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(continuar capítulo jaibana)
Los primeros son varas largas
y muy pulidas talladas en maderas duras de color negro (chonta) o rojizo (mare); su parte
superior está labrada con figuras humanas o animales y algunos combinan ambos tipos de
representación, mostrando seres humanos que llevan animales en la cabeza o en la espalda.
Unos cuantos tienen la forma de manos humanas o de lanzas. Si los primeros representan los
jais, las lanzas se emplean en los combates contra ellos y contra los
monstruos que viven en lo profundo de la selva, en los nacimientos y en las chorreras, y
su presencia es más frecuente en las historias que se cuentan que en la vida diaria.
Aunque algunos jaibanás no usan ya sus bastones ante la intimidación de los misioneros y
del resto del mundo blanco, su papel se considera como esencial. Así lo afirmaba
Clemente:
Los bancos, en cambio, están
hechos de madera de balso y muchos tienen figura de animal: armadillo, tortuga y otros. En
ellos se sienta el jaibaná durante las distintas actividades que realiza y su importancia
es de tal naturaleza que algunos embera llaman al trabajo del jaibaná poner
banco y a su aprendizaje comprar banco. Es posible que sean vistos como
representaciones de culebras jepá, las cuales aparecen con frecuencia en el mito y tienen
importancia en los relatos de origen del jaibanismo, uno de los cuales afirma
explícitamente que los banquitos son
las jepás.
Los mates hacen parte de la
llamada loza del jaibaná, utilizada para servir en ella la comida y la bebida
de los jais tanto en la vida diaria como durante el canto del jai,
nombre que también reciben los quehaceres del jaibana. El relato acerca de un poderoso
sabio embera, de nombre Carube, a quien sus familiares molestaban mucho, queriéndole
matar, nos habla de la importancia de esta loza:
Carube supo que lo iban a matar y se puso muy triste.
Le dijo a la hija: arregle chichita y guarapito fuerte que va a morir yo. Ella
le dijo: no papá, no deje, resistamos más bien fuerte, con corazón
Pero él dijo: arregle la chicha nomás.
A
la tarde puso banco, puso pocillos,
todo, y bordones: seis. Y empezó a cantar.
Cantaba.., cantaba...
A
la media noche
el hombre estaba cantando. Y le amaneció y el
hombre cantando. Le preguntó: mija, ¿todavía queda chicha?. Si papá,
queda un poquito. Entonces, deme.
Y tomó más y
acabó de cantar. Cuando acabó, cogió los seis bordones, los pocillos, toda la loza, y
se fue por la quebrada a un salto que hay allá. Muchas piedras grandísimas y por debajo
se mete oscuro. Yo una vez pasé por allá y me dio miedo pensando en los bordones,
pocillos y toda la loza de Carube allá.
Y llegó a ese salto y se metió por debajo,
oscuro, y dejó todo allá y salió y bajó por la quebrada.
Cuando llegó a la casa, se estiró en el suelo, se
acostó y se tapó. Y la hija se quedó
cocinando.
A mediodía, lo llamó y le dijo:
papá, que venga a almorzar. Y no se movió. Entonces lo tocó y nada.
Entonces lo des tapó y vio que estaba muerto, ya estaba frío. Entonces lloró mucho y
salió corriendo donde la familia. Y les gritó que por culpa de ustedes él ya se murió,
que ustedes estaban molestando mucho y es culpa de ustedes. Y así pasó.
Además de la loza, resalta
aquí una actividad que es esencial en el trabajo del jaibaná (pues como trabajo, es
más, como la verdadera forma de trabajo, conciben los embera los procesos de conocimiento
y transformación de la realidad que realiza este doctor de indios): se trata
del canto. Por eso lo llaman cantar chicha, cantar jai o
canto de la noche. A través del canto el jaibaná entra en comunicación con
los jais, mediante él puede tener acceso a tiempos y lugares de esa otra
dimensión de la realidad que él maneja, pero sobre todo, por su intermedio -palabra
cantada- expresa y confirma su calidad de hombre, de verdadero hombre. Las historias de
los embera recalcan siempre el carácter decididamente humano de la palabra. Cantar es
hablar y hablar es ser hombre.
