3.2 El páramo de cronistas y viajeros

Los páramos, en un principio, fueron objeto de admiración, temor, dudas, leyendas y por tanto, lugares para no frecuentar o apenas para ir de paso. Sólo los indígenas continuaban manteniéndolos como espacios hieráticos bajo múltiples cosmogonías y cosmologías. Una primera referencia la aporta Jijon y Caamaño (1936), cuando dice que a Pedro de Alvarado se le murieron varios caballos de frío al retomar la sierra ecuatoriana en 1535. En San Luis de Paute, sobre la misma sierra, las frutas se helaban a veces por los aires del páramo, que son muy fríos, como apunta Jiménez de la Espada (1897), citado por Patiño (1972).

En la cordillera Oriental colombiana, dice Aguado (1918) que algunos de los acompañantes de Ambrosio Alfinger murieron de frío en el páramo de Rabicha cerca a Pamplona en 1536. De manera similar, en interrogatorio propuesto por Pedro Sotelo en 1539, uno de los testigos expresó al referirse al camino entre Popayán y Neiva: «He oído decir a los mismos que vinieron del Perú, que pasaron por una sierra tan mala y de tan mal camino, que sería imposible volver a pasar por ella, y que en ella se les murieron muchos cristianos y muchos caballos y muchos indios y puercos de frío, de mal camino y despoblado» (Archivo Nacional Colombiano, Fondo Enrique Ortega Ricaurte. C 257, citado por Triana, 1992).

Hacia finales del siglo XVI durante la campaña de pacificación contra los pijaos por Juan de Borja, Saajosa incursionó el páramo de Las Hermosas por comisión de Juan de Villabona, y descubrió en dicho páramo minas de oro que si bien no pudieron ser explotadas en ese momento se convirtieron posteriormente en el enclave minero más importante de la región en el siglo XVII (Triana, 1992).

El paso del páramo de Guanacas en la cordillera Central, estaba jalonado de esqueletos de hombres y animales de carga, todavía a principios del siglo pasado, comenta Patiño (1965). Una relación del viaje de José de Madariaga en 1811, dice que en los páramos de Labranza-Grande, Toca y Chita perecían regularmente hombres, bestias de carga y ganado, y que para evitarlo prefirió ir a los Llanos por la ruta del Meta, que entonces no se transitaba (Arellano, 1964, citado por Patiño, 1972).

Durante el siglo XIX el concepto de páramo adquiere nuevos elementos de los geógrafos naturalistas, viajeros y militares que recorrieron el territorio colombiano. Apenas aludiendo a algunas narraciones, relatos y descripciones hechas sobre los Andes ecuatoriales, vamos a brindar una perspectiva espacial y perceptiva de los páramos en el siglo pasado.

En 1808 Caldas (1966) dice que los páramos están colocados en la parte superior de las montañas (1.500-2.300 toesas (3)). Bajo un cielo nebuloso y frío, no produce sino matas, pequeños arbustos y gramíneas. Los musgos, las algas y demás criptógamas ponen término a toda la vegetación a 2.800 toesas sobre el mar. Los seres vivientes huyen de éstos climas rigurosos y muy pocos se atreven a escalar estas montañas espantosas. De este nivel hacia arriba ya no se descubren sino arenas estériles, rocas desnudas, hielos eternos, soledad y niebla. En su apreciación, el naturalista pretende caracterizar el páramo mediante la cobertura vegetal y el rigor del clima, no dejando de expresar sensaciones de soledad provocadas no sólo por lo inhóspito y desolado del ambiente paramuno, sino por los límites altimétricos del hábitat humano, el cual para entonces estaba por debajo de los páramos andinos.

Siguiendo una secuencia temporal no estricta, encontramos a Mollien (1980), quien hacia 1824 recorriendo páramos de la cordillera Oriental en territorio boyacense, relata el frío reinante en los valles dominados por los páramos sobre el altiplano. En su relato expresa que los páramos constituyen una región completamente diferente de aquellas que están más bajas. Todo es diferente: la vegetación, que hasta cierto punto puede decirse que expira en ellas, produce plantas enteramente distintas; son lugares inhabitables, salvo en algunos sitios resguardados del viento en los que se siembran patatas, habas y cebollas. Pocas veces su superficie está cubierta de piedras, a no ser en las inmediaciones de la región de las nieves, donde hay un cascajo parecido al que se encuentra en los ríos.

