(continuación capítulo lenguas vernaculas)

Los estudios sobre las lenguas Chocó

La inclusión dentro de una misma familia lingüística, del habla de los diferentes grupos Chocó que sobrevivieron a la Colonia, es un hecho reciente. Su clasificación, dentro de la gran variedad de familias americanas, es todavía motivo de discusión.

Los primeros intentos de clasificación en América, se dan en la segunda mitad del siglo XIX. A comienzos del siglo XX, se habla de diecinueve familias independientes para el litoral Pacífico, entre las cuales se encontraba la familia Chocó. Eran los tiempos de investigadores, como Brinton (1901) y Chamberlain (1907), tratando de despejar el panorama de las lenguas amerindias. Posteriormente, investigadores, como Lehmann (1920) y Rivet (1944), reducen este número y proponen la inclusión de la familia Chocó en otras macrofamilias, como la Chibcha o la Karib respectivamente. En la actualidad, a la luz de prospecciones lingüísticas recientes, la tesis de la independencia de esta familia se muestra como la más contundente, dándole razón a sus defensores, entre quienes, además de Chamberlain, podemos nombrar a Nordenskiöld (1928), Loukotka (1968), Tovar-Larrucea (1984) y Pardo-Aguirre (1988).

Las fuentes de los primeros análisis comparativos, como los de Bollaert (1860) y Adam (1888), eran en su mayoría listas de palabras recogidas por misioneros o viajeros extranjeros, de paso por diferentes regiones de los Chocó, a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX. Bajo los nombres de: andáguedas, baudós, chamís, dabeibas, darienes, katíos, noanamás, saijas, entre otros, se empezó a dar perfil a esta familia lingüística.

Por supuesto, se asignaban nombres diferentes a hablas que pertenecían a un mismo dialecto, o se asociaban nombres de lenguas como: quimbaya, arma, anserma, pozo, cuya filiación no quedó demostrada o representan grupos Chocó extintos (Bastián, 1878; Jijón y Caamaño, 1938; Mason, 1950). La clasificación de Mason en 1950 (ampliada con la de Greenberg en 1956), por ejemplo, dividía el habla de los Chocó en: empera (con tres variantes); catío (con catorce variantes); y noanamá (con una variante). Ya Loukotka, en 1942, hablaba de nueve lenguas Chocó vigentes y cinco extintas y, luego en 1952, con Rivet, proponen diez variantes vigentes para el grupo Chocó (que llaman división empera) y dos extintas. (Véase Ortiz, 1965, pp. 197-200). Todo esto contribuía al clima de confusión que reinaba sobre la unidad cultural y el origen común de los Chocó.

Junto con el número cada vez más creciente de vocabularios, empezaban a aparecer escritos con anotaciones gramaticales, de investigadores nacionales y extranjeros, dentro de los cuales se destaca el de José Vicente Uribe, por ser de época tan temprana, como 1881. Igualmente pioneros fueron los misioneros: un material de 37 frases y 106 morfemas, recogido por el padre Joseph Palacios de la Vega en 1787, se cita como el documento lingüístico más antiguo; en 1918 aparece un catecismo Catío-Español para misioneras de Antioquia; de María Betania hay una gramática Catía, sin fecha (citada por Pinto, 1974); en 1936, fray Pablo del Santísimo Sacramento, publica un ensayo gramatical sobre el habla de los embera-catío de Urabá; el padre claretiano Constancio Pinto, publica en 1950 un diccionario Catío-Español y en 1974 otro extenso diccionario con gramática.

Estos trabajos, como era de esperarse, no se ceñían a las pautas del análisis y las técnicas lingüísticas descriptivas modernas. Se escribían con alfabetos particulares, presentaban transcripciones confusas que ocultaban variaciones dialectales, agrupaban palabras de diferentes dialectos. No obstante, fueron dando la base para los estudios posteriores.

Bajo una perspectiva propiamente lingüística, comienzan a aparecer estudios a partir de la segunda mitad del siglo XX. Caudmont (1955) hace un análisis fonológico y gramatical sobre escritos chamí recogidos por Reichel-Dolmatoff; Holmer (1963) estudia la gramática de los waunana; Horton (1964-76), trabaja en morfología de la lengua para la elaboración de cartillas en el embera del Alto Sinú; Loboguerrero investiga la fonología chamí en Risaralda (1976). En 1962 llega al país el Instituto Lingüístico de Verano (ILV). El gobierno le encomienda el análisis científico y la comparación de las lenguas autóctonas colombianas, pero con el tiempo su radio de acción trasciende las fronteras de los estudios lingüísticos. Se le conoce sobre lingüística embera: Schöttelndreyer y Rex, una fonología del katío en el noroccidente de Antioquia (1973); Rex, una gramática catía (1975); Gralow, una fonología del chamí (1976); Schöttelndreyer, elabora cartillas (1973 y 1977); Michael y Nellis, hacen cartillas en chamí, para tos embera del Valle del Cauca (1984); Harms y Powel, trabajan el epera de Saija, fonología (1984) y gramática (1987), también hacen cartillas (1981, 1982, 1985).

