3.7 Panorama actual

Veamos algunos ejemplos que ilustran estas apreciaciones de la geográfica contemporánea. Los páramos actuales son espacios ampliamente transformados, dichas transformaciones manifiestan una dominante acción de los hombres asociados, sin que la naturaleza desaparezca bajo la acción humana. Abundantes relatos, narraciones y ejemplos antes anotados ilustran las fases de ocupación y trasformación: colonización indígena, campesina, agroindustrial, turística, estratégica, científica, conservacionista, etc. De una concepción sagrada de los páramos hemos pasado a considerarlos como hábitat humanos, espacios de confrontación, sistemas de producción, lugares de control, medios de comunicación, áreas de investigación y sitios turísticos, entre otros.

La colonización de altura interpreta la ocupación del ambiente páramo en nuestros Andes. La confrontación social que padece el pueblo colombiano desde hace cerca de cinco décadas, tomó los páramos como teatro de operaciones, para los bandoleros de la década del cincuenta, las autodefensas liberales y los chulavitas; como fueron, según Uribe (1990), «Santander» y «Richard» en Calarma, Chaparral; «Mayor Arboleda», en Las Hermosas, Chaparral; Juan de la Cruz Varela, en la región del Sumapaz; «Chispas», en el páramo de Roncenvalles, Pijao y Génova; «El Muñeco», en Chilí, Rovira; «Charronegro», páramos en proximidades del Nevado del Huila, serranía de Atá; «Gigante» municipio Santa Isabel. El movimiento guerrillero surgido en la siguiente década también ocupó el páramo como lo hizo la guerrilla comunista en Samapaz, el M-19 en la cordillera Central y otros grupos en la cordillera Oriental. Una travesía por los páramos circundantes al nevado del Huila, tomando el camino de los indios, permitió la siguiente visión por parte de guerrilleras vinculadas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia: pasar un páramo es duro: el silencio lo puede a uno ir envolviendo hasta dormirlo. En el páramo hay que andar muy despierto; casi nunca hay enemigos de fusil. El enemigo es ese silencio que a veces se ve correr, llenar las honduras de la cordillera y los huecos que uno tiene. El otro enemigo es el frío que, con la niebla, le va quitando a uno los dedos y las orejas y, poco a poco las manos y los pies. Para dormir hacíamos nidos de frailejón, el gran amigo que uno encuentra en el páramo. (Trascrito por Molano, 1.994).

Los sistemas de producción campesina, tanto de herencia indígena como de herencia colonial hispánica se han afianzado en los páramos desde hace más de 300 años, enriqueciendo nuestra cultura agropecuaria con muchas formas de producción sustentables infortunadamente no dominantes. Además el páramo ha sido utilizado como una gran nevera para almacenar pescado seco —páramo de Berlín— o para conservar café —páramo de Letras—.

El control militar de los páramos, como lugares estratégicos, ha sido otra forma de utilizar estos ambientes. Muchos campamentos de las distintas armas han sido instalados de manera temporal o permanente, aun sobre áreas de difícil acceso, donde se han instalado torres de transmisión, radares, conducción de petróleo, repetidoras de T.V., ayudas para la aviación, equipos científicos, líneas de conducción de energía, etc, ligando los páramos con los poderosos medios radiales y televisivos, la aviación comercial y militar, la explotación petrolera. La construcción de estas obras, su mantenimiento y la infraestructura vial requerida para ellas, constituyen elementos de impacto ambiental poco evaluados en dichos espacios.

El páramo es un espacio de poder, muy importante, bastante competido y vital para el país en la producción económica y el control geopolítico del territorio.

Procurando abrir las nieblas que cierran la comprensión del espacio geográfico paramuno, digamos que los páramos delimitados por arriba con la nieve o la atmósfera ecuatorial, hacen parte, hacia abajo, de la estructura montañosa andina, con todas las implicaciones que esto tiene, en la medida en que todos los procesos y acciones provocados sobre el medio físico -biótico montañero por la actividad humana, se proyectan hacía abajo, como consecuencia de esa inocultable fuerza de gravedad, la cual no sólo permite la transferencia de los materiales desestabilizados o dispuestos a remoción, sino que hace posible poderosos procesos entrópicos. El asumir esta integración hace parte de la comprensión de aquel mundo huraño, hostil y ajeno.

Por otro lado, el páramo es un territorio históricamente construido. Milenariamente ha sido socializado por los procesos culturales y productivos de distintos actores sociales, como se mostró antes. Es un espacio que ha contenido, y acumulado sueños, mitos, leyendas, interpretaciones, formas de producción, modos de apropiación, sentidos, simbolizaciones, etc., todos esos elementos que los hombres asociados, portan , producen y reproducen en los permanentes actos de vivir la vida.

Los páramos son esa rica síntesis y diversidad de la vida. Características físicas, bióticas, socioeconómicas y culturales integran su mundo. El páramo hace milenios dejó de ser un espacio natural (primera naturaleza), desde cuando el pensamiento mítico lo escogió como espacio de sus representaciones; la producción social, como complemento de los ciclos ecológicos de los recursos sobre las vertientes; y la cultura, como experiencia, vivencia, imaginación, poética, razón y elaboración, a la manera de una segunda naturaleza, la cual abrió la comprensión de los páramos. Por eso, cuando abordamos la vida en los páramos simplificamos excesivamente hasta reducir los niveles interpretativos a los requerimientos del método escogido.

Para abordar la vida hay que considerar al hombre como ser social; y hay que pensarla en su trascendencia y conexión conceptual con la historia del pensamiento y del espacio geográfico que la representa. No sólo la fauna y la flora sino también la dimensión del hombre que recrea su existencia sobre los fundamentos físicos y bióticos.

