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(continuación capítulo la rebelión de los
citaraes)
Entre los contenidos de las canoas capturadas por los
españoles en el río Murrí en el mes de agosto de 1684, encontramos ropa, ornamentos de
las iglesias de la provincia, hachas, machetes y sal, entre otras cosas. Cuando fue
capturado Minguirri,con su familia, en septiembre del mismo año, le encontraron diez y
seis hachas, machetes, una reliquia, tres pesos de oro en polvo y ropa vieja.
(26)
Aunque no está claro por qué los indios se
llevaban algunos artículos -como por ejemplo la ropa vieja- podemos al menos suponer que
otros productos eran importantes porque eran muy caros. No tenemos ninguna información
con respecto a los precios de venta de herramientas, metales y sal durante la década de
1680, pero en los años veinte del siguiente siglo, un franciscano notó los altos precios
que alcanzaban el
hierro y acero en el Chocó, puesto que estos productos eran
transportados desde otras ciudades del virreinato. Fr. Manuel Caicedo informó que la sal
también se vendía a precios muy altos, especialmente, en épocas de escasez.
(27)
Esto tal vez explica por qué
Ygaragaida declaró que, aunque no había participado en la masacre, fue al pueblo de
Neguá porque bio que benian a matar a los españoles y que tenían mucha sal que
bino a cojer para él comer.
(28)
Cabe recalcar que no todos los indios de la región
participaron en la rebelión y que un pequeño grupo de indígenas se mantuvo fiel a los
españoles desde un principio. Según Azcárate de Castillo, dos de los indios leales -Don
Pedro Tegue y el Capitán Pancha- se encontraban fuera de la provincia, aparentemente
construyendo canoas, al estallar la rebelión. Y aunque el grupo de indios que apoyó a
los españoles era en realidad muy pequeño, el socorro que éste brindó a los españoles
de la mina fue crucial y aseguró la supervivencia de los mismos. Don Rodrigo Pivi llevó
cartas, llegadas de Antioquia, a la mina de Naurita, mientras que Mitiguirrre, Tegue y
Taichama llevaron cartas de la mina a la provincia de Noanama. El cacique Don Rodrigo Pivi
y Don Juan Mitiguirre también aconsejaron a los españoles sobre la defensa de la mina.
Así mismo, una vez ocurrida la matanza, Pivi proporcionó gratuitamente a los españoles
provisiones de frutas y plátanos. A los demás indios leales se les pagó en oro todas
las provisiones
-y demás ayuda- que estos les proporcionaron. El Capitán Pancha, por
ejemplo, cobró nueve pesos por devolver a la mina de Naurita una india y tres esclavas;
estas últimas le habían pertenecido al Capitán Domingo de Veitia. El Capitán Taichama
y el Capitán Cértegui también formaron parte del grupo indígena que apoyó
materialmente a los sobrevivientes.
(29)
Además, fueron los mismos Pivi y Mitiguirre quienes
proporcionaron a Bueso de Valdés la información necesaria para facilitar la captura de
los indios rebeldes. Bueso de Valdés informó que, Pivi y Mítiguirre le hicieron saber
que un número considerable de indios habían huído a las zonas de los ríos Murrí y
Bojayá y que entre aquellos se encontraban muchos quienes no participaron en la matanza
pero huyeron por temor a los rebeldes.
(30)
Por su parte, Don Rodrigo Pivi entregó por
lo menos un indio a los españoles; Mitiguirre entregó otro indio, por delinquente.
(31)
Desde ese momento, según Fernández de Rivera, Quirubira se había convertido en enemigo
de Pivi, Mitiguirre, Pancha y Tegue, y hasta había intentado dar muerte a los indios
leales. Según
Pivi, los rebeldes habían capturado a su mujer, además de robar los
bienes de su casa.
