ORÍGENES DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN COLOMBIA

PRÓLOGO

I

Dentro del abigarrado conjunto de textos políticos elaborados por los colombianos durante el siglo pasado, pocos tuvieron la pretensión de ofrecer algo más que una toma de posición suscitada por las urgencias de los enfrentamientos partidistas. Pero a veces los escritores de la época trataron de justificar, dentro de perspectivas más amplias, prestadas usualmente a la "ciencia constitucional" o a la "ciencia económica", como entonces se decía, el derecho de algunos de los partidos a ejercer la dirección del país. Muchos de los autores publicados en la antología del pensamiento político elaborada por Jaime Jaramillo Uribe 1 corresponden al tipo anterior, que sin embargo no incluye la que se convirtió en una de las formas favoritas de alegato político: el enjuiciamiento de la evolución y de las actuaciones de los partidos para extraer de su historia tanto la condenación y el aplauso a su acción como enseñanzas aplicables a nuevas situaciones. En forma más o menos imprecisa, los folletos de Manuel María Madiedo, José María Samper y Tomás Cipriano de Mosquera hacen parte de tal vertiente y deben ser leídos teniendo en cuenta tanto o quizá más lo que sirve para comprender las polémicas contemporáneas, que lo que ofrecen como recuento de un pasado que querían sujetar a minuciosa revisión. Los tres fueron activos militantes de los grupos de la época, todos tuvieron participación destacada en la prensa política o en los diversos órganos del gobierno y Mosquera ocupó varias veces la Presidencia de la República. Aunque tuvieran alguna pretensión de hacer tarea de historiadores o de teóricos políticos, es preciso mantener siempre presente el hecho de que trataban ante todo de tomar posiciones políticas y de dar fundamento a sus apreciaciones sobre coyunturas muy precisas del desarrollo del país.

Manuel María Madiedo publicó sus Ideas fundamentales de los partidos políticos de la Nueva Granada en 1859 en las prensas de El Núcleo Liberal, un periódico de orientación liberal draconiana 2 El autor, que había nacido en Cartagena en 1815, se radicó en Honda en 1840, después de concluir sus estudios y de haber ejercido el comercio en Mompós. En ese año combatió la revolución liberal y fue nombrado gobernador de Mariquita; desde entonces ocupó intermitentemente diversos empleos en las administraciones de Herrán y Mosquera y mantuvo una posición política que permitió a Juan Francisco Ortiz clasificarlo como "conservador neto". Colaboró asiduamente en la prensa gobiernista ("ministerial" era el nombre de la época) y en 1849 mantuvo una vigorosa polémica con José María Samper, entonces redactor del Sur-Americano y defensor de la candidatura presidencial de José Hilario López, que culminó en duelo que Samper narró luego con detalle en su Historia de un Alma. Según Samper, Madiedo decidió refugiarse en Ibagué para eludir la ofendida familia del primero, y allí colaboró con el gobierno provincial, de orientación conservadora 3 .

