(continuación capítulo la casa de los hombres)

Rosa Emilia desciende del tambo por la escalera de atrás, se acerca a una pequeña plataforma en donde crecen, sembradas en un montón de tierra, a salvo de los depredadores y de la humedad excesiva, gruesas y magníficas cebollas y arranca una mata, luego va hasta otro sembrado, esta vez en una champa vieja y rota parada sobre dos horquetas, -“jardines de canoa” los llamó el sueco Wassen-, arranca unas hierbas que no distingo y sube de nuevo a la casa, baja una olla grande de aluminio del zarzo y va con ella al rincón de los tarros de guadua y la llena de agua, después le pica la cebolla; de otro rincón, cerca de la pared de tabla, saca unos plátanos que pela con los dientes y trueza con los dedos, echándolos a la olla. De un gancho de madera que cuelga sobre el fogón baja un pedazo de carne curada al humo, lo divide en trozos, los mete en la olla y pone a cocinar un sancocho.

De repente caigo en cuenta que no he visto ni un clavo en la estructura del tambo. Me levanto y observo con detenimiento y, efectivamente, toda la construcción está amarrada con bejucos y/o ajustada con muescas talladas con habilidad en la madera.

A través de las hendijas del suelo veo comer a los marranos, encerrados en su chiquero debajo del piso, y encuentro la explicación de los gruñidos que varias veces me despertaron en la noche. Me asomo para ver mejor y descubro que las gallinas también se agolpan debajo para comer las sobras que caen a través de la esterilla mientras las mujeres cocinan. Busco sus nidos con la mirada y los veo entre canastos viejos, levantados sobre pilotes a una altura todavía mayor que la de la casa.

Mientras escribo, recuerdo los tambos en que he vivido entre los chamí, emberas de montaña de Risaralda y Valle del Cauca, o aquellos que se mencionan en la abundante literatura, especialmente en Antioquia, entre los embera del Saija y los noanamá de Micay; todos ellos con amplias modificaciones como resultado de los procesos de contacto y negación por parte del blanco o de la necesaria adaptación a territorios de mayor altura sobre el nivel del mar que los de las tierras bajas del Pacífico.

Aunque no olvido que ocasionalmente he podido conocer allí mismo algunos que mantienen las características de los tradicionales (deará), como este de Gustavo.

Comunidad Embera, Río Capac
Foto: Diego Arango

Los chamí raras veces aplanan o banquean el suelo, pese a que por lo general construyen sus casas en tierras de fuerte pendiente, por lo cual es usual que la parte delantera esté levantada sobre pilotes mientras que la de atrás queda a nivel del suelo, con el cual la comunican mediante un tablón que da acceso a la cocina. En otros casos la distribución es la contraria, con la parte delantera a ras del piso mientras la cocina queda levantada.

No recuerdo haber visto nunca un tambo edificado, como lo menciona Reichel-Dolmatoff para los del Chocó, sobre la cima de pequeñas elevaciones del terreno, por lo cual es muy frecuente que el suelo quede más cerca del piso en el centro que en la periferia de éste .

De planta rectangular, casi siempre mucho más ancha que larga, los tambos chamí son construidos totalmente de guadua; de esta son tanto los pilotes y las vigas como la esterilla y el techo, de dos o de cuatro aguas este último, aunque en el río Garrapatas, en el Valle del Cauca, la palma barrigona y la de chontaduro todavía suministran la materia prima para algunas viviendas.

El clima y los vientos más fríos han llevado a introducir paredes, pero estas rara vez llegan hasta el techo, por lo regular sólo alcanzan a la mitad o dos tercios de la altura, es decir, que dejan el espacio suficiente para que el aire pueda circular en el interior de la casa, especialmente en la parte superior. En otros sitios el problema se resuelve prolongando el techo casi hasta tocar el piso del tambo, dejando únicamente 30 o 40 cm. libres para ventilación. Se comenta que en algunas regiones de Antioquia hacen paravientos de hojas de plátano.

El ejemplo de los blancos, la presión de los misioneros y otros agentes de la sociedad nacional en contra del “hacinamiento” y la “promiscuidad” de las viviendas embera, han obligado a estos a introducir tabiques internos que dividen la casa en sala y cuartos y aíslan la cocina. Estas divisiones también son de esterilla de guadua y tienden a ser muy bajas, a veces sólo hasta la mitad de la altura.