El páramo de Guantiva, denominado por Mollien como Cerinza es descrito en el siguiente fragmento durante la travesía entre Santa Rosa y Encizo: «Al atravesar el Cerinza, la temperatura, aunque fría, era soportable; pero el aire era tan seco que las cinchas y las cuerdas que ataban el equipaje se rompían a cada momento. Tuve mucha suerte, pues al pasar el páramo reinaba una calma atmosférica absoluta; según cuenta la gente, cuando el páramo se pone bravo los viajeros están expuestos a los mayores peligros; el viento cargado de vapores sopla con fuerza; las tinieblas más profundas cubren el suelo y se pierden las señales del camino; los pájaros que, engañados por los indicios de un día bueno intentan pasarlo, caen al suelo ateridos. El viajero busca el abrigo de los arbustos desmirriados que de vez en cuando crecen en ese desierto, pero su follaje húmedo le obliga a buscar otro refugio; extenuado de hambre y de cansancio, arrea inútilmente sus mulas, yertas de frío, para que aceleren el paso, y se sienta a descansar: ¡Fatal descanso!; en seguida siente en el estómago una opresión, la del mareo, como si estuviese embarcado; la sangre se le hiela, sus nervios se atirantan, los labios se abren como si fuese a reír y expira con una mueca grotesca en el rostro; las mulas, que ya no oyen la voz de amo, se detienen, se echan en el suelo y mueren.

No hay aspecto, por siniestro que sea, que pueda compararse con el que ofrece el páramo de Cerinza. Visto desde abajo su cumbre sombría se oculta detrás de las nubes y cuando se le atraviesa, pocas veces el cielo está despejado. Algunos manantiales, cuyas aguas azuladas y heladas no son potables brotan de sus laderas estériles y no derraman esa fertilidad que engendran en las regiones inferiores. El fondo de los valles está cubierto de charcas fangosas llenas de juncos y de otras plantas acuáticas, y la inmovilidad de su superficie, a falta de viento, la turban sólo algunas grullas. Esa tierra no produce más que una hierba muy fina que los animales pastan con fruición. Una planta de bastante altura es la única que resiste a los huracanes y los fríos, merced al pelo espeso que cubre su tronco, es el frailejón (Espeletia frailexon); sus flores de color amarillo, que brotan en la punta de un tallo negro tienen un brillo siniestro, como el de una antorcha funeraria. Las cruces colocadas en las tumbas de los viajeros muertos al pasar el páramo, contribuyen a acentuar el lúgubre aspecto de estas tierras cubiertas de frailejones» (Mollien, 1980).

El autor manifiesta la suerte que se requiere para efectuar una travesía por los páramos. Al cansancio, la fatiga y la aparición del mal de altura, hay que agregar la posibilidad de extraviarse cuando las nieblas bajas y rasantes confunden los caminos y es posible perderse en las tinieblas. El páramo sigue apareciendo como un lugar inhóspito, como el espacio de la muerte. Sin embargo, a pesar de los peligros que corre el hombre en las alturas, la miseria y el afán de lucro le llevan a atravesarlos con frecuencia, por caminos espantosos que no producen sino fatigas y privaciones en esas montañas desiertas, es decir, no habitadas.

