3.4 Las altas montañas de la cordillera Oriental

Sobre la cordillera Oriental al norte de los amurallados páramos de Toquilla, San Ignacio, Mesa Alta, Canoas, Pisba y Tecuquita, se levanta uno de los más amplios campos de páramos del país. presididos por la Sierra Nevada del Cocuy, el Almorzadero y Santurbán. La porción alta de estas montañas o sea los páramos del eje magistral de la cordillera Oriental, se compone de cumbres de formas redondeadas, unas chatas, y aplanadas otras, sin que falten los picos desnudos ni las extensas hiladas de gruesas estratas concordantes, interrumpidas por cuencas de tierra negra, compacta, resbalosa, entapizada de grama fina y regada por arroyuelos límpidos y silenciosos.

Donde los vientos cargados de niebla y escarcha baten el suelo, brota el frailejón de flores amarillas y velludas hojas con proporciones de árbol, como que mide hasta 10 m de altura, cual sucede en los páramos de Chita y el Escobal y al pie de la Nevada, y que agrupan en bosquecillos sus negruzcos troncos, a cuyo abrigo los numerosos ganados de estas parameras pastan con avidez las tiernas gramíneas del suelo.

Las sementeras suben normalmente a más de 3.000 m de altura, aquí y allá, en los lugares más favorecidos trepan hasta los 3.600, y aun a casi 4.000 de elevación sobre el mar, todavía hay pastores que soportan con indiferencia temperaturas ordinarias con ser de 6o centígrados y tienen que defender sus ovejas contra los ataques de los buitres y los cóndores, que las amenazan desde los inaccesibles peñascos del tope de la serranía (Vergara, 1974). Como prácticas de uso y manejo está la ganadería de altura y la quema, así como un uso agrícola del subpáramo y aún del páramo, dominando lo pecuario en el páramo propiamente tal. Tanto la tala, el pastoreo, las quemas y la adecuación del terreno para la agricultura mediterránea: trigo, cebada, arveja, haba, frutales, manifiestan no sólo una gran actividad agropecuaria sino un considerable tiempo histórico que vincula al páramo con las haciendas coloniales de manera complementaria; la ganadería extensiva ocupó los espacios abiertos de los páramos y las franjas de selva altoandina, la cual posteriormente también fue convertida en páramos antrópicos.

Hay que reconocer que varios centros urbanos vinculados con los páramos en la cordillera Oriental surgen en el siglo XVI como California (1535) y Pamplona (1549); otros en el siglo XVII como Panqueba (1625), Chita (1621) y Boavita (1613); finalmente se encuentran en el siglo XVIII: San Mateo (1773), El Cocuy (1715), Guacamayas (1708), La Uvita (1758) y El Espino (1791); en su gran mayoría dedicados a la ganadería de altura de bovinos, caprinos y ovinos; cultivos de trigo, cebada, papa, haba, alverja, hortalizas, frutales mediterráneos; con lo cual desarrollaron producción harinera (Silos, Pamplona), producción de lanas y tejidos (Boavita, Güicán, El Espino, San Mateo) y un amplio comercio con poblaciones de alturas inferiores donde se intercambiaban las mercancías.

Por estas razones, los páramos de Boyacá hasta Norte de Santander son de los más tempranamente vinculados a la producción agropecuaria dentro del proyecto de colonización hispánica. El uso y manejo dados transformaron no sólo los ecosistemas del páramo, sino los paisajes de selvas andinas circundantes, las que al desaparecer, cedieron su lugar a la vegetación de páramo ampliando el bioma de manera antrópica.

En el recorrido cumplido por Vergara (1974) sobre la Sierra Nevada del Cocuy, hace más de 110 años, descifró la distribución altimétricamente desigual de la vegetación de páramo y selva en las laderas húmedas —hacia los Llanos de Casanare— y las laderas secas —hacia el Cañón de Chicamocha—; aspecto que posteriormente Cleef (1977), confirmó mediante estudios fisionómicos y florísticos a través de un perfil de la vegetación de páramo.

Los párrafos que siguen, no sólo testimonian el aspecto señalado, sino que describen la Sierra Nevada, tanto en sus nevados, sementeras y rebaños, como en su dimensión, geoestructuras y vías de comunicación difíciles.

