ERWIN KRAUS, MEMORIA VIVA DE LA MONTAÑA COLOMBIANA

Por: Pedro Reyes (1)

Patricia Iriarte (2)

El nombre de Erwin Kraus está ligado a montaña, a piolets, a cuerdas y piquetas. Está unido también a lienzos, a pinceles y a fotografías en las que capturó para siempre, en un país de poca memoria, algunos de los paisajes más espléndidos de nuestra geografía, desde las cumbres de la Sierra Nevada de Santa Marta hasta las venas ardientes del río Magdalena.

Erwin Kraus nació en Bogotá en 1911, de padres alemanes. Ocho años de su adolescencia transcurrieron en Suiza y Alemania, donde aprendió a escalar montañas, a embadurnar lienzos, a administrar negocios y a trabajar con piedras y metales preciosos, siguiendo una tradición familiar de joyeros orfebres.

Se le conoce como el pionero del montañismo en Colombia, un mérito que es fácil de corroborar en su larga y admirable trayectoria en 1938, con Anton Lampel, escaló por primera vez los 5.160 metros del cerro Pan de Azúcar, en el Nevado del Cocuy; al año siguiente coronó los 5.775 del pico Simón Bolívar, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en compañía de Guido Pichler y Enrico Praolini, y en 1942 volvió al Cocuy para conquistar, antes que nadie, el Ritacuba Negro, junto a Heriberto Hublitz.

En ese entonces no había fibras térmicas, botas especiales para escalada ni chaquetas de poliéster. Tampoco los livianos ganchos de seguridad que se encuentran hoy y que son capaces de soportar grandes pesos, ni carpas ultralivianas y ultrarresistentes. Kraus y sus amigos se enfrentaron al frío vestidos de lana y paño, y hallaron el hielo con botas de suela de cuero provistas de clavos.

Pero si es admirable su trayectoria como montañista, no es menos destacada su carrera de pintor. Antes de cumplir 30 años participó en el Primer Salón de Artistas Colombianos, donde obtuvo una mención honorífica. En 1942 expuso por primera vez en Nueva York y cuatro años más tarde se hizo merecedor del tercer lugar en el VII Salón Nacional con el cuadro "La Tarde". Hasta 1986 había colgado cerca de 30 exposiciones en Colombia, Estados Unidos y Europa.

Es una pasión que ha ido de la mano con el montañismo. En cada viaje se preparaban, con la misma dulzura, los cáñamos para la escalada y los cuadernos en los que quedarían bosquejados páramos, llanuras, selvas y sabanas.

LA MONTAÑA: TEMA DE LOCOS

¿Cuándo comenzó su interés por la alta montaña y la escalada en nuestras cordilleras?

"Yo venía con ese ‘vicio’ desde Suiza, cuando estuve en el colegio. Con amigos, escalé primero las montañas alrededor del Cantón de Glaris y Thal y posteriormente los Alpes. Entre otras cosas, soy miembro del Grupo Alpino Alemán desde 1932 y del Club Alpino Suizo desde el año 46. Escalé los Alpes desde esa época, manteniendo así mi ‘vicio’ por la alta montaña".

"Aquí en Colombia inicié en el año 1937 en Sumapaz, donde escalé un cerro de 4.400 metros llamado El Nevado. En 1938, 1942 y 1946 realicé varios ascensos al Nevado del Cocuy. En 1939, en el 49 y en el 51, subí a la Sierra Nevada de Santa Marta, y en el 40 hice un ensayo fallido al Huila, aunque tuve éxito cuatro años más tarde, escalando por primera vez el picó central y por segunda vez el pico norte del Huila. En el año 43 ascendí a la cordillera Central llegando a los nevados del Tolima, Santa Isabel y el Ruiz".

"Así me la he pasado. En lugar de tomar vacaciones en Cartagena, yo me he dedicado a escalar los nevados colombianos. Son regiones prácticamente desconocidas para la mayoría de la gente, y desde ese punto de vista me llamó la atención explorar. Esa ha sido mi afición y mi deporte, aunque intrínsecamente no es un deporte sino una filosofía: uno sale de la ciudad, pequeño y humilde, para encontrarse con la naturaleza grande, inmensa, perdurable".