Hacia una misma fecha Bache (1982), atravesó los páramos entre Timotes y Mucuchies sobre la cordillera de Mérida en 27 de diciembre de 1822. Escribe en su diario: «Atravesamos una elevada montaña llamada páramo. En la cumbre nos encontramos con un viento intenso, penetrante y helado; desde ahí se domina, sin embargo una perspectiva muy amplia, pero de aspecto sumamente desolado. En efecto no se divisa un solo lugar populoso o aldea de pintoresca apariencia, ni el menor vestigio de habitantes o seres humanos, sino el áspero sendero de dificultoso tránsito, además de las rústicas y numerosas cruces de madera puestas en la fila por viandantes devotos y fatigados, y los cuales son los únicos testigos que llevan a nuestro ánimo la convicción de no hallamos solos en el mundo. Mientras se cruza el páramo, el viento —cuyo ímpetu por no encontrar obstáculos en su carrera, es a veces tan fuerte que casi no deja avanzar y hace escocer los ojos— pasa sin hacer ruido y produce una desazón indefinible, ante el temor de que pueda cobrar mayor violencia aún aquel elemento de la naturaleza invisible e inaudible, y barrernos de la faz de la tierra. Aquellas estupendas masas de rocas así como su altura y lejanía, le dan al hombre la sensación de su completa insignificancia...

La única vegetación que existe en esas cumbres de tristes soledades es una especie de verbasco gigantesco, más o menos del tamaño de un hombre con el cual guarda también cierto parecido cuando se le contempla a distancia. No se distingue árbol alguno que obstruya la visión del panorama; montaña abajo, se columbran las rocas apiladas unas sobre otras en la más caótica confusión; incluso puede seguirse a simple vista la dirección de las distintas estribaciones y el curso ondulante de los ríos serranos —que lucen como una vena de plata en lo hondo de los valles— con tanta precisión como si se tratara de trazos delineados en un mapa topográfico».

El páramo aparece exaltado por sus condiciones climáticas de ritmo diario y de variaciones rapidísimas, lo que provoca contrastados efectos ecológicos. Ese viento helado, seco, veloz, produce descensos en la temperatura equivalentes a la reinante en las proximidades a campos de nieve, extendiendo un panorama ambiental de equivalencias, el cual borra los esquemas de tendencia horizontal cuando subdividen los páramos y aún las vertientes altas. Las condiciones meso y microclimáticas han sido poco estudiadas en los páramos colombianos, en tanto que para la cordillera de Mérida han sido estudiados y determinados por Azocar y Monasterio (1980). A las apreciaciones que Bache hace sobre la geomorfología y la vegetación, se agregan los aspectos psicológicos de temor, sentimientos de humildad frente al imponente silencio paramero, y la insignificante importancia del hombre al enfrentar las alturas.

Hacia 1824 el viajero inglés Hamilton (1980) describe el paso por el páramo de Guanacas en el Macizo colombiano. Luego de atravesar las selvas de vertiente altoandina, narra como la vegetación toma un color más oscuro y menos frondosa, observando gran variedad de plantas lacustres. Siempre acompañados de un guía y atendiendo fielmente sus recomendaciones, se instalaban en el tambo construido en proximidades del páramo para madrugar a efectuar la travesía por la alta montaña cuando el viento era favorable tanto en dirección como en intensidad. La sola permanencia varios días en los tambos era empresa temeraria para los viajeros. El paso de las cumbres parameras siempre fue de peligro y riesgo en época desfavorable. Luego de tres horas de viaje casi ateridos por el frío, contemplaron la planicie desolada donde «sólo crecía el frailejón».

A lo largo del camino encontraron varios esqueletos humanos. «También yacían en copioso número, en un trayecto de casi tres leguas, cadáveres de mulas, de los cuales pude contar un centenar al menos, los que ya en estado de descomposición, despedían un hedor insoportable, obstruyendo, además el camino a tal punto que en ocasiones nuestras cabalgaduras tenían que marchar sobre ellos... Gran número de soldados perdió el ejército al cruzar el páramo de Guanaco. También encontraron allí la muerte muchos de los habitantes de la provincia de Neiva al huir de los ejércitos de Morillo en 1817. Parece extraño que sea más peligroso el paso de los páramos de los Andes, precisamente en los meses de verano o sea mayo, junio y julio. En ese tiempo nadie se atrevería a sentarse para descansar un rato apenas a orillas del camino, pues de seguro quedaría emparamado y moriría en pocos minutos aun en el acto de comer o tomar el sorbo. En estos casos sobreviene una especie de aterimiento súbito del cual es casi imposible recobrarse».

 

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