3.3 Visiones del Siglo XIX

Para mediados del siglo XIX crónicas y relatos del páramo aparecen en varios trabajos, de los cuales tomaremos los de la Comisión Corográfica y algunos viajeros. Luego de dejar a Bogotá, el 21 de enero de 1850. con rumbo norte, bordearon los compañeros de Ancízar el Boquerón de Torca: admiramos la vigorosa vegetación de este lado de la cordillera, en contraste con la inmediata planicie de la venta del Contento, árida y cubierta de frailejón cual si fuese un páramo, no obstante que la altura de aquel llano sobre el nivel del mar es sólo de 2.600 metros y la región del frailejón comienza, según Caldas, a los 2.923 metros de altura... En efecto, una simple abra de la cordillera del Este, fronteriza a la Venta del Contento, les envía los vientos del páramo y esteriliza el terreno (Ancízar, 1983).

Esta apreciación confirma en primer lugar, los procesos de expansión de la vegetación de páramo hacia los lugares donde fue talada la selva andina. Sin barreras contra el viento, las plantas pioneras crean un paisaje paramero en alturas no esperadas o que por lo menos apenas 50 años atrás eran próximas a los 3.000 m. En segundo lugar, el papel del viento procedente de los paramos nuevamente aparece con su acción desecante, enfriante y su velocidad inducida por las diferencias de presión entre la plataforma de calentamiento del altiplano y las crestas cordilleras. Es el efecto ecofisiológico del viento lo que determina la existencia de un paisaje paramero a 2.660 metros y no las condiciones edáficas como lo sugiere Ancízar.

Durante la peregrinación por territorio boyacense, el citado autor manifiesta que en el páramo de Peñanegra, continuación del páramo de Gachaneque, los vientos y lluvias del mes de agosto batían el desapacible tránsito; el suelo gredoso y unido casi, no permitía el andar de las bestias, según resbalaban y se arrodillaban a cada paso; una densa niebla velaba el triste paisaje de los solitarios cerros, y los arbustos enanos y rígidos sonaban como petrificados por un frío de cinco grados centígrados. En los páramos la tempestad no es majestuosa, tronadora y rápida como en los valles ardientes de nuestros grandes ríos: es callada y persistente cual la muerte, y como ella, también yerta y lóbrega, sin las magnificencias del rayo, sin la terrible animación del huracán que transporta veloz y arroja sobre la tierra océanos de agua; morir en medio de estos grandes ruidos y conmociones de la naturaleza debe ser para el viajero un accidente súbito, casi no sentido; en los páramos se muere silenciosamente, miembro por miembro, oyendo cómo se extinguen por grados las pulsaciones del corazón; por eso es temible y terrible sin belleza, una tempestad en la cima de los Andes: el ánimo se abate y la energía queda reducida a los términos pasivos de la resignación (Ancízar, 1983).

Esta travesía por el páramo fue cumplida en el mes de agosto, cuando los páramos de exposición oriental están bajo la MEC, (Masa Ecuatorial Continental), reforzada con los vientos fríos de la Antártida. Los arbustos como tostados por el frío intenso es una buena metáfora para interpretar la vegetación achaparrada de follaje coriáceo y cutículas protectoras, como formas adaptativas a los elementos ambientales del páramo.

La comparación entre las temperaturas de los valles bajos interandinos y las tempestades o borrascas de los páramos, permite exaltar el rigor de las últimas, no sólo con los efectos psicofisiológicos que produce la niebla, el tiempo del páramo a través de la acción congelante del viento, de la lluvia casi imperceptible de las briznas «al viento y al azar», de la humedad del suelo y la vegetación que por razón de las bajas temperaturas expresa mayor frío; también la pena y el sufrimiento persistente hasta alcanzar pasivamente la resignada muerte. Ante los torbellinos de frío, niebla y llovizna, se han de soportar pésimos caminos imposibles de mantener entre pantanos, charcos, turberas y suelos húmicos, lo cual aumenta el desamparo en los páramos.

