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EL BAILE DEL MUÑECO
Lavinia Fiori
Juan Monsalve
©
Derechos Reservados de Autor
LA VIDA EN LA
MALOCA
EL PECHO DEL TIGRE
Entramos a
la selva una mañana despejada, en un pequeño avión. Después de sobrevolar las extensas
sabanas de los llanos, penetramos un mar de árboles encrespados atravesado por serpientes
ondulantes de aguas rojas y negras.
Llegando a
Mitú, la selva se abrió y reconocimos varias chagras; entre la espesura del bosque
apareció un claro de arena blanca en forma circular y en medio vimos un gran techo de
hojas de palma.
Así se
ven desde el aire las malocas, las gigantescas casas de los indígenas de la Amazonía,
construídas con material vegetal: altas columnas de madera, vigas y travesaños, unidos
con bejucos y lianas hacen el armazón de un altísimo techo de hoja de palma tejida.
La pared o
"cerco", de solo 1,50 mts. de altura está formado por listones de madera
irregular clavados sucesivamente al suelo, que dejan entrever los rayos del sol
intermitentemente.
Dos
puertas colocadas frente a frente en la línea este-oeste, cortan la hilera de listones y
forman las entradas. La planta es de tierra pisada por los pies descalzos de sus
habitantes.
En la
región del Mirití Apaporis hay dos tipos de maloca: de planta circular, entre las tribus
Yucuna, Tanimuca, Letuama y Matapí. De planta rectangular entre los Macuna.
Las
malocas están rodeadas por un corredor o "patio" de tierra bordeado por palmas
de chontaduro y otros árboles frutales.
Hace diez
años conocí las malocas de los capitanes Pedro Yucuna, Rafael Letuama y la del finado
Capitán Federico Tanimuca, en donde viví varios meses. La ausencia de paredes interiores
no me permitía reconocer a primera vista la distribución del espacio. Me parecía que
las cosas y la gente podían estar en cualquier lugar. Pero, cuando llegaba a una maloca
se me advertía que debía entrar por una puerta y no por la otra, que debía sentarme en
una de las bancas laterales y no en los bancos de madera labrada que estaban en el centro,
que debía guindar mi hamaca en un lugar preciso entre dos columnas o
"estantillos". Con el tiempo fuí conociendo la compleja distribución del
espacio y disposición de los objetos en su interior. Esta distribución, junto con la
organización social y económica de las tribus, ha sido ampliamente tratada por
antropólogos como C. y S. Hugh-Jones, M. von Hildebrand, K. Arhem, F. Correa, E. Reichel,
W. Torres, etc (
1
).
La maloca
está construída a imagen y semejanza del cosmos y su espacio está distribuido de
acuerdo con las leyes que ordenan y determinan la vida de la naturaleza y de los hombres.
En un
sentido horizontal, está dividida en dos mitades, una masculina y ceremonial, otra
femenina y doméstica. En la mitad femenina, cuya puerta está orientada hacia la quebrada
que provee el agua de uso doméstico y los caminos que conducen a las chagras, se ubican
los fogones de los budares o "tiestos" para asar el casabe y tostar las hojas de
coca y los fogones para cocinar otros alimentos.
Es este el
espacio doméstico, delimitado por la puerta y los estantillos centrales; aquí se
desarrollan todas las labores femeninas y están dispuestos los objetos y utensilios que
tienen que ver con ellas: ollas, canastos para almacenar el almidón de yuca, vasijas con
agua, "mata-fríos", balays y coladores usados para la preparación de los
alimentos.
En la
mitad masculina, cuya puerta está orientada hacia el puerto en el río y los caminos por
donde llegan los visitantes, se ubican objetos masculinos, como el pilón de la coca, y
los tambores rituales o "maguarés". Es este el espacio ceremonial, en donde se
recibe a los visitantes, se preparan la coca y el tabaco, se fabrican objetos rituales, se
reúnen los hombres a mambear.
El centro
de la maloca, un cuadrado delimitado por los cuatro estantillos centrales, es considerado
el centro del mundo, representa el lugar de origen de la tribu. Los tanimucas lo llaman el
"Pecho del Tigre" (
2
).
Allí, el shamán, sentado en su banco ceremonial, se comunica con los espíritus de los
ancestros para obtener sus oráculos, curar a los enfermos, bendecir los alimentos, etc.
Allí, los hombres enmascarados danzan y reviven, con el baile, los sucesos que en el
Principio dieron vida y forma a la tribu.
Cada
objeto tiene su lugar, según su carácter femenino o masculino y su uso. Muchos objetos
rituales se colocan en un nivel alto, ya sea colgando del techo o de los estantillos y
sobre repisas construídas entre el cerco y el techo. Allí se guardan los objetos más
delicados que deben ser protegidos de la energía femenina y que sólo pueden ser
manipulados por los hombres mayores, como tocados plumas y bastones ceremoniales.
En un
sentido vertical, la maloca representa los diferentes mundos de su cosmogonía: el área
comprendida entre el piso y el límite superior del cerco, representa al mundo del medio,
habitado por los hombres, animales, árboles, ríos, pescados, etc. Es el mundo tangible,
corpóreo, material.
A partir
de la unión entre el cerco y el techo y a lo largo de éste, separados por los
travesaños, se suceden los diferentes cielos, habitados por los espíritus de los héroes
mitológicos, los ancestros, los dueños de los animales y de otros elementos de la
naturaleza. Todos estos seres, inmateriales, etéreos, viven en malocas, visibles sólo a
los ojos del shamán, de la misma manera que los hombres en la tierra. En uno de estos
cielos, está la maloca de los ancestros de la tribu, desde donde vienen los recién
nacidos y a donde regresan los muertos.