(32)
Lo que no queda claro en los documentos son las razones por las cuales este grupo
prefirió brindar su apoyo a los españoles, dado que estos indios eran originarios de los
mismos pueblos que los rebeldes. En el censo de 1676, Don Rodrigo Pivi y Don Juan
Mitiguirre aparecen como habitantes del pueblo de Neguá, mientras que el Capitán Pancha
y Don Pedro Tegue aparecen en el censo correspondiente al pueblo de San Francisco de Atrato.
(33)
Sin
embargo, es posible que fueran estos los indios a quienes se refería Bueso de Valdés en
1684, al comentar que algunos de los indios de la provincia habían sido honrados por los
gobernadores de Popayán y Antioquia con los títulos de gobernadores de los
pueblos indígenas.
(34)
Es probable que algunos indios de la provincia
de Citará prefirieran mantener relaciones cordiales con los españoles, por las ventajas
que estos pudieran brindarles. Ya hemos visto cómo algunos de los indios leales
aprovecharon la rebelión para vender provisiones a la mina de Naurita.
Por otra parte, mientras que Bueso de Valdés estaba
consciente del hecho de que muchos indios no habían participado en la rebelión,
(35)
no hay duda de que un alto
porcentaje sí participó y que fueron en suficiente número para impedir que los
españoles escaparan de la región o lograran resistir a los indios. Aunque los documentos
no indican exactamente cuántos indios estaban involucrados, los españoles de Naurita
calculaban que, en los días siguientes a la rebelión, unos trecientos indios fueron a la
mina a enfrentarse con los sobrevivientes.
(36)
En octubre de 1684 Bueso de Valdés reportó que unos
seiscientos indios habían sido capturados, lo cual dejaba unos novecientos indios aún
por reducir y capturar -se estimaba que la población de la provincia
alcanzaba las 1.500 personas- aunque no todos habían sido partícipes.
(37)
Las causas de la rebelión son menos claras. Según uno
de los españoles, Azcárate de Castillo, el indio Quirubira, declaró haber matado al
Capitán Domingo de Veitia porque se decía que éste tenía planeado matar a todos los
indios capitanes. Además, según Quirubira, el español Martín de Ardanza había dado
muerte a un indio y herido a otro.
(38)
Algunos de los indios capturados luego por
los expedicionarios afirmaron que ellos se unieron a la rebelión porque los indios
estaban matando a los españoles; otros confesaron que, a pesar de no haber participado en
la violencia, sí habían ido a los pueblos a robar. La intención principal de los indios
era la de eliminar todo rastro de la presencia española dentro del territorio indígena.
Fue tal vez por esta razón, que todos aquellos que estaban asociados con los españoles
-ya fueran mestizos, mulatos, esclavos o indios cargueros- se convirtieron en víctimas de
los indígenas. Cuando después de la matanza, los indios se dirigieron a la mina de
Naurita, declararon que ya no querían más guerras y ofrecieron a los españoles canoas
suficientes y las provisiones necesarias para que estos abandonaran la
región.
(39)
Las actitudes de Bueso de Valdés y del español nombrado
defensor de los indios hacia las confesiones de los indios, nos permiten
aproximarnos a la forma cómo entendían los españoles la situación. Durante el
período, que se extendió desde el mes de agosto de 1684 hasta marzo de 1685,
los
indios capturados fueron interrogados,
(40)
con el propósito de identificar a los indios
rebeldes y a los indios leales.
(41)
Basándose en la información proporcionada por
los mismos indios, Bueso de Valdés decidía el castigo que se impondría a cada indio.
Este castigo podría ser: cien azotes, o la pérdida de bienes y efectos, o diez años de
servicio personal (incluyendo a las mujeres de los culpables y a hijos mayores de 17
años), o la pena de muerte o una combinación de varios de estos. Sin embargo, está
claro que Bueso de Valdés tenía la intención de aplicar la pena de muerte, solamente, a
los líderes de la rebelión y a aquellos indios que confesaban haber dado muerte a alguien.
