaciones surgieran algunas estrategias de subsistencia de los grupos nómadas llaneros, como alta movilidad para explotar biotopos diferentes en busca de alimentos, y las prácticas de distribución de recursos en el interior y entre bandas. De igual forma es aparente qué desde muy temprano las poblaciones llaneras seleccionaron las palmas y su hábitat de bosque de galería y esteros como recursos de importancia, zonas que posteriormente serían valiosas para la agricultura.

Antes de considerar los desarrollos de grupos sedentarios, es relevante hacer unas consideraciones generales sobre la discusión de las relaciones entre culturas-basadas en maíz (semicultura), respecto a aquellas que tenían como base de subsistencia el cultivo de yuca (vegecultura). Cada uno de estos sistemas ha sido tradicionalmente identificado a partir de los instrumentos característicos para procesar tales alimentos. De esta forma las manos y metates indicarían una subsistencia basada en maíz mientras que los platos budares implicarían el cultivo de raíces, particularmente la yuca brava (no obstante véase De Boer, 1975). Actualmente los arqueólogos prefieren contar con restos vegetales carbonizados o secos, así como polen, para establecer las prácticas de subsistencia del pasado. Sin embargo en los años cincuenta sé carecía de estos datos, así que los arqueólogos Cruxent y Roüse (1958), siguieüdo los planteamientos de Sauer se basaron en las evidencias indirectas ya mencionadas y propusieron que en Venezuela, contrario al origen andino del poblamiento postulado por Steward, había dos grandes centros de desarrollo cultural: uno oriental, temprano, situado en la cuenca del Orinóco, con la yuca como alimento principal y representado por la tradición Saladoide Barrancoide; y otro occidental, temporalmente posterior, que estaría concentrado alrededor del Lago de Maracaibo, con importantes elementos ceremoniales y agricultura de maíz. A partir de tales centros se habría dado una interacción posterior, originando híbridos como el Araúquinoide. Posteriormente, los grupos maiceros se habrían expandido, prevaleciendo en gran parte del país (Cruxent & Rouse, 1958).

Algunos elementos del desarrollo cultural mencionados en estas hipótesis se han podido reconstruir con mayor detalle a partir de investigaciones realizadas tanto en Colombia como en regiones vecinas de Venezuela, ubicadas éstas hacia el norte y oriente del territorio colombiano; Estas informaciones nos permiten uña aproximación a la historia del piedemonte septentrional, así corno los llanos medios y bajos, antes de considerar las peculiaridades de las sociedades del piedemonte sur, que se relacionarán posteriormente. El primer caso corresponde a los llanos altos y medios de Barinas, que prolongan los llanos de Casanare y Arauca hacia el nororiente, bordeando la Cordillera Oriental o de Mérida. Allí la ocupación por ceramistas cultivadores de maíz de la serie Osoide se ha identificado para la primera fase llamada Caño del Oso (2180-1300 A.P.). Posteriormente, la presencia de budares indicaría que la gente de la fase La Betania (1300-750 A.P.), asociada con la expansión Arauquinoide, dependía de la yuca para la subsistencia (Zucchi 1968, 1972,1973). Otros trabajos (Garson, 1980; Spencer & Redmond, 1992), han planteado el surgimiento de cacicazgos a partir del 1450 A.P., caracterizados por una jerarquía de asentamientos en tres niveles, con un gran centro regional y construcciones de montículos, calzadas y campos drenados. Adicionalmente se constató un crecimiento demográfico: sólo tres pequeños asentamientos pertenecen al período 1650-1450 A.P., mientras que entre 1450 y 950 A.P. se encuentran 32 sitios habitados. Para la última época, la diferenciación social es aparente en las viviendas y los entierros. Aunque se ha discutido que los intercambios a larga distancia en los Llanos eran de baja intensidad y estaban basados en bienes de prestigio (Gassón, 1996) en este caso se han identificado varios elementos que permiten suponer un nivel de organización socio-política avanzado, como el incremento del comercio con la zona andina y las técnicas defensivas para la guerra. Igualmente se considera avanzada una tecnología agrícola con campos drenados donde predominaba el cultivo del maíz (Spencer & Redmond, 1992).