El cielo
es atemporal, eterno y está en permanente comunicación con el mundo a través del
shamán que viaja o invoca a los seres espirituales para obtener su favor y protección.
Durante el
ritual, el espacio de la maloca se funde con el espacio de las malocas del cielo. Los
hombres y sus creadores se reúnen, se reconocen y renuevan sus vínculos.
Del piso
de tierra de la maloca hacia abajo, están las "tierras" que forman el Submundo,
asociado con lo femenino, con el calor de la sangre menstrual, perjudicial para energía
masculina, etérea y fría. En lo más profundo de la tierra roja está el gran fogón
sobre el que se cocina la vida y alrededor reposa la Anaconda ancestral desde día en que
finalizó el viaje trayendo a los ancestros de la tribu a su lugar de nacimiento. Los
hombres tratan de no perturbar su sueño, porque cada movimiento de ella causa un temblor
de tierra. Los muertos son enterrados bajo el piso de la maloca y allí reposan sus restos
y sus pertenencias.
Aunque no
haya habitaciones o divisiones en el interior, cada uno de sus habitantes tiene un lugar
preciso según su sexo, su edad y su parentesco con el dueño. A lo largo del corredor
entre el cerco y los estantillos laterales se forman varios compartimentos en donde cada
familia dispone sus hamacas formando triángulos con un fogón en el centro.
En la
mitad femenina, a uno y otro lado de la puerta, se ubican la familia del dueño de la
maloca y las familias de sus hijos o parientes más cercanos. En el triángulo, rodeando
el fogón que los protege del intenso frío de la noche, duermen los padres, los hijos
menores y las hijas. En el corredor formado por los estantillos laterales y los centrales
duermen los jóvenes solteros, más lejos del fuego.
En la
mitad masculina, se instalan los visitantes guardando la misma disposición.
Fuera de
la maloca, el espacio está distribuido de acuerdo con los mismos principios
cosmogónicos.
Las
chagras son espacios femeninos. Allí las mujeres dan a luz a sus hijos. Allí trabajan
ellas la mayor parte del tiempo, desyerbando y cosechando los frutos y tubérculos. Los
hombres se encargan de la tala y la quema del bosque para abrir una nueva chagra y
colaboran en la primera siembra. Además se encargan del cuidado y la recolección de la
hoja de coca, por ser ésta una planta mágica. Otras plantas cultivadas de uso
ceremonial, como el tabaco y las especies que dan los tintes usados durante los rituales,
son cuidadas por ellos y por lo general, no se siembran en la chagra.
La selva
es un espacio de dominio masculino. En ella se adentran los hombres a
"rebuscar".
Esperan a
las dantas y los cerdos cerca de sus lugares de alimentación, acechan micos y pájaros
entre las ramas de los árboles, sacan a los armadillos de sus cuevas, persiguen el rastro
de los venados, alumbran en la noche a las babillas y a los borugos que se acercan a la
orilla de la quebrada a beber, atrapan peces y tortugas en los ríos.
La selva
está llena de peligros y misterios, allí la gente se encuentra con el tigre, con las
serpientes, con el "curupira" y la "madremonte". De ella obtienen
alimento y materias primas. De ella provienen también la enfermedad y la muerte como
castigo por su mal comportamiento o por la influencia de sus enemigos.
El río es
el camino por donde se viaja de un lugar a otro. Es el camino por donde llegaron los
ancestros de la tribu navegando en la Anaconda que, en el Principio, partió desde la
Puerta del Este y remontó el Río de Leche, adentrándose por sus afluentes hasta arrimar
a la orilla en donde escupió a los ancestros que construyeron las primeras malocas. El
río es el hilo de la memoria.
Cuenta S.
Hugh-Johnes que durante el ritual del Yuruparí de los Barasana, los iniciados son
amarrados en posición fetal con un bejuco que tiene pequeñas frutas rojas a lo largo. El
bejuco sale de la casa, se extiende hasta el puerto y se sumerge en el río, en dirección
al este. Con ello se simboliza la conección de los iniciados con el río-cordón
umbilical, que se prolonga en el bejuco, cuyas frutas representan los corazones de los ancestros (
3
).
Por el
río llegó la cultura a la selva: cuenta Kaj Arhem un mito de los Macuna en donde la hija
de Boa del Agua, dueño de los pescados, salió un día de la maloca de su padre en el
fondo del río y se encontró en la orilla con Yiba, el dueño de los animales de la selva
y se casó con él. Ella trajo a la tierra los alimentos que se cultivan hoy en las
chagras, pues Yiba sólo comía frutos silvestres y animales y, en cambio a ella le
gustaban los alimentos que cultivaba en el fondo del río. También trajo de la maloca de
su padre coca y tabaco porque Yiba sólo mambeaba hojas de árboles silvestres, y le dió
el yagé y los tocados ceremoniales. Yiba retribuyó a su suegro con carne ahumada y
frutos silvestres. Según Arhem, con este matrimonio, esta alianza entre la selva y el
río, la tierra y el agua, dimensiones opuestas del cosmos, se estableció el orden
cultural que persiste hoy día(
4
).