Ya entonces comenzó a hacerse difícil la ubicación ideológica y política de Madiedo. En 1852 aparece encabezando la proclamación del radical Manuel Murillo Toro como candidato a la Presidencia, enfrentado a José María Obando. No podemos deducir que se hubiera pasado al liberalismo; entre quienes lo acompañan se encuentra el conservador Rufino Vega, quien había sido uno de los revolucionarios de 1851 4 . Tampoco es fácil sacar conclusiones de algunas de sus actividades políticas durante los años siguientes. Manuel de J. Barrera asegura que Obando le ofreció un alto cargo en la Secretaría de Guerra o inclusive esta misma posición, pero que no la aceptó. Bajo la administración de Mallarino fue primer designado en la gobernación de Mariquita, provincia cuya asamblea era de mayoría liberal. Dos años después el gobernador conservador de Cundinamarca Joaquín París, lo nombró prefecto de Cundinamarca, cargo que ocupó desde finales de 1857 y que a mediados del 58 conservaba aún. Para hacer más confusa su posición, en noviembre de este año fue candidatizado a la Asamblea Departamental por los liberales de la provincia, y justamente las Ideas fundamentales corresponden a este período de su agitada vida política 5 . Parecería que entonces estuviera Madiedo ubicado dentro de las filas del liberalismo, pero opuesto al grupo radical. La división entre draconianos y radicales había adquirido nueva fuerza y en la elección para presidente del Estado de Cundinamarca, creado recientemente, se enfrentaban José María Rojas Garrido, a nombre de los radicales, y Ramón Mercado, conocido draconiano y antiguo partidario de la dictadura de Melo, condenado al destierro al caer éste y luego indultado. La presunción de la afiliación draconiana de Madiedo se acentúa si se tiene en cuenta que el documento de apoyo a la candidatura de Mercado, que circuló el 5 de febrero de 1859, tiene todas las trazas de haber sido escrito por Madiedo y crítica al radicalismo con las mismas frases que aparecen en las Ideas fundamentales. Pero, pese a los violentos ataques hechos por Madiedo a los radicales, cuando ambos grupos liberales se unificaron y presentaron una lista conjunta a la Asamblea, encontramos al lado de Manuel Murillo Toro, "jefe de la idea social" como lo llaman las Ideas fundamentales, el nombre de Manuel María Madiedo 6 .

Las Ideas fundamentales pueden pues haberse escrito para apoyar electoralmente un grupo del cual era candidato el autor. El interés principal de éste parece estar en presentar a los radicales como un grupo iluso y fundamentalmente antipopular, que a nombre del liberalismo y el progreso promueve unas políticas cuyo efecto es oprimir al pueblo y favorecer a la oligarquía. En esencia, en cuanto dejan la sociedad a la merced de la lucha individual y quitan al Estado toda posibilidad de intervenir en favor de los más débiles, los programas radicales conducen inevitablemente a una sociedad en la que triunfan siempre los más fuertes, y en especial los que, como los prestamistas, financistas, comerciantes, etc., pueden aprovechar las libertades económicas para oprimir a los artesanos y en general al pueblo. Es posible que el argumento fuera interesado y tratara de captar el apoyo de los artesanos, víctimas del librecambismo propugnado por los radicales. Pero aunque la argumentación de Madiedo no está muy desarrollada y es en gran parte coyuntural, su visión del proceso político desde la Independencia tiene cierta coherencia que hace pensar que su enemistad con el radicalismo y su preocupación por los artesanos es más que circunstancial. No sabemos quién haya sido el primero en decirlo, pero Madiedo esboza una idea que recientemente ha tenido notable carrera en el país: la de que la Independencia fue un movimiento que defraudó las esperanzas del pueblo, que después de sacrificarse por la libertad recibió de los criollos, que reemplazaron a los españoles en las posiciones de mando sin que nada cambiara, el tratamiento de "la plebe" y "la canalla" 7 .

Según Madiedo, de los partidos políticos creados tras la Independencia, el conservatismo había unido al criollaje que buscaba preponderancia (la oligarquía que giraba alrededor de Santander) con la "democracia del sable" encarnada en Bolívar. Entre tanto el liberalismo había consistido exclusivamente en la idea de gobernar de acuerdo a la ley y en una confianza optimista en los efectos de ésta, que los llevó a promover una legislación que carecía de "apoyo a las costumbres". En este caso también encontramos una formulación temprana de la crítica al liberalismo en términos de su desajuste con la tradición nacional, crítica que abarca ambos partidos que adoptaron en general un cuerpo similar de ideas. Aunque, como se dijo atrás, Madiedo apenas esboza sus argumentos, el lector que conozca los estudios de Álvaro Gómez Hurtado, Indalecio Liévano Aguirre o Alfonso López Michelsen sobre este período, encontrará bastantes resonancias, aunque todavía no estén acompañadas de la idealización del período colonial que comparten los autores más recientes 8 .

