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EL BAILE DEL MUÑECO
Lavinia Fiori
Juan Monsalve
©
Derechos Reservados de Autor
CAZADORES
DE LAS SOMBRAS
LA TRAMPA
El arte
del cazador consiste en la burla que hace el hombre al animal, en la treta por la cual
aquel pasa a ser parte de él, a través de una celada.
Todo
depende de la trampa tendida para obtener la presa, para que ella se convierta en un
eslabón más de la cadena por la cual se trasmite la vida. El animal no debe tener tiempo
de "pensar" en su destino; él debe continuar su camino sin sospechar en ningún
momento su suerte.
En la
cacería, el instinto tiene un lugar y la memoria un sello que gobiernan los movimientos,
un espíritu que permite el sacrificio, un dueño que ordena la ley de la sobrevivencia,
donde el cazador y la presa se unen en un solo propósito.
Al
contrario de la violentación de la vida y del triunfo de la muerte en los métodos de la
caza de exterminio, en los rituales de cacería totémica, el reconocimiento del cazador y
el cazado, es el círculo de una danza secreta, que se cierra, como en las grandes
tragedias, pues aquí también se trata de una gran tragedia.
Todo debe
conducir a pensar lo contrario y el animal, en su huída, debe caer en las manos de El
Espíritu de la Caza, cumpliendo de esta manera el oráculo.
Igual
sucede con El Cazador de Significados. El Texto es la Trampa, la red donde caen los
sentidos, donde se apresan las palabras, que siempre huyen como peces sorprendidos.
El Texto
como la Trampa, es una red construída donde la presa, tratando de buscar la salida, cae
para alimentar al lector o al cazador de significados.
La Trampa
es un tejido como el Texto, donde se trama al animal sorprendido, donde se urde su
sacrificio. La dificultad de este arte consiste en crear la trama, el tejido necesario
donde el animal no tenga otra alternativa.
Desde este
punto de vista, podríamos decir que a pesar de la abisal distancia que separa a los
primeros cazadores y pescadores con el hombre actual de las ciudades, nada ha cambiado.
Quizás la construcción de la trampa sea más sofisticada en las ciudades de hoy, su
trama más enredada y su urdimbre más compleja, quizás hayan
cambiado las presas, pero su esencia es la misma.
Somos
cazadores y practicamos el arte de la caza aunque ésta haya decaído progresivamente en
cacería profana, exterminando a los animales y convirtiendo al cazador en cazado,
haciéndole creer lo contrario.
Por eso
ahora se habla de como de-construir el Texto o La Trampa, para atrapar los verdaderos
significados, para que la presa no caiga en falsas trampas que la despojen de su sangre,
sus carnes, sus huesos y su alma.
Poco o
nada sabemos de cómo o cuándo las trampas se multiplican en todas las direcciones y
tomamos las verdaderas por las falsas.
Así mismo
el Texto es una Trampa que ha sido falseada y multiplicada para no dar con la presa, para
turbar el corazón y el entendimiento del cazador, que cada mañana renueva su esperanza.
Y
así, este hombre pasa por su vida defraudado de su antiguo arte que remplaza por las
técnicas del exterminio y finalmente muere enredado en su propio tejido.
Si
quisiera comprender debería remontar su rastro, desandar su huella en el camino, mas
allá de sí mismo, en la búsqueda de la red donde cayó preso su destino.
En ésto
pensaba mientras remontábamos el río Caquetá, sentado al lado de Gentil Bora, que me
contaba pormenores del arte de la caza.
Entonces,
como por encanto, recordé algo casi olvidado: el cerco no es la trampa. La Trampa es la
puerta por donde el animal acosado cree escapar.
Lo mismo
sucede con el Texto y su Sentido: las palabras son el cerco y las puertas su significado,
el vacío, la boca abierta que alimenta al hambriento.
Así, el
Cazador de Palabras debe primero, seguir las huellas del animal y saber de qué se trata:
si es pajuil o gallineta, si es hembra o macho.
El cerco
debe estar construído así, a la medida de una larga playa donde se abran varias puertas
con sus respectivas horquetas. Esto es para cazar animal de piso, cuando los frutos han
caído de los árboles y los pájaros andan picoteando.
Desde
luego, hay muchas clases de trampas, para animales de pluma, pelo o escama. Trampas para
peces, para tigres, para garzas...
