2.1.5 Epoca hispánica

Los primeros exploradores que recorrieron la provincia de Norte y Gutiérrez en su región más septentrional fueron los capitanes Juan de Cárdenas, Martín González y Miser Andrea, enviados como expedicionarios por el alemán Jorge de Espira (¿1533?). Estos exploradores subieron por la cordillera y penetraron a las provincias de Chiscas y Laches, regresando después a Venezuela (en Cubillos: 1974: 1-2; tomado de: Ots Capdequi, 1957:121). En 1533 el propio Espira comanda una nueva expedición a esas tierras, pero parece ser que no funda poblado alguno.

El verdadero conquistador de la provincia fue Hernán Pérez de Quesada, quien emprende la conquista en el año de 1541 impulsada por la posible existencia de una casa de adoración que por sus abundantes riquezas era llamada la Casa del Sol (Silva, 1945). Los naturales de la región a pesar de oponer valiente resistencia se ven derrotados en los alrededores del poblado de Chita. Los españoles pasan de Chita al Cocuy por el páramo, pero hallan la aldea completamente abandonada. Posteriormente siguen a Panqueba, Guacamaya y el Espino, para luego entrar a Santander, recorriendo la provincia de García Rovira. Ya de regreso por el valle de Tequia o de los Cercados, los naturales le comentan que la dicha Casa del Sol queda hacia los Llanos. Quesada comisiona al capitán Céspedes a ubicar el adoratorio, y éste se dirige al frío valle de Chinibaque sin encontrar adoratorio alguno. A pesar del fracaso de esta empresa, la región despertó gran interés a causa de la alta disponibilidad de mano de obra y el potencial agrícola determinado por las variaciones altitudinales, el régimen de lluvias y la fertilidad de sus tierras (Langebaek, 1987). Situaciones que llevaron a que otros españoles después de Quesada, como Otún Velasco y Velázquez visitaran la región, y que se empezaran a dar los primeros poblamientos de españoles, quienes en algunos casos abandonan sus armas para quedarse como colonos. El más notable de ellos fue Pedro Ruiz Serrezuelo o Herrezuelo, quien había acompañado al adelantado Jiménez de Quezada, y quien más tarde fue comendador de Panqueba (Cubillos, 1974: 13-14).

Durante el alinderamiento y ocupación inicial de la Provincia se continuó utilizando el sistema de organización territorial establecido por los indígenas. La institución de la encomienda se ejerció adjudicando las unidades políticas de cacicazgos y permitiendo, para algunas funciones administrativas, el apoyo de personas que tenían cargos tradicionales de autoridad (p.e. caciques, alcaldes y capitanes) (Groot, 1989).

Ante la urgencia de una rápida colonización y de aprovechar intensivamente las tierras descubiertas, se incrementó la presión sobre los indígenas utilizados como fuerza de trabajo. Uno de los mecanismos empleados fue el de disolver gradualmente las aldeas o núcleos dispersos de población indígena para concentrados en las nacientes parroquias españolas, produciendo un grave proceso de desintegración social que condujo a un mayor mestizaje, a migraciones hacía la vertiente oriental de la sierra, y a una notable reducción de la población nativa.

La consecuente falta de mano de obra durante los siglos XVII y XVIII dio lugar a oleadas de poblamiento blanco y mestizo que incrementaron la subdivisión e hicieron escasa la tierra disponible para las actividades agropecuarias, situación que promovió la venta de las tierras de resguardo y la progresiva colonización de áreas silvestres en diferentes zonas de la región.

CUADRO 2.

Evolución de la población tributaria región de Chicamocha.

PUEBLO              AÑO

1562

1565 1572(7) 1596  1602   1635-36
Boavita (Cuzaquey y Nasucua) 200 200 112     81
Chicamocha y Tequia 675 675     40  
Chitagoto 572 550 380   163 47
Chusvitá y Sagia(Sagara)   200     85  
Cheva-Ogamora           78
Ocavita-Tupachoque   720 400 180 135 29
Onzaga 700 700 474   145 83
Sativa 562 170 150   90 95
Soatá 695 120 160   120 126
Socha-Tasco 468 350 280     109
Socotá 450 450 333   147 46
Susacón 94 90 83   55 29
Tupachoque 749   247 85 83 18
TOTAL 5.165 4.225 2.619 265 1.063 714

Basado en:

COLMENARES/1979/1984 y TOVAR p. 1970.

Tomado de: Pérez, 1990.

Durante la ocupación española del territorio se conservaron y continuaron aplicando las técnicas de trabajo y los procedimientos de cultivo indígenas, ya que las labores agrícolas continuaron en sus manos y los españoles se mantuvieron dependientes de ellos para la producción de alimentos. Aparte de la modificación de algunas herramientas y el empleo de instrumentos metálicos, por muchos años no fueron introducidas innovaciones de importancia en las formas de preparación de la tierra (Patiño, 1965).

Posteriormente, a mediados del siglo XVI la introducción de nuevas especies vegetales (p.e. cereales) trajo consigo las prácticas de cultivo peninsulares. Así mismo, el ingreso de animales con destino al pastoreo (bovinos, ovinos y caprinos) generó una nueva dinámica respecto a la ocupación del territorio que tuvo reflejo en una marcada transformación de los paisajes.

La institución de la encomienda permitió combinar las actividades pecuarias con la producción de cereales y la agricultura tradicional. A esto se refiere la siguiente descripción (siglo XVII) del camino entre Chiscas y Guacamayas (Pradilla, 1988):

"... los Tunebos tenían allí casas donde trabajaban la lana y tenían gallinas. Esta región era donde estaban las encomiendas y era en estas haciendas donde el indígena tenía que cultivar el maíz y el trigo".

Una de las características particulares asociadas a la ganadería extensiva es que desde su inicio los potreros, principalmente con forrajes nativos, se establecieron en las mejores tierras (ocupadas en un comienzo por los indígenas) dando lugar al desplazamiento de la actividad agrícola hacia zonas de ladera o terrenos accidentados con una mayor susceptibilidad a los procesos erosivos (Patiño, 1965).

Por otra parte, la expansión de las parroquias españolas asociada al crecimiento de la población, incrementó las demandas locales de leña y de madera con destino a la elaboración de panes de herramientas, enseres, viviendas, iglesias y obras de infraestructura. Lo mismo ocurrió con productos de origen silvestre como miel y cera de abejas, pieles, plantas medicinales y taninos, muchos de los cuales hacían parte de los tributos que debían ser pagados por los indígenas.

 

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