(42)
Un aspecto interesante de las declaraciones de
los indios es la disposición de los mismos a confesar sus propios crímenes, así como, a
informar a los españoles acerca de la participación de sus parientes en la masacre. Por
ejemplo, Guaripua confesó haber matado a Juan de Guzmán y a uno de los esclavos de Bueso
de Valdés. Tajma declaró que había matado a dos personas en el pueblo de Neguá, a
Leandro y a Perucho, quienes habían sido sirvientes de Don Juan José Azcárate de
Castillo. Minguirri confesó que había matado a Antonio, sirviente de Francisco de la
Carrera, y Guatupua declaró ser responsable de la muerte de un niño indio que
acompañaba a Manuel de Borja. Dare admitió ser responsable de la muerte de un joven
mulato llamado Bernardo, mientras que Soberano confesó haber dado muerte a dos esclavos.
Además, Guaguirri le informó a Bueso de Valdés que su hijo Guaripúa ayudó a matar al
Capitán Juan de Guzmán; por su parte, Guaripúa informó que uno de sus hermanos,
Bequigui, había matado a Bernardo de Mafia y que otro de sus hermanos, Ubira, era el
responsable de la muerte de Bejarano. Don Pedro Paparra declaró que su hermano Soberano
había dado muerte a Carrasco y a un esclavo perteneciente a Bueso de Valdés.
(43)
Es posible que, la disposición de los indios a
informar acerca de su propia participación y la de sus parientes en la rebelión haya
sido producto de la importancia dada en la sociedad indígena a la captura y muerte del
enemigo. En su confesión, el Capitán Tajina declaró que él era capitán porque a
muerto cinco cunacunas y burgumias, Guaguirri informó que su oficio era el de
rosar para sustentar sus hijos y usar la guerra.
(44)
Los españoles sabían que los
indios rara vez salían de sus hogares sin armas. Por esta razón, cuando Juananui
declaró no haber andado armado durante la rebelión, se le preguntó que como si avia ydo
al pueblo de Maígara y buelto al pueblo de Dodubar sin armas aviendo dos días de camino
siendo así que ellos no salen de su cassa sin ellas aun para menos camino.
(45)
Al sentenciar a los indios, Bueso de
Valdés comentó sobre esta característica indígena: estos indios es muy raro el
que niega lo que a echo.
(46)
El defensor Diego de Galvis consideraba que era
aconsejable creer a los testigos, porque son tan verídicos que ninguna niega ni aun
el delito propio que Cometen Saviendo por experiencia que les an de quitar la vida.
(47)
Las interpretaciones del defensor Diego de
Galvis también nos permiten ver cómo entendían los españoles la participación de los
indios en la rebelión. Diego de Galvis opinaba que, la propensión de los indios a
confesar sus crímenes demostraba la tendencia de los mismos a matar y robar. En su
defensa del indio Udrapagui, Galvis comentó que éste no debería ser considerado
directamente responsable de la muerte del herrero Guina, pues solo fue llevado
de la Curiosidad de ver matar por la natural ynclinación que esta nación tiene a todo lo
que mira a guerra. En su defensa de Birramia, Noquia, Manigua, Barruga, Juananui y
Bumia, Diego de Galvis declaró que la participación de los mismos en la rebelión era el
resultado de el Ynteres de recojer los bienes de españoles y ber en lo que parava
la determinación de los Yndios levantados...el natural de esta nación la general codicia
que tiene y natural nobelero y que a todo lo que mira a nobedad solicitan con todo aynco
allarse. En su defensa de Dare, Guatupua y Chaquiranvira, Diego de Galvis intentó
explicar lo que él llamaba la petencia que estos yndios tienen a la guerra, y
comentó que toda su vida la gastan en este exercicio matando y apresando en
diferentes provincias y naciones de estas montañas. También habló de la
pucílanimidad y miseria de la torpeca en que an sido criados. Galvis repitió esta
opinión en su defensa de Soberano, al comentar sobre la harvara ynclinación qestos
Yndios tienen a matar, nacida del hecho de que gastan en diferentes provincias
de Yndios lo mas de el tienpo de Sus bidas sin tener por delito las muertes que azen.