Otro
ejemplo clásico de trampa es la Trampa del Camino donde se cubre con palmas un hueco a la
medida exacta del animal, que habituado a su ruta, cae. Es la Trampa del Camino del
Hábito.
De la
misma manera ocurre con el Texto. El hábito es su trampa mortal, por eso el Texto, el
camino, debe ser recorrido cada vez con extremo cuidado, como si fuera la primera vez,
como si fuera totalmente desconocido para no caer bajo un falso piso. Así mismo podemos
comprender cómo utilizar este camino para cazar habituados.
Gentil
Bora me explica las técnicas de la carnada y ríe, mientras le brillan los ojos de
cazador experimentado, con la certeza de estarme contando algo que por conocido, no deja
de asombrarnos.
Todo el
mundo sabe ésto, sólo que lo ha olvidado por la triste costumbre del hábito.
El cazador
y el animal tienen un pacto secreto, el instinto de sobrevivencia. El que lo olvida cae,
el que lo recuerda vence.
En eso
consiste la alianza entre el hombre y la naturaleza, base del antiguo ritual del
canibalismo, donde comer hombre o animal da lo mismo. La simbiosis del cazador y el cazado
permite el reconocimiento de esta ley de sobrevivencia.
Las Danzas
de Cacería consisten en la transformación del cazador en lo cazado, donde el oficiante,
a través de un Trance anímico llega al espíritu de su presa y pacta con ella el
sacrificio. De allí el principio mágico de invocar el espíritu a través de las formas.
Nosotros,
cazadores de significados, debemos seguir sus huellas, reconocer su naturaleza y construir
el texto, la trampa donde atrapemos los espíritus de las palabras.
LA
SELVA DE PLÁSTICO
Las
técnicas del engaño han servido de lado y lado. Ellas se han desarrollado hasta
sofisticarse en forma de Ley, Democracia o Estado y pertenecen al dominio de lo público y
lo privado. Han servido para perpetuar los crímenes y las iniquidades de lo humano. Pero
también se han cultivado para protegernos.
Aprender a
mentir es parte de la educación que la naturaleza y la sociedad imponen ante la
injusticia o la fuerza que domina a los débiles, más cuando los poderosos persisten en
imponer su propia mentira y su propio engaño.
Una red de
mentiras construye la realidad visible, la apariencia. Así se dice que las cosas no son
lo que parecen.
El blanco
engañó al indio y así el indio engaña al blanco. La desconfianza, sabemos, es cosa
natural de los humanos: es una manera de protegerse de tantas cicatrices ha dejado la
experiencia. El Karma impone la lucha y la guerra. Sólo el amor rompe esta barrera. Pero
aquí no vamos a hablar de ello. Tampoco nos vamos a referir a las relaciones entre
cacería y apareamiento.
Estamos
hablando de la máscara que cubre nuestros verdaderos rostros, nuestra propia miseria.
Ahora
quiero contar, dentro de este espectro, una anécdota de engaño sucedida en la guerra de
la hoja de la coca.
N.N. es un
indio, que como muchos otros fue presa del blanco. A él le fue arrancada su lengua y
desmembrados sus brazos. Quedó sin saber su idioma y trasformado su trabajo. EL misionero
le prohibió sus creencias, sus costumbres, su tradición. Le prohibió "la
pinta" en su cuerpo y la mambeada de su coca. Y el colono le impuso las condiciones
de existencia.
Así fue
que N.N. se metió en el narcotráfico, el trabajo mejor remunerado. Vivió la bonanza de
la coca en los años en que se extendió por el Caquetá, de la cual refiere cruentas
historias de venganzas, persecuciones y chantajes entre el ejército, la guerrilla y el
narcotráfico.
Cuenta
cómo el precio de la vida de "los sapos" se multiplicaba de parte y parte hasta
llegar a sumas increíbles donde el sicario terminaba trabajándole al mejor postor.
Las
relaciones entre la coca india y la cocaína moderna parecen ser las de una vieja mentira
encubierta que la sociedad actual no soporta sino al precio de la destrucción de la
tradición india, y en beneficio de los monopolios que se disputan la Mafia y el Estado.
Allí no
hay memoria. Sólo hay "cocinas", "laboratorios" donde se mezcla la
coca con los venenos de la química y la sangre de sus víctimas, y se trasmuta la savia
indígena en oro blanco.
Esa
mentira se hace patética en los diarios que registran la guerra de la cocaína, sólo que
muchas verdades se silencian bajo tierra.