Una visión casi contemporánea a la anterior sobre los páramos, la ofrece Codazzi (1958) al recorrer las montañas de Boyacá y Santander. Sin embargo, sólo esbozamos una muestra de las cumbres parameras próximas al Cocuy. Son «páramos elevados, de formas redondeadas unos, chatos y aplanados otros, o terminados en picos desnudos que asoman las rocas arenáceas aglomeradas a veces con aparente desorden, y a veces manifestando las hiladas extensas de gruesos estratos concordantes, interrumpidos por cuencas de la tierra negra, compacta y resbalosa, entapizada de grama fina y regada por arroyuelos límpidos y silenciosos.

Donde los vientos cargados de niebla y escarcha baten libremente el suelo, brota el frailejón apiñado y se carga de hojas y flores velludas, adquiriendo frecuentemente la proporción del árbol como sucede en los páramos de Chita y el Escobar y en el pie de la Sierra Nevada. Allí se ven bosquecillos de frailejón de 8 a 10 metros de altura, inmóviles, desplegando en macetas sus largas hojas en el extremo de un tronco negruzco, bañado de trementina; y a su abrigo las llanuras cubiertas de gramíneas, pastadas con avidez por las ganados que se crían ventajosamente en éstos páramos.

No faltan habitantes en aquellas abiertas regiones, encontrándose las sementeras de trigo, habas, maíz, papa y alverjas hasta la altura de 3.030 m sobre el nivel del mar; y aún a 3.668, cerca dela laguna Verde del Cocui, prosperan las papas, cebada y habas. En Llano-Redondo, junto a la Sierra Nevada, habita una familia de pastores, que soportan con indiferencia la temperatura de 6 centígrados, y recogen sus ovejas en rediles situados a 3.985 metros de elevación sobre el mar, teniendo que protegerlas contra los ataques de los grandes buitres y cóndores, que desde los peñascos inaccesibles del vértice de los cerros, se lanzan sobre los corderillos y los arrebatan y transportan a sus nidos solitarios».

«Más arriba de esos parajes todo es silencio; el aire mismo permanece quieto, insuficiente para la respiración del hombre fatigado, diáfano, y tenue hasta el punto de representar engañosamente cerca los objetos distantes, rara vez claro y casi de continuo cargado de ligeras pajillas de nieve o de las frígidas nieblas que avanzan desde los boquerones de abras inferiores. La vegetación alegre ha desaparecido; tal cual arbusto de ramas retorcidas, arropadas de amarillento musgo y vestidas de recio follaje, crecen adheridos a los peñascos lisos, en que se notan señales de nieve recién derretida: ni un ave, ni un ruido de vida perturba la solemne soledad, salvo el murmullo de los arroyos que nacen debajo de las nieves perpetuas de la altiva Sierra, y se deslizan sin cauce fijo en busca de suelo más propicio.»

Además de los aspectos geomorfológicos y las observaciones generales, los pastizales del páramo o los detalles particulares sobre los frailejones, no hay duda de que Codazzi encuentra la razón de las ventanas ambientales que provocan formas de circulación atmosférica local en la alta montaña. De otra parte, ya en el siglo XIX, la intervención humana es evidente en los páramos. La ganaderización y los cultivos de origen principalmente mediterráneo, dieron lugar a formas de producción agropecuaria y de producción del espacio social paramero, el cual no sólo ocurre de manera amplia en los páramos boyancenses, sino que se extiende ampliamente en los páramos de Santander y Norte de Santander. Sobre el camino frío de los páramos se alianza el proyecto colonial hispánico no sólo en su producción socioeconómica sino el hecho urbano mismo, con muchas poblaciones sobre o en proximidades de los páramos.