Esta separación de espacios también aleja entre sí a los miembros del grupo doméstico, pues mientras unas mujeres cocinan a solas en el fogón, otras se ocupan en sus trabajos en la sala o en los cuartos y los hombres ejecutan los suyos en el amplio corredor delantero que ahora poseen casi todas las viviendas. Se da así una “especialización de los espacios”, en la que el corredor corresponde a los hombres mientras las mujeres permanecen en el interior; la parte delantera se asocia, pues, con el sexo masculino y sus actividades, en tanto que la trasera pertenece” a las mujeres; los niños, en cambio, se mueven por todos lados, indiferentes a su sexo todavía no socialmente definido.

En casos cada vez más frecuentes aparece un elemento arquitectónico peculiar y reciente, las llamadas kama. Se trata de plataformas de esterilla de guadua colocadas en las esquinas del tambo, sostenidas sobre parales de unos 40-80 cm. de alto. Cerradas por sus cuatro costados con esterilla, son verdaderas cajas. En la pared del frente hay una pequeña puerta que permite el acceso de sus ocupantes. Sus dimensiones son reducidas, pues casi nunca sobrepasan los 140-150 cm. de largo y los 400 o 500 de ancho. En el espacio que queda bajo estas se guardan canastos, ollas, herramientas, comida y muchos otros objetos. En algunas zonas, las kamas constituyen verdaderos cuartos construidos bajo prolongaciones del techo o contiguos a los tambos.

También en los fogones ocurren cambios. Aunque conservan su forma tradicional, muchos ya no descansan sobre el piso sino que se levantan sobre plataformas, con lo cual las mujeres no pueden cocinar sentadas sino que tienen que permanecer de pie todo el tiempo mientras dura la preparación de los alimentos. Tampoco es posible alimentar el fuego con grandes troncos como antes, sino que se hace necesario rajarlos y partirlos en trozos de no más de 60 u 80 cm. de largo. Y no permiten que la gente se siente en ellos para calentarse.

Otro cambio, que obedece como los anteriores a factores derivados del contacto con los blancos, es la paulatina disminución de la altura de los tambos sobre el suelo. Algunos de ellos se levantan sobre un banqueo para que la casa quede completamente a ras del piso. Este hecho permite la entrada de los animales domésticos: cerdos, perros, gallinas, patos y otros, en detrimento de la limpieza y la higiene tradicionales de los embera, con un aumento del riesgo de entrada de animales salvajes y peligrosos, como las culebras, y una disminución de la duración de la casa a causa de la humedad del suelo, la cual ya no es controlada por la circulación permanente del aire por debajo del piso.

Los embera distinguen cuatro niveles en el espacio de la vivienda tradicional: el comprendido entre el suelo y el piso del tambo, lugar de los animales domésticos o sitio hasta donde pueden alcanzar los animales salvajes con aquellos seres extraordinarios, como los mohanas (muertos resucitados); aquel que se encuentra entre el piso y el zarzo, espacio de los seres humanos, de los embera, área social para trabajar, descansar, cocinar, recibir visitas, contar historias, realizar las ceremonias de curación, velar a los muertos y demás actividades; el que se levanta entre el zarzo y el techo, lugar de los utensilios, los alimentos y los jais (energías que constituyen la esencia de las cosas y con las cuales trabaja el jaibaná) y, por último, el fin de la vivienda, su cabeza, constituido por el ápice y el remate que lo cierra, sea éste de cerámica o de madera.

Con las transformaciones que se presentan, esta diferenciación espacial se trastoca por completo, especialmente por la fusión de los dos primeros niveles en uno solo, por la considerable disminución del espacio entre el zarzo y el techo de canaleta de guadua, ahora poco inclinado y de suyo muy bajo, cosa que además reduce la capa superior de aire necesaria para la regulación de la temperatura y la humedad internas, y, por supuesto, por la desaparición de la cabeza de la casa, nombre que ahora se da al caballete que reúne las dos o cuatro aguas del techo o que, simplemente, no se tiene en cuenta.

Si a esto se agrega que el techo tradicional de hoja de palma y hasta el de guadua están siendo substituidos por hojas de zinc, que dan prestigio y que regalan los politiqueros y los funcionarios del gobierno, el cambio es muy grande y la vivienda se convierte en un insalubre horno en los días de sol y en un lugar ensordecedor cuando caen fuertes aguaceros.

En medio de este torrente de transformaciones de la vivienda chamí, se destaca el papel de las mujeres en defensa de la tradición. No es raro hallar un tambo, casi por completo, semejante a la casa de un colono: a nivel del piso, de planta cuadrada, construido íntegramente con tablas y con techo de dos aguas y hoja de zinc, corredor al frente, ventanas, separación de la sala, las piezas y la cocina. Pero si se le examina con detenimiento, se puede encontrar que el lugar de las mujeres, la cocina, situado en una de las esquinas traseras, conserva paredes y piso de esterilla de guadua, techo de canaleta del mismo material o de hojas de palma, fogón de tierra en el piso y que, de alguna manera, esa parte de la casa ha quedado alta del suelo y con acceso independiente por una escalera tallada en un tronco grueso de guadua.