Otro sector cuya ocupación prehispánica puede relacionarse con la expansión Arauquinoide, son las llanuras eólicas del río Meta y sus afluentes, en Arauca. Allí, un patrón de asentamiento ribereño fue identificado en tres sitios que ocupan de 1 a 2 hectáreas cada uno, ubicados en las riberas de los ríos Casanare, Ariporo y Meta (Giraldo de Puech, 1988). Los materiales cerámicos fueron divididos en cinco tipos según sus características de pasta y color de superficie. El tipo A, más abundante, presenta formas de anchos cuencos de base anular plana y platos hondos de bases planas (budares), utilizados probablemente para la preparación del casabe. Los escasos elementos decorativos son acanaladuras, impresiones de cestería y textiles, falsas asas, asas modeladas zoomorfas, y pintura roja, carmelita o negra alternada con rosado en motivos curvos, ángulos o rombos. También existen pintaderas cilíndricas con motivos geométricos. Una fecha obtenida en Bomhay, en la margen meridional del río Meta, sitúa tos hallazgos en 767 ± 85 A.P. y la autora considera que la cerámica se relaciona con aquella de Arauquín, sitio epórumo localizado en el Orinoco medio de Venezuela.

El sistema de campos elevados relacionado con el desarrollo de complejidad socio-política también fue utilizado en tiempos prehispánicos en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Surinam y Guayana Francesa, y constituye una manifestación de la adaptación de grupos agricultores a ecosistemas que, como los del Llano, presentan fuertes períodos de exceso y de falta de agua durante el ciclo anual. Los campos drenados, montículos o camellones de cultivo, buscan manejar las condiciones de anegamiento e igualmente aprovechar la humedad remanente en época de sequía. En Colombia tales áreas modificadas han sido registradas en la zona de colinas disectadas, en un sector de bajos del caño Cumaral, cerca al río Manacacías (Reichel-Dolmatoff, G. y A., 1974). El complejo de caño Cumaral cubre unas 100 hectáreas y en una sola de ellas se contaron cerca de 1.000 montículos. Cada amontonamiento de tierra puede medir entre uno y seis metros de diámetro y tienen de 60 a 100 cm de alto. Las excavaciones y recorrido del área no permitieron identificar cerámica asociada o elementos que permitan establecer su cronología, pero el autor considera que fueron hechos por el hombre, en época prehispánica con el fin, de sembrar yuca. Los terrenos bajos son apropiados para la siembra en tanto se puedan controlar las inundaciones a las cuales están expuestos durante la temporada de lluvias. Tales montículos, según los autores, podían servir para sembrar raíces como la yuca, pues su elevación sobre el pantano protegería las plantas de la excesiva humedad. Adicionatmente en verano, los montículos conservarían un núcleo de textura floja apropiado para el crecimiento de estos cultígenos. Unos pocos montículos, similares a los descritos, se encontraron en un bajo adyacente al caño Húmapo, cerca de su desembocadura en la margen sur del río Meta (Mora & Cavelier, 1984). Para estos sectores modificados se carece hasta el momento de asentamientos relacionados o de evidencias directas, como polen o restos de plantas, que puedan darnos luces sobre el tipo de vegetales allí cultivados.

Un caso ilustrativo para la hipótesis de Rouse y Cruxent sobre la existencia temprana de un “centro cultural oriental” de vegecultores, se ha identificado en Parmana, medio Orinoco en, Venezuela, donde Roosevelt (1980) encontró fases sucesivas de ocupación desde hace unos 4.000 años. En una primera época (4050 a 2750 A.P.) se presentaban pequeños asentamientos sobre los diques del río Orinoco, con una baja densidad de población (0,2 a 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado) y una subsistencia basada en yuca, a juzgar por los budares y las pequeñas astillas de piedra, testigos remanentes de antiguos ralladores dé madera incrustados con esquirlas agudas. Luego estas gentes fueron abruptamente reemplazadas ó absorbidas por otros grupos emparentados con el occidente de Venezuela. En este período (2750 a 1550 A.P.); cuando los poblados eran más grandes y aparecen en mayor cantidad, se encuentran los primeros restos de maíz y metates. Se ha calculado que la población entonces creció hasta cuatro veces más que la del período anterior. En una tercera época, donde se reconoce la influencia de los Arauquinoides, se estabiliza la población, que llega a ser hasta 20 veces mayor que durante la primera ocupación. La autora estima que hay una correlación temporal entre la primera aparición del maíz y el crecimiento demográfico. Si bien cuestiones tan relevantes como las tratadas en esta reconstrucción histórica se pueden establecer para las zonas adyacentes, la región del medio Orinoco de Colombia continúa inexplorada. Sin embargo las similitudes entre algunos materiales cerámicos encontrados en proximidades de Puerto Carreño, en territorio colombiano, permiten suponer la ocupación de esta región al menos por gentes de una de las fases tempranas (Ronquín-Sornbra) señaladas por Roosevelt. De igual forma los hallazgos de Castaño permiten proponer una interesante secuencia de cambios culturales, y cabe a los investigadores colombianos continuar tales estudios.