(48)
Por
su parte, el español Esteban Fernández de Rivera habló de la dañada yntención
que llevan estos yndios, y que todo era a fin de lograr su maldad matándolos a todos.
(49)
Bueso de
Valdés parecía no entender porqué los indios se habían rebelado, pues él decía,
bibian... sin ninguna carga ni tributo.
(50)
Aunque es verdad que el
éxito en la guerra era una característica respetada por la sociedad indígena de la
región, las interpretaciones de Diego de Galvis y Bueso de Valdés nos dicen más acerca
de la actitud de los españoles, que de las causas de la rebelión. Para entender por qué
ésta ocurrió, debemos considerar la situación existente en la provincia en los años
anteriores a la rebelión. Por ejemplo, los documentos referentes a los eventos de
1684-1685 no mencionan que, durante el año de 1679-1680, tanto el gobernador de
Antioquia, como Bueso de Valdés y los mineros y misioneros que habitaban la región
temían la posibilidad de que ocurriera una rebelión en la provincia de Citará. Por
ende, en la segunda parte de este ensayo analizaremos los antecedentes de la rebelión y,
en especial, las relaciones que existían entre españoles e indígenas durante las dos
décadas anteriores a 1684-1685.
El control de los españoles sobre los indios de
la provincia de Citará siempre había sido tenue. Los primeros conocían la región
chocoána -la cual se extendía, aproximadamente, desde Panamá, en el norte, hasta la
Bahía de Buenaventura, en el sur- desde los comienzos de la conquista. Sin embargo, la
tribu de los citaraes (ésta era sólo una de una multitud de tribus que habitaban la
región en el momento de la conquista) había logrado resistir a la ocupación de su
territorio por parte de los españoles, hasta la segunda mitad del siglo XVII. Las
expediciones de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa establecieron los primeros contactos
con los indígenas, que habitaban la zona norte de la región chocoana en 1501; en 1510,
Santa María la Antigua del Darién fue fundada en el golfo de Urabá. Dos años más
tarde, Vasco Núñez de Balboa salió de Santa María con el propósito de explorar la
región que se extendía hacia el sur del golfo, en búsqueda del territorio del cacique
Dabeiba. Ese año marcó el primero de un número incontable de intentos de localizar la
región de Dabeiba por el río Atrato desde el golfo de Urabá. A pesar del interés de
los españoles, todas las expediciones que organizaron fracasaron, debido a una
combinación de factores: escasez de alimentos, clima y ataques indígenas.
(51)
Después de establecerse en Panamá, en 1519,
los españoles organizaron expediciones cuyo propósito era el de explorar la costa del
Pacífico, Pascual de Andagoya, Francisco Pizarro y Diego de Almagro exploraron la costa
chocoana, pero ninguno de ellos intentó penetrar la región desde la costa durante este
período, debido a lo difícil que se presentaba el terreno, a los ataques de los
indígenas de la zona, y, aún más importante, al descubrimiento de una civilización
indígena superior, al sur de la costa del Ecuador.
(52)
Aun así, hubo una presencia española en la
costa colombiana desde principios de la década del cuarenta (siglo XVI), debido al
establecimiento de un puerto en Buenaventura. Sin
embargo, la prosperidad del puerto
duró poco tiempo: en 1597, los indígenas de la zona destrozaron los últimos vestigios
de la ocupación española de Buenaventura.
(53)
Por otra parte, todas las
expediciones organizadas por los españoles para penetrar la región desde el interior del
virreinato fracasaron hasta la década de 1570.