Ascendiendo hacia los páramos de Choachí y Cruz Verde, el viajero inglés Holton (1981), en 1852 narra la acción de los carboneros y leñateros sobre las selvas del Boquerón de San Francisco, en inmediaciones de Bogotá. «Largo y desolado fue el camino por el páramo de Choachí. El frailejón empieza a ser más abundante y la vegetación adquiere un colorido más opaco. Si de pronto el páramo «se pusiera bravo» mal lo pasaríamos y mal comeríamos aun en el caso de que lográramos llegar a una de esas chozas desoladas, sin ventanas y sin chimenea. ¡Qué silencioso es el páramo! No hay pájaros, no hay insectos, y quizá debido a la atmósfera rarificada no se oye el murmullo de los arroyos...

La cima está repleta de cruces, como las que hay siempre en todas las alturas escarpadas de la Nueva Granada y a veces también al pie de alguna tremenda bajada. El aire de la cima es terriblemente helado a pesar de que el sol brilla resplandeciente. El páramo de Cruz Verde es muy peligroso cuando está nublado y el viento azota a los viajeros; por fortuna no es muy extenso y se puede cruzarlo en poco tiempo». Las notas de este viajero confirman características antes anotadas por otros paisajes parameros. Sin embargo, en su descripción resalta la red de caminos que atraviesan los páramos, por donde los carboneros transportan su producto de tala y quema de las selvas andinas y nubladas. Prácticamente son los únicos habitantes o transeúntes de los páramos citados, y su tarea hizo posible extender el páramo sobre las vertientes donde desaparecían los árboles de las formaciones de Selva.

En la misma obra, Holton (1981) narra el paso por el camino de Quindío. «Estábamos en el límite del páramo, donde a veces el suelo se cubre de nieve hasta por una semana. En estas alturas le puede ocurrir algo muy extraño al viajero, el cual sin sufrir demasiado por el frío pierde de pronto toda energía y finalmente la vida. A esto la llaman emparamarse». A las patologías respiratorias, cardiacas, y la anoxia se atribuyen las principales causas del soroche y de la muerte en las alturas ecuatoriales. El emparamiento se inicia a veces con una llovizna tenue pero pertinaz que humedece las vestimentas y que afecta, ayudada del viento, las partes descubiertas principalmente manos, cara, cuello, llegando incluso a impedir la gesticulación del habla. Si la humedad del suelo penetra los pies, el enfriamiento se generaliza llegando a necrosar tejidos por falta de irrigación. Los dolores son intensos e impiden el caminar, experiencia que hemos tenido con estudiantes e investigadores de la Universidad Nacional de Colombia.

Codazzi (1959) desplazándose desde Manizales a la Mesa de Herveo —actual Parque de los Nevados— narra que en esas áridas llanuras reina un frío intenso, donde la atmósfera se halla demasiado rarefacta, el cielo siempre nebuloso y una llovizna incesante casi imperceptible; infrecuentes granizadas fuertes y abundantes copos de nieve. Este páramo ha derivado su nombre de un español Ruiz, quien antiguamente tuvo un hato allí, el cual abandonó cuando sobrevino la guerra por la independencia, lo que hizo que el rebaño vagara por aquellas regiones en plena libertad. Al fundarse Manizales empezó la cacería de dichos animales, pero muchos de ellos han continuado hacia los páramos de Santa Isabel y Tolima, donde se hace imposible su caza. Se observa como el espacio del subpáramo y el páramo permitió en el período colonial tardío el establecimiento de hatos ovinos, caprinos y vacunos, aprovechando los follajes bajos de los árboles y arbustos achaparrados, así como la matriz de gramíneas y hierbas y que conformaban la dieta alimenticia de aquellos ganados.

 

La percepción del páramo hecha por Codazzi (1980), al atravesar la cordillera Occidental y el camino del Quindío, no deja de aportar nuevos elementos. Para el ascenso a estas cumbres ecuatoriales frías, hay que «subir por una especie de pista formada por las raíces de los árboles, donde la tierra es lodosa, se desmorona o se colma de aguas estancadas... Tuve que reanudar el camino, ya en aquellos solitarios parajes, no me quedaba otra alternativa que sufrir, despreciar y tratar de vencer el dolor, puesto que no había nadie que pudiera aliviarlo, sino fieras cuyos aullidos resuenan en las sombrías selvas y altos montes. Se observan, impresas en el lodo, las huellas de las fieras, que ha menudo se ven huir.

