(continuación capítulo cronistas y viajeros del mar del sur)

Para este viajero francés constituye particular contraste la riqueza de la región, abundante en bosques y en metales preciosos, con la pobreza de sus pobladores que en la época eran cerca de 20.000, en su mayoría negros, casi todos esclavos y trabajadores de las minas. Los indígenas eran pocos y se dedicaban a la fabricación de cestos y sombreros. La carestía y escasez de víveres, la carencia de bodegas adecuadas, el abandono gubernamental y la insalubridad del clima desestimulaban el desarrollo comercial de la región. La falta de una vía adecuada que permitiera la comunicación entre el Pacífico y el Valle del Cauca mantendría alejado el comercio por muchos años. En la primera mitad del siglo XIX los puertos más frecuentados eran Iscuandé, El Varo, Buenaventura, Chimbirá y Cupica. Era más fácil y frecuente el comercio por el mar de las Antillas a través del río Atrato, hecho que permitió el desarrollo de Citará, hoy San Francisco de Quibdó, entonces una pequeña población formada por una iglesia, un despacho aduanero y unas cuantas casas habitadas por casi mil almas. Son estas algunas de las impresiones que sobre el Pacífico colombiano dejó consignadas este singular cronista.

Puerto Bahía de Buenaventura,
Dibujo de Niederhausern
Foto: Oscar Monsalve

Charles Saffray, un viajero desprevenido y generoso

Este médico europeo recorrió ampliamente el territorio colombiano. Llegó por Santa Marta, pasó a Cartagena y Turbaco, remontó el Magdalena, subió por el río Nare a Medellín y tras recorrer Antioquia, pasó a Manizales desde donde se dirigió a Cartago, Cali y Popayán. Luego remontó la cordillera por el Quindío para visitar a Bogotá de donde regresó a Cali.

Saffray fue víctima durante su recorrido por Colombia de las contiendas civiles. Durante su primer tránsito por Cali y en su carácter de médico, fue obligado a tomar parte activa en los hechos atendiendo a los heridos. Como resultado de ello ganó enemistades, fue puesto prisionero y perdió la mayoría de su equipaje que había dejado guardado en Cali. A pesar de esto nunca guardó rencores y siempre se expresó amablemente del país que le cautivó a lo largo de su recorrido. En época de su visita, el comercio del Pacífico era frecuente; la mayoría de las mercancías que llegaban al Valle del Cauca se importaban de los Estados Unidos y Europa por Buenaventura, siguiendo la ruta del Dagua hasta Cali. Consistían en algodones, indianas, ponchos rayados, muselinas, artículos de farmacia y algunas cosas de París que constituían objetos de lujo de uso restringido. El comercio interno se hacía con Antioquia de donde venían sombreros y alhajas de oro, y de Pasto, sitio del cual se traían impermeables de color indeleble. Las exportaciones se reducían a quina, tabaco y cacao. La ganadería era la principal fuente de riqueza de los ribereños del Cauca de quienes dice el cronista: “son tan felices como puede serlo el hombre en medio de aquella hermosa naturaleza; pueden satisfacer fácilmente sus necesidades, viven con comodidad sin desear el lujo, disfrutan de todas las afecciones dulces y no aspiran a las luchas de nuestras grandes ciudades”.

De Cali dice: “es una de las ciudades más bonitas de la Nueva Granada. Su posición en medio del valle del Cauca le promete un gran porvenir cuando un buen camino la ponga en comunicación con el Pacífico. Entonces será aquella ciudad una de las plazas comerciales más importantes de la República”.

De regreso a Cali fue hecho prisionero. Tras recuperar la libertad constató la pérdida de su equipaje, hecho que relata en breves palabras: “sufrí una cruel decepción al hacer el inventario de lo que habían querido dejarme; pero creí más prudente no reclamar. Después de seis años de trabajos me veía tristemente despojado; poco me importaba el dinero; pero la pérdida de mis colecciones era irreparable; y con el mayor abatimiento me alejé de Cali para dirigirme hacia el Pacífico”.