Finalmente, en 1573, Melchor Velásquez organizó
una expedición de conquista la cual logró establecer por primera vez una base española
al otro lado de la cordillera Occidental. Aun así, la zona bajo el control de Velásquez
y sus expedicionarios era en realidad muy pequeña. Los españoles frieron recibidos
amistosamente por sólo dos de las tribus indígenas que habitaban la región, los yngará
y los tootuma, quienes brindaron apoyo y alimentos a los intrusos y fue por esta razón,
que la ciudad de Toro fue fundada dentro del territorio Tootuma en 1573.
Sin embargo, aunque los españoles localizaron
ricas fuentes de oro dentro de la región, cada intento de penetrar los territorios
habitados por otras tribus indígenas fue fuertemente resistido, especialmente por los
noanamá y los chocó. Asimismo, cada pueblo establecido por los españoles, con la
excepción de Toro y Cáceres, fue abandonado como resultado de la resistencia indígena.
En la década de 1590 el experimento español en el Chocó acabó completamente: Toro fue
trasladado a las riberas del río Cauca y Cáceres sencillamente dejó de existir.
(54)
Los españoles del interior de la Nueva Granada
no lograron penetrar el territorio de los citaraes sino hasta 1628. En ese año, Martín
Bueno de Sancho, acompañado por doce soldados y ayudado por los tatamá y posiblemente
por los chocó, atacó a un núcleo citará, y mató o capturó a unos cien indios antes
de regresar a Anserma. Pero, la segunda expedición organizada por Martín Bueno de Sancho
diez años más tarde fue desastrosa: todos los miembros de la expedición fueron muertos
o capturados en una emboscada citará. Los españoles respondieron a la muerte de Martín
Bueno con al menos dos nuevas expediciones: el Capitán Femando y Osío Salazar penetró
la región y dio muerte a unos ochenta citaraes; luego llegó Gregorio Céspedes y
Guzmán, quien dio muerte a veinticinco citaraes y capturó a otros treinta. Hacia fines
de la década de 1640, el franciscano Fr. Matías Abad, hizo el primer intento de
convertir a la población indígena de la provincia del Citará por medios pacíficos. Una
vez más, la región tuvo que ser abandonada, a pesar de que este intento parecía estar
dando resultados positivos, debido a que Fr. Matías Abad había muerto a manos de los cunacuna.
(55)
La corona española comenzó a interesarse por
la pacificación de las provincias del Chocó -se le daba este nombre a toda la región
que se extendía desde Panamá hasta Buenaventura- en la década de 1660. Después de esa
fecha, la corona promulgó varias cédulas, cuyo propósito era el de fomentar la
penetración pacífica de la zona y la pacificación de la población indígena. En 1666 y
1674 la corona ordenó a los gobernadores de las provincias vecinas que comenzaran la
reducción de la población indígena. Por otra parte, en 1671, la corona
promulgó otra cédula que ordenaba el envío de doce misioneros franciscanos al Chocó,
también con el propósito de comenzar el proceso de convertir a los indios.
(56)
El interés de la corona coincidió
con otro período de actividad en la región por parte de los españoles: en 1659 el
gobernador de Popayán había nombrado a Juan López García como teniente en el
territorio Noanamá,
(57)
-el cual aparentemente había sido
pacificado en la década de 1630
(58)
-. desde donde la gobernación de Popayán
intentó extender su control sobre toda la región chocoana, pero especialmente sobre el
área más geográficamente accesible, es decir, la provincia del Citará. En 1669,
Francisco de Quevedo recibió autorización para conducir una entrada desde Popayán a la
provincia de Citará; al mismo tiempo, el gobernador de Antioquia autorizó al Padre
Antonio de Guzmán para que fuera a la misma provincia a iniciar la conversión de la
población indígena. La situación se volvió aún más complicada con la llegada de los
francis
canos, así como con la de los mineros y las cuadrillas
de esclavos provenientes de ambas gobernaciones. La presencia de los misioneros, así
como, la de los oficiales reales, la de los mineros y la de los clérigos creó una
situación de conflicto muy tensa, la cual se prolongaría hasta el estallido de la
rebelión en 1684. En este ensayo no consideraremos el conflicto jurisdiccional existente
entre las gobernaciones de Popayán y Antioquia; nuestro propósito es más bien el de
analizar los objetivos de los españoles que habitaban la región -los objetivos de ambas
gobernaciones eran semejantes- y la respuesta de la población indígena, puesto que es
dentro del contexto de esta relación que debemos entender las causas de la rebelión de
1684.