El poco interés por esta actividad en nuestro país se refleja en el hecho de que hazañas tan importantes como la escalada al pico más alto de Colombia, en 1939, pasara totalmente desapercibida en la prensa nacional. ¿A qué se debía esa apatía?

"En mis épocas la mayoría de la gente nos consideraba locos, porque salíamos a ‘exponernos’ escalando nevados en regiones desconocidas; en ese entonces no existían mapas, tanto así que en uno de mis artículos sobre el Nevado del Cocuy publicado en la revista Pan en el año 38, el mapa que aparece allí es un dibujo mío, sin ser yo topógrafo ni geógrafo ni cartógrafo".

Durante casi 20 años, Erwin fue el único colombiano dedicado a esta actividad, pues todos los demas montañistas eran extranjeros. Armado siempre de una Rolleiflex y una pequeña fumadora de 16 milímetros, Kraus forjó una de las más valiosas colecciones de fotografía de las altas montañas colombianas. Ningún pico de la Sierra Nevada, del Cocuy, del Tolima ni del Huila escapó de su ojo maestro.

Pero su sensibilidad y pasión por el paisaje necesitaban expresarse también con la palabra, por eso hoy tenemos la fortuna de encontrar magistrales relatos de viajes publicados en la casi legendaria revista Pan, editada en los año 40 por el ingeniero, político y escritos Enrique Uribe White. (Uno de ellos se incluye a continuación).

¿En Colombia los montañistas han contribuido al conocimiento científico de nuestras montañas?

"A mi modo de ver, la mayoría de los montañistas extranjeros que estuvieron escalando los picos, tenían motivaciones científicas. Tal es el caso de los geólogos alemanes que a finales del siglo pasado visitaron el Nevado del Cocuy. Ellos no estaban interesados en escalar los picos sino en estudiar la conformación geológica, tanto es así, que a varias capas geológicas le han dado nombres reconocidos internacionalmente como la formación de Guadalupe o la formación de Villeta. Esos calcáreos especiales se estudiaron por primera vez en Colombia y no obstante se le reconoce así en otras partes del mundo. También hubo quien poseía conocimientos de botánica para poder distinguir ciertas especies; Thomas Van der Hammen, por ejemplo, cuando estuvimos en la Sierra Nevada de Santa Marta, recogió un herbario considerable (a medida que se iban acabando las provisiones él iba llenando el equipaje con plantas secas).

De las montañas en Colombia, ¿cuáles son las que a usted más le han impresionado por su belleza?

"Podría afirmar que el Nevado del Cocuy y la Sierra Nevada de Santa Marta, por su inmensidad. Uno cree que la Sierra Nevada es una región pequeña y resulta ser todo lo contrario. Además, es una formación natural totalmente diferente desde el punto de vista geológico, porque el Cocuy son areniscas, en cambio la Sierra Nevada de Santa Marta son formaciones graníticas. La Sierra es la única formación verdaderamente de granito y Gneiss que hay en Colombia, emergida de capas calcáreas que la rodean. La cordillera Central, en cambio, es de origen volcánico".

SU MAJESTAD EL COCUY

Cuando usted estuvo en el Cocuy por primera vez, apenas llevaba dos años de iniciado el montañismo en Colombia, ¿qué recuerda de aquella primera escalada?

Eso fue en marzo de 1938. En Soatá conseguimos los caballos para seguir el viaje, pero del Cocuy para arriba el viaje era a pie. Averiguando en el lugar nos facilitaron arrieros que trabajaban para el señor Gabriel Villamarín en el Cocuy. Dicen que tenían cultivos de papa en el valle del río Cóncavo, pasando por el alto de la Cueva y conocían más o menos el lugar".

"Un amigo y yo nos dedicamos a averiguar aquí en Bogotá, quién había visitado anteriormente la parte sur —por donde escalamos por primera vez el Pan de Azúcar— y resulta que nadie sabía, de manera que nosotros fuimos los primeros en escalar los 5.160 metros del Pan de Azúcar. En esa ocasión pasamos al pie del Púlpito del Diablo y subimos por la vertiente occidental, por la cual nos regresamos, pues teníamos el campamento un poco más abajo de la laguna de la Sierra".