Pero sería el norteamericano Jacob Loewen, misionero menonita, quien a mediados del presente siglo, sentaría las verdaderas bases para una caracterización de las lenguas chocó. Basado en la bibliografía lingüística existente hasta la fecha, confrontándola con datos propios de terreno, realiza estudios, desde fonológicos hasta sintácticos, en diferentes lugares de habla chocó, lo que le permite elaborar análisis comparativos, dialectológicos e incluso semánticos, además de tratar problemas didácticos, de interferencia lingüística y elaborar cartillas. Una completa relación de sus trabajos se puede ver en Pardo 1986.

Loewen constata la aseveración de Nordenskiöld, atestiguando lingüísticamente dentro de la Familia Chocó, sólo dos lenguas, ininteligibles entre sí pero emparentadas: la Waunana y la Embera, y propone, bajo un criterio fonológico, cuatro grandes áreas dialectales, una waunana y tres embera, con variaciones lexicales al interior de las áreas embera (1960).

Mauricio Pardo, en su inquieto incursionar por la cultura de esta etnia, también se ocupa de su lengua. Con su participación en talleres al lado de maestros del alto Baudó, a comienzos de los ochentas, y luego en el noroccidente antioqueño, en 1983, inicia una era de investigaciones que comprometen tanto a indígenas como a investigadores, en la aplicación de los estudios lingüísticos para dar soluciones a las mismas comunidades. Con esta dirección, presenta una ponencia sobre etnolingüística en 1984, en cuya publicación (1986) da cuenta además de lo existente en literatura lingüística Chocó hasta el momento. Con evidencia de primera mano, recogida en diferentes localidades embera, propone una reclasificación de las áreas dialectales de Loewen en dicha ocasión, investigación en la que luego me invita a participar. En 1988, presentamos la ponencia “Dialectología Chocó” en un seminario sobre clasificación de las lenguas indígenas de Colombia. Pardo también se ha ocupado de aspectos sociolingüísticos y en la elaboración de cartillas.

El decreto 1142 de 1978, del Ministerio de Educación Nacional, relativo a la educación indígena; la creación del Comité Nacional de Lingüística Aborigen; la conformación de postgrados en lingüística indígena y, naturalmente, el avance en las reivindicaciones de las comunidades nativas, particularmente en lo que respecta a su lengua y su cultura, posibilitan una nueva etapa en el estudio, investigación y fomento de las lenguas aborigenes y criollas del país. Esta etapa, caracterizada por el despertar de lo “étnico”, no queda reducida simplemente a una serie de estudiosos o de intelectuales comprometidos o no con los intereses de los indígenas, sino que también son estos últimos los que toman la iniciativa en sus demandas. La presencia de varios indígenas en dichos postgrados, atestigua el compromiso de las comunidades por conocer, revitalizar y difundir sus propios conocimientos dentro de su propia gente.

En 1982, Mercedes Prado presenta una tesis sobre el epera de Saija para la Universidad del Valle. Colabora con materiales didácticos en 1985. Profundiza posteriormente en aspectos de la lengua, como la nasalidad (1991). Actualmente trabaja en conflictos etnolingüísticos entre negros e indios (1992), dentro del más amplio proyecto denominado: “Cada río tiene su decir”.

En 1984 comienza el Postgrado de Etnolingüística de la Universidad de los Andes, con el apoyo del Centre Nationale de la Recherche Scientifique de Francia (CNRS). Allí se preparan investigadores nacionales e indígenas para el estudio de las lenguas nativas con miras a su fortalecimiento. Sus egresados conforman el Centro Colombiano de Estudios en Lenguas Aborígenes (CCELA), desde donde se continúan trabajos científicos, de rescate y revitalización de estas lenguas.

Sobre el embera se han ocupado:

Mario Hoyos, quien trabaja desde 1984 en el río Napipí, Atrato medio y otros lugares. Su investigación cubre desde diseño de materiales didácticos para maestros indígenas, con cobertura nacional (1991), hasta fonología interdialectal. En 1987 presenta un informe sobre el embera para el Atlas Etnolingüístico de Colombia del Instituto Caro y Cuervo. Rito Llerena, profesor de la Universidad de Antioquia, Departamento de Lingüística. Se ocupa en fonología comparada de las lenguas amerindias de Antioquia (1989,1990, 1992b) donde incluye la lengua kuna, cuyo estudio fue el motivo de su tesis (1987). Igualmente, ha trabajado en materiales didácticos para los maestros del Alto Andágueda (1992a).