Además, la palabra es el
medio de su acción pues hablar es actuar, hacer. La palabra tiene un poder creador que
confiere realidad a aquello que se habla. Con ella, cantada, el jaibaná no sólo confirma
su carácter verdaderamente humano, sino que lo recrea, lo reproduce. En una curación, el
canto de Clemente lo afirma explícitamente:
Como hombre estamos
trabajando; tiene que aliviar al enfermo, por eso estamos aquí trabajando... Somos
hombres, jaibanás de antigua y sabemos más en favor de los enfermos...
Sí, es el
hombre, sí, es el hombre. Por enfermo estamos cantando como hombre de la verdad... Soy
hombre. Soy verdadero hombre.
Otros objetos que intervienen
en el trabajo jaibanístico son los muñecos antropo y zoomorfos de maderas duras, las
mismas de los bastones. Estos se usan sólo mientras dura la actividad, aunque algunos
jaibanás los conservan colocados sobre una especie de altar que organizan en un rincón
de su casa, al lado de los bastones y de pequeños barcos de madera que contienen
numerosas representaciones de hombres (especialmente blancos) y animales, así como,
ocasionalmente, de espejos y de frascos llenos de aguas de colores.
Otro elemento vinculado
estrechamente con la labor del jaibaná lo constituyen las hojas de biao (llamadas hojas
blancas) con las que se tapiza el suelo en las curaciones y se tapa la loza que guarda las
comidas; así mismo, en algunos lugares, el jaibaná las sostiene todo el tiempo en su
mano derecha y las hace vibrar o las agita sobre la cabeza y el cuerno del enfermo; pero
la mayoría de las veces el jaibaná barre y expulsa los achaques del enfermo hacia fuera
del tambo con hojas de palma que mantiene y agita en su mano.
Los embera no piensan al
jaibaná solamente como hombre de este mundo; para ellos tiene su origen y su pertenencia
en un mundo situado bajo el nuestro, al cual se puede llegar atravesando los ríos o las
chorreras altas o los nacimientos de las quebradas. Este mundo está habitado por los
Dojura, seres que carecen de ano y se alimentan únicamente aspirando los vapores que
resultan de cocinar las comidas, y de quienes se dice que todos son jaibanás. Allí la
vida transcurre en una sucesión temporal inversa a la nuestra y cuando aquí es de noche
allá es de día, quizás de ahí venga que el trabajo del jaibáná sea nocturno.
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Jaibana Epera, Río Saija
Foto: Alberto Sierra
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Después de su muerte el
jaibaná puede seguir un destino diferente al de los demás hombres. Mediante la
ingestión de ciertas plantas a lo largo de su vida puede lograr resucitar convertido en
Aribada o en Mohana, un hombre-jaguar que tiene un papel ambivalente, pues si por un lado
es un ser temido por los embera, por el otro, puede actuar a su favor y defenderlos en
circunstancias peligrosas para ellos. El jaibaná tiene también el poder de resucitar a
los muertos y convertirlos en Mohanas. Un relato cuenta que así ocurrió en Caramanta,
Antioquia, durante la conquista.
Una vez murió un niño de
cuatro años. El jaibaná que lo atendía dijo que no lo enterraran sino que hicieran
dentro de la casa una especie de tumba con tierra y hojas de plátano y lo dejaran allí,
para resucitar a los cuatro días.
A los cuatro días resucitó
, pero no era humano sino animal. No hablaba sino que pedía por señas. Era un Mohán,
que creció hasta que se hizo grande, con figura de hombre. Le crecieron las uñas de las
manos hasta hacerse más grandes y fuertes que las de un tigre. Como el jaibaná lo
resucitó, estaba a sus órdenes aún para matar a las personas. El Mohán se metía
debajo de las casas y soplaba para aletargar a la gente. Ya dormidas, subía y las
degollaba con sus uñas.