No interesa en el contexto de esta nota seguir la evolución posterior de Madiedo, pero conviene señalar que en 1863 publicó su Ciencia social o el Socialismo católico, una obra que en la versión que da de ella Antonio García 9 parece combinar en un eclecticismo probablemente bastante superficial, elementos democráticos y liberales con una exaltada fe religiosa y una actitud favorable al pueblo y a los "proletarios", que lo lleva a definirse como socialista. Aunque se afilia otra vez al conservatismo, su actitud hacia los liberales es muy tolerante y se opone a la intervención de la Iglesia en la política. Madiedo atribuye una función complementaria a los dos partidos, necesarios ambos para el desarrollo adecuado de la sociedad. En esto y en su tolerancia se acerca a la posición de José María Samper, y hacia 1870 predica en Ecos de la Noche un acuerdo entre ambos partidos, eliminando del liberalismo su ala "roja" y del conservatismo su alianza con el clero y su aristocracismo. Aunque sin la conciencia de la realidad social y política que tuvieron otros partidarios de tal compromiso, como Samper y luego Núñez, Madiedo aparece entonces como uno de aquellos que estaban formando el clima de opinión con el que se alimentó, sobre todo en su primera época, el programa de la Regeneración.

I I

El libro de José María Samper, Los partidos en Colombia, estudio histórico-político, corresponde a una situación bien diferente. El liberalismo, después de triunfar en la guerra civil de 1861, incorporó en la Constitución de 1863 sus más firmes convicciones políticas y en especial aquellas que formaban parte del credo radical. La Constitución dejaba a los Estados la plenitud de la soberanía y confería a los individuos el más amplio repertorio de derechos individuales. Pero el funcionamiento del sistema político estuvo desde muy pronto alejado de lo que idealmente prescribía la Carta constitucional. La libertad de conciencia entraba en conflicto con el interés del partido de gobierno de impedir la acción política de la Iglesia y su alianza con el conservatismo; fue pues preciso hacer los más complejos malabarismos lógicos y legales para hacer compatible la libertad de cultos con la represión religiosa. El esfuerzo decidido del liberalismo para mantenerse en el poder la llevó a violar los derechos políticos de los conservadores; el riesgo de que éstos se apoderaran de un número de Estados peligroso para la hegemonía liberal, convirtió el mantenimiento del orden público en un problema laberíntico que requería hacer compatibles la intervención del gobierno central en los Estados con el respeto a la letra de la ley federalista. Manuel Murillo Toro dio una gráfica expresión al dilema, al aconsejar al gobierno central que detuviera al gobernador conservador de Cundinamarca Ignacio Gutiérrez Vergara en 1869, para luego condenar implícitamente, como juez de la Corte Suprema, la acción del presidente. Lo primero lo aprobaba como político, lo segundo lo hacía dentro de su función de guardián de la ley 10 . Por otro lado, el sistema electoral se hizo todavía más corrupto que durante el período de la Nueva Granada, sobre todo en las elecciones de los Estados que influían en la escogencia del presidente de la Unión.

José Maria Samper había entrado desde muy joven a la política, en los animados días del gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, En 1848 y 49, cuando apenas tenía 20 años, condujo una vigorosa campaña contra los jesuitas, a quienes atribuyó las más inverosímiles maldades y la perversidad más incalificable; fue uno de los principales creadores del ambiente que llevó a la expulsión de la Orden en 1851. En este mismo año, su coquetería con un socialismo cuyo contenido ignoraba, dio pie para que la fracción radical del liberalismo recibiera el nombre de "gólgota": un discurso suyo en la Escuela Republicana atribuyó a Jesucristo avanzadas ideas políticas. Formó parte de las logias masónicas, fue agente electoral al servicio del radicalismo, mantuvo una ruidosa polémica contra los artesanos que defendían la protección, inició una demanda contra José Eusebio Caro, que culminó con el autoexilio del ideólogo conservador y fue subsecretario de Relaciones Exteriores, todo esto durante el gobierno de López y cuando aún no tenía 25 años. Como jefe político de Ambalema tuvo el placer de emancipar a los esclavos de la región y de distribuir resguardos indígenas. Entre tanto, comerció con tabaco y otras mercaderías. Como buen radical, enemigo de Obando y del ejército, debió esconderse después del golpe de Melo y huyó para unirse al ejército radical-conservador. Después de la derrota de Melo, fundó con Salvador Camacho Roldán y Manuel Pombo, el más notable periódico de la época, El Tiempo. Otra vez en 1856 y 1857 adelantó varías campañas periodísticas contra el clero y defendió un federalismo "administrativo", sin ceder la soberanía a los Estados, idea que rechazaba y que en su opinión se debía al general Mosquera. Fue luego redactor del Neogranadino, hasta que en 1858 viajó a Europa con su segunda esposa, Soledad Acosta, y con sus hijas.