Una de
ellas, referida por N.N., es la existencia de una pista clandestina de aterrizaje para
aviones y avionetas jets último modelo camuflada con gigantescos árboles de plástico
que se retiran y se ponen según el caso.
Esta es
"La Selva de Plástico", que como un modelo para armar, se levanta
artificialmente entre la selva natural.
Así se
injerta el dolor de una memoria que regresa cibernética para disimular esa monstruosa
mentira que sostienen la Sociedad y el Estado
Por
supuesto que el derecho natural aquí se ha trasformado en derecho usurpado donde el Indio
recibe las limosnas, mientras la Mafia y el Estado se pelean el derecho millonario y el
imperio gringo decide legalizar el negocio con el fin de controlarlo.
Claro que
esta selva de plástico no es nada nuevo comparado con las selvas de plástico que cubren
las ciudades modernas, haciéndose pasar como el desarrollo natural de las civilizaciones.
El
proyecto siempre futurista de la creación del Golem debe considerar esta selva artificial
para estar seguro de no caer en la ciencia ficción o en el "realismo mágico".
MAESTRO MONO, MAESTRO SIMIO Y OTRAS HISTORIETAS
La nueva
memoria de "El Libro de La Selva" y los progresivos estudios de la
Etno-Literatura, deben contemplar casos tan importantes como el de "Tarzán, el Rey
de los Monos"; "Las Aventuras de Tin Tin" o el caso de "El
Fantasma", para comprender el sueño de los blancos.
La visión
de la selva original, podríamos decir, es la de un Arcano Mayor de la Memoria, pues allí
surge y se conserva el misterio de la vida. Así lo entendieron, por ejemplo, los antiguos
Egipcios que representaron la naturaleza como una Sacerdotisa iniciática de los
misterios, con un libro en la mano y un velo que cubre entre las dos columnas del Templo
lo inescrutable del Demiurgo Primero. No en vano se dice "Madre Naturaleza" y
más aún cuando uno es Huérfano, es decir, cuando la madre está muerta.
Así pasa
con "EL Rey de los Monos", "Tintin", "El Fantasma" y otros
casos, que como hijos de una sociedad bastarda, matan incesantemente a su madre, en un
crímen mitológico, el matricidio, sobre el cual se construyó y se construye
incesantemente la sociedad autoritaria de los padres, el despótico patriarcado del
Estado.
Decir que
la antropología surgió como una necesidad colonial de los imperios Inglés y Francés es
cierto, como también lo es su crisis y la superación de ésto en su desarrollo; pero
afirmar que fue La Nostalgia de la Madre Muerta puede darnos luces para comprender el
viaje de Tarzán a África o de Tintin o el Fantasma a tierras exóticas, así como para
entender la raíz mitológica de la deformación que dicha ciencia hace frecuentemente de
las etnias.
El
complejo de culpa frente al cadáver de la madre hizo desgarrar las vestiduras de ese
inglés loco que finalmente fue interpretado por un gringo que aullaba antes de su muerte
en el manicomio creyéndose "El Rey de los Monos".
Pero en
verdad es "El Rey de los Monos"; no en el sentido de Hanuman, el héroe de la
mitología India, inspirador de las letras y las artes y salvador de Sita, la esposa de
Rama, sino en el sentido sublunar de místico simiesco.
Podríamos
decir "El Mono Loco", que en verdad ni es hombre ni es mono. Así se descubre el
Tarzán enloquecido que no comprende cómo ni cuándo fue que mató a su madre.
La
Nostalgia inventó esa historia inspirada en un sello de la memoria mitológica, como una
manera de mitigar el dolor de la civilización occidental, que viéndose sola quiso volver
como el hijo pródigo a su hogar. Sólo que esta vez volvió a una madre putativa,
prestada. Digamos mejor, violada, vuelta colonia, vuelta sirvienta.
Y sin
proponérselo, esta historia tuvo doble anagnórisis, pues aquel que interpretaba la
ficción, terminó loco creyendo verdaderamente ser "El Rey de los Monos".
Así pues,
la antropología colonial tiene de Tarzán, la ficción del héroe blanco civilizador de
los monos, es decir de los indios; de Tintin la nostalgia de la Francia Imperial del
"Beau Geste" y de El Fantasma, la máscara que cubre sus dudosas
intenciones.
Sólo que
estas ficciones producen monstruos: el hombre colonial impuso sus leyes sentado sobre el
derecho que le otorgó la ambición y la fuerza, el abuso y el desprecio por "los
salvajes" soñando hipócritamente en la comunión del hombre y la naturaleza.