«Del Cocuy a Guicán se asciende el Alto de la Vega, y se continúa luego por entre grandes cerros destrozados, por laderas sembradas de gigantescos peñascos, y en una altísima meseta queda el pueblo, al pie occidental del extremo norte de la sierra a que da su nombre.

Al Septentrión de la cuenca el muro de montañas es un ramal de páramos elevados llamados de la Sartaneja, que arrancan del remate N. de la Nevada, amurallan por el Mediodía las altillanuras de Nítaga, y envían al sur contrafuertes por entre San Miguel y Macaravita, a reventar en la confluencia del Chicamocha y el Chiscas; al Mediodía del Cocuy la muralla homóloga se desprende del extremo sur de la Sierra, y constituye el aún más encumbrado Escobal, el alto del Cocuy y las peñolerías que terminan en la confluencia del gran torrente y el Chitano.

Los altos páramos de la comarca, de cima tendida y regada por infinidad de arroyuelos, guardan sementeras y rebaños de ovejas hasta altitudes que asombran, al occidente se apoyan en colinas que por escalones bajan a la profunda hoya de Chiscas, y al este se detienen de repente en murallones de centenares de metros, a cuyo pie apenas se distingue la copa de los árboles.

Hacia Tecuquita-Escobal la vegetación es enana y rastrera del lado del Chicamocha, la cumbre irregular, peñascosa y desolada, en tanto que en el opuesto flanco la vegetación es mayor por los aires húmedos y tibios que suben de los ardientes llanos del Casanare que se columbran sobre el remoto horizonte, como un mar de azul y nieblas, cortado a trechos por las fajas negras del bosque prolongado que ciñe las márgenes de los ríos, de donde el cuadro sea grandioso y además sorprendente por el contraste de esa inmensa superficie plana con las tumultuosas serranías que de uno y otro lado se alejan de los pies del viajero como los tumbos de embravecida catarata.

Hacia el este la Sierra termina en infranqueable murallón de casi un kilómetro de altura, en tanto que al occidente descuelga por un plano en declivio un inmenso nevero que lleva a los lados y al frente muros de peñascos y despojos, principiando el del sur desde el borde mismo de los hielos eternos. El nevero proviene de que en esta parte de la sierra forma de repente un talud muy inclinado de media legua de caída por la mitad de anchura, y la nieve puede resbalar por la rambla, cual poderoso arado, hasta 600 metros abajo del nivel de las nieves perpetuas, presentando su parte superior, mirada desde la cumbre de la Sierra, el aspecto de un montón de nubes vistas por encima, es decir, una confusa mezcla de pirámides y promotorios que de un lado reflejan vivamente la luz, del otro proyectan sombras caprichosas, y en el cuerpo suelen mostrar, asomando por entre el blanco ropaje, los ángulos ennegrecidos de las rocas transportadas.

Al pie occidental de la Sierra se extiende el llamado Llanorredondo, de una legua, cubierto de gramíneas y frailejones, interrumpido por colinitas y sembrado por los restos de antiguas morrenas; allí hay ganados y habitantes que hace algunos años eran los que a mayor altitud existían en el país. Del lado del Cocuy el muro rocoso que rodea ese llano presenta una brecha a que sigue una falda llena de peñascos desquiciados, a cuyo pie se alza el cerro Gloria de los Tunebos, que al occidente se confunde suavemente con las colinas y faldas aledañas, en tanto que al sur presenta un corte de 400 metros, por cuyo fondo corre precipitado el río de la Nieve, que en cascada se desprende de San Paulín, y es fama que por el tajo se despeñaron parte de los Tunebos para sustraerse a la servidumbre, mientras el resto se retiró al otro lado de la Sierra y hoy se comunica con los civilizados por un camino que sólo ellos pueden transitar, por ser una altísima escarpa llena de agujeros que suben izándose con pies y manos, y bajan por medio de bordones, con destreza sin igual...»