¿En esa época los habitantes tenían conciencia de la importancia del nevado o mostraban interés por las riquezas que guarda esa cadena montañosa?

"Los habitantes de la región evidentemente no tenían ningún interés en escalar los picos. Vivían junto a ellos, en el valle de la Cueva, donde tenían los cultivos de papa, las vacas, ovejas y las mulas para sacar sus productos al pueblo del Cocuy, pero ¿que ellos han ido a escalar los picos? Absolutamente ninguno".

"Si se contrataba un arriero, iba hasta el campamento donde uno se establecía y volvía muy puntual a recogerlo el día acordado. Es diferente en los Alpes, donde los habitantes de la región son los que han ido escalando sus montañas a través del tiempo. Ellos tenían conocimiento exacto de cada uno de los pasos y rutas a seguir".

Se dice que la vertiente oriental en dirección al llano, que tiene menor altura, está irrigada por numerosas quebradas y es más accidentada.

"Precisemos. Son dos paralelas orográficas por llaman as así: una va de norte a sur y contiene todos los picos altos como los Ritacubas. El Ritacuba Blanco es el pico más alto del Nevado del Cocuy con 5.492 metros; luego viene el Ritacuba Negro, el Ritacuba Norte, el Picacho, el San Paulín, con 5.300 metros; más abajo los Portales, Cóncavo, Concavito, el pico Toty, el Pan del Azúcar, con su Púlpito del Diablo y luego los dos Campanillas, el grande y el chico, y ahí más o menos termina esa cordillera orográfica".

"Paralela a ella, con un valle de por medio, está la parte sur, bajando por el paso de Cusiri. Entrando por ahí está la laguna de La Plaza y en ella los cerros de la Plaza. Luego sigue un pequeño picacho, después viene el pico del Castillo, los picos sin nombre y termina otra vez en el norte. Esa es un poco inferior porque el pico del Castillo, que es el más alto de esa tira orográfica, tiene 5.190 metros contra los 5.492 metros del Ritacuba Blanco. Los cerros de la Plaza tienen la altura de las montañas suizas, que son más o menos de unos 4.880 metros y los cerros sin nombre, con una altura de unos 5.050 metros".

EL RETROCESO DE LOS GLACIARES

¿En los dos viajes que realizó entre 1938 y 1942, notó procesos de deglaciación?

"No. Tengo una película y fotos, por ejemplo, de la laguna de la Sierra, en donde el glaciar cae directamente a la laguna y adquiere un paredón de aproximadamente 60 a 70 metros de altura entre el cual se descuelgan los témpanos que caen a la laguna y quedan flotando allí. Eso fue en el 42 y todavía existía en el 46".

"Sorprendentemente en el año 48 se había retirado el glaciar de la laguna de la Sierra. El deshielo vino casi en forma precipitada, ya que en el año 58 el cambio era drástico. Hoy es peor todavía, ha habido una deglaciación espectacular en el Cocuy. Por amigos que han ido últimamente sé que los glaciares que existían sobre la vertiente oriental han desaparecido por completo y quedan sólo los muros rocosos con una que otra ensenadita de hielo".

En su opinión, ¿a qué se debe ese proceso rápido de deglaciación en la década del 40 al 50?

"A mi modo de ver, a la falta de precipitaciones, y quizás al calentamiento general de la Tierra. Los glaciares del mundo se están refractando, prácticamente no hay uno que no esté en ese proceso, unos más rápidos que otros".

¿Al darse ese proceso de deglaciación esas regiones han desarrollado una vegetación sustituta de esas zonas de glaciar?

"Pues quién sabe, porque lo que queda debajo una vez refractados los glaciares, es pura roca. Yo tomé fotos en las que se observa la parte prácticamente lijada y un bloque de piedra remanente encima, donde difícilmente se va a producir vegetación".

¿Entonces el proceso de deglaciación no solamente se da en la superficie sino en el punto de contacto entre el hielo y el suelo?

"Exacto, y lógicamente el hielo arrastra cualquier partícula floja, grande o pequeña. Por consiguiente, tierra no hay. La tierra se forma en otros procesos milenarios, mas no allí por ser de reciente deglaciación".