Y sobre el
cuerpo de la madre muerta aún se trenzan en lucha soberbia sus hijos malditos, reclamando
para sí su herencia, enloquecidos en disputas verbales sobre qué es la selva y su gente,
esgrimiendo con orgullo sus falsas ciencias.
Sobre
ello, el Popol Vuh y el Chilam Balam, las Antiguas Historias del Quiche de los
indios Mayas nos cuentan cómo por orgullo los hermanos mayores fueron convertidos en
monos: Maestro Mono y Maestro Simio.
Ellos
también eran hábiles artífices de falsas ciencias que quisieron alcanzar el cielo
subiendo a la copa de los árboles, a la copa de la ciencia, donde fueron convertidos en
monos, con cola y todo. Y aún así permanecieron como los nietos preferidos de la Abuela
hasta que Hunnapú e Ixbalanque, Maestro Mago y Brujito, sus hermanos menores, demostraron
que ellos eran los verdaderos herederos de la ciencia de su padre quien había muerto en
Xibalbá, hasta donde descendieron para rescatar su cabeza, su memoria.
Así pasa
también con una especie extendida por el Amazonas. Una clase de Maestros Monos que a
nombre de la ciencia hacen y deshacen con la Abuela y con la Selva.
EL HECHIZO DE AGUA NEGRA
Antigua
maldición hubo en Agua Negra. La gente dice que es lugar sagrado, que nadie puede vivir
allí.
Agua Negra
es un río que desemboca en el Mirití Paraná. Es llamado de esta manera ya que sus aguas
contienen grandes cantidades de hierro que las hacen ver negras. Así mismo, el óxido
rojo se forma en sus riberas. Son aguas claras donde abunda la pesca.
No muy
lejos de la desembocadura, vive el capitán Fausto Tanimuca con su familia, en una maloca
redonda que se levanta al filo del barranco, sobre una explanada donde crecen las palmas y
los árboles frutales.
Llegamos
entrada la noche, después de un largo viaje desde la Pedrera. El capitán nos recibe en
la playa y nos invita a maloquear.
Nos
sentamos en los bancos, recostados en los estantillos. Fumamos. El capitán mambea coca.
Le explicamos el motivo de nuestra visita y le proponemos presentar la obra "Flor de
Sangre", inspirada en los textos Mayas del Popol Vuh y el Chilam Balam. Acepta.
Acordamos hacerlo el viernes en la noche.
El
capitán refiere la desconfianza que tiene de los forasteros que vienen a prometer cosas y
no cumplen nada, de los saqueadores de la cultura india. Aclaramos nuestra posición sobre
el asunto y le contamos de nuestras experiencias con otras culturas, de la investigación
y del intercambio.
El
capitán parece comprender nuestras razones. El ha tenido experiencias de intercambio como
representante indígena en congresos internacionales y es un buen observador del conflicto
étnico y cultural. La conversación gira alrededor de los preparativos de su próximo
viaje a La Pedrera para llevar una remesa de fruta y pescado.
Poco a
poco la noche se cuela entre el humo de los cigarrillos y las bocanadas del silencio, como
esperando un signo, una señal.
Entonces,
súbitamente el capitán, como apareciendo de una sombra, habla del misterio de ese lugar
y un viento frío recorre la maloca. Su mujer voltea los ojos, que se ven temblando,
blancos y abiertos.
Cuando
llegaron del Guacayá, hace unos quince años, ocurrieron cosas extrañas: el río se
crecía intempestivamente. Se veía venir el agua, de pronto, después de escuchar un
largo silbido en la playa. Se veían aparecer bugeos borboteando. Se escuchaban voces y
lamentos venidos de selva adentro.
La gente
tuvo miedo. Las mujeres dijeron que querían irse, que allí no se podía vivir porque era
un lugar secreto y entonces, decidieron esperar tres días.
Los
hombres se
internaron en la selva siguiendo los rastros de las voces y encontraron
huellas de antiguos indios, caminos. Al cabo del tercer día toparon un lugar bajo, donde
encontraron un pilón de tierra cubierto por el monte. Entonces escucharon un extraño
silencio, como un vacío cómplice.
Llenos de
temor escarbaron la tierra. Abrieron un hueco profundo y encontraron... ¡un corazón de
palo, brujeado!
Era el
corazón de un antiguo payé enterrado, hechizado para que nadie pudiera habitar esa
tierra. Y quien lo intentara, sería perseguido por los animales y la selva.