Muy pocas aves se atreven a hacer aquí sus nidos; todo es horror y soledad, y se divisan sólo las amarillas flores del frailejón... Las plantas cubren por doquier las altísimas montañas de los Andes, con excepción de las cumbres más elevadas, sobre las cuales se contempla una escuálida naturaleza, estéril de toda vegetación; más arriba aún, los montes encanecidos por nieves perpetuas obstaculizan al viajero con un frío intensísimo; las tormentas que se desencadenan de vez en cuando arrojan a horribles abismos a los pobres aterrorizados viandantes que tienen la desgracia de encontrarse en aquellas cimas, cuando los páramos desatan su furia.

Los indios suelen conocer las épocas propicias para cruzarlas, pero a menudo se engañan y mueren víctimas de su osadía. Nuestras montañas de los Alpes, en comparación con los Andes, son unos pigmeos; la naturaleza se muestra grandiosamente colosal tanto en el armazón del nuevo mundo, como en los amplios ríos que cruzan por doquier». Luego del penoso ascenso hacia las cumbres de la cordillera Central, «al sexto día nos encontrábamos casi en la cumbre, donde un frío rigurosísimo nos hacía rechinar los dientes; de nada sirvieron para calentamos ni el fuego ni los licores, aunque nos encontrásemos en plena zona tórrida, a tan sólo cuatro grados del Ecuador».

Es notorio no sólo el rigor del páramo sino el ascenso hacia sus cumbres por caminos empinados que atraviesan las selvas de las montañas ecuatoriales. Da la impresión de que la exuberante naturaleza de las selvas con su fauna asociada, va desapareciendo en las alturas esterilizadas por el frío; así como sugiere que en los páramos habitan o trasegan hombres pobres, muchas veces víctimas de las avalanchas y el frío paramero. Por último, reconoce que los Andes con su majestuosidad e imponente ambiente ecuatorial son incomparables con los Alpes.

La idea de que en el páramo se refugian los marginados de la sociedad republicana rural, es mucho más explícita en Hettner (1976), quien muestra en preciosos párrafos la cotidianidad de los habitantes parameros, no sólo en sus faenas agrícolas sino en el pastoreo extensivo donde han de competir con tigrillos y zorros para poder mantener algunos terneros y ovejas, culminado su jornada en una vivienda rudimentaria llena de humo, donde luego de ingerir monótona comida se recuestan sobre un cuero de ganado alrededor del fogón para amainar el frío.

Culmina esta escena rústica afirmando que es aquí en el páramo donde se encuentra verdadera pobreza, pues el hombre parece rehuir semejantes soledades hasta donde le sea posible, pues la vida en estos páramos no es fácil, por cierto. Familias enteras hay que viven en un terreno carente de todo valor, dedicados a la recolección de la leña menuda y su venta en la ciudad, como única fuente de su medio de sustento. Niños apenas cubiertos de harapos y con vientres monstruosamente hinchados por el consumo de papas como alimento casi exclusivo, suelen pedir la limosnita al viajero (Hettner, 1976).

La visión de páramo obtenida por el geógrafo alemán surge comparativamente con los Alpes en donde a la altura de la nieve, apenas empieza a achaparrarse la vegetación arborescente, reemplazándose a la vez con gruesas capas de musgo y creando así un aspecto melancólico; mientras que en las alturas andinas el relieve se presenta suavemente ondulado, con pequeños valles longitudinales hundidos entre las lomas, a no ser que las aguas pasen lentamente por las anchas planicies, ahogando la vegetación, que así se convierte en suelo negro húmedo, para transformarse en partes en verdaderas turberas.