Daniel Aguirre. En 1985 comienza estudios fonológicos del chamí en el suroeste de Antioquia. Procede con morfología (1987) y gramática (1990). En 1988, participa con Pardo en la investigación sobre dialectos chocó, donde incluimos una crítica a la hipótesis de Rivet, sobre la ascendencia Karib de las lenguas Chocó. Actualmente, continúa investigaciones sobre la morfofonología y gramática de la lengua (1991,1992) y trabaja con maestros indígenas de Risaralda.

Sobre el habla de los embera del área de Panamá se conocen también, un estudio sobre fonología (1986) y uno gramatical (1985) de Edel Rasmussen, quien trabaja con la Universidad Nacional de Panamá. Para el waunana, además de los estudios de Holmer, se tiene un estudio fonológico y gramatical, elaborado por las misioneras del Sagrado Corazón, Sánchez y Castro (1977), bajo la asesoría de Reinaldo Binder del ILV, una monografía de Lotero (1972) y un trabajo gramatical de Mejía (1987), egresado también del postgrado de la Universidad de los Andes.

El justo valor de todos estos trabajos radica en su posibilidad de ser aplicados en materiales didácticos en lengua, que fortalezcan el idioma nativo en las nuevas generaciones. Su viabilidad, sin embargo, está dada por la precisión del análisis y la idoneidad de la trascripción para su uso, labor que está supeditada, además del conocimiento lingüístico, al real conocimiento de la cultura. Es por ello que en esta labor, están llamados los indígenas a ser los principales protagonistas y, como así lo han entendido, han comenzado a preparar lingüistas y a elaborar cartillas en su lengua, maestros y alumnos solos o apoyados por colaboradores no indígenas, cuya posición es la de aplicar su conocimiento en la defensa de estas amenazadas sociedades aborígenes.

No se cuenta en el momento con una relación exacta de todos estos materiales, que por lo demás ampliarían considerablemente esta reseña, tampoco se consignan todas las cartillas de los autores mencionados. Se pueden agregar, no obstante, entre otras, las cartillas de: Manzini, 1973; Guisao y Martínez, 1980; Correa, 1981, 1982; Picón, 1985; OREWA, 1987; Ortega y Carmona, 1988. Con varias de ellas, trabajan actualmente algunas comunidades, unas han tenido más aceptación, otras menos, de todas maneras han sido pioneras en este intento.

El futuro de estos estudios

/waunán/ y /ebéra/ quieren decir ‘persona indígena’ en sus respectivas lenguas; ¡do! significa ‘agua’ en waunana y ‘río’ en embera; /usá/ es ‘perro’ en embera, en waunana es /saák/; /kiér/ y /kidá/ son palabras para ‘diente’ en waunana y embera respectivamente.

Estas semejanzas semánticas y morfológicas, contribuyen a determinar el parentesco entre dos lenguas. El hecho de que compartan un orden sintáctico Sujeto-Objeto-Verbo, como en:

     S             O             V
/saakuu beruúc* khaahím/ = el perro mordió al tatabro
saák-iu beruúc* kháa-him

//perro-erg tatabro morder-pas//

en waunana, y

       S          O           V
/usápa  et h err é   peehí/ = el perro mató la gallina,
  
usá-pa etherré pée-hi
//perro-erg gallina matar-pas//

en embera, reafirma este parentesco, máxime cuando encontramos que las terminaciones /-iu/ y /-pa! de los nombres ‘perro’, se comportan igual, marcando el actuante u objeto potente de una acción, es decir, actuando como morfemas ergativos (del Griego ”érgon” = obra, que derivó en ‘enérgeia’ = fuerza en acción) y que los sufijos /-him/ y /-hi/ de los verbos en pasado, implican un mismo orden de articulación velar y un modo de articulación, que seguramente derivó una forma de la otra perdiendo nasalidad, o, que simplemente, son dos manifestaciones diferentes de un mismo morfema de la protolengua.

Datos así, dan las pistas a los lingüistas para conformar una familia lingüística. Pero para llegar a esto, el investigador ha debido incursionar en los diferentes niveles del estudio lingüístico, desde la fonética hasta la semántica, haberlos aplicado en la lengua estudiada y haber empezado a describir los fenómenos encontrados.

 

Variación fonológica según léxico:

Sufijos de actancia y dependencia.

Orden básico en la oración (SOV)


CONTINUAR

REGRESAR AL ÍNDICE