Como consecuencia de la guerra no pudo continuar su viaje por el camino de Neiva, Almaguer y Pasto hacia Quito; optó entonces por la vía del Dagua para regresar a Europa. Llegado a Buenaventura y en vista de tener que esperar varias semanas la llegada del siguiente vapor nimbo a Panamá, Saffray decidió recorrer el Chocó, aún a riesgo, de retardar su regreso en caso de pasar el buque antes de su vuelta al puerto. El viaje se hizo por la llamada “vía terrestre” saliendo de Buenaventura, en una piragua con flotadores de corcho en sus flancos, para penetrar por el río San Joaquín y pasados los torrentes, franquear a pie las colinas hasta el Guineo y seguir por este, en la piragua, hasta el Calima y llegar al San Juan en donde la navegación se facilita y permite el tránsito a Nóvita. A partir de allí no existían problemas para llegar al centro y norte del Chocó.

Saffray aprovecha su viaje para hacer interesantes observaciones sobre el clima, el paisaje, la fauna, la flora, los pobladores y sus costumbres. De sus costumbres vale destacar que aunque en esa época, en el Chocó, abundaban los jaguares, pumas y boas, el viajero no estaba expuesto a graves peligros por abundar la caza y ser huidizos estos animales. A cambio de este riesgo había que temer a animales más pequeños, pero más ofensivos, como el niaibí, el jajeu, el culex, la nigua, los nuches y otros bichos.

Quizás el hecho más destacable de la visita de Saffray al Chocó, es la relación entablada en Quibdó con Comagre, descendiente en línea directa del cacique Comagre, jefe de los pobladores del Darién en época de la conquista. Este anciano había recibido intacta de sus antepasados, la tradición de los acontecimientos ocurridos en su territorio cuatro siglos atrás, razón por la cual podía evocar sin dificultad los recuerdos del pasado. De acuerdo con su tradición, los españoles habían fundado en 1509, en Darién, cerca a la desembocadura del Atrato, a Santa María la Antigua, en donde abundaron los buscadores de fortuna. En 1510, Balboa reunió a cien hombres con el fin de buscar tierras hacia el poniente penetrando en territorio del cacique Careta, a quien dominó obligándole a proporcionar alimentos a cambio de colaboración en sus luchas contra Poucha. Una vez provistos de víveres, los españoles emprendieron la campaña contra Poucha quien huyó con toda su tribu. Cuando se aproximaban a tierras de Comagre, este envió en calidad de embajador a su hijo Panquiaco, el cual ofreció paz y amistad.

Sabiendo Comagre qué era lo que buscaban los blancos, regaló a Balboa brazaletes, anillos y diademas de oro. Al suscitarse entre los soldados desavenencias e inconformidades con el reparto, Panquiaco, no sin indignación, exclamó: “puesto que tan ávidos os mostráis de adquirir oro, yo os daré a conocer un país donde los objetos más vulgares son de ese metal; está situado más allá de las montañas que véis en el último confín del horizonte; allí hay hombres que navegan en grandes embarcaciones de vela; para llegar es preciso que atraveséis el territorio de los belicosos caribes; y no os sobrará si lleváis mil hombres”.

Admirado Balboa al oír que existía otro mar más allá de la cordillera, concibió el proyecto de ir hacia allí; como aún no llegaba la ayuda pedida a Santo Domingo y para evitar la desmoralización de sus hombres por el ocio, resolvió remontar el curso del Atrato. De regreso encontró algunos refuerzos y, sin más espera, se puso a la cabeza de ciento ochenta hombres y mil indios de servicio. Atravesó el territorio de Careta, se hizo amigo de Poucha quien le proporcionó guías, venció a Quareca que pretendió cerrarle el paso y alcanzó la cima de la cordillera; habiéndole indicado un indio, cuál era el punto culminante desde donde se divisaba el gran océano, se adelantó para observarlo antes que el resto de sus compañeros. Era el 25 de septiembre de 1513. Luego se produciría el descenso por el flanco occidental de la cordillera hasta llegar a las aguas del golfo de San Miguel. A su lado estaba Francisco Pizarro el cual, más tarde, navegaría ese mar para llegar a Gorgona y luego a las costas del Perú en donde se haría famoso como conquistador.