Las relaciones establecidas
entre españoles e indios en la provincia del Citará eran muy distintas a las que
existían entre los españoles y los miembros de otras tribus indígenas en la región
chocoana. Para mediados del siglo XVII, varias de las tribus que habitaban la región en
el momento del primer encuentro entre españoles e indios -los yngará y los tootuma,
entre otros- habían desaparecido. Un segundo grupo, entre los cuales encontramos a los
tatamá y los noanamá, habían sido pacificados, y un tercer grupo de tribus, los
burgumia y los soruco, lograron resistir a cualquier intento de conquista. Los citará
eran un caso aparte: mientras parecían haber aceptado la presencia de los españoles
dentro de su territorio, seguían resistiendo a todo intento de reducción, se
rehusahan a mantener a los misioneros y vendían sus alimentos a precios que los mineros
consideraban excesivos.
El propósito de los españoles que habitaban el
Chocó era el de congregar a la población indígena dentro de un número reducido de
pueblos, en los cuales los misioneros enseñarían la doctrina cristiana, y desde donde
serían empleados en la provisión de alimentos y transporte para los mineros y las
cuadrillas de esclavos, que comenzaban a entrar en la región.
(59)
Tanto Francisco de Quevedo como Antonio de
Guzmán establecieron cinco pueblos -situados en distintos lugares- dentro de la provincia
de Citará
(60)
pero,
cuando llegaron los franciscanos, todos los pueblos habían sido abandonados y algunos, incendiados.
(61)
Los primeros intentos de los misioneros de congregar a los indios también
fracasaron: por ejemplo, poco después de llegar a la región, el Padre Comisario viajó
al río Atrato con el propósito de congregar a los indios que habitaban las riberas del
río dentro de un pueblo, pero sus esfuerzos tuvieron poco éxito puesto que después de construir la iglesia, los
indios abandonaron el pueblo.
(62)
Otro de los misioneros, Fr. Juan
Tabuenca, informó acerca de las dificultades que se le presentaron al tratar de conseguir
alimentos de los indios, ya que estos sólo estaban dispuestos a intercambiarlos por
herramientas o cháquiras
(63)
Fr. Miguel de Vera y Fr. Bernardo Pascual
Ramírez abandonaron la provincia debido a la escasez de comida y a la imposibilidad de
obligar a los indios a asistir a la doctrina cristiana.
(64)
Según Fr. Joseph de Córdova,
los Yndios Sino es por rigor no hazen nada.
(65)
A pesar de la presencia de un
número creciente de españoles en la región, el control de los mismos sobre la
población indígena era muy frágil.
CONTINUAR
REGRESAR AL
ÍNDICE
26 Véase la
declaración de Lucas Rodríguez et. al., Río de Murrí, 9 de agosto de
1684, en AGI
Santa Fe 204, Ramo V, f.34; y el Auto de Juan Bueso de Valdés,
Río de Bebara, 25 de
septiembre de 1684, en ibid., ff.50-51.
(regresar
26)
27 AGI Santa
Fe 362, Fr. Manuel de Caicedo, Madrid, 24 de julio de 1724.