El viaje a Europa le permitió ahorrarse la revolución encabezada por Mosquera, así como los debates alrededor de la Constitución de 1863. En Historia de un Alma, escrita en 1881, sostiene haber condenado una y otra, lo que indicaría el comienzo de su evolución hacia posiciones políticas más moderadas. Al regresar al país en 1864, se sintió ya incapaz de dar apoyo pleno a un liberalismo que consideraba excluyente e intolerante; el mismo Murillo Toro lo había defraudado en París, con su vanidad, su torpeza, su indiferencia ante todas las manifestaciones de la cultura europea que no fueran inmediatamente políticas 11 , "Desde entonces he estado casi constantemente del lado de la oposición y sosteniendo y preconizando una política de conciliación entre los dos grandes partidos nacionales", afirma en la Historia de un Alma 12 .

En ese mismo año de 1864 se estableció en La Mesa "para dar extensión a los negocios de tu casa", como decía su amigo Camacho Roldan 13 ; no dejó sin embargo de mantener una intensa actividad literaria, orientada en buena parte hacia el teatro y la prensa. La muerte de su madre le produjo un profundo efecto moral y lo llevó al catolicismo, al que seguiría fiel hasta el fin. En 1873 publicó lo que constituye expresión parcial de su transformación ideológica, el Curso elemental de ciencia de la legislación, texto que reproducía sus lecciones orales y pretendía reemplazar el conocido curso de Bentham por una de orientación anti-utilitarista. En este mismo año dio a las prensas el trabajo sobre los partidos en Colombia, reproducido en este volumen.

Como podrá advertirlo el lector, este libro realiza tanto un esfuerzo por trazar y explicar los orígenes y la evolución de los partidos, como una discusión acerca de los problemas políticos del momento; trata, pues, de ser tanto un trabajo histórico (y recordemos que Samper había escrito en 1853 el primer libro publicado en el país sobre la historia de la Nueva Granada, y que su conocido Ensayo de 1861 incluía importantes elementos de análisis histórico) como un alegato político. Me parece que predomina el segundo aspecto: más que un buen conocimiento de la historia de los partidos, lo que recibe el lector es una aguda percepción de las dificultades políticas creadas por las instituciones y los partidos del momento, y, sobre todo, una viva imagen de las perplejidades que debía afrontar un escritor que trataba de sostener simultáneamente una ideología claramente ligada al liberalismo y una posición católica explícita. Si se tiene en cuenta el enfrentamiento entre Iglesia y liberalismo y se recuerdan las formas tan extremas que adquirió, y sobre todo, si se tiene presente la identificación cada día más estrecha entre la Iglesia y los intereses políticos del conservatismo, que había convertido la defensa de aquella en el eje de su programa y en el tema más conspicuo de su propaganda, puede captarse cuán incómoda era la posición de Samper. Peor aún, el Syllabus de Pío IX había condenado formalmente casi todos los elementos del programa liberal que Samper todavía compartía.

En situación tan difícil, los mayores esfuerzos de Samper están orientados a rechazar la identificación entre conservatismo y catolicismo defendida por los "tradicionistas" (orientados especialmente por Miguel Antonio Caro y José Manuel Groot) y a tratar de demostrar que es posible ser católico y estar "por el progreso, la libertad, la república y la democracia", ideas cuasi-heréticas para el conservatismo de comienzos de los setenta. Otro elemento central de su alegato es la defensa del federalismo, que considera casi irreversible; inclusive importantes sectores conservadores lo defienden.