Volviendo de mis recuerdos, pregunto a Gustavo cuánto tiempo se demoró la construcción de su tambo y me responde que entre todos los de la casa emplearon casi tres meses, pero que hacer uno más pequeño y si la madera y la palma crecen más cercanas no demora sino dos. Antiguamente se hacía en un convite de no más de 20 o 30 días.

De acuerdo con Reichel-Dolmatoff, las casas mejor construidas y acabadas serían las de los waunana o noanamá. “Se nota que la arquitectura doméstica de los embera, así como sus técnicas de construcción, es considerablemente inferior a la de los noanamá, pues las casas de los embera son más pequeñas y los materiales de construcción son a veces inadecuados; además a veces las casas no están bien mantenidas”.

Mis observaciones no permiten sustentar esta apreciación, al menos no en la actualidad. Aunque él mismo sostiene que en el Chocó hay dos zonas de arquitectura de alto desarrollo: la zona noanamá de los ríos Taparal, Docordó, Bicordó, Orpúa, Ijuá y Docampadó, y la zona embera de los ríos Purricha, Catrú y Dubasa.

La etimología de algunas palabras relacionadas con la vivienda, como dehiru=pilotes, en donde hiru=píes; de so=aro de unión, en donde so=corazón, cleburu=techo, en donde buru=cabeza; dumé=escalera, en donde posiblemente me=pene, ha llevado a que algunos consideren que los embera atribuyen características humanas a la casa, dándose un fenómeno de antropomorfismo con base en analogías entre el cuerpo humano y la vivienda. Así se ha visto en algunas representaciones en las cuales niños embera dibujan la casa de un jaibaná. Pero podría ser que en el pensamiento embera tanto los hombres como sus viviendas y quizás también otros seres, como los árboles, compartan características comunes que los hacen intercambiables, como sucede en el mito, sin que pueda hablarse de que asignen a ciertos elementos, como la casa, aquellas peculiaridades que corresponden a los humanos.

Un día subo al zarzo. Entre el polvo, el ollín y la oscuridad encuentro unas tablas de balso talladas y pintadas con figuras humanas de los colores tradicionales entre los embera: rojo y negro, varias de las cuales tienen perforaciones cuadradas que las atraviesan. Las bajo y le pregunto a Gustavo de qué se trata. El me explica que con ellas se construye dentro del tambo la casita en que se mete al enfermo durante las curaciones del jaibaná. Es una verdadera casa dentro de la casa, como aquella que antiguamente se construía con tablas y parumas para guardar a la niña y a su cántaro de fuertiar la chicha durante el período de su primera menstruación.

Comunidad Epera, 
Río Saija
Foto: Diego Arango

Días después, ya de regreso, mientras la champa magistralmente guiada por Julio vuela rauda corriente abajo por el Ichó, pienso en los esfuerzos de muchos emberas por conservar sus deará, las acogedoras y eficaces viviendas que han logrado desarrollar, después de siglos de experiencia y conocimiento, para protegerse de las inclemencias del medio, utilizándolo, al mismo tiempo, para su bienestar.

BIBLIOGRAFIA

Pinto García, Constancio 1978. Los indios katíos. Su cultura su lengua . Vol. 1: La cultura katía. ComPas, Medellín.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. 1962.Contribuciones a la etnografía de los indios Chocó, en “Revista Colombiana de Antropología”, Vol. XI, pp. 169-187, Bogotá.

1960. Notas etnográficas sobre los indios del Chocó, en “Revista Colombiana de Antropología”, Vol. IX, pp. 73-158, Bogotá.

Robinson, J.W. L. y A.R. Bridgman. 1966-1969. Los indios noanamá del río Taparal, en “Revista Colombiana de Antropología”, Vol. XIV, pp. 177-200, Bogotá.

Sampedro Molina, Angela María y Ana María Sandoval Sastre. 1991. Vivienda embera: espacio y cultura, en “Universitas Humanística”, Revista Facultad de Ciencias Sociales y Educación, Pontificia Universidad Javeriana, Año XX, No. 33, pp. 22-30, Bogotá.

Ulloa Cubillos, Elsa Astrid. 1992. Kipara. Dibujo y pintura, dos formas embera de representar el mundo. Universidad Nacional de Colombia, Centro Editorial, Bogotá.

Wassen, S. Henry. 1988. Apuntes sobre grupos meridionales de Indígenas Chocó en Colombia. Trad. Margarita de Giraldo y María Mercedes Calderón, El Greco Impresores. Bogotá.



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