(regresar 27)
28 Véase la declaración de Ygaragaida, en AGI Santa Fe 204, Ramo VI, f.5.
(regresar
28)
29 Véanse
los testimonios de Don Juan Joseph Azcárate de Castillo, en ibid.,
ff.23-24; Esteban
Fernández de Rivera, ibid., f.27; y Francisco Onofte, ibid., f.32. (regresar 29)
30 Véanse los Autos de Juan
Bueso de Valdés, Río Bebara, 30 de julio de 1684,
en AGI Santa Fe 204, Ramo Y f.30 y
Río de Murrí, 11 de agosto de 1684, ibid.
f.35.
(regresar 30)
31 Véanse
las confesiones de Juananui y Sadragama, en AGI Santa fe 204,
Ramo VI, ff.46-54.
(regresar 31)
32 Véanse los testimonios de Esteban Fernández de Rivera, en ibid., ff.28-29, y
Don
Juan Joseph Azcárate de Castillo, ibid., f.24. (regresar 32)
33 AGI Santa
Fe 204, Ramo I, ff.76,87, 122,126.
(regresar 33)
34 Cabeza de Proceso General, Río de Murrí, 15 de agosto de 1684, en AGI
Santa Fe
204, Ramo VI, ff.8-9.
(regresar 34)
35 Auto. Río de las Piedras,
23 de agosto de 1684, en AGI Santa Fe 204, Ramo
V,f.39.
(regresar 35)
36 Véase el testimonio de Francisco Onofre, en AOL Santa Fe 204, Ramo VI,
f.32. (regresar 36)
37 Auto de Bueso de Valdés, Lloró, 8 de octubre de 1684 en AGI Santa Fe 204,
Ramo
VII, f.4.
(regresar 37)
38 AGI Santa
Fe 204, Ramo VI, Testimonio de Don Juan Joseph Azcárate de
Castillo, ff.23,.25.
(regresar 38)
39 Ibid., f.23.
(regresar 39)
40 Joseph de Perianes fue el defensor de los indios desde agosto hasta octubre de
1684, cuando fue reemplazado
por Diego García de Galvis. Véanse los Auto de
Bueso de Valdés, Río de Murrí, 11 de
agosto de 1684 y Lloró, 12 de octubre de
1684, en ibid., ff. 3 y 22.
(regresar 40)
41 Véase la Cabeza de Proceso General, Río de Murrí, 15 de agosto de
1684, en
ibid., f.9.
(regresar 41)
42 Véanse por ejemplo, las sentencias del Capitán Tajia, ibid., ff.13-14;
Guaguirri,
ibid., f.17; Minguirri, ibid., f.21; Udrapagui, ibid., f.40; Guatupue,
Date y
Chaquiranvira, ibid., f.40.
(regresar 42)
43 Véanse las declaraciones del Capitán Tajina, ibid., f.1 1;
Guaguirri, ibid.,
ff.14-15; Guaripua, ibid., f.19; Minguirri, ibid., f.20; Guatupua,
ibid., f.36; Date,
ibid., f.37; Don Pedro Paparra, ibid., f.42; Soberano, ibid., f.43.
(regresar 43)
44 Véanse las declaraciones del Capitán Tajina y de Soberano, en ibid.,
ff.1 1,14.
(regresar 44)
45 Véase la declaración de Juananui, en ibid., f.47.
(regresar 45)
46 Véanse las declaraciones de Juananui y Dare, en ibid., ff46, 37.
(regresar
46)
47 Véase la Petición del Defensor, en ibid., f.53. (regresar
47)
48 Véanse las Peticiones del Defensor, en ibid., ff.38-39, 49, 50.
(regresar
48)
49 Véase el testimonio de Esteban Fernández de Rivera, en ibid., f.28.
(regresar 49)
50 Culpa y Cargo, en ibid., ff.12-13.
(regresar 50)
51 Para un estudio de las primeras actividades españolas en el Golfo de
Urabá,
véase Carl Sauer. The Early Spanish Main (Berkeley and Los Angeles,
1966) y
Jorge Orlando Melo, Historia de Colombia, Tomo 1: El Establecimiento de la
dominación española (Bogotá,
1978). Véase también Fr. Pedro Simón,
Noticias
Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias
Occidentales
(6 volúmenes, Bogotá, 1981).