Pinturas rupestres en el río Guayabero. Eatos perroglifos, cuya antigüedad se desconoce, se encuentran
 principalmente en los grandes raudales y representan escenas de caza y pesca. Foto: Enrique Bautista

Para la época tardía se han registrado en el norte de los Llanos de Colombia otras zonas que dan cuenta de formas diversas de asentamiento y de utilización de los recursos regionales en la antigüedad. En virtud de la investigación desarrollada por Mora y Márquez, en 1982, se conoce la ocupación de los llanos altos del municipio de Yopal durante la primera mitad del siglo XVII (1620 + 50) así como sus formas de utilización del medio:

“Los habitantes pertenecientes a esta etnia parecían preferir para ubicar sus asentamientos el área extensa de abanicos aluviales. Allí la escasa pendiente, los materiales finos, la existencia de un horizonte impermeable en los suelos y la abundancia de lluvias durante la temporada invernal, los obligaba a buscar dentro del territorio aquellas partes más altas y a salvo de las inundaciones periódicas: bosques de galería y matas de monte.

Podríamos decir que dentro de un paisaje conformado por grandes extensiones de sabana, que no presenta accidentes topográficos notables y con suelos mal drenados, estos habitantes intentaban la maximización del medio buscando aquellos lugares en los cuales se conjugaba el mayor número de unidades de paisaje diferentes, obteniendo de esta manera las ventajas de todos ellos a lo largo de las estaciones”. (Mora y Márquez, 1982,p. 9).

En esta región se localizaron más de 20 asentamientos prehispánicos, separados entre sí por distancias entre uno y cinco kilómetros y asociados a zonas de cobertura boscosa. Todos ellos son superficiales (10-30 cm de profundidad) y de poca extensión (100 a 300 m 2). La actividad agrícola constituía la base de la economía, a juzgar por el gran número de platos budares, hachas de piedra y percutores líticos, que sugieren el consumo de yuca y semillas. Esta base se habría complementado con la caza de pequeños mamíferos y aves, cuyos restos se encontraron dentro del basurero excavado.

La ocupación del piedemonte y llanos altos meridionales, exige inicialmente una consideración geográfica que introduzca las diferencias con las regiones presentadas anteriormente. En efecto, se ha considerado como transicional entre llanos y selva amazónica, la franja del río Guaviarey su continuación hacia el norte, adyacente a la Sierra de la Macarena y la Cordillera Oriental, en virtud de las condiciones climáticas imperantes. Una lectura dé los datos de precipitación y temperatura desde el norte llanero hacia el Amazonas muestra un cambio gradual desde una estación seca marcada con una menor precipitación. anual y temperaturas más altas, hacia estos sectores .cercanos al bosque húmedo tropical, donde las estaciones de sequía y lluvias apenas se diferencian, la cobertura boscosa ayuda a mantener más baja la temperatura, y en general se cuenta con mayores precipitaciones. 

Pintura rupestre del Inírida. Representa un venado, un bagre y diseños 
geometricos de sebucanes. Foto: Femando Urbina

Es en este paisaje donde se ha logrado identificar una serie de yacimientos que comparten un componente cerámico estilísticamente muy similar. A partir de estas informaciones, complementadas por unas fechas tardías, se ha planteado que para, el siglo XVI un conjunto de grupos identificados por los cronistas pueden corresponder a los restos encontrados por los arqueólogos. Esta situación nos permite, en páginas subsiguientes, recopilar información de crónicas para complementar el esquema cultural. Sin embargo, surge la inquietud sobre la antigüedad de tal ocupación, su filiación y proceso de desarrollo en el área. Es aquí donde algunas pistas provenientes de fuentes diversas pueden ayudar en la reconstrucción; la cual deberá ser corroborada y complementada con futuros estudios.

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