Todo eso
se confirmó, cuando a la otra noche, al regresar los hombres, escucharon el lamento de un
tigre cerca a la maloca. Salieron y vieron postrado encima de un tronco, a un viejo tigre
agónico.
Le
abrieron la boca. Allí estaba el signo: le faltaban los colmillos.
Diente de
tigre, poder de payé. Por varias noches el Capitán estuvo brujeando, hasta que el
círculo del hechizo se cerró. El espíritu del payé muerto fue liberado. Desde
entonces, cuentan, todo volvió a la calma. El mundo volvió a estar en orden.
Y para
conservarlo, concluyó el capitán, se hacen los bailes, para que el pescado sea
abundante, para que la chagra sea buena, para que haya frutos en lo árboles, para que la
gente viva contenta...
CARTA AL CAPITAN
Capitán
Abelardo Yucuna
Comunidad Puerto Córdoba.
Estimado
Capitán:
No es
fácil franquear las distancias que las culturas nos imponen a pesar de la buena voluntad
que nos mueve.
Una,
quizás la primera, raíz y tronco, sea el mismo idioma que a veces nos juega tretas
insalvables y nos confunde con sus formas. Creemos que traduciendo las palabras,
traducimos el sentido y entonces cambiamos sin saberlo, una cosa por otra.
Pero si
hablamos con el corazón y no con el idioma, entendemos mejor nuestras razones, ya que los
pensamientos suelen tejer redes de ideas que nos confunden, más cuando de por medio hay
montañas de palabras ambiguas e inciertas.
Y en eso
nadie tiene la culpa. Sólo la ignorancia, que empecinada como una araña ciega, teje la
tela que impide ver más allá de la apariencia.
Miles de
discursos sobre el indio se amontonan en las bibliotecas; teorías, hipótesis,
inventarios, etc, que con letras muertas petrifican a los indios como momias.
Muchas de
ellas justifican a los blancos, otras idealizan a los indios, algunas diseccionan a las
tribus con métodos y estructuras que como edificios imaginarios tratan de explicar lo
inexplicable, demostrar lo indemostrable encadenando la Magia India a dudosos
razonomientos.
Esa es la
labor de muchos de los intelectuales que se devanan los sesos intentando comprender al
indígena de una manera "objetiva", olvidando que no hay ciencia sin hombre.
Sólo unos
pocos no tienen el temor de hablar desde sí mismos, de hablar del dolor y del amor indio.
Capitán,
ahora le escribo esta carta para decirle que frecuentemente confundimos lo imaginario con
lo real.
Quiero
decirle que cuando veíamos jugar a la pelota, esa tarde de sol en la cancha de basket de
Puerto Córdoba, tuve por un momento la certeza de estar viviendo un sueño común que nos
reunía en un sólo espíritu.
Usted
escribía a máquina las cartas que siempre piden a los poderosos un poco de ayuda, un
poco de limosna para el indio, mientras miraba de tanto en tanto por encima de sus
anteojos, el juego de pelota.
Entonces
pensé en todo lo que Ud. en silencio hace para lograr, por ejemplo, que todos nosotros,
ese día pudiéramos estar disfrutando el juego.
La gente
nos había recibido con esa especie de alegría entrañable que une a los amigos.
En ese
momento recordé las palabras de otro amigo indio de la India, cuando hablaba de la
sorpresa que se llevaban los europeos y los gringos al no comprender cómo esa gente
siendo tan pobre, vive tan feliz.
Así es
también en nuestra Amazonas, donde el indio vive contento a pesar de las extremas
condiciones que muchas veces impone el medio. En la selva no existe ese falso valor del
dinero.
Así es
que confundimos las cosas.
También
quería contarle que al otro día, cuando regresábamos de La Pedrera remolcados por una
lancha, ya que la nuestra se había varado, vi en sus ojos ese largo camino de sangre y
sufrimientos que el indio ha soportado.
Entonces
un clamor, como salido de lo más profundo de la selva, llegó hasta mí en voces de río,
en voces de árboles, en voces de animales gimiendo y gritando el dolor mismo que produce
la vida.
Así somos
los humanos, seres que soportamos la existencia, seamos quienes seamos.
Y por
último quería contarle que después de la presentación en la maloca, fuimos a bañarnos
a la quebrada. Era de noche y estaba lleno de impresiones contradictorias por la
experiencia que acababamos de tener con la obra.