Si los conservadores hubieran renunciado a agitar la bandera religiosa y a tratar de reimplantar un Estado centralista, como recomienda Samper, su conclusión —de que el conservatismo carecía de un programa viable— seria aceptable; pero justamente la ausencia de otros motivos de diferenciación hacia difícil que los conservadores renunciaran a mantener la cuestión religiosa al rojo vivo. Esto hubiera requerido también, como lo sugiere Samper, que los liberales dejaran de perseguir a la Iglesia, lo que chocaba con la visión filosófica del radicalismo más extremista y con el pragmatismo autoritario, interesado simplemente en sujetar a la Iglesia al poder de un Estado controlado por el liberalismo, expresado en los herederos de la tradición draconiana.

Lo anterior muestra hasta qué punto le resultaba difícil a Samper separar el análisis de los partidos de sus propuestas como político; su deseo de un acuerdo moderado entre liberales y conservadores se convierte en un aparente análisis de los elementos básicos de los programas de ambos grupos, que permitiría concluir que los aspectos religiosos de tales programas (el clericalismo de unos y el anticlericalismo de otros) constituían una especie de brotes enfermizos de ambos partidos, ajenos a sus proyectos fundamentales. De este modo, el núcleo de la ideología liberal de Samper —la autonomía entre la esfera de la acción estatal y la de la creencia religiosa privada— es utilizado como premisa del análisis, y habría tenido que ser aceptada por los oponentes antes que pudiera tener sentido toda discusión. Y precisamente era esa ideología liberal la que —a pesar del aparente triunfo del pensamiento liberal durante el siglo XIX, que supuestamente impregnó ambos partidos— más ajena era a los colombianos del siglo pasado. La posición de Samper, que se refuerza en la parte final donde polemiza con Diógenes Arrieta, es de un genuino liberalismo: no es válido proscribir al catolicismo a nombre de la defensa de la libertad religiosa, alegando que el catolicismo no comparte la creencia en la libertad religiosa. Sostiene implícitamente que las garantías constitucionales tienen vigencia aun para aquellos que no creen en ellas o las atacan. En esto Samper se separa de buena parte del radicalismo, siempre tentado a suprimir las libertades (y los derechos electorales) a quienes se enfrentaban al liberalismo.

La oposición de Samper al radicalismo —al que ya en 1873 veía como un grupo que había perdido toda moderación y no dudaba en recurrir a la violencia y al fraude para mantener sus programas— no hizo sino acentuarse durante los años siguientes, cuando José María Samper mismo resultó víctima de fraudes y violencias radicales. Las elecciones de 1875, en las que se enfrentaron Aquileo Parra y el candidato independiente Rafael Núñez, fueron una buena señal de que el radicalismo —como lo diría 5 años después el prohombre radical Francisco Eustaquio Alvarez— no estaba dispuesto a perder con papelitos un poder que había ganado con las armas 14 . Samper apoyó entonces una coalición de liberales y conservadores que, con el nombre de "Unión Republicana" respaldó la candidatura presidencial de Núñez. Candidato a la Cámara por Cundinamarca, una serie de maniobras del gobierno (que destituyó al jurado electoral y manipuló tanto el escrutinio como la posterior calificación de los elegidos por parte de las cámaras) privó a Samper de su credencial, aunque pudo conservar una curul de senador por Bolívar (Estado controlado por los partidarios de Núñez) 15 . Sus ataques al gobierno fueron elocuentes y ruidosos; según Carlos Martínez Silva, "la excitación producida por las filípicas o catilinarias del doctor Samper fueron [sic] causa muy principal de la gran revolución armada que inmediatamente se siguió" 16 .

Desde estos años estuvo al lado de los conservadores, y al regresar de un breve exilio en Venezuela publicó en El Deber un programa conservador moderado y transaccional. Allí defendía la aceptación por parte del conservatismo de las instituciones federales, para mantener la paz y a pesar de considerarlas dañinas para el país. Su ideal seguía siendo "una justa y acertada descentralización que no perjudique a la unidad nacional", un sistema de Estados Federados no soberanos. En cuanto a la cuestión religiosa, decía que pese a que los conservadores eran creyentes, "no por eso, como partido político, tenemos o levantamos bandera religiosa", ni pretendían que el clero se convirtiera en "potencia política o cuerpo militante en las cosas temporales".