Continúa Vergara mostrando el panorama paramero hacia Santurbán —Guerrero- Tamá, siempre haciendo uso de figuras, descripciones e imágenes en un exquisito castellano que permite vivenciar el relato: «En estas regiones y las vecinas, del Nudo Guerrero al del Santurbán y luego hacia Tamá, por un lado, hacia la Sierra Nevada de Chita, por otro, las cumbres principales constituyen una extensión no interrumpida de páramos desiertos. En los más altos la soledad es completa: horrorosos precipicios formados por cúmulos de rocas amontonadas confusamente, raídas o agujeradas y envueltas en nubes que se desatan en frecuentes aguaceros u ocultas por una densa cortina de niebla, llenan la extensión del paisaje, y cuando las ráfagas de viento huracanado que allí sopla descorren el telón de vapores y dejan que los rayos del sol iluminen el cuadro, queda manifiesto un conjunto de almenas, paredones y colosales cimas que más arriba del nivel de la vegetación semejan las formas de grandes ruinas y restos de fortificaciones dilatas.

A sus pies se extienden llanuritas inclinadas, siempre verdes y vestidas de menudo pasto; más abajo hay otras dispuestas en escalones. Humedecen el suelo multitud de lagunetas que ahora están contenidas en recipientes de peña viva, ahora se abren en el centro de tremendales peligrosos para el ser que los pisa, y las cuales vierten unas en otras el sobrante de su caudal, o lo envían directamente a los valles profundos, por chorreras que a veces saltan en un vacío de más de mil metros y se pierden en el espacio convertidas en menuda lluvia, cuando no rueda de escalón en escalón por las estratas que constituyen tas trastornadas faldas de los cerros.

El mugir de los vientos, frecuentemente superior a todos los ruidos; el de las cascadas, que aumenta o disminuye según la posición del espectador; lo yermo y agreste de la desolada comarca, todo imprime a esas altitudes un sello de grandeza melancólica que se graba en la memoria con el recuerdo de los peligros que se corren al cruzar esos riscos, no siendo el menor la furia del viento a lo largo de los desfiladeros y en los angostos y prolongados boquerones, debido a la enorme diferencia de temperatura y de caldeo entre los infiernos de las llanuras bajas y los hielos de los picachos culminates, la que a diario desquicia el aire, le imprime doble movimiento y lo comprime entre las salvajes quiebras».

En 1893, el obispo de Pasto organizó la primera gira apostólica con tres sacerdotes hacia el valle de Sibundoy, de cuyo viaje Algen M. de Villava, dejó una relación escrita de las penalidades del viaje. En el segundo día, al atravesar el páramo de Bordoncillo, el misionero inglés perdió el calor y no pudo tenerse en píe. «Grandes fueron mis apuros. Nadie podía cargarlo por ser muy pesado, y él, imposibilitado de dar un paso, quería echarse en la fría y húmeda tierra»; citado por Bonilla (1968). Este testimonio de los sufrimientos y penalidades de los viajeros en los páramos, muestra cómo el mal de altura provocado por la anoxia y los cambios de presión con la altura, fueron un factor de riesgo para quienes los visitaban en forma infrecuente.

Pereira-Gamba (1919), al explorar un posible camino entre Ibagué y Manizales a comienzos de este siglo, tomo el valle del río La China para cruzar cerca al Nevado de Santa Isabel. Una mañana explendorosa le permitió contemplar la magnificencia del páramo: «En pie sobre una lometica, donde la vista alcanzaba a dominarlo todo, mis ojos se extasiaban llenos de la gula de mirar: al occidente, las neveras albas de la más absoluta blancura, cristalinas y reflejantes bañábalas el sol; a sus pies, el páramo inmenso apenas ondulado, casi una sabana sobre cuyo amarillo verdoso destacaban a trechos las lagunas, única solución de continuidad en el paisaje...