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Jaibana Epera, Río Saija
Foto: Diego Arango
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Durante la época cuando
los blancos querían quitar sus tierras a los indios y exterminarlos, este Mohán llevó a
cabo una hazaña extraordinaria. El jaibaná lo mandó matar a los capitanes y soldados
blancos que estaban en una casa cercana al camino. Con su soplo los aletargó. Los indios
no los habían atacado por temor a las armas de fuego. El jaibaná le dijo: ve tú,
que a tí no te entran las halas, aun cuando esas armas hagan detonación, a tí no te
pasará nada.
El
Mohán, luego de dormirlos, entró a la casa y los
fue degollando. Escaparon tres porque no los vió. Después de matarlos, arrojaba sus
cuerpos por el voladero.
Los indios le cogieron miedo,
pensando que un día acababa con ellos, y resolvieron matarlo. Hicieron una gran cantidad
de chicha que pusieron en una enorme tinaja de barro. Lo emborracharon y lo picaron con
sus machetes y lo enterraron hondo para que no pudiera salir.
En todo caso, las historias
propias están llenas de referencias que asocian al jaibaná indisolublemente con el
jaguar, lo cual coincide con lo anotado por algunos autores para los chamanes de otros
lugares de Colombia y de América.
El anterior relato habla
también de la importancia social del jaibaná, en este caso en la defensa de su grupo
contra los enemigos externos que quieren esclavizarlo. Pero no hay ninguna información
que muestre que en alguna época su poder haya sido la base para que obtuviera también un
poder o jefatura política, aunque es posible que en épocas de guerra varias comunidades
se hayan unido para la lucha bajo la dirección de un jaibaná. Sólo en los recientes
procesos de organización en cabildos, forma extraña e impuesta desde afuera a las
comunidades, algunos pocos jaibanás han llegado a ocupar el cargo de gobernadores de
cabildo.
En general, la tendencia es a
que cada grupo de parentesco tenga su propio jaibaná, a veces cada familia lo tiene, pero
algunos pocos -llamados jaibaná ara o jaibaná troma-, con base en sus capacidades
excepcionales, llegan a tener un prestigio que va más allá de su grupo de pertenencia y
son buscados por gentes de otros grupos, a veces muy alejados, para que realicen sus
actividades o sean maestros de otros jaibanás.
Es característico el
permanente enfrentamiento entre los diversos jaibanás. Por eso es frecuente que uno de
ellos con un grupo de sus familiares o adeptos, abandone su sitio de habitación y emigre
en busca de otro hábitat. Por ello, tienen un papel importante en los procesos de
segmentación que distinguen a la sociedad embera.
El choque de los embera con
distintos sectores de nuestra sociedad, los misioneros especialmente, ha afectado las
actividades del jaibaná y aún su existencia misma en forma notable. Muchos deben ejercer
su poder en forma encubierta, otros han debido adoptar un ropaje que los cobije bajo el
manto de la religión, pues los misioneros y los blancos en general atribuyen su poder a
sus supuestas relaciones con el diablo. Así cantó uno de ellos en una curación.
Los espíritus llamamos ahora, hacerle el favor,
tenemos enfermito; hacer la curación. Como hombre puede trabajar y curar este enfermo
.
Estamos trabajando aquí, mi diosito que le
ayude. Mi diosito vino también aquí y curó a los enfermos.
De los
enfermos en recuerdo del señor vamos a curar, mejor que alivie.
Recuerda una historia,
en libro dicen él andaba este mundo y entonces él se fue lejana tierra en otra
población de allá, a predicación de allá, a predicación se fue. De esa cordillera
salieron con doce apóstoles...
De ahí que el hecho de que
aún existan los jaibanás debe ser visto como resultado de una titánica lucha de los
embera por su conservación y, con ella, por su misma sobrevivencia como sociedad. Pero en
muchos lugares no se los encuentra y en otros su propia gente se ha vuelto contra ellos
por influencia de los blancos, dándoles muerte o defendiendo en los tribunales a aquellos
que los asesinan. Por eso, antes de su muerte, Clemente me dijo:
Se acabó; ya no quedan maestros sabios de antigua.
Me
da mucha tristeza los enfermos,¿quién va a
cantar por encima de ellos ahora?
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