LA LLAMA DE LA CURIOSIDAD

¿Qué ha sido para usted lo más sensible en sus ascensos, lo que más le ha gustado de la gente y de las regiones?

"La región del Cocuy, a mi modo de ver, es el complejo nevado más interesante que tiene Colombia. A pesar de mi origen extranjero, he tenido una acogida muy positiva en todos los pueblos que rodean el Nevado del Cocuy, bien sea en el Cocuy mismo, en Güicán o en Chita, y los habitantes de los páramos nos han ayudado. Han puesto a nuestra disposición sus mulas y sus arrieros, por lo menos en las estribaciones, pues en la parte nevada nos tocaba orientarnos con nuestra propia experiencia para poder escalar, conocer de cerca los picos del Cocuy y ver con sorpresa que al otro lado existía otra cordillera, otra vía orográfica".

¿Todos sus ascensos corrieron por cuenta propia?

"Absolutamente. Sólo hubo una excepción en 1958, el Año Geofísico Internacional, cuando el padre Jesús Emilio Ramírez, del Instituto Geofísico de los Andes, nos facilitó una contribución de $800 para el viaje con Thomas van der Hammen y Juan Perico a la Sierra Nevada de Santa Marta y posteriormente al Cocuy, viajes que constan en una pequeña revista publicada por el Agustín Codazzi. Esa fue la única ayuda que tuve en mi vida para escalar montaña incluso cuando los amigos que me acompañaban tenían dificultades económicas, yo financiaba la totalidad de la expedición tanto viajes como provisiones.

¿A que se debe que existan diferentes datos sobre la altura de algunas montañas colombianas?

"Yo tengo una explicación: el problema data de la época del señor Agustín Codazzi, el italiano que llegó a Colombia a mediados del siglo pasado. El fue al Nevado del Cocuy, estableció su base para triangular diferentes picos y constató que el límite de nieves en ese entonces, por la vertiente occidental, estaba a 4.500 metros de altura. El no estuvo en la vertiente oriental ni en otras montañas del país, pero comenzaron a decir que el limite de nieves en la cordillera Central era el mismo que en el Cocuy es decir, 4.500 metros. Por eso el Nevado del Tolima aparece con 5.600 metros cuando en realidad tiene 5.160, porque el límite de nieves de la cordillera Central es más bajo que el de la Oriental".

Por ser una zona volcánica los suelos deben tener una mayor temperatura...

"Exactamente, allá en la cordillera Central hice el experimento de medir la altura con el famoso hipsómetro. Aquí los volcanistas no saben que el hipsómetro es un invento de Francisco José de Caldas. El hipsómetro que utilizamos pertenecía a Enrique Uribe White quien por su actividad profesional de ingeniero lo había adquirido en Alemania y pesaba 6 kilos.

¿Qué diferencia tiene con el altímetro?

"El hipsómetro trabaja con base en la ebullición del agua. Al nivel del mar el agua hierve a 100 grados centígrados, pero cada 300 metros verticales hierve a un grado centígrado menos. Hay que tener en cuenta la temperatura ambiente, la hora de observación y la latitud; y con esos datos recopilados, si el matemático no se equivoca, se obtiene la altura con un margen de error de un metro más o menos. Con el altímetro, por más compensado que esté, hay que permanecer cuatro o cinco horas en el pico para obtener un dato confiable".

La memoria de Erwin Kraus no deja de disparar datos, anécdotas e imágenes. La charla continúa entre relatos de jornadas extenuantes, como aquella de 23 horas al pico Bolívar en 1951, cuando dejaron el campamento a las cuatro de la mañana y regresaron en la madrugada del día siguiente, con los seis grados bajo cero calando hasta los huesos, pero con la imagen viva de un atardecer contemplado desde la cima de la montaña más alta de Colombia.

 

EXCURSION AL NEVADO DEL COCUY

Erwin Kraus

Por fin encontré este año en el señor Lampl un compañero suficientemente entusiasta para acompañarme a la Sierra Nevada de Chita o Nevado del Cocuy, excursión planeada por mí hacía largo tiempo. En los primeros días de febrero, el mal tiempo nos hizo regresar de Soatá. Pero luego el capitán Klaus, piloto de la Scadta, tras consulta de los datos meteorológicos de Tame, El Morro y Bucaramanga, se decidió a ir con nosotros y la fecha de salida quedó fijada para el 4 de marzo de este año.