Las
mujeres se adentran en la selva para acompañar a sus maridos y para recolectar frutos
silvestres y recorrer los caminos que la atraviesan. A veces pescan en ríos y quebradas y
persiguen con los perros pequeños animales que matan con garrote. Ellas no manejan
cerbatanas, arcos o escopetas porque las armas son objetos masculinos y no resisten el
calor de la energía femenina.
Cuando una
mujer tenía la menstruación, en la maloca del finado Capitán Federico, debía
permanecer afuera hasta que los hombres, adultos, jóvenes y niños, salían con sus
armas, sus perros, sus objetos ceremoniales y shamánicos y se sentaban afuera en sus
bancos, de espaldas a la puerta masculina, esperando que la mujer entrara por la puerta
femenina. Así se evitaba que la energía masculina fuera "dañada" por el calor
de la sangre menstrual.
MALOCA, TEMPLO Y ESCENARIO
La maloca
de Chapuni es redonda, levantada sobre dieciseis columnas en círculo y cuatro estantillos
que forman, en el centro, un cuadrado.
Su
arquitectura hace pensar en la cuadratura del círculo. Las malocas rectangulares, como la
de los Macuna, contiene el cuadrado y la espiral, de la misma forma paradójica de figurar
el espacio que se contiene a sí mismo como microcosmos, indicando las cuatro direcciones
del mundo y sus dos sentidos, hacia arriba y hacia abajo.
La maloca,
además de ser casa y cementerio es templo del ritual, en ella está contenido el mundo
real como principio cubicular, como raíz cuadrada de lo natural, de lo dual. Su
particular arquitectura delimitala acción para que los cuerpos tracen movimientos
análogos al cosmos, característica propia de los templos donde los oficiantes accionan
sus liturgias.
Ordenadas
en el Loci- Maloca (
5
), el ritual
se celebra en el cuadrado que forman los estantillos, en el Pecho del Tigre, cuyo lado
mide la distancia entre los pechos del shamán:
"Mire
mi pecho dijo, cogió la medida entre sus tetillas y puso la misma medida en el estómago.
Mire, así van los cuatro estantillos" (
6
).
El centro
de la maloca, delimitado por las cuatro columnas, forma el "escenario" donde los
espíritus de los ancestros toman forma.
El centro
figura la tierra simbólica, el espacio sagrado. Las acciones entran y salen de él
ocupando toda la maloca, bordeada de hamacas y bancos donde los "espectadores"
presencian los bailes, las pantomimas, los cantos y las escenas.
Es
interesante vincular esta concepción del espacio con la iglesia bizantina, donde, según
Eliade "la parte de en medio del edificio es la tierra" (
7
).
La maloca
nos hace reflexionar sobre el espacio escénico. Recordemos el teatro griego donde el foso
de la orquesta separa el público del auditorio, reflejo de la separación de lo público
y lo privado. Esto mismo encontramos en la evolución de los teatros europeos y
occidentales, convertidos en auditorios según el modelo de la "caja italiana",
espacio frontal que falseó incluso lo mejor del arte metafísico, del mosaico e ícono de
la Edad Media.
La
conformación del espacio ocupa en "El Arte de la Memoria" de Yates, el
principio mnemónico: "El primer paso es imprimir en la memoria una serie de loci o lugares" (
8
).
Las
tradiciones del antiguo hermetismo, guardadas en el Palladium, el Teatro de la Memoria o
el teatro El Globo, muestran su sentido y arquitectura cosmogónica donde el loci no es
cualquier lugar, cualquier sitio. Estos teatros conservaron el entendimiento del espacio a
la manera antigua, es decir, como representación del cosmos.
Los
teatros asiáticos conservan la tradición sagrada de la representación. El Kathakali, el
Topeng o el Noh tienen espacios particulares cuyas arquitecturas simbolizan el cosmos.
La maloca
es templo de ritual, centro del mundo, espacio sagrado, imago mundi.
"A
propósito de la equiparación Cosmos-Casa-Cuerpo humano, tendremos la ocasión de
señalar la profunda significación de esta ruptura del techo. De momento
recordemos que los santuarios más antiguos eran hipétreos o presentaban una abertura en
el techo: se trataba del "ojo de la cúpula" que simbolizaba la ruptura de
niveles, la comunicación con lo trascendente" (
9
).
La
cumbrera de a maloca es el vértice de los mundos, la ventana por donde entran los
espíritus de los Abuelos a la tierra.
PUNTO DE LUZ
A la
madrugada del 14 de Septiembre, el frío levanta a Babilla de su hamaca más temprano que
de costumbre y lo obliga a sentarse junto a uno de los fogones de la maloca del Capitán
Joaquín Macuna.
Tiritando
y soñoliento, Babilla comenta en voz alta su disgusto por haber sido obligado a
levantarse de su hamaca aún con sueño... Se oyen comentarios y risas, los jóvenes
hablan en voz alta y poco a poco la maloca entera va despertando, recuperándose de una
noche fría.
Afuera cae
una densa llovizna y el cielo, taponado de nubes, anuncia una mañana húmeda.
También
nosotros nos levantamos para calentarnos junto al fogón que atiza Isabel, la mujer del
Capitán, dispuesta a preparar el desayuno para su esposo, sus hijos y nosotros, sus
huéspedes.
Al rato,
el Capitán nos dice que su "pensamiento" que sabe de los oráculos del
Tiempo le indica que el día no es propicio para trabajar y que, por lo tanto, los
hombres no van a salir a "rebuscar" y las mujeres no van a ir a sus chagras a
sembrar los esquejes de yuca que habían preparado el día antes.