He aquí unas apreciaciones muy juiciosas del mismo autor: «De brillar el sol, sus rayos, apenas filtrados por el aire enrarecidos, son muy poderosos. Pero son raras las veces que el sol llegue al páramo a mostrar su cara, existiendo por lo general una densa capa de niebla por medio, con su notorio efecto aislante y su tendencia de bajar en forma de llovizna, ligera pero duradera. Ocasiones hay también en que caen granizadas, a veces de pedriscos de bastante calibre, con el efecto de bajar la temperatura hasta apenas unos grados encima del punto de congelación y de soplar un fuerte viento helado.

En la parte inferior del páramo predominan arbustos que, con sus hojas de verde perpetuo y parecidas al cuero, pertenecen a las lauráceas y mirtáceas. Van disminuyendo poco a poco a medida que progresamos en la subida, para ser sucedidos, no por praderas de hermosas yerbas, sino por una gramínea seca y dura que crece en forma de copos y está intercalada por matas solitarias de flores de algún tamaño y tallos bajos, casi siempre leñosos. Pero las plantas características del páramo son el cardón y, más todavía, el frailejón, el primero una bromeliácea, a primera vista parecida al agave, en tanto que el segundo (espeletia frailejón) pertenece a los compositifloras. Del cardón con sus hojas en forma de espada, duras y bordeadas de espinas, ordenadas como una tupida roseta al rededor de su centro, a veces brota un tronco floreado de varios pies de altura. El frailejón, de hojas lanudas y resinosas, con arreglo también en forma de roseta, produce flores grandes de color amarillo ordenadas en grupos sobre tallos largos. Una vez muerta la hoja, su estípula se vuelve leñosa, contribuyendo así a formar un tronco sucesivamente más alto, que con el tiempo alcanza varios metros.

Obligado el viajero a pernoctar en el páramo, las hojas del frailejón le ofrecen su colcha a propósito, a la vez que su contenido de resma facilitan el convertirlas en combustible, tanto para preparar la comida como para protegerse contra el frío de la noche.

En las hondonadas y quebradas resguardadas de los vientos helados, el monte, o por lo menos los matorrales de cierta altura, suelen penetrar al propio páramo, encontrándose allí helechos y bellos arbustos, a la vez que trepadoras mezcladas con la maleza del chusque, parecido éste al bambú, que al excursionista con frecuencia le obstruye el camino, como para enseñarle que aun a tal altura sobre el nivel del mar la vegetación tropical acostumbra mantener sus caprichos».

Se debe diferenciar entre páramo bajo y páramo alto. En aquel predominan arbustos (especialmente Melastomáceas, Myrtáceas y compuestas), que pertenecen con sus hojas parecidas al cuero y siempre verdes, a las formas de los laures y mirtos; por encima siguen, pero rara vez, praderas (Alpenmatten) con maravillosas hierbas; casi siempre están compuestas por una paja dura seca que crece en densos haces entremezclados con algunas otras hierbas y arbustos.

Pero las verdaderas plantas características son el cardo, y todavía más el frailejón, aquella una Bromeliácea de la apariencia de un agave, con hojas de formas de espada, dura, espinosa en sus bordes; las hojas forman un densa roseta en cuyo centro se eleva por períodos un pedúnculo de varios pies de altura; y el frailejón (Espeletia y Culcitium) que tiene diferentes variedades, es una compuesta con grandes flores amarillas sobre largos tallos y con hojas gruesas lanudas y con mucha resma, igualmente ordenadas en forma de roseta, y cuya parte inferior, después de atrofiarse, se vuelve leñosa y así forma lentamente un tronco de varios metros de altura.

Al viajero que está obligado a pernoctar en el páramo, le ofrecen estas hojas de frailejón una mullida manta, y debido a su contenido de resma se puede prender sin dificultad una hoguera sobre la cual el viajero prepara su comida, y a la vez lo defiende durante la noche contra el frío.