Hicimos una corta visita a la resplandeciente laguna de Tota, bajo un cielo purísimo y regresamos a Sogamoso, emprendimos marcha en automóvil a Soatá, atravesando el páramo solitario de Guantiva, cuya melancolía realza el murmullo lejano del Susacón. En Soatá nos alojamos en el flamante Hotel Ritz, para madrugar en busca de bestias que nos llevaran al pueblo de El Cocuy. Nos pusimos al habla con don Germán Rubiano, guardián de la cárcel, entre la algarabía de sus gallos finos, y con don Alfredo Rosas que pasaba coincidencialmente con tres mulas de carga. Y es bueno consignar estos datos, para mayor facilidad de los que por ahí se atrevan, así como el de los $ 26 que nos costó el flete de cinco bestias y el de que esos amables caballeros no dialogaron con nosotros la hora usual que esos arreglos demandan. Ese mismo día, a las 2:00 p.m., nos encaminamos para La Ubita, por el valle del río Chicamocha, entre el sauce largo, «salis humboldis», los platanales y cañaduzales de las vegas de las quebradas y los cactus gigantescos y pequeñas palmeras que puntúan la aridez general del paisaje. Cruzando el"punto más bajo del camino, el puente Próspero Pinzón, a los 1.460 metros de altura, empezamos a ascender por cuestas rojas desgarradas por las lluvias. Un sol tibio acariciaba el valle que nos conducía al pueblo de La Ubita.

Llegamos a Boavita, cayendo la tarde; entre el verde claro de las plantaciones de caña de azúcar, que contrastaba con el sordo azul de las montañas aparecían los tejados de los trapiches y los ranchos. Un vaho de guarapo llenaba el aire tibio: era domingo, día de mercado y los campesinos aún demoraban por las calles del pueblo; pero nosotros seguimos hasta llegar, entradas las siete, a la pequeña y simpática posada que ostentaba el nombre de Hotel. A la urgencia de nuestros golpes salió una muchacha a decirnos que el cupo estaba lleno, y cuando, ya resignados, partíamos, don Gabriel Villamarín, del Cocuy, nos ofreció galantemente compartir con nosotros su pieza. Solucionado el problema de alojamiento, la cocinera se apechó con el del comis, caldo de huevos reconfortante que hubimos de ayudar de nuestras alforjas, para hallamos con la noticia de que don Alfredo le temía al páramo de El Escobal y se había autorreemplazado con Pacho.

Pasamos buena noche; tras la inútil madrugada, salimos a las siete y a la hora de duro camino, frente a una tenducha, Pacho enderezó las cargas, tomó alientos con su vaso de guarapo y adquirieron aliento las mulas con la indispensable panela que consigo lleva el viajero de experiencia. La mañana era fresca; un sol brillante iluminaba, al fondo del valle, el poblado de donde habíamos salido. Otra hora, cuesta arriba; volvió la tristeza de los páramos; lívidos musgos tejían bordados de infinita delicadeza entre las ramas secas de los árboles; aquí y allá asomaba su cabeza, entre el espartillo, un frailejón anciano. Habíamos llegado al alto del Cañutal. Croar continuo de ranas. Enormes piedras sueltas en la senda, casi intransitable, y Pacho: «Verdá, no ta muy güeno el caminito, patrón; pero ah caminito pa ponerse jeo en invierno...». —A las once llegamos a un rancho solitario, ‘Agua Bendita’, perdido entre los páramos; un vientecillo cortante nos obligó a calamos las ruanas. Frailejones gigantescos, hasta de 4 metros, dominaban el paisaje, diferenciándose de la espeletia común en la falta de pelusa, reemplazada por una hoja coriácea grande. La monotonía del paisaje la rompían vistas ocasionales sobre el valle del Chicamocha, envuelto en un azul fuerte. —A las doce pasadas nos detuvimos en El Escobal y contemplamos por primera vez la Sierra Nevada del Cocuy, que a la sazón cubrían las nubes. De nuestra absorta contemplación nos sacó la voz de don Gabriel, que nos alcanzaba, doliéndose de que ese paisaje, el más bello de Boyacá y, tal vez, de la República, fuese restado de esplendor por el cielo encapotado; la voz de don Gabriel temblaba de orgullo.

