(continuación capítulo palmas)

Pero más allá de los usos tradicionales u locales de las palmas, algunas especies tienen también un potencial económico a mayor escala. Desafortunadamente, la explotación no siempre se hace de modo racional, ni beneficia a las comunidades locales. El ejemplo dramático de esto es la explotación del palmito. Las poblaciones de naidí, que cubren miles de hectáreas al sur de la costa colombiana del Pacífico, han sido dadas en concesión a las empresas enlatadoras de palmito, que explotan las palmas silvestres mediante el trabajo de los dueños ancestrales del bosque, sin que a estos les quede una ganancia que les ayude a mejorar sus condiciones de vida. Así el nativo, por obtener el mayor beneficio posible, hace una explotación destructiva de un recurso que podría ser manejado de modo racional, y de esta manera los naidizales son arrasados. En la actualidad hay seis plantas enlatadoras de palmito en la costa colombiana del Pacífico: una en la boca del río San Juan, una en Guapi, dos en Salahonda, y dos en Limaco. Las exportaciones de palmito de Colombia han crecido sin cesar desde 1984, y en 1990 ascendieron a 704 toneladas, con un valor de 1.5 millones de dólares (Bernal, en prensa). A pesar del volumen considerable y creciente de estas exportaciones, todavía no existe unanimidad sobre el efecto que la explotación tiene sobre los naidizales. Mientras que los campesinos en Tumaco y en el río San Juan aseguran que ella está arrasando los naidizales, un estudio relámpago de Inderena concluyó que la explotación del palmito favorecía su desarrollo y con base en esto se ha permitido que continúe. En la actualidad se hacen estudios sobre el impacto de la explotación, en los que toman parte las compañías enlatadoras.

Tebada
Foto: Juan Manuel Renjifo

Un programa de aprovechamiento de las palmas promisorias (al igual que de otros productos de la selva diferentes a la madera) que involucre de modo directo a las comunidades tradicionales, y deje en ellas mismas el beneficio de la explotación, ofrece una mejor alternativa de desarrollo y de conservación del recurso. Un proyecto de este tipo se inició en 1991 en el golfo de Tribugá, en la costa del Pacífico, con la tagua. Las semillas de esta palma, que miden unos 5 cms. de diámetro, son de un material duro y pesado, de textura y color similares a los del marfil, por lo que han sido llamadas marfil vegetal. La tagua fue un producto de gran importancia en el mercado internacional en el siglo XIX y las. primeras décadas del siglo XX, y se usaba, principalmente, para la fabricación de botones. En 1920 el 20% de todos los botones producidos en los Estados Unidos eran fabricados de tagua, casi toda proveniente de Colombia y Ecuador. La tagua constituyó un rubro de gran importancia en la economía colombiana de fin de siglo: En el período 1875-1878, la tagua era el sexto producto más importante en las exportaciones del país. Para 1911, la tagua constituía el 3.1% de todas las exportaciones colombianas. La gran mayoría de la tagua que se explotaba en el país provenía del Pacífico, principalmente, de la costa norte y de la región de Tumaco. Casi toda la tagua que se producía en la costa norte era llevada directamente a Panamá, por lo que posiblemente nunca ingresó a las estadísticas colombianas. Con el advenimiento de los plásticos, la tagua fue olvidada y muchos de los antiguos taguales del Pacífico han sido convertidos ahora en cultivos de arroz. Pero con el despertar de un nuevo interés por los llamados “productos verdes”, sumado a la prohibición mundial del marfil de los elefantes, el marfil vegetal ha hecho su reaparición en la escena y su explotación se perfila como una alternativa de uso sostenible de los bosques de la costa.

Otra especie promisoria, la cual ilustra el uso irracional que en Colombia se hace de los recursos, la constituye la palma real de Tumaco (Attalea colenda). Esta palma, endémica de las tierras bajas del Pacífico en Ecuador y el sur de Colombia, ha sido reconocida como una especie oleaginosa comparable a la palma africana, no sólo en cuanto al tipo de aceite, sino también por su potencial de producción. En efecto: los primeros registros de producción de la palma africana, en 1922, en los inicios de su domesticación, fueron de 1.8 a 2.6 toneladas de aceite por hectárea. La palma real de Tumaco, en condiciones silvestres y sin ningún tipo de mejoramiento genético, produce entre 0.32 y 3.2 toneladas de aceite por hectárea (Blicher-Mathiesen & Balslev, 1990). Su mismo nombre científico, colenda literalmente significa “que debe cultivarse”. Pero en Colombia, lejos de pensar en cultivarla, esta especie ha sido arrasada por millares, a tal punto, que en la actualidad se encuentra en peligro de extinción. ĦLo insólito del caso es que ha sido arrasada para establecer plantaciones de palma africana!

Como lo muestra el breve análisis de este capítulo, las palmas juegan un papel primordial en los ecosistemas del Pacífico, lo mismo que en la vida de sus habitantes. Su gran versatilidad como plantas útiles al hombre, hacen de este grupo uno de los más promisorios para contribuir a la conservación y el desarrollo de las comunidades locales, mediante el uso sostenible de los bosques. Pero para esto es preciso entender las estrechas relaciones que el hombre del Pacífico ha desarrollado con sus palmas, y éstas con todo el ecosistema y buscar los mecanismos que permitan perpetuar esos usos y obtener de ellos el máximo beneficio.


BIBLIOGRAFIA

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Blicher-Mathiesen, U. and H. Balsev. 1990 Attatle  colenda (Arecaeae) a putenttial lauric oil  resource. “Economic Botany 44(3): 360- 366.

Galeano, G. (en imprenta). Patrones de distribución  de las palmas de Colombia : (Memorias del Simposio Las Palmeras en los bosques tropicales, Iquitos, Septiembre 1 8-24, 1991 ).

Gentry, A.H. 1982. Phytogeographic patterns as evi­dence for  a Choco retuge. pp. 112- 136 en: Prance, G.T. (ed.). Biological diversification la the tropics. Columbia University Presa, New York.

Prahl, H. von. 1989. Manglares, Villegas Editores, Bogota.

Smythe, N. 1989. Seed survival in the palm Astrocaryum standleyanum: evidence for dependence upon its seed dispersers. “Biotropica” 21(1): 50-56.

 


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