El páramo en la comarca es de una fertilidad increíble, a diferencia de otros que conozco tan estériles y monótonos; está enyerbado con las altas gramíneas y muy poco pajonal; de aquí proviene la pasmosa abundancia de ciervos que me sorprendió vivamente en la primera excursión... Si en las mañanas despejadas la vista de los nevados es espléndida, imagínese el lector cual no será a la luz de la luna en las magníficas noches del páramo. Todo es allí fantástico. Ninguno se atreve nunca a pretender una descripción. Hay cosas que tienen que ser vistas pero no pueden ser descritas». Reclamar el derecho a sentir es una forma de impulsar el deseo de conocer. Como en este caso, la realidad del páramo en su estacionalidad diaria —en 24 horas— se integra a las estructuras de lo humano, donde se llena de sentido y significaciones, escapando al conocimiento que se plasma en la palabra y sus articulaciones discursivas. Antes de arribar al presente siglo —el siglo XX próximo a expirar—, recapitulemos las apreciaciones anotadas mediante una interpretación sociogeográfica que nos permita proyectar las visiones y las cosmovisiones hacia la comprensión de los paisajes y ecosistemas parameros. En primer lugar, es necesario reconocer que las culturas americanas que habitan en nuestras montañas, desarrollaron un importante conocimiento de las selvas y los páramos, conocimiento que no sólo ha servido a dichas sociedades, sino que por su carácter mítico y elemento de identidad cultural-natural, no debe desconocerse en la cultura occidental que nos correspondió vivir bajo distintas formas de dominación.

En segundo lugar, que dicho conocimiento no es completamente ajeno a nuestros campesinos andinos, habida cuenta de su origen indígena en la base del mestizaje y como portadores de prácticas productivas, etnobotánicas, ecológicas y ambientales basadas en el conocimiento indígena, permite entender sabias actitudes de uso y manejo para dichos ecosistemas de altura, aún no bombardeados por la homogenéizante y destructora economía de mercado.

En tercer lugar, con el advenimiento de los conquistadores y colonizadores hispánicos, los páramos iniciaron una nueva fase de denominación, interpretación y prácticas socioculturales. Los páramos sagrados o los espacios hieráticos de las montañas ecuatoriales, comenzaron a ser penetrados por los hombres «civilizados» quienes no vacilaron, de acuerdo con Urbina (1992), en degradar los espacios sacros de las culturas indígenas mediante prácticas genocidas y etnocidas.

Para la mayoría de los invasores, los páramos son lugares de inclemencia que ofrecen innúmeros peligros para los viajeros; no constituyen hábitat para el hombre y éste debe rehuir los silencios y las soledades allí reinantes; en los páramos la tempestad es tronadora y persistente cual la muerte, por eso el peligro acecha cuando está nublado o el viento azota, pues no deja de imprimir un sello de depresión y tristeza en el viajero; la vegetación de los páramos es triste en contraste con la alegre fisonomía de las selvas, donde el paisaje despliega los variados tesoros de la vegetación equinoccial, según expresión de Codazzi, 1958.

 

Muchas de éstas visiones o apreciaciones tomadas de los textos citados, fueron proferidas por cronistas, viajeros o comerciantes, quienes arribaron a dichas alturas sobre espaldas de silleteros indígenas. No sólo una ignominia, sino una triple profanación de la cultura, de la dignidad de sus portadores y de los espacios sagrados.

Pero los dioses que gobernaban estos espacios de páramo resistieron la invasión y llenaron de cadáveres sus campos. Las osamentas dispersas de mulas, bueyes y personas infestaron las turberas, los arbustales-pajonales, los márgenes de las lagunas, provocando un panorama de desolación. Surgió el espacio de la muerte y un nombre para sus víctimas: emparamados. Desde entonces los páramos hacen parte de esa cultura de la muerte y así nacen a la cultura occidental, a la sociedad de la «civilización».

Por eso son comprensible los epítetos acuñados para calificarlos: lugares desolados, tristes, solos, inhóspitos, al igual que los camposantos. Son espacios de la muerte, no sólo porque se muere efectivamente, sino porque cuando ella no ocurre, de todas maneras se avizora, se experimenta, se vivencia. De acuerdo con Taussig (1986), con la conquista europea y la colonización, estos espacios de muerte se funden en un conjunto común de claves o puntos de captación que ligan la cultura del conquistador con la del conquistado; el espacio de la muerte es preeminentemente un espacio de transformación. El páramo fue conceptuado bajo los criterios del miedo y su aliada, la soledad; creando así fantasías, imágenes y realidades que impregnaron la poética, la ciencia y la política bajo la dominación hispánica e inglesa; permitiendo que el romanticismo desvirtuara la memoria ancestral americana.

 

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