En la
selva, los hombres no viven obsesionados por la carrera contra el tiempo que aflige a los
habitantes de las ciudades. Los hombres de la selva no están en contra del tiempo, del
tiempo que trazan el día y la noche, el inviemo y el verano, la siembra y la cosecha, la
época de abundancia del chontaduro y la del huacuri. No están dominados por la exactitud
de las horas, los minutos y los segundos que marcan, implacables, los relojes.
En la
maloca del Capitán Federico Tanimuca, el transcurso de las horas estaba marcado por los
rayos del sol que entraban por la cumbrera, las ventanas triangulares en la cima del
techo, y dibujaban en el suelo un punto de luz que recorría, a partir de las 9 de la
mañana, la mitad femenina de la Maloca, desde la puerta hasta el primer estantillo
central. En la tarde, a partir de las 3, el punto de luz iluminaba de nuevo el piso de la
maloca, ahora en su mitad masculina y la recorría desde el estantillo central hasta salir
por la puerta principal y desaparecer al atardecer. En el mediodía, cuando el sol era
más intenso, los rayos no penetraban por la cumbrera y toda la maloca se resguardaba del
calor, en la sombra. El área central comprendida entre los cuatro estantillos principales
nunca era alcanzada por el punto de luz y se conservaba en la penumbra como útero del
cosmos.
Los
hombres en la ciudad deben levantarse todos los dias a la misma hora, alistarse y salir a
la calle, tomar el metro o el bus para llegar a sus puestos de trabajo puntualmente según
su reloj de pulso, el de la plaza o el reloj donde marcan su tarjeta de entrada y salida
del trabajo. Que, durante el invierno, a las 8a.m., aún sea de noche y la temperatura
esté por debajo de los 15ºC, o el hecho de que llueva, treune y relampaguee, no debe
importunar la carrera de los segundos del reloj que encadena el tiempo en las grandes
ciudades.
Así,
mientras los osos duermen en sus cuevas cuando el sol está oculto y el frío invade el
bosque de los países del Norte, los hombres, en las ciudades, hacen caso omiso de la
oscuridad del cielo y corren, como sonámbulos, al ritmo del tic-tac de los relojes, entre
los espejismos de la luz de los bombillos en las calles y las oficinas.
¿Cuál es
el tiempo real? ¿El de los relojes o el del pescador que mira al cielo y sabe que es la
hora de echar su bote al mar?
El tiempo
de los habitantes de la maloca es el tiempo de la naturaleza y el curso de la vida tiene
la flexibilidad y amplitud necesarias para no contradecirla, para no imponer otra voluntad
que la que se lee en los ciclos climáticos, de cosechas, de abundancia de una u otra
especie de la flora y la fauna, de desbordamientos y desecamientos de los ríos, etc. Es
por esto que no existen fechas precisas para la realización de los rituales, sino que su
ocurrencia está determinada por las épocas de maduración y abundancia de una u otra
fruta silvestre o cultivada, que sirve para preparar la chicha.
El Baile
de Muñeco, por ejemplo, se realiza en "Tiempo de chontaduro", entre los meses
de febrero y abril. En caso de que la cosecha no sea muy abundante, no es propicio
realizar el ritual y se espera hasta el otro año. Los indígenas dicen que uno no debe
forzar el curso de la naturaleza, porque ella se volverá en contra de los hombres
causando enfermedades y otros perjuicios.
El sentido
del tiempo es cíclico para los indígenas del Amazonas, el Principio no es algo que se
deja atrás como un recuerdo que poco a poco se esfuma de la memoria, sino que regresa al
presente evocado por los cantos del shamán y del cantor para propiciar el buen curso de
la vida. La historia y el mito se funden durante el ritual en un tiempo original.
LA RUTINA
El día en
la maloca empieza muy temprano. A la madrugada, es bueno ir a bañarse en la quebrada para
que el frío penetre los cuerpos y despierte su fuerza. Después del desayuno, si los
oráculos del shamán anuncian que es un día favorable, la gente sale; de vez en cuando
algún anciano, un grupo de niños o un enfermo se quedan.
Los
hombres, adultos y jóvenes iniciados, se adentran en la selva con sus armas a rebuscar, o
realizan otras actividades como la construcción de una canoa, el arreglo de un camino,
etc.
Las
rnujeres y los niños pequeños van a la chagra con canastos y machetes para regresar al
cabo de unas horas, cargadas de yuca y otros frutos cultivados. Después de bañarse en la
quebrada y lavar allí los alimentos y la ropa, entran a la maloca para dedicarse al
complejo procesamiento de la yuca "brava" y preparar casabe y fariña,
fundamentales en su dieta alimenticia.
Los
hombres llegan en la tarde y, ante la espectativa general, muestran el resultado de la
cacería. El capitán distribuye la carne entre las familias según sus necesidades y se
avivan los fogones para cocinar un sustancioso caldo. La carne restante será ahumada o
"moqueada" para consumirla en los próximos días.
Cada
familia se reúne en su sitio para comer y las risas y comentarios van de un lado a otro.
Al caer la
tarde, después del baño vespertino, la gente se dedica a reposar, en el patio o en sus
hamacas. Algún hombre se sienta a fabricar un balay, otros pilan coca y queman hojas de
yarumo para preparar el mambe, una mujer está torciendo cumare, unos niños flechan con
sus cerbatanas algún pájaro, otros jóvenes tocan sus chiruros y danzan, alguien canta;
las voces, las risas, los cuerpos en movimiento crean los espacios.