Empezamos a descender hacia El Cocuy, al que llegamos tras un caldo caliente, pan, cuajada y panela y un duro camino, a eso de las tres de la tarde. El Cocuy es un pueblo bastante grande y simpático que goza de cierta tradición y de un hotel llamado BEN HUR, que rodea un turba de chiquillos. Don Aníbal Quintero, el propietario, dio la orden de alojarnos en la pieza non-plus-ultra. Despedimos a Pacho y las bestias y nos dedicamos a bizmar ciertas molidas partes de nuestras anatomías y a refocilamos con cerveza. Yo me fui a la «calle caliente» en busca de bestias para continuar el viaje; encontré a un tal Joaquín, muy oloroso a chicha, quien me dijo que todas las buenas andaban por los páramos recogiendo la cosecha de papa, pero que él tenía unas y que me las alquilaba por cincuenta pesitos. Dejé a Joaquín con su totuma y regresé a contar mis cuitas a don Aníbal, quien resultó tener, por cinco pesos, una yegüita; y un don Víctor Vera, de por ahí cerca, a cinco juertes cabeza me alquiló tres mulas. Descubrí a José, el muchacho, y —siguiendo el ejemplo de mis compañeros— estiré la osamenta.

A buena hora nos levantamos.., pero, aquí de la tragedia usual: no aparecían las bestias; transcurrían las horas y... nada. Al fin, a las nueve, llegó la yegüita; a las nueve y media, las otras tres. Pero faltaba la quinta y José. Vuelta a don Gabriel, quien me prestó su formidable macho particular. Pero el tal José no aparecía; al fin lo descubrí en la Notaría «prestando una firmita». Eran las doce. Desesperación. Pero los compañeros se habían conseguido a Luis, otro muchacho, y —dejando al primero «prestando sus firmitas»— emprendimos marcha hacia la cueva de San Antonio.

A la hora de camino nos detuvimos a almorzar, en medio de un paisaje delicioso: por doquier, los campos se hallaban cultivados de papa y cebada; los campesinos se aprestaban a recoger el fruto de sus labores. Allí nos alcanzaron los dos hijos de don Gabriel, charlando con los cuales llegamos al Alto. Desde allí se nos descubrió, casi íntegra y limpia de nubes, la majestuosa Sierra. Eran las tres; ojalá haya quedado en nuestras fotografías algo de la grandeza del paisaje. Bajamos lentamente al valle de la Cueva, teniendo al frente los picachos esplendorosos, centellantes de luz de atardecer; y, pasadas las cinco, llegamos a la hacienda la Esperanza, en donde nos acogió gentilmente don Leonidas Núñez Millán y su señora. Descargamos, llevamos las bestias al potrero y nos instalamos. Ya se comenzaba a sentir la proximidad de los nevados; hacía un frío de dos grados bajo cero, seco y agradable. La noche avanzaba sobre los picos y descendía por las hoyadas; lucecillas titilantes en la inmensidad de sombra revelaban algún rancho solitario; las ranas de los páramos le ponían puntos suspensivos al silencio hondo de las alturas, marginado por el murmurar discreto de las pequeñas quebradas. Unicamente en los más altos picachos temblaba todavía un débil halo de luz.

Queso, panela, un poco de té caliente; bocanadas de humo de la pipa y... al puro suelo, a pasar la noche más incómoda de todo el viaje. A las cuatro de la mañana nos hizo saltar el frío intenso; la sierra dormía aún en su manto de escarcha; una capa de hielo cubría los pozos. Seis grados bajo cero. ¡Uf! Pero era señal de que un bello día hallábase desperezándose en los Llanos para venir a nuestro encuentro sobre el techo del mundo.