Los principales dirigentes conservadores del momento, inclusive aquellos que habían sostenido posiciones más intolerantes y con los cuales había polemizado el mismo Samper, acogieron el texto publicado en El Deber como programa oficial del conservatismo; entre los adherentes se encontraban Miguel Antonio Caro, Carlos Holguín, Carlos Martínez Silva, Sergio Arboleda, etc. 17 .

Como era de esperarse, Samper apoyó al gobierno contra la revolución radical de 1885 y fue nombrado por Núñez para el Consejo Nacional que redactó la Constitución de 1886; Samper resultó, sin embargo, en desacuerdo con el extremismo centralista y cesarista de Caro, y su propio proyecto constitucional, que mantenía aún elementos fundamentales del federalismo, fue abandonado; en vez de la reforma moderada que esperaba, se adoptó una "reacción" centralista 18 . Poco después fue nombrado miembro de la Corte Suprema de Justicia, pero en una disidencia: si su moderación le impidió acomodarse con el radicalismo, tampoco le permitió aceptar en su totalidad la semi-dictadura centralista de Núñez y Caro.

Al analizar los procesos políticos colombianos, Samper había utilizado con frecuencia la idea, teñida de positivismo, de que existía una ley de acción y reacción que llevaba al vencedor a reaccionar contra el vencido con fuerza igual a la antes sufrida. Samper resultó en cierto modo víctima de este proceso. Había abandonado al partido liberal en el momento en que éste triunfaba sobre el conservatismo; dentro de este grupo defendió los principios liberales de tolerancia ideológica que los gobernantes del momento no respetaban. Y en 1886 su ideal comenzaba de nuevo a fracasar, al prepararse los conservadores para excluir a los liberales de toda participación sustancial en la política. En el fondo, José María Samper había sufrido dos veces las consecuencias de uno de los elementos más perdurables de la tradición colombiana: la superficial incorporación del liberalismo a la práctica política de los grupos dominantes. Y si los liberales obraban sin sujeción a los principios liberales, a pesar de que formaban parte esencial de su retórica, no es extraño que el conservatismo, que por sus vinculaciones con formas del pensamiento religioso pretendía expresar verdades de origen trascendente, se negara en varias ocasiones, en forma explícita, a aceptar las reglas de juego liberales.

I I I

Tomás Cipriano de Mosquera, de cuya activa participación en la vida política, militar y científica del siglo XIX sería injustificado hablar en este breve texto, se sintió agraviado por el texto de José María Samper y decidió expresar públicamente su desacuerdo 19 . Su folleto sobre los partidos consiste en un relato de algunos incidentes de la historia política nacional, en especial aquellos en los que desempeñó él mismo un papel destacado o respecto a los cuales le interesaba corregir la versión de Samper. No forma un trabajo muy bien organizado y su escritura es poco elaborada; en algunas ocasiones se limita a glosar en forma más o menos inconexa las afirmaciones de Samper, que desaprueba. Independientemente de esto, es preciso señalar que el contenido factual del folleto de Mosquera no es enteramente fiable. Si Samper estaba evidentemente interesado en defender una posición política particular, y este hecho, así como su ausencia del país en momentos importantes del siglo pasado, lo convierten en una fuente que no es del todo fidedigna, aunque sin duda siempre honesta, Mosquera quería ante todo defender su posición y su imagen, y parece dar importancia principal, lo que resulta lógico en un personaje al que se atribuyó durante muchos años una total falta de definición política y la subordinación de los puntos de vista ideológicos a la ambición personal, a mostrar la continuidad de su pensamiento y sus proyectos políticos.