(regresar 51)
52 Para un estudio de las primeras exploraciones españolas de la costa
del
Pacífico colombiano, véase
Robert Cushman Murphy The Earliest Advances
Southward from Panamá along the West
Coast of South América, en Hispanic
American Historical Review, Vol.
XXI (1941),
pp.3-28.
(regresar 52)
53 Para un estudio del
establecimiento de un puerto español en Buenaventura, vease Kathleen Romoly, El
descubrimiento y la primera fundación de Buenaventura, Boletín de Historia y
Antigüedades, Vol. 49 (1962), pp.
113-122.
(regresar 53)
54 Para un estudio de las
tribus indígenas que habitaban el Alto Chocó en el período anterior a la conquista y
del establecimiento de los españoles en la región, véase Kathleen Romoly. El Alto
Chocó en el siglo XVI, Revista Colombiana de Antropología, Vol. IX (1975), pp.
9-38
y Kathleen Romoly, El Alto Chocó en el siglo XVI. Parte II: Las
Gentes, Revista Colombiana de Antropología, Vol. XX (1976), pp. 25-78.
(regresar 54)
55 Para un estudio de las dos
expediciones de Martín Bueno de Sancho al Chocó y del intento de Fr. Matías Abad de
convertir a la población indígena de la Provincia del Citará, véase Sven-Erik
Isacsson, Fr. Matias Abad y su diario de viaje por el río Atrato en 1649,
Boletín de Historia y Antigüedades, Vol. 61 (1974), pp. 457-475
(regresar
55)
56 AGI Santa Fe 204, Ramo 1,
Real Cédula, Madrid, 27 de noviembre de 1666, insertada en Real Cédula, Madrid, 6 de
junio de 1674, ff.1-4. Véase también AGI, Quito 67. Testimonio de autos referente a los
franciscanos en el Chocó, Real Cédula, Madrid, 30 de octubre de 1671, ff. 4-5 y Real
Cédula, Madrid, 30 de octubre de 1674, ff.2-3.
(regresar 56)
57 Juan López García recibió
su nombramiento del gobernador Antonio de Guzmán y Toledo el 29 de noviembre de 1659.
Véase AGI Quito 67, Testimonio de autos de la Audiencia de Santa Fe, f.8.
(regresar 57)
58 Sven-Erik
Isacsson, op. cit., p. 457.
(regresar 58)
5
9 Véase la
Certificación de Luis Antonio de la Cueva, en AGI Quito 67. Testimonio de autos de la
audiencia de Santa Fe, f.14.
(regresar 59)
60 Véanse las siguientes
declaraciones, en AGI Quito 67, Testimonios de autos
referentes a los franciscanos en el
Chocó: Pedro de Casas, f.49; Nicolás de
Castro, f.52; Esteban Fernández de Rivera,
f.56. Véase también el informe de
Antonio de Guzmán, Río de Atrato, 20 de diciembre
de 1672, en ibid.,
ff. 104-106.
(regresar 60)
61 Véase la
petición de Fr. Miguel de Castro Rivadeneyra, en ibid., f.47.
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61)
62 Ibid., ff.47-48.
(regresar 62)
63 Carta de Fr. Juan Tabuenca a Fr. Miguel de Castro Rivadeneyra, Neguá, 28
de
noviembre de 1673, en ibid., f.77.
(regresar 63)
64 Véanse las declaraciones de
Fr. Bernardo Pascual Ramírez y Fr. Miguel de
Vera, en ibid., f.23.
(regresar 64)
65 Fr. Joeph
de Córdova, Lloró, 15 de septiembre de 1674, en ibid., f.1 13.
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65)
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