A las siete partimos, acompañados de don Rafael; no tardamos en pasar una cascada que forma el río Cóncavo al precipitarse desde el plan de Los Tobitos al valle de la Cueva. Siguiendo el cauce del río, llegamos a la planada, quizás el fondo de una antigua laguna glacial. Desde allí vimos las rocas de El Purgatorio, el Cincho de los Galanes y —por primera vez— el famoso Púlpito del Diablo, al que íbamos a arrebatar la virginidad de sus nieves. A las dos horas más de marcha llegamos al límite de la vegetación y, al pie de morrenas gigantescas y a orillas de un riachuelo, armamos tolda y recogimos leña y frailejón. Estábamos a una altura de 4.250 metros. Nos despedimos de don Rafael y de las bestias y partimos en dirección de los nevados a escudriñar la región y estudiar la mejor ruta de ascenso. Nos sorprendió una serie de pequeñas lagunas al pie del hielo, dándonos la sensación del ártico en plena latitud tropical. Témpanos de hielo se mecían sobre el agua gris; otros se recostaban a la orilla; al fondo se levantaba una pared de cincuenta o sesenta metros, de hielo sólido, en cuyas aristas jugaba una gama de colores del azul ultramarino y el cobalto, el violeta y el verde al rosado y el púrpura, demostrando el espesor de la capa glacial. Largo rato quedamos contemplando esa tranquila belleza, coronada de blancas crestas, bajo el índigo del cielo, y no pudimos menos de confesar emoción, al regresar a la tolda. Muy a las seis, al día siguiente, con una temperatura de cuatro grados bajo cero emprendimos marcha el señor Lempl y yo. A las dos horas nos encontramos al pie de la nieve en el costado noroeste del cerro. La ruta, sobre las enormes piedras de las morrenas, negadas caóticamente sobre todo el terreno, era muy penosa; muy de vez en cuando, un frailejón asomaba la cabeza entre los pedrancones. A las nueve y media llegamos al pie del hielo. No pusimos crampones en las suelas de las botas y nos atamos por medio de una cuerda sólida. Empuñando los picos, nos dimos a la tarea de escalar los peñascos; el sol calentaba un tanto y el viento había calmado. A las doce salimos de la pendiente más fuerte, a los 5.200 metros. Nos detuvimos por un cuarto de hora para comer un poco y deshacernos de los morrales. Seguimos por un plano de menos pronunciada inclinación, dejando el famoso bloque del Púlpito a mano izquierda, y no tardamos en llegar a la última pendiente, esa sí bien parada, que se interponía entre nosotros y nuestra meta. Tuvimos que hacer peldaños en el hielo con los picos para poder escalar la rampa de más de 60 grados. A las dos y cuarto exactas vimos coronados nuestros esfuerzos al paramos sobre la misma cúspide del cerro (5.420 metros). A nuestra vista se extendía la cordillera hasta el pico Ritacuba, los de Güicán, los Cóncavos, el Pan de Azúcar, etc., al norte. Al oriente se extendía la inmensidad de los Llanos, cubiertos de humo, y —al pie de la cordillera, entre neblinas— la laguna de La Plaza. Al Occidente, cresta tras cresta, se regimentaba la cordillera Oriental. Hacia el sur, las puntas del Campanilla. Depositamos en toda la cúspide del Púlpito del Diablo una cajita, fijada a una argolla de hierro que clavamos en el hielo, en donde dejamos anotada la fecha y la hora de nuestra ascensión, 10 de marzo de 1938. La temperatura ambiente era de un grado bajo cero; el cielo no tardó en toldarse y resolvimos el descenso, afanados por la niebla, muy desagradable en aquellas alturas; recojimos los morrales y a las cuatro y media salimos del hielo. Entonces caímos en la cuenta de nuestro cansancio; nos echamos al borde de un arroyuelo, comimos algo y reposamos por una hora. A las siete y media de la noche, por el mismo camino de subida, regresamos a la tolda, acogidos clamorosamente por nuestro compañero Klaus, que nos había estado observando durante todo el ascenso.

Al día siguiente, a muy buena hora, plegamos tolda y dijimos adiós a la nieve, lamentando la despedida. Pronto llegaron el muchacho Luis y don Rafael, con las bestias. Cargamos y nos fuimos. Bajo nuestra larga mirada quedaban las blancas montañas silenciosas, entre el azul profundo de las sombras. Un gavilán solitario, cerniéndose en lo alto, lanzaba de vez en cuando su agudo chillido...

 

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1 Miembro de ECOAN.

2 Asesora de Prensa Min-Ambiente.

 

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