Hasta muy cerca del límite de la nieve, se ven estas plantas exóticas, y si ellas no progresan sobre las lomas de acarreo glacial o sobre las rocas que todavía recién estaban cubiertas por la nieve, no se pueden sin embargo considerar estas tierras no cubiertas por ellos como una nueva región. Si la selva tropical con todas sus características es en el más alto grado un producto de la humedad, todavía mucho más que de calor (Gobel, 1891), disminuye sin embargo con la altura la influencia biológica de la humedad, y el páramo, según el investigaciones de Gobel, tiene una formación vegetal hasta xerófila, es decir, que prefiere lo seco, lo que se muestra en la espesa cubierta de hojas lanudas, la formación de hojas parecidas al cuero, el envolvimiento de las hojas, la disminución del tamaño de éstas, la formación de almohadillas duras, y las rosetas de hojas sobre el suelo con depósitos subterráneos y materiales de reserva, como medidas de protección contra la fuerte evaporación.

Pero el páramo de ninguna manera parece seco con sus frecuentes nieblas y lloviznas, y casi siempre el suelo esta empapado de humedad, pero debido al fuerte enfriamiento del suelo, al parecer la absorción de agua de este es demasiado poca, para compensar la fuerte evaporación provocada por la delgada atmósfera y fuertes vientos, y la falta de una adecuada protección.

Muchos discursos científicos del presente, han perdido, entre esquemas, metodologías y modelos, la posibilidad de utilizar un lenguaje versátil y claro para nombrar el páramo. Estos fragmentos precedentes son apenas una muestra de quien buscó proyectar generales y sutiles impresiones de los páramos, tanto en sus aspectos climáticos, edáficos y bióticos, como en su ambiente y procesos de ocupación humana. El texto abunda en apreciaciones sobre cultivos, ganadería vacuna, ovina y caprina y condiciones de existencia de sus habitantes; incluso expresando el goce que brinda el páramo, cuando son propicias las condiciones para poderlo obtener a plenitud.

Recorriendo el páramo del Ruiz, Hettner alcanzó la divisoria de aguas a 4.055 m: «Una vez descargadas las bestias y amarradas con lazos largos a fin de permitirles la comida de suficiente forraje, mis acompañantes se dedicaron a reunir hojas de frailejón y leñas, para prender la candela destinada tanto a preparar nuestra comida como a servirnos de calefacción, por lo menos durante el comienzo de la noche. Cumplidos tales menesteres, la oscuridad se había presentado, ahuyentando la niebla predominante durante el día y permitiendo divisar los oscuros entornos del gigantesco nevado en dirección sur de nuestro acantonamiento. No tardamos en preparar nuestros alojamientos, para dormir a medida que el frío lo permitía».

En la madrugada, aun despejado el páramo, intentó subir al cráter lateral del nevado —La Holleta—, cruzando lagunas frecuentadas por los patos y plantas acolchonadas de hojas tiesas, ordenadas a manera de rosetas y armarlas de espinas. Sin embargo, la presencia de la niebla ascendente cubrió el objetivo e hizo identificable el camino, por lo que debió desistir con su guía de coronar aquella altura volcánica paramera. «La fatiga causada tanto en los humanos como en nuestros animales por el ascenso sobre la arena suelta en combinación con el aire enrarecido, se vio, no obstante, ampliamente recompensada con la vista excepcional sobre el ventisquero que se nos ofrecía en dirección sur.

Por momentos las nubes dejaron libres a nuestros ojos también las inmensas masas de nieve, coronadas por los dos picos del Ruiz, vista que yo había anhelado tanto, para luego volver a correr su telón hasta envolvemos a nosotros mismos, haciéndonos pensar así en el regreso». Estas vivencias realizadas hacia comienzos de la octava década del siglo XIX, permiten aproximarnos hacia las características del superpáramo atravesado por el camino Manizales-Líbano, en tanto que el camino de Quindío o de Letras no tocaba el páramo, de tal manera que la selva unificaba las vertientes de la cordillera Central con una cobertura densa, aun sobre su divisoria de aguas en muchos lugares.