Así, hablando de la década del 20, quiere hacer creer que ya entonces era liberal, a lo menos en el sentido de oponerse a la "Constitución impracticable" de Bolívar, y explica su notable disposición a proclamar la dictadura de Bolívar como motivada por la necesidad de "evitar males mayores"; hacia 1830 ya habría sido, si hemos de creer su versión, federalista y también liberal, aunque separado del grupo de Vicente Azuero y José Hilario López. La ubicación política de los diversos grupos de 1830 a 1849 es bastante confusa, y Mosquera aprovecha tal confusión para presentar su propio lugar como "progresista", mientras que los sectores que ya para entonces era tradicional considerar como liberales, pierden en su relato tal carácter. De este modo, los promotores de una serie de medidas de corte liberal bajo la administración moderada y transaccional de Santander (1832-37), se convierten en una "oposición" progresista en la que estaba Mosquera; como sabemos que fueron Vicente Azuero y sus amigos cercanos quienes impulsaron tales medidas, a las que se oponía Santander por prudencia y realismo, el término de "oposición" no parece adecuado para ellos, bastante cercanos al presidente. Mosquera parece sugerir más bien que se trata de un grupo diferente al de Azuero, con el que nunca simpatizó, y todo el enredado argumento resulta centrado en el intento de presentar a Santander como conservador y de mezclar en una sola supuesta oposición los actos de quienes se diferenciaban del presidente, o porque trataban de empujarlo a avanzar más rápido o a frenar aún más las reformas liberales.

En la búsqueda de su pasado liberal, Mosquera —que descarta el carácter liberal de la revolución de 1839, contra la que luchó con notable crueldad— afirma haberse opuesto al retorno de los jesuitas durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, así como a la formación del partido conservador propiamente dicho en 1848, cuando Julio Arboleda se lo propuso: él era un progresista y no un conservador. Tampoco apoyó la revolución de 1851, dice, porque no quería aparecer como "caudillo de un partido al que yo nunca había pertenecido".

De nuevo Mosquera trata de acentuar su liberalismo y sus posiciones federalistas hacia 1855, y desde entonces su versión coincide mejor con la de los historiadores posteriores, aunque deja de lado las diversas ocasiones en que actuó a nombre del conservatismo o participó en actividades de este partido. Es evidente que Mosquera compartía ya para entonces algunos de los puntos que identificaban el programa liberal, pero parece justificado considerarlo todavía como miembro del conservatismo, al que esperaba representar en las elecciones de 1857 —el relato unilateral omite por completo su participación en las juntas conservadoras para elegir candidato en tal año— lo que le permite acentuar la distancia con el gobierno de Ospina y rechazar que este alejamiento se atribuya justamente a despecho por no haber obtenido tal candidatura 20 .

En todo caso, y dejando de lado estas minucias, es conveniente recordar que desde 1864 las relaciones entre los radicales y Mosquera se hicieron bastante hostiles; en 1867 aquellos lo derribaron de la Presidencia y lo sometieron a un juicio en el que fue condenado a varias penas irrisorias y al destierro. En 1869 su nombre fue puesto en juego por una alianza de excluidos: los conservadores, que acababan de padecer la prisión de Gutiérrez Vergara ya mencionada, y los liberales mosqueristas propugnaron la candidatura del general, entonces en Lima. A su regreso al país no tuvo dificultades en conquistar la presidencia del Cauca, desde la cual ejerció otra vez considerable influencia sobre la política nacional. La respuesta a Samper, que fue publicada a comienzos de 1874, deja ver cómo Mosquera conservaba sus posiciones anticlericales y rechazaba la tolerancia que entonces mostraba el radicalismo, dirigido por Santiago Pérez, hacia las "usurpaciones clericales". Todavía en ese momento su preocupación política central parece ser evitar que los sectores que llama "neocatólicos" del conservatismo logren el predominio, calor de la continua división liberal y de la tendencia de sectores radicales a transar con los conservadores del Tolima y Antioquia. Para prevenir tales riesgos propone una coalición de elementos moderados de ambos partidos, lo que muestra hasta dónde se estaba convirtiendo en lugar común la campaña por una alianza que excluyera los grupos considerados extremistas: el clericalismo conservador y los "socialistas y sensualistas" en el lado del liberalismo. Pero la identidad superficial de propósitos de Samper y Mosquera (y también de Madiedo) no debe ocultar que para el primero el principal culpable del desorden nacional es el radicalismo, mientras que para Mosquera el peligro mayor está en los grupos clericales. Por eso es explicable que en el enfrentamiento de 1876 Mosquera hubiera terminado dando su respaldo a la candidatura radical mientras Samper, decepcionado con el liberalismo, hubiera puesto toda su energía del lado del conservatismo. Los dos polemistas se enfrentaron entonces una vez más, en el Congreso de la República, y Samper pronunció un violento discurso contra el ya anciano general 21 .