Aunque el conocimiento científico contribuye a la creación y transformación de la cultura, el discurso elaborado sobre el objeto de la vida difícilmente puede catalogarse de científico. Los esfuerzos por conocer no deben confundirse con los esfuerzos por deshumanizar los espacios de la vida como totalidad. De pronto nos convencemos que la afirmación de la verdad científica, a través de rigurosa hipótesis, no pasa de ser una gran mentira... pues el científico que no entiende la ciencia como un trabajo cultural enmarcado dentro de su historia y su sociedad, se convierte en un obrero calificado, cuya producción le es extraña y hostil, como plantea Villaveces (1989).

Las complejas relaciones socioambíentales que han sido reconocidas, mantienen su especificidad y su propia existencia historia. Como vimos antes, el páramo pasó de un espacio sagrado y conservado a un espacio profanado y desequilibrado. En las etapas tempranas del capitalismo era un espacio baldío, peligroso e ignorado. Posteriormente hizo parte de las tierras comunales o ejidales. Desarrollados los procesos de colonización hispánica como de colonización republicana de vertiente, se fue preparando el camino para la expansión del latifundio, la concentración de la propiedad, la constitución de un mercado de la fuerza de trabajo y la apropiación del trabajo campesino contenido en la valorización del espacio del páramo. Con estas acciones provocadas por la dinámica del capital y la tasa de ganancia, los paisajes parameros se fueron transformando y sus estructuras ecosistémicas. iniciaron procesos continuos de alteración y disturbio.

De otra parte, las políticas estatales no han estado dirigidas hacía los campesinos, con el fin de darle un sentido a la producción de aquellas sociedades andinas que toman de la naturaleza primera los recursos para producir la vida. Por el contrario, han favorecido intereses extraños creando reservas y parques para la industria del turismo, ha permitido el desarrollo de la agroindustria papera —monocultivo—, ha hecho posible el desarrollo de la ganadería, de lidia y de doble propósito; ha dejado que el páramo alimente formas económicas de extracción —gramíneas para techar lujosas viviendas— y ha concedido explotar recursos mineros como el carbón en aquellas montañas elevadas. Es decir, que la ausencia del más mínimo atisbo de planificación de la alta montaña por parte del Estado, hace que sus propias políticas contaminen aguas, destruyan suelos, devasten la vegetación y la fauna y saqueen los recursos mineros o hidroenergéticos.

Sin hacer un exhaustivo inventario, muchas de las principales ciudades del país, toman el agua para consumo humano de las fuentes parameras. Solamente resaltamos el caso de la metrópoli bogotana, cuyos siete millones de habitantes dependen -exclusivamente del agua proveniente de los páramos de Villa Pinzón, Palacio, Guerrero, Chingaza, Cruz Verde y Sumapaz.

Como inverosímil paradoja esas fuentes de agua que nacen en mullidos y espesos campos de musgos, depósitos arrosetados de hojas, macollas pletóricas de entorchadas hojas y en suelos orgánicos de acumulados y espesos tejidos; están siendo copados y exterminados por la producción intensiva de papa, las quemas, el tractorado, la recolección de leña, el pisoteo y pastoreo de los ganados, las obras civiles, la minería y la industria del turismo. "Sólo queda agua para 130 días, expresó el gerente del Acueducto y Alcantarillado de Bogotá —abril, 93—. Sí falta, el racionamiento será más drástico y los costos para surtir la ciudad se tendrán que pagar a precio internacional de petróleo, pues el agua no se produce en los páramos sino en los piedemontes de los Andes".

El capital, que dispone de la mente y la conciencia de nuestros profesionales y políticos, espera responder a la problemática del páramo con la tecnología que él mismo agencia y con proyectos por fuera del tiempo y las necesidades reales de los ecosistemas y los pueblos. Por esta razón, el páramo podemos catalogarlo como un espacio de conflicto. Conflicto en su apropiación, en su uso, en su manejo, en su conservación. Conflicto como espacio militar y lugar estratégico. Conflicto como área reguladora del ciclo hidrológico montañero y como espacio de la producción económica. Conflicto entre economías y culturas andinas frente a la economía de mercado. Para ilustrar dicho conflicto, entendamos que las comunidades campesinas tradicionales que han ocupado dicho espacio, como último recurso y obligadas en muchas oportunidades por las expresiones de poder de la clase dominante, son sociedades marginadas, a quienes la civilización les ha brindado los rudimentos básicos de lectura y escritura, a través de los cuales les permiten conocer las «sagradas obligaciones, los derechos y deberes que imponen la religión y los aparatos políticos del Estado». Es parte de la crisis de la sociedad nuestra, donde la educación que se imparte a través de la escuela, lo entrena para obedecer órdenes, cuyo sentido no le es dado entender para así poder participar de las decisiones que afectan su propia vida (Singer, 1988). Los campesinos no actúan por estupidez sino porque están acorralados, negados en su cultura, en la identidad con su entorno, controlado por la ideología de la clase dominante, explotado en la producción de su trabajo. Su trabajo se ha convertido en destructor de los ecosistemas por orden de los dueños del poder y de los medios de producción, confirmando que la injusticia social genera la mayor cantidad de problemas ecológicos ambientales y sociales.

Los páramos, esos particulares ambientes de las montañas ecuatoriales, no son ecosistemas frágiles; lo que pasa es que las acciones transformadoras han sido contundentes, como lo fueron con las desaparecidas selvas de las vertientes. Los páramos no son un mundo aparte a los ambientes y culturas andinas. Ellos han regulado muchos procesos que tienen incidencia directa sobre las vertientes. Todo lo que hagamos allá, provocando desequilibrios y destrucción, serán acciones y efectos que vendrán por nosotros o nos determinarán nuestras formas de existir en el mundo de las montañas ecuatoriales.

 

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