Poco a
poco la penumbra penetra, se encienden los popays o las lámparas y las sombras, las
siluetas, los rostros, juegan con los reflejos de la noche. Las mujeres se reúnen a
conversar alrededor del fuego mientras esculcan los cuerpos de sus hijos buscando piojos,
niguas y garrapatas y los hombres se sientan en sus bancos a mambear, fumar y conversar.
La noche
es el momento propicio para intercambiar experiencias, discutir asuntos comunitarios,
contar cuentos, enseñar cantos y mitos.
Para
nosotros, habitantes de la ciudad, resulta extraña la visión de esta multitud armónica
de cuerpos, sombras y voces que llenan la maloca al caer la tarde. Ella nos despierta la
nostalgia de un viejo recuerdo que evoca Benjamin en su preocupación porque los hombres
de las sociedades modernas están perdiendo la facultad de intercambiar experiencias (
10
).
Al
interior de la comunidad la experiencia de uno es útil para todos y se transforma en
consejo aplicable a la vida comunal. El consejo que dejaron los ancestros, los abuelos,
los padres, se conserva en la memoria y se aplica en el presente. La experiencia se
convierte en cuento y desde sus hamacas, en el entresueño, los niños escuchan los
relatos contados por los mayores y aprenden las leyes que rigen su vida.
Un consejo
es más una propuesta para la continuación de una historia que está desarrollándose,
que una respuesta a una cuestión, dice W. Benjamín(
11
).
La experiencia comunitaria se alimenta de los consejos dejados por los que ya murieron y
los inmortales que habitan en las malocas del cielo; continúa así el transcurso de la
historia, perpetuando un sentido, un modo de vida que viene desde el origen y
transformando lo que ya no responde a las nuevas condiciones del presente.
La
influencia del blanco causó transformaciones radicales en la organización tribal. El
finado Capitán Federico contaba que en la maloca de su padre, el Capitán Toboro
Tanimuca, vivían más de sesenta personas, pertenecientes a su clan. Las chagras eran
trabajadas colectivamente y pertenecían al Capitán, al igual que los frutos del rebusque
en la selva. El se encargaba de la distribución de los alimentos entre las familias.
El
contacto con los Cabrera, los caucheros que dominaron la región del Minití, no sólo
causó el traslado de la tribu al río Guacayá para acercarse a los campamentos en donde
los hombres explotaban el caucho, sino que también propició la separación de las
familias que se fueron dispersando a lo largo del río. La presencia de herramientas de
hierro, como machetes y hachas, permitió la reducción de mano de obra en labores
fundamentales para la subsistencia y las familias se alejaron de la maloca, construyendo
ranchos o pequeñas malocas y abriendo sus propias chagras.
Hace diez
años, en la maloca del Capitán Federico sólo vivían él con su mujer y sus hijas
solteras y el hijo mayor, Valerio, actual capitán de la comunidad, con su mujer y sus dos
hijos. Sin embargo, la maloca era constantemente visitada por los miembros del clan que
realizaban muchas actividades, productivas y ceremoniales.
Durante la
preparación de algún baile, los hombres se reunían y hacían expediciones de caza a los
salados y otros lugares de alimentación de los animales para conseguir la cantidad de
carne necesaria. Las mujeres también se reunían para ayudarle a la esposa del capitán a
sacar la yuca y preparar grandes cantidades de casabe. Todos los elementos, como la coca,
el tabaco, la chicha, la parafernalia ritual, se preparaban colectivamente y en esos días
la maloca se llenaba de agitación y actividad.
Aunque hay
una distribución de roles, aunque hay especialistas, todos los miembros de la comunidad
participan en la realización de los oficios fundamentales para su subsistencia. El
capitán, el shamán, el cantor, no se dedican exclusivamente a sus especialidades, sino
que como los demás, salen a cazar, pescar y recolectar frutos silvestres, elaboran
canastos y balays, fabrican armas y herramientas, construyen canoas, participan en la
preparación y la siembra de las chagras, etc.
Entre las
mujeres no hay especializaciones y aunque la esposa del capitán tiene la capacidad de
planear y distribuir el trabajo entre las demás mujeres, ella participa en todas las
labores femeninas y retribuye con la repartición de los frutos de la chagra, la
colaboración que recibe.
La vida en
la maloca se basa en el consenso de todos los miembros de la tribu sobre los asuntos
comunes. El Capitán no toma decisiones que no haya consultado con los demás hombres, no
da órdenes, sino consejos, no acumula para sí, sino para distribuir entre los miembros
de su clan.
Tanto el
finado Federico Tanimuca, como Joaquín Macuna establecen como atributos del capitán
servir y actuar con la aprobación y el consenso de los demás miembros de la tribu. Son
cualidades de un capitán, la ausencia de egoísmo, la habilidad y el gusto por el
trabajo, el conocimiento y la ecuanimidad para dirimir pleitos. Es a través del buen
ejemplo cómo se trasmiten las normas de comportamiento a los jóvenes.
La
experiencia compartida, el espacio compartido, el trabajo y sus frutos compartidos son
posibles gracias a un principio de reciprocidad que determina las relaciones entre los
hombres y de los hombres con la naturaleza.