Saffray hizo buena amistad con Comagre de quien dice tenía palabra fácil y elocuente; de él recibió abundante información sobre las costumbres de sus antepasados, sus creencias y tradiciones. Con él emprendió algunas correrías por los bosques y de su boca aprendió numerosas enseñanzas sobre la flora y la fauna de las orillas del Atrato. Aparte de esa información de tipo antropológico, el viajero proporciona interesantes datos acerca de la minería, el clima y la geografía de la región y hace acertados comentarios sobre la posibilidad real de comunicar el Caribe con el Pacífico. Sobre los habitantes del Chocó dice: “La población se compone de negros y mestizos, a quienes se censura por su pereza, su amor a los placeres y sus costumbres poco severas, defectos que provienen en parte del clima, y sobre todo del aislamiento en que vegeta aquella provincia

Sorprende al viajero francés que allí los bautizos, entierros, bodas y negocios sean motivo de fiestas en las que se baila y beba a porfía; igualmente le sorprende que durante las últimas dos semanas de embarazo, las mujeres obliguen a acostar a sus maridos, mientras ellas se ocupan en los quehaceres domésticos y en prepararles exquisitos manjares, y que los amigos y parientes acudan a visitar a los esposos y les lleven regalos durante esta etapa.

Por esa época no había industria, el comercio era escaso y los únicos productos de exportación eran el caucho y la concha; a pesar de su abundancia se prestaba poca importancia a las maderas finas, el marfil vegetal, los bálsamos de tolú y copaiba, y el palo de campeche que tenían gran demanda en Europa. Saffray cierra su relato con las siguientes palabras que muestran el influjo ejercido por nuestras tierras, en su personalidad desprevenida y generosa: “por su posición geográfica, por sus recursos de toda especie, por sus instituciones y por las cualidades de sus habitantes, la Nueva Granada debe llegar a ser la primera de las naciones de América Meridional. Plugiera al cielo que estuviese próxima la época feliz para este Estado! Este es mi más ardiente deseo al abandonar la tierra privilegiada donde dejo verdaderos amigos, sinceras afecciones y cuyo recuerdo será siempre grato para mí ".

El camino de Dagua (Cauca).
Dibujo de Riou.
Foto: Oscar Monsalve

Miguel Triana, un explorador criollo

Triana inicia la narración de su excursión por el sur de Colombia describiendo el perfil de la isla de Gorgona, en cuyas aguas se enseñoreaban las ballenas; llegado a Tumaco se detiene en la isla, para luego pasar a costa firme y proseguir el ascenso hacia Pasto con el fin de dar cumplimiento a los objetivos de su viaje. De su paso por el Pacífico vale la pena destacar algunos de sus comentarios relativos al puerto, a las zonas bajas y al recorrido hasta Barbacoas.

La entrada del pequeño barco a Tumaco fue demorada, en parte por la inexperiencia de los pilotos debida al irregular servicio de navegación, a la falta de facilidades portuarias y a la acumulación de bancos de arena cerca del fondeadero, lo que obligó a esperar la subida de la marea. Durante esta espera y contemplando la soledad del mar, nuestro viajero comenta: “el señorío del Pacífico corresponderá a Japón y, si andamos listos, con él tendremos un gran comercio y ventajosas relaciones

Por tener que emitir un concepto al respecto y por hallarse varado en el río Patía el vaporcito que hacía el tránsito hasta Barbacoas, Triana permanece dos semanas en Tumaco, lo que le permite levantar el mapa de la isla y establecer con certeza cómo el mar está socavando su naturaleza arenosa. Su concepto es que el dinero que puede gastarse en defender esta isla, encantadora por su aspecto, pero movediza, debería más bien invertirse en habilitar un puerto continental, ojalá cerca de la boca del Patía.