Una última fuente citada para conocer aspectos de los páramos de la cordillera Oriental, la constituye la obra de Vergara y Velasco (1974), de la cual sólo tomaremos algunos aspectos relevantes de estos paisajes. Con una enorme gama de topónimos describe los páramos de Tajumbina, El Salado, Petacas, Las Animas y Doña Juana; todos ubicados sobre el eje volcánico de la cordillera Central donde el frailejón domina recios pajonales sobre aplanados topes, casi siempre envueltos en nubes negras y blanquecinas. Hacia el Norte de la cordillera Occidental, en proximidades al valle alto del Atrato, describe los páramos de Frontino con los picos de San José, Ocaidó, Nicasio, La Horqueta y Santana, peñas que se visten de ricos pastizales y culminan en riscos desnudos, los cuales dominan las selvas del Atrato.

En el ascenso al volcán de Puracé, Vergara encontró que era necesario «atravesar los campos bien cultivados de los indígenas, alegres, pintorescos y rodeados de zarzas cuyo vivo y elegante follaje contrasta con las negras y quebradas montañas que rodean el Puracé. Esas cumbres, sobrepuestas como escalones, terminan en una mancha de arbustos que suben hasta los 3.500 m de altitud, a la cual aparecen los pajonales donde los indios mantenían ganados antes que los hubieran maleado las cenizas y el lodo del volcán. En efecto, a medida que se sube, se ven en las plantas muertas y secas los destrozos causados por las erupciones.

A cinco kilómetros de distancia ya se oye el ruido provocado por los gases al salir por las bocas viejas; se percibe el olor a ácido sulfúrico, y las partículas de azufre que transporta el aire pican los ojos. A los 3.800 m, la capa de lodo mide algo más de medio metro de espesor; a los 4.200 excede de un metro; a los 4.400 desaparece todo vestigio de vegetación y a los 4.600 principia la cintura de hielos eternos, en parte también cubierta de lodo. La temperatura del suelo es casi insostenible, lo mismo con la fuerza con que salen los fluidos elásticos aún por las más pequeñas grietas, que se ensanchan con el tiempo.

El viento no puede inclinar la gruesa y espesa columna de humo sino a más de 50 m de altura; el ruido es tan intenso, que dos personas próximas no pueden conversar, aun cuando lo hagan con toda la fuerza de sus pulmones; y el silbido tan continuo y agudo, que iguala el bramido del viento en una violenta tempestad, por lo cual es aterrador. Esto, las molestias tísicas y el esfuerzo necesario para evitar ser arrastrado por el ímpetu del viento hacia la boca del cráter, causa terror en las personas tímidas, a lo que se agrega la lobreguez del lugar por la niebla que lo envuelve de ordinario... El volcán de Puracé se mantiene desde hace medio siglo en plena actividad y sus erupciones son frecuentes».

Los páramos sobre cordilleras volcánicas sufrieron un continuo proceso de devastación de acuerdo con las fases de activación y reactivación de las estructuras volcánicas. Principalmente los pisos de superpáramo y páramo debieron no sólo ver sepultadas sus formaciones vegetales y su micro y meso-morfología, sino también incendiados vastos campos por lluvia de clastos volcánicos. Así mismo, los nuevos relieves y espacios abiertos fueron objeto de eventos sucesionales atendiendo a la dinámica de las poblaciones vegetales en estas alturas.

Por ello es frecuente encontrar páramos donde el frailejón (Ezpeletia) no ha logrado penetrar, como en los páramos de cerro Bravo; por ello Ezpeletia no puede constituir un elemento exclusivo indicador del bioma paramuno. Estos procesos de reactivación volcánica, secesiones vegetales, recomposición del relieve y flujos de superficie, se hacen más intensos y complejos cuando se toman en consideración las glaciaciones-deglaciaciones-interglaciaciones ocurridas durante el Cuaternario para los Andes Ecuatoriales.

 

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