EL
INTERCAMBIO
Cuando
llegaba un visitante a la maloca del finado Capitán Federico, era recibido por él en el
centro y se le ofrecía casabe y tucupí. Después había un intercambio de coca: el
capitán le ofrecía de su mambe y a su vez, el visitante le ofrecía su propia coca. Así
mismo, al iniciar un baile entre dos tribus hay una serie de intercambios de bienes y
palabras que simbolizan las relaciones de alianza entre los grupos. El matrimonio está
visto como medio de reciprocidad entre tribus exogámicas y a través de él se establecen
alianzas que favorecerán la colaboración de las tribus en el futuro.
El sentido
de pertenencia a un mundo que comulga con los mismos principios traspasa los límites de
la sociedad y se extiende a la naturaleza.
Según K.
Arhem, la naturaleza está saturada de significaciones culturales, articuladas en los
mitos. Las rocas de los chorros de los ríos son lugares de origen y allí están las
malocas de los seres ancestrales. En los salados están las malocas de los
"Dueños" de los animales.
La
naturaleza y los hombres comparten un mismo origen y conservan vínculos de parentesco. De
hecho los ancestros de cada tribu son animales totémicos: Los Tanimuca son Gente Tigre,
los Macuna son Gente Boa. Los hombres establecen alianzas con la naturaleza y a través de
un principio de reciprocidad regulan el aprovechamiento de los recursos naturales.
Se narra
en varios cuentos, que los animales son gente y viven en malocas como gente; cuando van a
salir al bosque se colocan su "camisa" de danta, venado, tigre, perro, etc. y
adquieren el aspecto animal.
El finado
Federico me contó que un día estaban las dantas preocupadas porque los hombres habían
matado a muchos hermanos dejando demasiados huecos en la pared de la maloca que estaba
formada por las camisas que los animales dejaban colgadas mientras permanecían en su
interior. El Dueño de las dantas envió a su hija para que advirtiera a los hombres del
daño que estaban causando. Ella se acercó a la maloca de los hombres, convertida en
gente, y se encontró con un hermano del capitán. El se enamoró de ella y esa noche
durmieron juntos. Después, ella le reveló su identidad y el objeto de su viaje y lo
invitó a visitar la maloca de su padre. Para llegar a ella, le ordenó cerrar los ojos,
le tomó a mano y de un salto lo llevó al misterioso lugar en donde las dantas tienen su
maloca. Allí el hombre conoció a su suegro y se dio cuenta del perjuicio que estaban
causando de tanto matar danta. El suegro le exigió varios elementos rituales como
retribución por los animales muertos y el hombre regresó a su maloca a advertir a los
demás del disgusto del dueño de las dantas.
Los
animales se convierten en gente y la gente en animal: el finado Federico me contó otro
cuento en que un hombre y su mujer habían salido a la selva a recolectar hormigas
arrieras. Mientras la mujer metía una varita con leche de juansoco en el hormiguero, el
hombre se alejó para buscar unas hojas y repentinamente apareció un tigre que devoró a
la mujer. El hombre persiguió al tigre y lo mató en la orilla de río. Entonces le sacó
la piel, la "camisa" y se la colocó. Convertido en tigre, el hombre se adentró
en la selva y nunca regreso a la maloca.
Dicen los
indígenas que si un hombre se encuentra en el camino con un tigre debe reconocer si se
trata del "pensamiento" de un shamán y qué intenciones trae. Podría tratarse
de un enemigo que lo va a atacar
El shamán
se transforma en tigre y así puede "ver" las malocas de los "dueños"
de los animales y otros seres que habitan la selva. El está en permanente contacto con
ellos y es el mediador en las relaciones de reciprocidad entre los hombres y la
naturaleza.
Cada año,
durante el Baile de Muñeco, la tribu evoca aquella vez en que el Ancestro Shamán bailó
con los animales en la Maloca de Boa, el dueño de los pescados y trasmitió su baile a
los hombres.
De esta
manera, la naturaleza y los hombres se relacionan dentro de un principio de respeto mutuo.
El abuso en el aprovechamiento de los recursos naturales acarrearía inevitablemente
perjuicios. En el Baile de Muñeco, los animales son invitados a compartir con los hombres
la chicha y la coca, a bailar con ellos y así renuevan sus vínculos.
"Para
aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es
susceptible de revelarse como sacralidad cósmica "
(
12
).
La maloca
es representación del Cosmos, los hombres junto con los animales y las plantas le
pertenecen. Los habitantes de la tierra tienen sus "dueños", que son sus
creadores, en las malocas del cielo. Lo sagrado esta presente en lo real. La vida
cotidiana está mediada por esa presencia.
Antes de
salir a una expedición de caza, el shamán se comunica con los "dueños" de los
animales, les ofrece coca y tabaco y les muestra la necesidad de la comunidad para obtener
su aprobación y propiciar el éxito de la cacería.
Durante la
construcción de una maloca, el shamán está en permanente contacto con los
"dueños" de la naturaleza y con los espíritus de los ancestros. Los cantores
pisan la tierra con su danza de pies descalzos y ofrecen la nueva casa a los espíritus de
los ancestros para tener su protección.
Cuando un
niño nace, el shamán "lee" su destino para saber cuál será su rol en la
comunidad. Si sirve para cantor, el shamán le mete el espíritu del "arrendajo"
un pájaro cantor que arremeda los cantos de otros pájaros para que el niño
tenga la facilidad de grabar en su memoria los cantos que aprenderá con los años.
Desde el
comienzo de la vida, el niño pasa por una serie de ritos que conectan lo cotidiano con lo
sagrado y evitan la enfermedad y el mal. Cada alimento nuevo que incluye en su dieta,
será "curado" por el shamán para que no le haga daño. Cada nueva herramienta
o utensilio que maneje, será "curado" por el shamán para que lo use con
eficacia. Cada nueva etapa en su crecimiento está acompañada por un ritual que le
permite el acceso a su nueva condición.
