1. HACIA UNA CONCEPTUALIZACION

Entre la tendencia a homogeneizar la diversidad y el reducirla a nuestros patrones mentales preconcebidos, hay similar dificultad entre definir y conceptuar. Por lo tanto, no deben preocupamos ni angustiarnos la síntesis definitoria de los paisajes y ecosistemas parameros, cuando sabemos que el reduccionismo y la simplificación se esconden o acechan detrás de las definiciones, las cuales se consideran desde siempre incompletas. Por ello, debemos avanzar sobre la base de la formulación de conceptos a partir de los cuales la realidad analizada puede ser conocida y preferencialmente comprendida.

El concepto de páramo incorpora múltiples elementos, factores, límites, zonificaciones, herencias, perturbaciones, migraciones, biomas, fisionomías, estructuras, funcionamiento, evolución y configuraciones. Se integran como sistemas complejos, cuyo conocimiento debe comprender no sólo los patrones estructurales y fisonómicos, sino las variadas circunstancias espacio-temporales.

Para ilustrar, veamos la caracterización de Cuatrecasas (1989), quien conceptúa expresando que «los páramos consisten en las regiones más elevadas de la cordillera de los Andes desde Venezuela al Ecuador por Colombia, donde predominan condiciones especiales de altas montañas; son regiones sometidas a bruscos cambios; son frías y húmedas, generalmente cubiertas de niebla o sujetas a constantes precipitaciones y a fuertes vientos; pero estos fenómenos alternan con días claros de intensa radiación; las noches son siempre muy frías y en las partes más elevadas (más arriba de 4.300 metros) con nevadas nocturnas muy frecuentes. El suelo está generalmente saturado de agua; en extensas zonas es pantanoso, formándose turberas; la tierra es negra turbosa, con elevado grado de acidez; este suelo es muy profundo excepto en las zonas más altas, donde la vegetación es ya escasa entre rocas y arenales; los limites altitudinales del páramo no son muy precisos, pues varían según la topografía pero empiezan a 3.200 metros, extendiéndose hasta una línea de 4.500-4.700 metros que es el nivel de los neveros permanentes. Por hallarse en el trópico, el clima de estas altas montañas presenta un contraste muy superior al clima de los pisos subyacentes de la propia cordillera, en comparación con los países extratropicales, los Alpes por ejemplo, pues los pisos bajos de los Andes, ya cerca del nivel del mar, disfrutan de temperaturas tórridas».

Este concepto emitido por un científico contiene muchos elementos, los cuales dan una idea o una aproximación de lo que existe generalmente en los páramos. Dice cómo es en distinta perspectiva un páramo pero no se atreve a decir qué es el páramo; eso no interesa. Hoy, después de cerca de sesenta años de plasmadas estas apreciaciones, de no haber visto los distintos páramos, de haberlos visitado sólo en alguna temporada, de contar sólo con escasos elementos de sistematización, su concepto está aún vigente. Las temáticas de investigación sólo buscan profundizar los elementos contenidos en dicho marco conceptual. Esto le da validez y proyección.

Pero, además de la aguda percepción mostrada por Cuatrecasas, están las sensaciones, emociones y representaciones de los habitantes del altiplano cundinamarqués, para quienes los páramos que circundan a la sabana, a pesar de no pertenecer a ella, «no nos atrevemos a colocarlos fuera de ella espiritualmente. Ellos son el fondo hosco, sombrío, severo del paisaje; el comercio del sabanero con el paramuno es íntimo, fraternal, constante —no así con el calentano, el cual es el forastero de quien se recela y a quien se achaca por ello todo lo ridículo—; al páramo se va a correr al zorro y el venado; del páramo bajan los yugos de susca, las cabezas y los timones clásicos de los arados de chuzo; en los páramos se crían y educan los bueyes que no mienten ni por la pezuña ni por el cacho; por sus pendientes rueda el humus a enriquecer la planicie, sus matorrales abrigan las aguas que bajan a fecundarla; al amparo de sus breñas dispara un cazador convertido en guerrillero; el guasca y el sopó confundidos bajo una misma bandera dan caza al que refutan enemigo de su fe, con el mismo natural compañerismo con que batieron ayer el monte en persecución del animal dañino que holló su sembrado o mermó su rebaño. Los páramos guardan mejor que la llanura la común poesía, las leyendas, la pureza del idioma, la raza. Allí encontráis detrás de una recua de mulas la cara fosca de un contrabandista que os traslada a la aparición del tercer acto de Carmen; en la primera revuelta del camino, detrás de un mostrador, se ríen de vuestra figura unas mozas como aquellas que, apretando los dientes, calzaron las espuelas de Don Quijote en la consabida venta; más allá un grupo de jayanes que juegan alegremente al turmequé, a los malsines que mantearon a Sancho. Todo lo mismo en la llanada que en el monte, pero más marcado en éste por el menor contacto con los centros grandes. Allí hallamos el idioma como lo dijeron los conquistadores, y es una gloria oír en pleno cerro que una vieja os saluda con una salutación castellana del siglo XVI y que usa verbos como columbrar y que el gañán que guía los bueyes en la huerta habla de la besana, término que ya no vemos sino en poesía tal cual vez, y llama melgas a los surcos iguales en donde ha de caer el trigo lo mismo que llaman a los gemelos en Castilla...» (Rueda, 1975).

Así también son los páramos. Una entrañable integración de montañas y altiplanos por una sociedad decimonónica que los interpretó en diáfana prosa, sentida, humorística y real. Agua, idioma, poesía, humus, cinegética, comercio, evocan los páramos como pertenencia espiritual. Las mismas temáticas aparecen mediatizadas por la interacción natural-social.

Veamos un último ejemplo de la visión del páramo por Molina (1977) jovencito de 14 años: «... Esto es lo primero que sobresale cuando llegamos al páramo (los frailejones). Son grandes en las alturas. que para una persona no consciente de la naturaleza, pasaría por alto esta simple planta, pero para un montañero amante de las cumbres, es el comienzo de un páramo; el gran ánimo para coger nuevas fuerzas y seguir adelante. Se levantan majestuosamente, en los páramos, con sus hojas lanudas, suaves, tiernas, pero que son salvajes en su gran belleza. Imitando el peto de los reyes, se levantan erguidos; y con sus flores de color amarillo del oro, que reemplazan al sol, nos acompañan desde los 3.000 hasta los 4.500 metros. Son las plantas típicas de la Gran Colombia y el adorno inigualable de sus páramos...». Los páramos son también parte del mundo maravilloso de las montañas, objetos de conocimiento y admiración para quienes aprenden a través de sus propios pasos.

Existe alguna información, un tanto miscelánea, en torno a los paisajes parameros. Recientemente se ha avanzado más en la historia natural de los ecosistemas de los páramos, tomando en cuenta la formación, migración, desarrollo adaptativo, velocidad evolutiva, nichos ecológicos, estructura y función de los ecosistemas, aunque ha faltado continuidad temática y metodológica para obtener un conocimiento sistemático.

 

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