Este incidente puede servir para indicar el fracaso del intento de 1875-76 de buscar una salida a la crisis política bajo la dirección liberal; las nuevas soluciones requerirían que se hicieran concesiones mucho mayores a los conservadores, hasta el punto de que éstos llegaron eventualmente a quedar en la posición dominante, como quedó claro con el proceso de la Regeneración.

JORGE ORLANDO MELO

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1. JAIME JARAMILLO URIBE, (ed.), Antología del pensamiento político, 2 vols., Bogotá, 1970. Se Incluye allí un texto de MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ, "Los partidos políticos en la Nueva Granada", que por su contenido parece haberse escrito en 1850; incluye algún análisis sobre las épocas anteriores.

2. Los datos acerca de la vida de MADIEDO se han tomado del prólogo de MANUEL DE J. BARRERA a Ecos de la Noche, Bogotá, 1870, y de la breve biografía de GUSTAVO OTERO MUÑOZ en Semblanzas colombianas, vol. I I , Bogotá, 1938, págs, 262 y ss.

3. SAMPER, Historia de un alma (Medellín, 1971), págs. 252 y 337.

4. GUSTAVO ARBOLEDA, Historia Contemporánea de Colombia, vol. I I I , Popayán, 1930, pág. 175.

5. ARBOLEDA, ob. cit., vol. V, pág. 655.

6. El manifiesto de apoyo a Mercado está reproducido parcialmente en ARBOLEDA, ibíd., pág. 654.

7. El libro de INDALECI0 LIÉVANO AGUIRRE, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, Bogotá, 1966, sigue en líneas generales una interpretación así.

8. Cfr. ÁLVARO GÓMEZ HURTADO, La revolución en América, Bogotá, sin fecha, págs. 100 y ss., y ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN, El Estado fuerte, Bogotá, 1968, págs. 17, 32 y 38.

9. ANTONIO GARCÍA, Gaitán y el camino de la revolución en Colombia, Bogotá, 1974, págs. 96 y 205.

10. El incidente aparece en JOSÉ MARÍA CORDOVEZ MOURE, Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá, Madrid, 1962, pág. 1192, y en FRANCISCO DE PAULA BORDA, Conversaciones con mis hijos, t. I , Bogotá, 1974, pág. 74.

11. La mayor parte de las informaciones sobre la vida de SAMPER, proviene de la Historia de un alma, ya citada. Sus opiniones acerca de Murillo se encuentran en las páginas 556 y ss. Sobre el federalismo hizo algunos comentarios en Ensayo aproximado sobre la geografía..., Bogotá, 1857, pág. 35.

12. Ob. cit., págs. 397-398.

13. SALVADOR CAMACHO ROLDÁN, Escritos varios, t. I , Bogotá, 1892, pág. 559.

14. El discurso de Álvarez está trascrito (¿libremente?) por CARLOS MARTÍNEZ SILVA, Capítulos de historia política, t. I , Bogotá, 1973, pág. 70.

15. Cfr. la hoja suelta de SAMPER, A mis conciudadanos, Bogotá, 1876.

16. CARLOS MARTÍNEZ SILVA, Escritos varios, Bogotá, 1954, pág. 173.

17. El texto está reproducido en Las doctrinas conservadoras, Cali,1931, págs. 13 y ss.

18. Cfr. SAMPER, Derecho publico interno de Colombia, t. I , Bogotá,1951, pág. 4.

19. ARBOLEDA, ob. cit., t. IV, págs. 427-8, narra las juntas electorales de 1857, en las que Mosquera manifestó su aceptación de lo que hiciera el partido conservador.

20. Un relato de este enfrentamiento está en AQUILEO PARRA, Memorias, Bogotá, 1912, pág. 667.

21. Mosquera siguió oponiéndose al nuñismo por su alianza con el "conservatismo fanático". Véase su folleto Ojeada sobre la situación política y militar de Colombia (¿Panamá?), 1877.

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