El ritual
es un momento muy delicado porque toda la comunidad entra en contacto con el mundo de los
ancestros. El shamán debe "curar" los elementos rituales, los actores, los
espacios, los alimentos, etc. para evitar que algún participante quede apresado en el
mundo de los espíritus y no regrese al presente.
La vida en
la maloca esta mediada por el recuerdo del tiempo del Origen, en donde los ancestros
crearon las cosas y establecieron un orden que persiste en el presente. A través de los
mitos y de los cuentos, y a través de los rituales, los hombres perpetúan la presencia
de las fuerzas creadoras del Principio en el transcurso de su historia.
LOS QUIEBRES DEL PRESENTE
Un viejo
indio borracho llora. Por sus amargas lágrimas corren recuerdos del dolor de todo un
pueblo maltratado por la altanería del blanco.
Todavía
están vivos los recuerdos de la sorpresiva llegada del hombre blanco a la selva, con sus
escopetas, con la gripa y el sarampión, con su insaciable manía de apropiarse de todo lo
que ve, con la prepotente creencia de ser el mejor, de saberlo todo, con su corrompida
moral de usura y mentira, con su Dios, su idioma y sus mercancías.
Al indio
le duele el recuerdo de su viejo padre alegrándose porque "siempre fue buen
trabajador y por eso nunca le pegaron o lo regañaron..." Le duelen sus años de
infancia en el internado donde monjas y sacerdotes le prohibían hablar su lengua y se
reían de sus costumbres y sus creencias.
El indio
recuerda el nombre de Oliverio Cabrera y el de su hijo, Jácome Cabrera, los caucheros que
con el engaño se enriquecieron a costillas de su gente, enredada en las trampas del
endeude y en la ilusión de bienestar de las mercancías.
La
llegada del blanco a la selva trastocó el orden del cosmos, siglos de conocimiento y
experiencia usados para preservar el frágil y complejo ecosistema de la selva se
quebraron, fueron destruídos y de ellos quedan hoy sus fragmentos.
A medida
que las tribus se acercan a los centros urbanos, empeoran sus condiciones. La calidad de
vida se degrada. La suciedad, la desnutrición, la ignorancia penetran las malocas y los
ranchos palafíticos. Las grande familias se disuelven, la gente se separa y aparece el
individualismo.
El
hombre se aleja del bosque, el tigre ya no es el Tigre, Payé, Abuelo, Dueño de la noche
y de la Magia. Quizás un día acabe encerrado entre paredes de concreto y luces de neón.
Entonces ya no podrá leer en el libro del cielo, no comprenderá los mapas de las
estrellas que va señalando el curso del camino que tomaron sus abuelos. Olvidará el
camino de regreso y se perderá en la espesura de las pasiones, y sólo querrá vivir
borracho...
La vida de
las tribus indígenas de la región del Mirití Apaporis sufrió sustanciales
transformaciones cuando llegaron los caucheros y establecieron sus campamentos en donde
explotaban el trabajo de los hombres a través del conocido "endeude", hace unos
setenta años. También Llegaron los misioneros y establecieron los internados en donde
los niños eran obligados a vivir mientras cursaban la primaria, lejos de sus familias.
Con esos
blancos no funcionaron los principios de reciprocidad y respeto mutuo a los que estaban
acostumbrados los indígenas, y entonces conocieron la explotación en el trabajo y el
desprecio por la diferencia. Los misioneros prohibían a los niños hablar en su idioma y
comer casabe y hacían alarde de la superioridad de su cultura. También censuraban los
rituales considerándolos fiestas diabólicas que se debían erradicar y sustituir por los
rituales cristianos.
La
atracción por el mundo de las mercancías empezó a hacer efecto en los jóvenes y muchos
no regresaban del internado a sus malocas, sino que trabajaban para los blancos y
emigraban a sus pueblos y ciudades.
Afectados
por el desprecio de sus maestros hacia el conocimiento y las creencias de sus padres, los
jóvenes empezaron a perder interés por la cultura de sus ancestros y cada vez fueron
menos los que se sometían al aprendizaje riguroso para llegar a ser shamanes. La cultura
fue cuestionada y lo que siguió
hasta hoy día es un proceso de reacomodación a
otros mitos, otros conocimientos, otros valores, otros peligros.
Hace diez
años, el finado Federico veía con tristeza que su conocimiento de shamán se perdería
porque ninguno de sus hijos, ningún joven de su clan estaba dispuesto a convertirse en
aprendiz. Incluso él como shamán ya no conservaba los poderes de los antiguos shamanes
que volaban sobre la tierra y maravillaban a los hombres con sus prodigios. Con la muerte
de cada shamán se fue perdiendo un hito de la memoria de las tribus.
En esta
nueva década, cuando los caucheros, otros comerciantes y los misioneros han perdido poder
sobre los indígenas, cuando su conocimiento es visto con respeto por los grupos
ecologistas, cuando los indígenas tienen la posibilidad de gobernarse a sí mismos y
organizar de nuevo su vida al interior de los resguardos recientemente adjudicados por el
gobierno, reconocimos otra actitud entre los jóvenes.
En la
comunidad del Capitán Abelardo Yucuna en Puerto Córdoba, los jóvenes no sólo están
interesados por ser maestros o promotores de salud, sino que están organizando un grupo
de aprendices del abuelo Chapuni, un viejo y sabio shamán que aún guarda en su memoria
el conocimiento dejado por los ancestros.