Los comentarios del viajero con relación a los pobladores de Tumaco son bastante positivos: amabilidad, corrección, suavidad de carácter y cultura natural, hacen de negros y blancos, un núcleo social propenso al progreso gracias al libre trabajo y al floreciente comercio de la tagua, el caucho, el tabaco, los cueros y los sombreros. A pesar de esto, el costo de vida, debido al aislamiento de la región, es alto y la dependencia de víveres traídos del interior por vía fluvial o por la costa, cuando las mareas lo permiten, contribuye a aumentarlo.

En esa época el viaje a Barbacoas se hacía en pequeños buques de vapor, que entraban por la boca de Salahonda y diez leguas más arriba tomaban el río principal, de unos trescientos metros de anchura, en cuyas vegas los colonos sembraban pequeñas parcelas de caña de azúcar, cacao, arroz y plátano alternando la actividad agrícola con la recolección de tagua. Veinticinco horas de viaje se requerían para llegar a la boca del Telembí, tres horas más tomaba llegar a Barbacoas. La ciudad era una agrupación desordenada de casas de madera, en su mayoría de dos pisos; el comercio en buena medida se circunscribía a la compra y venta de legumbres, hortalizas y otros víveres, como quesos, carne seca y papa traídos del altiplano de Túquerres y de panes de sal provenientes del Perú y que tenían por destino a las poblaciones de la cordillera.

En Barbacoas era notable la diferencia de índole, raza y temperamento entre los mineros y habitantes de la costa con los “cantaranos” y pobladores de la altiplanicie, los cuales entraban en contacto en este centro minero ya en decadencia. El contraste entre los de abajo: desparpajados, amigos de la música y el bullicio y plácidos en sus costumbres, y los de arriba: reservados, pálidos, resignados y cicateros era grande; con relación a la riqueza generada en la actividad minera, el viajero se pregunta, qué ruta habrán tomado las fabulosas fortunas amasadas en más de cuatrocientos años con el oro de este suelo. Mirando alrededor puede responderse que han debido ser malbaratadas en Popayán, Lima y Quito.

Las cavilaciones de Triana, durante el penoso ascenso hacia Túquerres por el camino de herradura, lo llevan a preguntarse por dónde irá a construirse el futuro camino que comunique al Pacífico con la cordillera y con el progreso. La lógica señalaba, como más corta y directa, la vía que seguía el curso del río Rosario y no la actual por Barbacoas. No obstante, este era un polo comercial por su actividad minera y, por lo mismo, etapa principal de la misma; ello exigiría que sus habitantes asumieran la responsabilidad de su propio porvenir y evitaran se declarase muerto a Barbacoas. Estos y otros pensamientos relativos al florecimiento del Pacífico colombiano, generado por la futura apertura del canal de Panamá acompañaron a Triana durante el trayecto de veinticinco leguas que le tomó seis días. Había visto en el territorio recorrido excepcionales condiciones que permitían augurar un rápido progreso. Infortunadamente ese cercano progreso, que en forma un tanto optimista veía nuestro personaje, hace cerca de cien años, es aún esperado por los pobladores de esas vastas zonas de nuestro país.  

BIBLIOGRAFIA

Mollien, Gaspar T. 1944. Viaje por la República de Colombia en 1823. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana 46. Imprenta Nacional, Bogotá.

Ordóñez de Ceballos, Pedro. 1942. Viaje del Mundo. Biblioteca de Cultura Popular Colombiana 8. Editorial ABC, Bogotá.

Saffray, Charles. 1983. Viaje a Nueva Granada, Anjana Ediciones, Madrid.

Triana, Miguel. 1950. Por el sur de Colombia Excursión pintoresca y científica al Putumayo.  Biblioteca Popular de Cultura Colombiana 122. Prensas del Ministerio de Educación, Bogotá

 


SEGUIR AL SIGUIENTE CAPÍTULO

REGRESAR AL ÍNDICE