Entonces,
mientras dejaba caer el agua con la cuya en mi cabeza, comprendí como por encanto, que
todo ese cuento de las razas, de las etnias, toda esa diferencia que separa a los humanos,
¡no era cierta..!
Recordé
que todas esas fronteras, los países, las lenguas, las culturas y las creencias son sólo
parte de las trampas que nos tiende la vida y que si no sabemos sortearlas seguiremos
engendrando la envidia y la discordia.
No importa
que los poderosos propaguen el odio con el cual quieren igualarnos, si entendemos que
somos uno solo.
Todo esto
quería contarle, Capitán, porque también entre los indios es usual un sentimiento de
venganza producido por el dolor que sembraron y siembran los blancos.
Pero hay
que ir más allá de eso y abrir el corazón para comprender la ignorancia y superarla.
Nada importa si somos indios, amarillos, negros o blancos. No vamos a crear un nuevo
racismo. El hombre es uno sólo en la tierra y el trabajo largo, profundo y tenaz es
romper esos muros, derribar esas fronteras.
Quiero que
reciba estas palabras como un viento fresco que planea sobre la tierra.
LAS
DANZAS DE LA SERPIENTE
No
acabábamos de hablar de la guerra del Perú y del terror de la época del caucho, con
Chapuni, el viejo indio papá de Abelardo, donde el nativo sufrió una vez más la
imposición del blanco y tuvo que soportar indefenso todo su desprecio, cuando bajábamos
hasta la cancha de los juegos de pelota.
De pronto,
nos topamos en una esquina a un indio que venía arrastrando atado a un bejuco, el cuerpo
inerte de una Boa.
Al punto
se cerraron un par de círculos mágicos que se unían en esa esquina, en ese cruce...
¡Ese era el signo!
¡Me
sentí como dando una vuelta al infinito!
Boa
de tierra... dice el indio Así se llama.
Hay Boa de Tierra y Boa de Agua.
Estaba brava, andaba molestando a un perro.
¿cómo la mataron?
A garrote..!
Su poder
ha pasado al perro, pienso. Es curioso, el indio venía del camino noroeste y caía la
tarde.
Lo vi como
regresando de un largo viaje, no sé si por las cicatrices de su cuerpo o por lo
premonitorio del encuentro.
Como si ya
lo hubiera visto, estaba allí parado, en el cruce de esos mismos cuatro caminos, el signo
final de un largo viaje que había comenzado hacía muchísimos años, tantos, como los de
los Antiguos Indios y que se seguía repitiendo de ciclo en ciclo como un sello del Teatro
de las Indias, en El Teatro de la Memoria.
La
serpiente daba la vuelta en ocho y regresaba sobre su propia huella. Así figura su danza
en los antiguos manuscritos del Sankirtana, inspirados en el arte marcial del Tangta y
trasmitidos por generaciones en el noreste de la India. Las Danzas inspiradas en los
movimientos y en la ciencia de la Serpiente pasaron de ser danzas de cacería y de guerra
a ser danzas de éxtasis.
Así mismo
veía completar en el Amazonas una de las figuras de las Danzas de la Serpiente.
Boa Rombo
de Tierra, camino de Xibalbá, recordé el Popol Vuh y el Chilam Balam, el principio de
una historia que se anudaba en esa esquina del laberinto de la Memoria.
El Indio
traía como una Perla al Dragón, traía a Apofis y a Tifón, a Isis y a Deméter, a Pitia
y a Atúm, a Kukulkán y a Quetzatcóatl, a Boa y a Anaconda, a Styx y a Nun, a Midgardom
y a Ouroboros, el Indio traía a Ananta.
Y allí,
como sacerdotes de las tinieblas, como cazadores de las sombras, nos encontrábamos
después de un temerario y largo viaje por los invisibles caminos de la memoria.
Y si no
habíamos muerto, era sólo porque los animales no estuvieron de acuerdo con ellos, como
dicen los Magos Mayas. Hasta allí habíamos ido y vuelto para recuperar la memoria, para
recordar en ese instante que eramos los mismos. Los mismos Vagabundos del Dharma, los
mismos Mendigos Mayas, los mismos Indios, danzando para gente Tigre, para gente Boa en las
selvas del Amazonas.
Entonces
le pedí al indio la piel de la serpiente y él me la dio como el signo que encadenaba
esta memoria, como la ofrenda que completaba nuestro viaje.
-
CONTINUAR
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