El mundo
indígena cambió en muchos sentidos. Muchas tribus desaparecieron, de otras quedaron
apenas algunos sobrevivientes, las relaciones de alianza y enemistad se transformaron, y
se reordenan hoy en día según las nuevas condiciones. La economía cambió y con ella,
las relaciones con la naturaleza. Por dinero los indígenas participaron en las
tigrilladas, en las cacerías de charapas, de babillas y otros animales, organizadas por
los comerciantes blancos para vender sus pieles a los creadores de la moda en las grandes
ciudades.
Los
indígenas conocieron el abuso y la usura.
La sangre
de los animales sacrificados corre por las aguas del río y reposa en las gotas de rocío.
El árbol se ahorca con el bejuco que lo adorna, mientras el río baña sus raíces y lo
eleva en el aire. Este es un sacrificio muy antiguo que nació con la selva misma. Ahora
hay nuevos sacrificios. El bebé cerrillo llora en el deslizador entre las piernas de
Yiné y Rubi y, al rato, muere ahorcado por la soga que le han puesto al cuello. La
taricaya apresada gime de sed y dolor en la noche, volteada sobre su cascarón,
atravesadas sus patas por un palo, agotada, espera su sacrificio... He traído su
caparazón conmigo y será entre mis manos instrumento para el canto.
La tortuga
ha dejado de ser para el indio de hoy en día la Roca en que los dioses tallaron su
destino. Ahora es carne que se vende a $1500 en la Pedrera. Si diez tortugas son
suficientes para alimentar a los participantes de una fiesta en la maloca, cambiadas por
dinero valen apenas $10.000 que se esfumarán en gasolina, azúcar, sal, anzuelos,
galletas, pan, cigarrillos y un traguito.
La
penetración de la cultura urbana a la selva es violenta y dolorosa. Está marcada por el
demonio de la Ignorancia. Sin embargo, la selva es uno de esos recodos del mundo que se
mantiene apartado de la cultura urbana y permanece oculto entre la maraña de hojas que la
guarda.
En las
malocas se conservan muchas creencias y conocimientos de antiguo. K. Arhem asegura que la
sociedad de los Macuna cambió en la forma y la apariencia, pero que conserva su esencia.
La vida ritual logró sobrevivir a los constantes ataques de los misioneros y hoy día se
siguen celebrando los mismos rituales de antiguo (
13
).
La memoria
no se ha perdido por completo y ahora los jóvenes emprenden el camino de regreso. Es un
momento propicio para que nosotros lo emprendamos con ellos.
Cuando
llevamos nuestro teatro a las malocas comprendimos que la comunicación está abierta.
Ante nuestra sorpresa, los indígenas se interesaron especialmente por los personajes de
los Abuelos. Los reconocieron en las máscaras de barro de doña Otilia, una artesana de
la cerámica de Ráquira, y en nuestros cuerpos.
Es como si
un deiicado hilo de la memoria, casi invisible, siguiera uniendo nuestros mundos.
NOTAS.
(
1
) Sugerimos la lectura de:
Hug-Jones, C.: "From the Milk River" y "The Palm and the Pleiade"
Cambridge University 77.
Torres William: "Bico Ero Toi Ara Cuaragua" Revista Mopa Mopa 9O y
"Aún no ha bebido del agua la libélula". Idem 91.
Von
Hildebrand: "Notas etnográficas sobre el cosmos Ufaina y su relación con la
maloca" en Maguaré #2- 83- 84.
Arhem K. "Enterin to the Macuna World. Próximo a editarse. (regresar
a 1)
(
2
) "...el pecho del tigre": pág 378. "Origen
del Mundo según los Ufaina", en revista Colombiana de Antropología, ICAN,
Bogotá-Colombia 75. (regresar a 2)
(
3
) "...cuyas frutas representan los corazones de los
ancestros": pág 215 Hugh Jones. "The Palm and the Pleiade". Idem. (regresar a 3)
(
4
) "...se estableció el orden cultural que persiste
hoy día": Arhem K. Idem. (regresar a 4)
(
5
) "Loci-Maloca": pág 15. El lugar
"maloca" entendido simbólicamente como lugar interior, lugar de ceremonia y
ritual, correspondiente al loci de la memoria de "El Arte de la Memoria", de
Francis Yates. Editorial Taurus. Madrid-España74. (regresar a 5)
(
6
) "Mire, así van los cuatro estantillos": pág
332. V. Hildebrand. Idem. (regresar al 6)
(
7
) "la parte de en medio del edificio es la
tierra": pág 58. M. Eliade. "Lo Sagrado y lo Profano". Ed. Labor.
Barcelona-España 83. (regresar al 7)
(
8
) "el primer paso es imprimir en la memoria una serie
de loci o lugares": pág 15 F. Yates. Idem. (regresar al 8)
(
9
) "...la comunicación con lo trascendente": pág
55. M. Eliade. Idem. (regresar al 9)
(
10
) "...perdiendo la facultad de intercambiar
experiencias". Se recomienda la lectura de "El Narrador", de W. Benjamín
para el concepto de trasmisión oral. (regresar al 10)
(
11
) Idem. (regresar al 11)
(
12
) "...de revelarse como sacralidad cósmica".
M. Eliade. Idem. (regresar al 12)
(
13
) Arhem. Idem. (regresar al 13)
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